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El colombiano que contagió el amor por el fútbol en Nueva York

Jemay Arias, un colombiano que compartió sus dotes futbolísticos en Nueva York y acumuló más de 40 trofeos del deporte rey. De nuestro archivo para usted.

Foto: Archivo Diners

Jemay Arias, un colombiano que compartió sus dotes futbolísticos en Nueva York y acumuló más de 40 trofeos del deporte rey. De nuestro archivo para usted.

El artículo El colombiano que contagió el amor por el fútbol en Nueva York fue publicado originalmente en Revista Diners Ed. 164 de noviembre 1983

Jemay Arias, el tercer hijo de una pareja de inmigrantes quindianos, está gestionando por estos días sus papeles de nacionalización. Dentro de poco, cuando cumpla los 18 años, piensa jurar amor y lealtad perpetua a los Estados Unidos ante el juez que lo declare ciudadano norteamericano.

Por ello resulta insólito el cuadro viejo descolorido por el sol, que encuentra el visitante frente a la puerta de la casa en que vive con sus padres y hermanos en cercanías del Hospital Elmhurst Queens.

La lámina enmarcada tiene la misión de despejar cualquier duda que alguien abrigue sobre lo que los Arias se jactan de ser: cónsules voluntarios y adhonorem de Colombia en el vasto sector que habitan con millares de compatriotas al extremo nororiental de la isla de Manhattan.

Es preciso entonces aclarar de una vez que el caso de Jemay no es el de un muchacho apátrida.

Cualquiera entiende que las circunstancias lo obligan a gestionar de este modo el pasaporte que están a punto de entregarle para que se corone de gloria como goleador y estrella del balompié «made in USA».

Y es que este asunto iba convirtiéndose en problema de familia. El cercano cumpleaños de Jemay lo habilita para escoger su nacionalidad por sí mismo, sin involucrar la de sus padres.

Siempre serán goles colombianos

Los Arias no discuten la decisión que ha tomado Jemay porque ella no implica dejar de escuchar los domingos por radio de onda corta los resultados de los partidos en Colombia ni dejar de comentar por teléfono con los amigos cómo va el rentado. Además están seguros de que los futuros goles de Jemay serán de todos modos goles colombianos.

Jemay llegó de diez años a Nueva York con su madre y con Carlos Rienzy, uno de sus dos hermanos mayores. Los tres fueron los últimos en obtener la visa para reunirse en Queens con Miguel, el padre, y con Yezid, el mayor, quienes habían viajado años antes a trabajar y abrirles el camino.

«Al principio yo extrañaba mucho a Colombia», admite Jemay, pero no vacila al confesar que hoy en día extrañaría más a Nueva York si se fuera. «De aquí», afirma, «no pienso salir».

Dice que Nueva York es un lugar maravilloso, lleno de oportunidades, donde recibe permanentemente estímulo y se está formando un porvenir.

Una encuesta seria demostraría que el 99.9 por ciento de los colombianos pensaríamos así si estuviéramos en el dilema que actualmente tiene la estrella quindiana del fútbol neoyorquino.

Al pobre muchacho le están llegando cartas de colegios, institutos y universidades prestigiosos de cada estado en las que le piden aceptar la beca, los dólares y las ventajas insólitas que le ofrecen a cambio de escogerlos como beneficiarios de su juego matriculándose como alumno suyo.

Una de las universidades le ha ofrecido incluso pasar por alto el cierre oficial y aceptarlo en cualquier momento.

La carrera de “El diablito” del fútbol

¿Quién, en fin, es el goleador de Armenia que así ablanda y trastorna, a los 18 años, programas, conceptos y honorarios en Norteamérica?

En el sector hispano de Nueva York basta referirse a él como a «El diablito» Arias, nombre que le puso un comentarista deportivo de un periódico puertorriqueño ocupado en describir su agilidad sorprendente.

La tarde que empezó a llamarse así, «El diablito» ya era un crack.

Metió los tres goles del partido y, como si fuera poco, cuando iba por el cuarto le dio tan duro al balón que lo reventó contra el arco en jugada de infarto. Hasta The New York Times y The Daily News se vieron obligados a confirmar en inglés que Jemay Arias es, sin exagerar, «el mejor pateador de la ciudad».

En el álbum familiar Miguel y Aixa conservan una foto que lo muestra de un año pateando su primera bola. Carlos Rienzy y Jemay crecieron jugando fútbol y a Nueva York se llevaron la nostalgia del equipo de la cuadra.

Jemay reconoce sin esfuerzo que no se sabe aún cuál de los dos es mejor jugador.

Cuenta que fue con Carlos Rienzy con quien siguió ejecutando chilenas y veintiunas en el parque Broadway entre su casa y el Hospital Elmhurst.

Se aburrían al comienzo mirando a otros jugar béisbol y tardaban en entender las reglas y jugadas del fútbol extraño que jugaban los gringos. Hasta que se hicieron amigos de Víctor, un ecuatoriano, hijo también de inmigrantes, que llegó un día a su encuentro golpeando con los pies su propio balón.

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Juntos asumieron la responsabilidad de sacar por allí la cara por el fútbol que aprendieron en sus barriadas de Suramérica.

La sensación

En Nueva York comenzaba a hablarse con entusiasmo del Cosmos, de sus hazañas y de su estrella, el gran Pelé.

Jemay, Víctor y Carlos Rienzy aceptaron con entusiasmo la tarea de entrenar a muchachos norteamericanos de su edad que al principio se sorprendían sobre todo de su forma de cabecear.

«Me preguntaban si no me dolía mucho la cabeza…», recuerda Jemay. Ellos se reían en respuesta y les indicaban la forma como debían darle a la bola.

A «El diablito» le fueron cogiendo especial cariño y su nombre ya se pronunciaba en cada rincón del parque.

Un buen dia su nombre llegó a oídos de un «busca estrellas» húngaro que vino a observar su juego desde el otro extremo de la ciudad. Llamó aparte a los hermanos Arias y después los acompañó a la casa para conversar con sus padres y pedirles autorización para llevarlos en taxi cada semana a jugar en la Liga Alemana de Brooklyn.

Jemay no recuerda el nombre de su descubridor, pero repite que a él le debe la primera oportunidad que ha tenido en su hoy bien encaminada carrera deportiva.

Fue Lenny Rottman, un entrenador de origen ruso, el que se encargó de perfeccionar sus conocimientos del fútbol. A Jemay le agradó siempre el trato que él les daba, pero Carlos Rienzy de vez en cuando se disculpaba del entrenamiento y se quedaba en casa.

El ruso le explicaba a Jemay que no todo era saber patear. Que su trabajo iba a ser enseñarle a correr, a diseñar estrategias de desenvolvimiento en la cancha, cosas que a ningún jugador le venían de más cuando se entrenaba para estrella. «No hay que afanarse, Jemay», le decía, porque es preciso aceptar que aún eres una estrella en formación».

No fue por ello sino por su imborrable condición de hispano por lo que al comienzo Jemay se sintió discriminado por sus propios compañeros. Le dieron camisetas en un equipo cuyos miembros no pasaban la bola.

En el primer partido Jemay tuvo que buscarla corriendo por toda la cancha. «Después del cuarto gol todos empezaron a llamarme Jemay, Jemay, para que les ayudara a meter su gol. Y como a mí no me gusta amarrar la bola sino repartirla, crear juego, les indicaba en qué esquina debían situarse y allá yo se las ponía”.

Subcampeón mundial en Helsinki

En la Liga Alemana de Brooklyn, Jemay fue escogido en 1980 como segundo mediocampista de calidad en torneos de «indoor». Esta es una especie de microfútbol invernal que se juega en canchas bajo techo y que alberga una cláusula bastante curiosa en su reglamento, no se pita nunca cuando sale la bola de la cancha porque ello nunca sucede y el balón está siempre en juego.

Para orgullo de los colombianos, en este deporte «El diablito” Arias también se ha impuesto con agilidad. Aparentemente lo heredó de Miguel, su padre. Quien fue conocido en el Quindío como «el contorsionista» del seleccionado de básquetbol que hace 20 años conquistó para su departamento un campeonato nacional. Relacionista y asesor de cabecera de su hijo. Miguel es quien vigila con celo el horario que este debe cumplir para conservarse en forma. Así como los documentos que de todas partes le llegan para que estampe su firma de aceptación.

Con Aixa, «el contorsionista» se esfuerza en explicar a los amigos que los triunfos de Jemay se deben no solo a que sabe manejar el balón sino a que a ello agrega su disciplina de buen estudiante.

Vino de Armenia con el quinto de primaria aprobado pero en Nueva York le exigieron también el sexto. Después ingresó a Newton High School.

Este año se gradúa, y aunque sabe que va a ser un gran futbolista no ha podido decidir todavía qué carrera paralela va a iniciar cuando escoja la universidad que le ofrezca el
mejor futuro. Vacila entre estudiar biología o sociología.

La Escuela Newton tardará en reponerse de la pérdida que sufrirá con la graduación de «El diablito». Su paso providencial por sus aulas y los 58 goles que anotó en dos años sucesivos para el equipo fueron el hecho histórico más notable de la institución. Fue gracias a ellos que ésta pudo participar por primera vez en los campeonatos de la ciudad.

No siempre se gana

Con el número 10 en todas sus camisetas, de todos modos al joven Jemay también el fútbol le ha arrancado una que otra lágrima.

En 1980 lloró pesimista en las bancas del Madison Square Garden mientras otros 59 futbolistas escolares de todos los Estados Unidos exhibían su juego, su físico y sus capacidades frente a un grupo de los mejores entrenadores encargados de conformar el equipo de 16 futbolistas que representaría al país en la Copa Helsinki.

A los 5 minutos de saltar a la cancha a «El diablito» le habían ordenado sentarse de nuevo. Se sintió excluido y observó con desgano cómo aprovechaban sus competidores la oportunidad de media hora que tenían para demostrar su dominio de la bola y su condición de cracks verdaderos.

Pero finalmente resultó escogido y a Jemay le quedó la sensación de que impresionaba fácilmente con su juego de Armenia.

Los colombianos organizaron una colecta para que viajara cómodamente a Europa tan pronto se enteraron de que él había sido seleccionado y que vestiría la camiseta gringa en un mundial.

En Finlandia, 65 equipos disputaron la copa. Si bien casi nadie albergaba esperanzas por la selección estadounidense, con Jemay en el mediocampo ésta se ubicó en el segundo lugar y obtuvo el Subcampeonato.

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El trofeo fue para el equipo iraquí, que los derrotó 2-0 en la final.

Después Jemay y la selección viajaron en barco, con el título, a Suecia.

El crack colombiano llegó con un pie infectado por el calor tras el golpe que se proporcionó al chocar. Ocurrió durante el último partido en Finlandia, con una de las abundantes piedras que en forma inexplicable estaban medio cultas en la cancha.

Jugaron nuevamente en Oslo pero apenas llegaron a cuartos de final.

Al regresar a Nueva York. Jemay recibió una medalla por su destacada participación. Ransell, comentarista del The New York Times dijo de «El diablito» que reunía todas las características del «mejor definidor de partidos».

Eso hace de Jemay Arias el único colombiano a quien todo equipo de Nueva York quiere para sí. Por supuesto, la colonia colombiana también ha sacado frutos de su calidad en el campo.

Ya no caben los trofeos

«El diablito» es la estrella del Deportivo Antioquía Federal que en Queens comanda el “paisa» José Fresedo Rodríguez. Este, con frecuencia, alinea profesionales de la talla del Comanche» Salgado y «Cañitas” del Cúcuta Deportivo. Con ellos ganó Jemay en el 82 la Copa de Campeón de Campeones de Nueva York.

Las paredes de la casa de Jemay están repletas de trofeos. Según reconoce Aixa, es rara la temporada o el partido del que Jemay regrese sin uno nuevo y más pesado.

Lejos de provocar la envidia entre los amigos de su edad. Pues, son  ellos los que llevan con precisión la lista de los escalones que ha ido coronando con éxito Jemay. Son casi cuarenta.

Hace poco el alcalde de Nueva York, Edward Koch, lo abrazó y le entregó con orgullo el Premio General George W. Wingate, más conocido como El Caballo de Hierro. Título que se pelean millares de deportistas juveniles de las instituciones educativas de secundaria de Nueva York. Con este se llevan el reconocimiento de «jugador más valioso de la liga atlética».

A la cena que le brindaron a los ganadores de 13 modalidades deportivas fueron también Miguel y Aixa. Lenny, el ruso que le transmite viejas estrategias y Jorge Tarantini, a quien admira como futbolista y quien es su influyente consejero.

También estaba Paul Gardner, periodista británico que actúa como su agente ad-honorem. Es quien arregla sus compromisos y planifica los pasos de su carrera en las canchas. Por otro lado, Sunil Gulati, asistente editorial de la revista Kick.

Uno más que no podía faltar: Stan Green, el fotógrafo. Quien, sin Jemay saberlo, ha estado registrando cada movimiento suyo desde hace dos años. Su misión: perseguir con la cámara a una docena de promisorios cracks del deporte gringo.

Un futuro próspero en Nueva York

Antes de octubre, Jemay se verá obligado a decidir cuál va a ser la universidad beneficiada con su forma de mover los pies.

Después se hará un ciudadano de los Estados Unidos. Estará jugando entonces con el equipo de Nueva York en el Campeonato de las regiones.

Es muy seguro que pase al Campeonato Nacional. A Jemay ya le han dicho que posiblemente irá a México. Allí estaría con la selección que estará en las eliminatorias del Mundial Juvenil de Chile del 85.

Mas ni así se detiene la cadena de aspiraciones y de metas perfectamente realistas de «El diablito» Arias en Nueva York.

Si mantiene su actual ritmo y no descuida el estudio, todos saldremos ganando. Él piensa resarcirnos de la pérdida aún no llorada de la sede del Mundial 86.

Casi en secreto hay que pasar la voz que de fuentes respetables circula dentro y fuera de la colonia colombiana de Nueva York:

Jemay, «El diablito” Arias de Armenia, va a jugar con la selección gringa en el Mundial de Fútbol del 86.

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Enero
14 / 2021

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