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Conozca la historia del barrio La Macarena de Bogotá

Es una corta historia de arte y marginalismo. Tan corta, porque hasta hace solo diez años, este inicial Cercado de Teusacá se volvió ciudad, y quienes así lo sintieron se dieron cuenta que la urbe es de hecho un sitio solitario, y que para hacer menos evidente esa soledad por lo menos hay que juntarse.

Foto: Martinduquea/ Wikimedia Commons/ (CC BY-SA 3.0)

Es una corta historia de arte y marginalismo. Tan corta, porque hasta hace solo diez años, este inicial Cercado de Teusacá se volvió ciudad, y quienes así lo sintieron se dieron cuenta que la urbe es de hecho un sitio solitario, y que para hacer menos evidente esa soledad por lo menos hay que juntarse.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 128 de noviembre 1980

A principios de los setenta llegaron al «Barrio» sus primeros habitantes, poseedores de ese espíritu no convencional, necesario para que allí ocurriera lo que en otras épocas se llamó Bohemia.

Eran Hernán Díaz y Enrique Grau, quienes se instalaron en el barrio de La Macarena. El sitio era, si no definitivamente hermoso, por lo menos soportable, a diferencia de otra parte del centro de Bogotá. No había tanto ruido, los cerros estaban cerca y se podía mirar, de algún modo con desprecio, lo que ocurría allá abajo, donde estaba el mundo corriente, el tedio urbano.

Detrás de estos dos pioneros del «Barrio» llegaron muchas más gentes, que poco a poco fueron desplazando a los viejos habitantes del Bosque Izquierdo y La Macarena. Se construyeron las Torres del Parque, y con los edificios de Salmona, inicialmente destinados para vivienda «proletaria», la zona se fue llenando de personajes de ruanas de lana virgen, bufandas, mochila arhuaca, gafas trotskistas, zapatos de gamuza y sin tacón, largas cabelleras, chaquetas marineras, faldas de flores, discreto saco gris o gorro de lana. Eran ya los definitivos habitantes de este lugar de Bogotá, esta especie de reducto del marginalismo, el hedonismo y el estado de rumba permanente.

 

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Como los artistas e intelectuales son pocos, todos se conocen, aman y detestan al mismo tiempo, y son por su naturaleza social de pequeño grupo, de sociedad semi secreta -chismosos, el cuento se regó por toda la ciudad. A mediados de los setenta no había pintor profesional o en potencia, fotógrafo vanguardista ni cuentista alucinado que no quisiera vivir en ese punto de la ciudad, cuyos límites más o menos determinados son la calle 26 al Sur, la calle 30 al Norte, la carrera segunda al Oriente y la carrera sexta al Occidente.

Hoy son centenares los que viven allí. Teatreros, titiriteros, pintores, músicos, grabadores, ex hippies, artesanos, estudiantes de filosofía o ciencias humanas, bailarinas, poetas, cantantes, periodistas, actores, fotógrafos, teóricos izquierdistas, anarquistas, arquitectos, cineastas y gentes en general que dan vueltas los fines de semana por las tiendas y restaurantes del barrio, en busca de la inevitable y aleatoria rumba, de la jovencita de faldón y cara de haber estado leyendo todo el mes a Rimbaud, o del aparente intelectual, de expresión caída y que mira al piso buscando la solución a sus pasiones recién descubiertas.

El «Barrio» nombre evidente y natural que ha tomado- ya tiene sus propias características. Se ha formado por acumulación de gentes complicadas con el arte y la contracultura y, como sus similares en otras partes, es ante todo marginal y la mayoría de sus habitantes viven en permanente contradicción, por su condición de creadores, con la sociedad burguesa.

 

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Sin embargo, muchos de estos artistas que han llegado a vender su obra a buenos precios, lograron ascender económicamente y en lugar de tomar cerveza beben vinos franceses, pero no son burgueses. Les queda adentro la naturaleza de revuelta del «bohemio» y no es difícil verlos a la medianoche desembarcándose de un taxi absolutamente ebrios y cruzando la carrera quinta dando voces y gritando incoherencias.

Mezcla ideológica

Tal vez aunque el “Barrio» no existiera hubiera ocurrido lo mismo, pero el lugar es indudablemente el único ejemplo vivo de la mezcla ideológica que ha ocurrido en la ciudad en los últimos años.

Como el hippismo se acabó, los que quedaron tenían que ir a alguna parte, así como los nadaístas y la generación de teóricos encabezada por el liberal Rodrigo Botero. Igualmente la militancia de la izquierda, de origen culto e inclinado hacia el arte, desencantada, también necesitaba algún sitio para vivir.

Los puramente marginales, el lumpen intelectual, buscó refugio. La Candelaria ya no era el barrio para reunirse, y la carrera séptima estaba demasiado poblada. Entonces todos fueron a dar al «Barrio». Gonzalo Arango y Eduardo Escobar, Santiago García, el acto Latino, los hippies que vivían comiendo queso fresco y asoleándose en Ráquira, los estudiantes de la Universidad Nacional, eternos estudiantes siempre con Artaud en la mochila y Norman Mailer en la mano.

Por eso en el «Barrio» se palpa ahora el destilado de la mezcla de Marx y Bakunin o del Yoga y el liberalismo. Los hippies tienen restaurante propio y mezclan la voz-bandera de Janis Joplin, con las reverberaciones rítmicas de la Fania.

Se han unido el rock, la salsa y la música andina. Conviven en paz en el «Barrio» los muchachos de la Juco con los de la Jupa, los gurús orientales con Mayo de 1968, los antiestatales con los «chicos” Travolta de la esquina de la 27 con Quinta, y el Barón Von Lumpen -inevitable personaje – puede hablar tranquilamente con el poeta Winograd, sobre el «Casanova» de Fellini, en la puerta de la Librería La Loma.

Pero tal vez la mezcla más evidente es la de los hippies con los izquierdistas no partidistas. La mezcla de la marihuana con la revuelta que en La Macarena se ve en forma de apacible tertulia de tarde en el Delikatessen de Don Publio.

Lugares y calles

Desde luego que sin desconocer que buena parte de la bohemia ocurre en las casas y apartamentos, otra se da en las calles y los «metederos». Todo el mundo sabe que los cocteles de inauguración de la Galería Garcés Velásquez son fastuosos, y que los licores abundan.

Allí puede ser el lugar indicado para iniciar la rumba. Posteriormente se puede ir a la Teja Corrida, el restaurante de los ex hippies Andrés Uribe, Jorge Ramos, Umaña, Vieira y Juan Manuel Lugo-mejor grabador que cocinero. Allí estará todo el personal absorto con las congas de Rubén Jaramillo y la voz de Claudia Gómez.

Si hace falta otro sitio, la tienda de Pedro en la 27, tiene unas agradables bancas y delicioso aguardiente, donde no es raro encontrar a los miembros del Taller de Arte La Huella, hablando un espontáneo alemán o discutiendo seriamente sobre el fin del mundo. También se baila en Casa Colombia, se comen tortas en la Librería La Loma, y los homosexuales pueden ir al Equus, sobre la 5a.

Hay varias panaderías para aplacar «El filo» –hambre tenaz producto de la hierba y otros restaurantes como El Boliche, donde unos argentinos echan «carreta» y preparan carnes, o El Toronjil.

Por la calle 27, frente a la Plaza de Toros, los que tienen menos dinero beben los martes en la Galería del Toro, o en la tienda del Chato, ubicada en un lateral y sórdido callejón. A las cuatro de la mañana lo mejor es tomarse el resto de la botella en las paredillas de las Torres del Parque o, decididamente, irse a dormir. Las licoreras abundan los comerciantes saben qué venden y hay tiendas por todas partes.

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En el asadero de Luis, también sobre la 27, los artistas se nutren de viscosas y condimentadas carnes, refajo y cigarrillos sin filtro, y en Ann’s Pizza, los niños travoltas, dotados de los elementos de vestuario propios de la moda papagayo, ponen a sonar sus motocicletas, mientras sus «chicas» como gallinitas revolotean en torno a los adolescentes, formando escenas «como de American Grafitti», diría un sociólogo que toma el té a las cinco.

Pero las calles mismas son lugar de chisme y charla, de licor y baile, sobre todo los viernes cuando el «Barrio» se pone sus mejores telas y sale a la calle con el firme propósito de emborracharse una vez más. Al amanecer aún el Gordo Guillermo «Yo vivía aquí antes de que llegara todo este lumperío» va con paso rápido, creyendo en su delirio de madrugada, que hay todavía muchachas para seducir, con botella de vino en la mano y su permanente necesidad de amor.

Visitantes

Aunque el “Barrio» no es famoso, llegan frecuentemente visitantes de otras partes de la ciudad, liban largamente en la Teja Corrida y hacen juegos de palabras. Especialmente a las seis, cuando generalmente el sol cayendo da de frente contra los edificios, aparecen los habituales de la Alianza y todo tipo de elementos anticonvencionales, que llegan a tomar tinto donde don Publio, quien exagerando su ya conocido autoritarismo, les exige consumir más de un café para ocupar la mesa.

Allí, en ese momento, la seriedad no tiene sentido, aunque a la misma hora, en La Loma, se hacen transacciones por parte de los galeristas como Asseneth Velásquez, Eduardo Serrano y Alonso Garcés.

El habitante o visitante de este lugar, es desde luego un cosmopolita. Su problema, su vida, su confabulación, es la ciudad. Todos ellos aceptan el hedonismo como única posibilidad para soportar la vida urbana, y es por eso que entre los habitantes, en la mayoría de los casos, no hay estrechez de criterio.

La solidaridad es la de la minoría, del único barrio de artistas e intelectuales entre miles de barrios de la ciudad. Un barrio que se ha convertido en una auténtica comunidad, con eventos espontáneos, y un proceso interior completamente indefinido, pero activo.

 

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Paralelamente a todo esto, existe sin embargo, una vida cultural concreta. Además de ser sus habitantes infaltables en los cine clubs, las salas de teatro, las galerías y museos y las audiciones de música, en el «Barrio» funcionan varios lugares cuya actividad es de todos modos cultural.

Dos productoras de cine: Mugre al Ojo y Cine Mujer, cuyos directores son Erwin Goeguel y Rita Escobar. Un taller de plástica, La Huella, dirigido por Juan Manuel Lugo y donde trabajan Marcos Roda, Roberto Rubiano, Natalia Rivera, Pedro Vejarano, Tania Moreno, Martha Cárdenas, Mario Rivera y Jaime Osorio. Tres librerías: La Gaviota, La Loma y Carpediem, que es taberna por las noches.

Las galerías Garcés Velásquez y La Pirámide, los títeres Saltimbanqui, las revistas «Libros» y «Fotografía Contemporánea» las editoriales Canal Ramírez y Clac. El bienestar físico del barrio está en las manos del señor Patiño, dueño de la droguería Hilton, de quien Daniel Samper otro habitante y caracterizador del barrio ha escrito suficientemente.

La condición marginal

En el «Barrio» conviven esencialmente dos modos de vida. El del artista consagrado o más o menos conocido, y el del principiante, generalmente inclinado a la vida subterránea, a las libaciones de fin de semana.

Desde luego, el “Barrio» tiene su propia vida romántica. Tan pronto se sabe que una muchacha ha dejado a su novio o a su esposo, decenas de intelectuales y artistas dejan el yeso y el pincel, para revolotear en torno a la dama. Igualmente ocurre cuando el solitario es el hombre. Las damas disponen sus mejores trapos y sonrisas para atraer al célibe.

Heidi es una adolescente de 16 años que, a diferencia de sus compañeros de generación, se ha convertido en la última hippie del país. Pintora con tinta china, envuelta en trapos de colores, vende en los bares sus tarjetas y dibujos.

Pero ante todo, los habitantes del barrio han llegado a saber su condición de marginales. El asentamiento allí se hizo conscientemente, ya que todos buscaban la conformación de una especie de contracultura bogotana, en medio de un lugar de la ciudad que se convirtiera en una implícita comunidad de creadores, en un sitio de reunión para el intercambio de nuevas ideas, más edénicas que reales y donde evidentemente se ha logrado una especie de fortalecimiento del arte bogotano, debido quizás a la cercanía física y espiritual de quienes lo practican.

 

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El Greenwich Village neoyorquino, tuvo los mismos orígenes y produjo gentes como Tom Paine, Edgar Allan Poe, Emma Goldman, John Reed, Bellows, Eugenio O’Neil y Max Weber. Otro tanto ocurrió con el Barrio Latino y las empinadas calles de Montmartre.

En el «Barrio» guardadas las naturales proporciones ocurre algo similar. Las gentes que allí viven no han llegado al lugar por necesidad, sino por su propia decisión, que en últimas es una revuelta consciente contra la seriedad de la vida cotidiana y contra la funcionalidad de la vida del no-artista, del no-creador.

Desde luego la existencia del barrio escarnece las convicciones conservadoras de ciertas gentes, que ven en ello más un fumadero de marihuana que el nacimiento en Bogotá de un fuerte y cohesionado sector, dedicado a transformar la ciudad misma y el arte nacional.

Al habitante del «Barrio» le gusta, antes que nada, el placer, tomar buenas cervezas, rumbear hasta el amanecer, no pensar en otra cosa diferente que en su individual trabajo y la necesidad de ser feliz mientras tanto. Ello obliga a no ser convencional y, evidentemente, el conglomerado de cemento y gente de La Macarena, el Bosque Izquierdo y las Torres del Parque, tiene la virtud de ser auténtico, producto de un proceso natural de la ciudad, que necesito que los artistas se juntaran en un solo lugar, para bien del arte.

 

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Pequeño directorio

Esta lista incluye a decenas de intelectuales y artistas que habitan en el “Barrio». Abundan los pintores y las gentes vinculadas al teatro y al cine, así como los periodistas y los músicos.

No se trata de un censo exacto de artistas y similares, pero muestra claramente la magnitud de la «rumba» y de la condición bohemia del «Barrio».

Pintores

Juan Manuel Lugo, Ana Mercedes Hoyos, Beatriz González, Sofía Duarte, Gustavo Zalamea, Luis Paz, Álvaro Herrán, Marlene Hoffman, Nirma Zárate, Tiberio Vanegas, Manuel Camargo, Manolo Vellojín, Luis Caballero, Cecilia Delgado, Marlene Troll, Alfredo Guerrero, Clemencia Lucena, Luciano Jaramillo, Susana Goenaga, Antonio Grass, Enrique Hernández, Gloria Martínez, Arnulfo Luna y Nelly Rojas.

Teatreros
Miguel Torres, Sergio González, Flavia Costa, Eddy Armando, Sebastián Ospina, Germán Moure, Rita Escobar, Carlos Muñoz, Iván Cardozo, Santiago García, Consuelo Luzardo, Fausto Cabrera, Ana María Arango, Catalina Restrepo y Olga Lucía Lozano.

Arquitectos

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Rogelio Salmona, Jorge Pérez, Jacques Moseri, Urbano Ripoll, Fernando Alcina, Rafael Maldonado, Hernando Téllez, Samuel Vieco, Luz Amorocho y Amparo Villegas.

Cineastas

Isadora de Norden, Erwin Goeguel, Javier Bonilla, Carlos Marín, Guillermo Angulo, Diego Hoyos, Clara Riascos, Miguel Angel Lozano, Camila Loboguerrero, Manuel Busquets, Luis Crump, Sergio Navarro, Sergio Cabrera, Jaime Bonilla, Jorge Sáenz y Luis González.

Poetas y Escritores

Eduardo Escobar, María Mercedes Carranza, Arturo Alape, Luis Fernando Lucena, Manuel Hernández, Daniel Winograd y Armando Carrillo.

Músicos

Daniel Lipton, Carol Bermúdez, Claudia Gómez, Lue Puentes, Rubén Jaramillo y Clara Luz Uribe.

Taller de Colombia

Gaby, Angelita, Alexis Restrepo, Edgar Restrepo y Beatriz Castaño.

Fotógrafos

Hernán Díaz, Eduardo Bastidas, Rodrigo Dueñas, Vicky Ospina, Joaquín Villegas, Carlos Salamanca, Rafael Moure y Patricia Bonilla.

Periodistas

Daniel Samper, Pilar Lozano, Fernando Jaramillo, Alfonso Castellanos, Tulia Eugenia Ramírez, Pilar Tafur, Germán Santamaría, Eddy Torres, Ana María Echeverry y Felipe Escobar.

Televisión

Hernán Villa, Elisa de Montojo, Fernando Contreras, María del Rosario Ortiz y Omar Sánchez.

Sociólogos

Carlos Castillo, Juan Samper, Cecilia Muñoz, Oscar Marulanda, Gonzalo Catano y Pedro Shala.

Economistas

Rudy Homes, Javier Bonilla y Marta Cárdenas.

Antropólogo

Alexander Cifuentes

Filósofos

Ana Roda, Juanita Caicedo y Álvaro Robayo.

Bailarinas

Esperanza Perea y Carmen.

Modelo

Dora Franco

Psicólogo

John Sudarsky

Editores y libreros

Gonzalo Canal Ramírez, Gustavo Londoño, Carmen Barbo, Patricia Hoher, Álvaro Carvajal, Alberto Díaz, Luis Roca, Nydia Tobón y Fernando Molina.

Ex hippies

Doris Campo, Andrés Uribe, Los Vieira, Jorge Ramos y Miguel Guerra.

Izquierda teórica

Humberto Molina, Kemel George, Elizabeth Ungar, Socorro Ramírez, Anne Claude de Molina, Camilo González, Sonia Jaramillo, Luz Jaramillo, Marta Elena Restrepo, Jota y Marcelo Torres.

Muertos ilustres

Alejandro Rey, Andrés Caicedo y Gonzalo Arango.

Ex-ministros

Alfredo Vásquez Carrizosa y Rodrigo Botero.

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Agosto
29 / 2019


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