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Lo bueno, lo malo y lo feo de la Coca-Cola, por Daniel Samper Pizano

Esta multinacional vende 1.900 millones de bebidas al día y todo gracias a su fórmula secreta que está detrás de una puerta blindada que protege celosamente la receta.

Foto: Unsplash/ CC BY 0.0/ Caitlyn Hastings

Esta multinacional vende 1.900 millones de bebidas al día y todo gracias a su fórmula secreta que está detrás de una puerta blindada que protege celosamente la receta.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 106 de enero 1979

Desde comienzos de 1979 habrá un nuevo factor que divide a China y la Unión Soviética: las gaseosas. Mientras la Unión Soviética ha otorgado la distribución exclusiva de refrescos capitalistas a la Pepsi-Cola, a partir de enero han empezado a llegar cargamentos de Coca-Cola a la China.

La diferencia parece una coincidencia más, pero en realidad representa un delicado juego político y comercial en el que están mezcladas las bebidas suaves más famosas del mundo.

La Pepsi-Cola llegó a Rusia gracias a las gestiones del presidente norteamericano Richard Nixon quien, debido a sus estrechos vínculos con la empresa, designó al presidente de la misma, Donald Kendall, como jefe de la misión comercial de Estados Unidos a la URSS. El resultado era previsible: Kendall regresó con un contrato en el cual Rusia entregaba su sed exclusivamente a la Pepsi.

Ante la influencia de tan hábil padrino en favor de la competencia, los directivos de Coca-Cola resolvieron ponerse las pilas e iniciar un ataque secreto al más grande mercado del mundo.

Fue así como, desde hace diez años, iniciaron contactos con el gobierno de Mao Tse-tung a fin de llevar algún día su producto a las gargantas de 900 millones de chinos. Cuando Nixon llegó a la China con su histórica misión de acercamiento en 1972, ya la Coca-Cola había avanzado notablemente. Ese diciembre se dio el último paso, cuando la República Popular China concedió a Coca-Cola la misma exclusividad que Rusia había otorgado a la Pepsi.

Un guerrero gaseoso

La conquista de China por la Coca y la de Rusia por la Pepsi es el episodio más reciente en una historia donde han estado mezclados frecuentemente altos intereses políticos internacionales.

A Coca-Cola se le atribuye una importante cuota de lucha en la campaña de las tropas norteamericanas en África del Norte durante la segunda guerra mundial. Lo primero que hizo el general Eisenhower al llegar allí fue solicitar el montaje relámpago de ocho embotelladoras a fin de tener bien provistos los morrales de sus soldados.

Rommel no sabe cómo llegó a golpearlo «la chispa de la vida». Ni tampoco los demás generales alemanes, italianos o japoneses, que se enfrentaron a unidades de combate que creían en «la pausa que refresca durante el esfuerzo de la guerra», como se anunciaba Coca-Cola en los campamentos, y que recibían suministros de manos de 163 supervisores enviados especialmente por la firma para velar por la permanente provisión de Coca-Cola a las tropas.

Es comprensible, por eso, la actitud del gobierno de Estados Unidos cuando, dos años después de la recuperación de Francia, el partido comunista emprendió una campaña contra la Coca-Cola. Washington le dejó saber a París que no había colaborado en su liberación para que le atacara a su más importante gaseosa. Y el proyecto de ley que establecía controles sobre la bebida no pasó. Fue así como se salvaron los franceses, cuyos terribles refrescos son inversamente proporcionales en calidad a sus vinos.

Más tarde, Coca-Cola se ha visto envuelta en otros líos de política internacional. Los árabes resolvieron boicotear su consumo si la bebida seguía vendiéndose en Israel. Y aunque no se sabe que hayan modificado su propósito es evidente que el calor del Sáhara ha sido un excelente aliado del producto prohibido.

Gracias a ello, tanto israelíes como árabes siguen tomando Coca-Cola. Con lo cual se equivocó Álvaro Cepeda, quien había pronosticado hace algunos años que la empresa revisaría su política hacia Israel. La sed resultó más revisionista que la Coca-Cola.

Los hindúes, en cambio, resolvieron dar un ultimátum a la embotelladora local: o revelaba la fórmula de preparación de la bebida, o se iba. Y la Coca-Cola se fue. Era ingenua la actitud del gobierno de la India. La base de la Coca es una sustancia secreta llamada 7x, cuya fórmula solo la saben en el mundo dos personas de absoluta confianza de la empresa. De morir ellas o sufrir un ataque colectivo de amnesia, la junta directiva de la compañía tendría que abrir una puerta blindada de 13 toneladas detrás de la cual se protege celosamente un papel con la receta escrita.

La Coca-Cola como sentimiento estético

¿Por qué es capaz de producir semejante alboroto una botella de 285 centímetros cúbicos repleta de una sustancia negra sin sabor parecido en la naturaleza? La verdad es que la Coca-Cola no solo es una gaseosa buena, regular o mala, sino el símbolo más concreto del sistema de vida norteamericano y todo cuanto él representa.

Cuando al famoso periodista de Kansas, William Allen White le pidió la revista Life que posara en su septuagésimo cumpleaños, White quiso hacerlo al lado de algún objeto que sintetizara lo más típico de Estados Unidos.

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En la fotografía salieron el veterano editor y un dispensador de Coca-Cola. Como símbolo norteamericano por excelencia, la Coca ha tenido que sufrir en vidrio propio las explosiones desatadas en muchos países del mundo contra el gobierno de Estados Unidos. Numerosas embotelladoras han sido apedreadas como protesta por determinados actos norteamericanos y los revolucionarios más extremistas solo la encuentran útil para fabricar cócteles Molotov. Dicen que es la botella ideal para esta clase de cosas…

Y para otras también, la verdad sea dicha. El artista Andy Warhol considera que el peculiar envase de la bebida es una obra maestra del arte popular y ha elaborado varios cuadros famosos con la popular botella.

Que en una época, sea dicho de paso, fue llamada Mae West, porque sus curvas recordaban las de la hoy envejecida rubia atómica del cine mudo. Además de Warhol, otros artistas han ocupado su talento en la botella, amparada desde 1960 por registro de propiedad intelectual, aunque su diseño data de 1916.

Salvador Dalí, Jasper Johns, Robert Rauschenberg son algunos de ellos. Entre nosotros, Antonio Caro hizo famoso un cuadro en que aparece escrita la palabra Colombia con la caligrafía y los colores típicos de Coca-Cola.

También los escritores han tenido que ver con ella. García Márquez tituló un famoso reportaje sobre Rusia con una alusión a ese país donde se recorren miles de kilómetros sin toparse con un solo aviso de Coca-Cola. Hay menciones de la oscura gaseosa en Norman Mailer, Tom Wolfe y John Updike y es personaje secundario en un poema del antioqueño Eduardo Escobar:

Por lo que su corazón se convirtió
en una hamburguesa que empuje
a correr Coca-Cola helada por las heladas venas.

Lo malo y lo feo

No siempre las alusiones son gentiles. El novelista Ilya Ehrenburg escribió: «Todo el que tome Coca-Cola, tarde o temprano caerá víctima de otros hábitos perniciosos». Esta afirmación corresponde a la creencia relativamente extendida de que la gaseosa tiene una sustancia elaborada con cocaína -en el mejor de los casos, con cafeína- que crea adicción.

Algunos como el periodista alemán Klaus Liedtke, afirman que el primer compuesto que se empleó hace casi cien años para producir Coca-Cola -el misterioso 7x- tenia hojas de coca. Los fabricantes afirman que la coca solo interviene en el nombre (mala noticia para los cultivadores nacionales), pero aceptan que tiene cafeína. Solo que en cada botella hay apenas la tercera parte de la cafeína que se encuentra en un tinto doble en pocillo grande.

También se le sindica de ser suficientemente tóxica como para disolver en dos meses un diente sumergido en Coca-Cola, y de estimular úlceras gástricas. Un editorial del periódico comunista Der Abend, de Austria, la acusó de esclavizar al ser que consuma más de diez botellas, y su colega italiano L’Unitá advirtió que el consumo de Coca-Cola encanece el cabello prematuramente.

Puede considerarse, en realidad, que estas afirmaciones, por no probadas, son calumnias de la oposición. Pero hay otras cosas que se saben a ciencia cierta: la Coca-Cola engorda, como todas las gaseosas que tienen alto porcentaje de azúcar.

Por eso mismo, puede perjudicar la dentadura. Algunos de los productos dietéticos de la misma compañía llevan sacarina, sustancia reportada como carcinogénica. Por otra parte, la botella plástica que se utilizó para envasarla en Estados Unidos ha sido señalada como peligrosa por las autoridades. Y si vamos a ser aún más severos, se acusa a altos funcionarios de la compañía de haber efectuado sobornos por 1 millón 300 mil dólares dentro y fuera de Estados Unidos.

Pero, por encima de estos problemas, Coca-Cola encanta a millones de personas en el mundo entero. Fidel Castro es coca cola-adicto (hay que recordar que al ron con Coca-Cola se le llama «Cuba libre»); el emperador etíope Haile Selassie la consumía por barriles; el canciller alemán Helmut Schmidt la reconoce como uno de sus vicios: Pablo VI la bebía: sir Edmund Hillary llevó varias docenas en su expedición al Polo Sur: el ex-rey Farouk calmaba su sed faraónica con la pausa que refresca: Jimmy Carter hizo reemplazar en la Casa Blanca las máquinas de Pepsi que había instalado Nixon por aparatos expendedores de Coca; la reina Isabel llevaba, el día de su coronación, un vestido de gala equipado con estratégicos bolsillos donde guardó botellas de Coca-Cola para tomar disimuladamente a lo largo de la extenuante ceremonia.

No se sabe si el filósofo Herbert Marcuse es consumidor o no de la bebida, pero es famosa su frase en la que califica a los muchachos de la generación de los años 60 como «hijos de Marx y la Coca-Cola». A propósito de lo cual vale la pena recordar que Colombia se le anticipó notablemente: la de los «cocacolos» fue aquí la generación de los años 50….

El agente 7x

El hombre al que se debe este invento era un farmaceuta gringo que jamás llegó a imaginar la importancia que iría a adquirir su producto. El doctor John S. Pemberton, de Atlanta, fabricaba por igual tónicos para curar el dolor de cabeza, pociones de amor y bebidas suaves.

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No se sabe a derechas si la Coca-Cola nació como lo primero, como lo segundo o como lo tercero en mayo de 1886, pero lo cierto es que en pocos meses había conseguido algún éxito como refresco en las fuentes de soda. Tanto el nombre como la peculiar caligrafía fueron obra del contabilista de Pemberton.

Inicialmente, la Coca-Cola era un jarabe a base de la fórmula secreta fabricada por el droguista, al cual se mezclaba agua para producir la bebida. Pero un día, por error, alguien le agregó soda en vez de agua y la mejoró sustancialmente.

Pemberton, hombre de mentalidad comercial bien aguzada, gastó en publicidad el primer año más de lo que arrojaron las ventas de su brebaje. Pero fue una inversión con futuro. Desde 1886, cuando apareció el primer aviso de «Tome Coca-Cola», cada día se consume más gaseosa en el mundo.

Las 3.200 bebidas que se vendieron el primer año se han multiplicado muchas veces hasta llegar a 1.900 millones de botellas diarias. De ellas, cerca de 10 millones se venden cada 24 horas en Colombia.

Una revolución moderna

Pemberton no alcanzó a ver el gran auge de su invento. Muerto dos años después, sus acciones cayeron en manos de Asa Candler, quien las compró por 2.300 luego de algunos tejemanejes de negocios.

Con Candler, Coca-Cola se volvió la bebida nacional gringa y empezó a exportarse a Canadá (1898) y México (1899). Para entonces, ya le habían surgido imitadores. Antes de acabar el siglo. Coca-Cola dio un paso fundamental en su historia: empezó a embotellar el producto. El contrato de concesión de envase consta apenas de 600 palabras, se le considera el contrato comercial más importante de la historia e hizo millonarios a los señores que lo adquirieron.

Desde entonces, la empresa matriz -«The Coca-Cola Company»- se limita a fabricar la materia prima de la bebida y venderla a embotelladores independientes que le agregan agua, azúcar y ácido carbónico para llegar al producto final.

Actualmente hay más de 1.600 plantas embotelladoras alrededor del mundo (20 en Colombia), incluso en países socialistas como Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Yugoslavia y, a partir de este año, regresa a la China Popular, de donde Mao había cometido el error de desterrarla en 1949, exactamente diez años después de que se inauguró la Coca entre nosotros.

Además, The Coca-Cola Company es dueña de 250 productos más, entre ellos las marcas Fanta y Tab (dietética) y algunos vinos de California. En sus archivos reposan varias solicitudes que buscan la concesión para embotellarla algún día en la Luna.

A lo largo de su historia, ha sembrado más de un hito publicitario, de mercadeo y de diseño. Coca-Cola se adelantó a las demás en la fabricación de cajas de media docena de envases, botellas litro y gaseosas enlatadas.

Ha hecho famosos mundialmente slogans como «la pausa que refresca» y «la chispa de la vida». Ha significado, en suma, una revolución en los hábitos de bebida. Pero aún, como lo reconoció el vicepresidente de la empresa, es mayor el número de personas en el mundo que no tienen acceso a la Coca-Cola que el de los adictos a la secta de Pemberton.

En cuanto a que sea o no imperialista. Seguramente lo es. Pero, al menos, es un imperialismo deliciosamente refrescante. Se los dice un maniático.

¿Ha cambiado algo de la Coca-Cola? Escríbanos en el recuadro de comentarios

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Julio
03 / 2019


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