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Así fue el primer viaje de Colón a América

Colón murió sin saber que había pisado un nuevo continente y que su viaje había sido el más importante del milenio. Vea cómo fue el primer viaje y llegada a América.

Foto: Andreea Swank/ Unsplash/ CC BY 0.0

Colón murió sin saber que había pisado un nuevo continente y que su viaje había sido el más importante del milenio. Vea cómo fue el primer viaje y llegada a América.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 271 de octubre 1992

Al amanecer del viernes 3 de agosto de 1492, de Palos de Moguer, cerca a Huelva, se hacen a la mar con rumbo a Canarias tres naves cuyos nombres nunca se olvidarán: la SantaMaría, La Pinta y La Niña, al mando de Colón, Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón, con un total de noventa hombres a bordo.

Sabemos que andaban entre las sesenta y las ciento cincuenta toneladas, y que la Santa María era una nao carguera, mientras que las otras dos eran carabelas más rápidas. De ellas no tenemos ninguna representación exacta, pero las hemos reconstruido no solo con base en instrucciones náuticas e ilustraciones de mapas y cartas, sino también en el famoso «Barco de Mataró», única maqueta contemporánea.

Colón no ha hecho más que un voto, el de cruzar el océano, y en agosto, en San Sebastián, en la isla canaria de Gomera, mientras a La Pinta se le repara en Las Palmas el timón que él sospecha ha sido desencajado por Quintero «porque le pesaba ir a aquel viaje», Colón se enamora de Beatriz de Bobadilla, viuda del Capitán General del puerto; la Reina Isabel los había enviado allá para apartar del Rey Fernando a la bella Beatriz.

El 6 de septiembre la armada leva anclas y pasa frente a Fierro, la más occidental de las Canarias. Pero en el límite norte de los alisios el viento es variable, y la flota demora tres días en perder de vista la isla y los casi cuatro mil metros del Teide, el volcán que corona a Tenerife, del que ven «salir gran fuego».

De ahí en adelante la primera travesía del Atlántico es una pura delicia dentro de lo que eran los lujos marinos de aquella época. Viento en popa y con la sal de lo desconocido en los labios, Colón no tiene más que perseguir las constelaciones que siguen la latitud que él ha escogido, 28° N, la de Canarias, la de la legendaria «Antilla», la de Cipango, Japón; principalmente las Pleiades, que en esa época, después de media noche navegan por el cielo en cerrado escuadrón.

La latitud ya se puede medir tomando con un cuadrante la altura de la Estrella Polar, y también midiendo la del sol al mediodía y corrigiendo su declinación con tablas como las que en Lisboa ha elaborado Abraham Zacuto.

La hora se mide con ampolleta de arena de media hora, cada guardia ocho ampolletas, y se corrige, tal vez cada semana, con el sol a mediodía. Al voltear la ampolleta el grumete canta: «Bendita sea la hora en que Dios nació y Santa María que lo parió, y San Juan que lo bautizó». Pero a veces está mareado y se demora… Todo es muy aproximado. La longitud, en cambio, no se puede precisar, y lo importante es la estima, es decir, el cálculo continuo de lo recorrido por tiempo, velocidad y rumbo.

La larga caña del timón cruje bajo la única cabina de a bordo, la del capitán; los demás duermen a la luz de las estrellas y a merced de la sal y del viento. Todos comen carne o pescado salados, con lentejas y garbanzos cocinados por cualquiera en las brasas que bajo el castillo de proa humean en un cajón lleno de arena, y los bajan con la famosa galleta marinera, con algo de harina salada transformada en pan sobre las brasas, y con vino tinto mientras dure; después con agua rancia hasta que se pueda recoger lluvia
con una vela.

Las necesidades del cuerpo se hacen por la borda, y a sotavento. Pero no importa: los fieles alisios cantan en los aparejos y para Colón es «placer grande el gusto de las mañanas… que no faltaba sino oír ruiseñores… (y) el tiempo como abril en Andalucía». Nada en la vida, ni el éxito final, es tan dulce como saberse embarcado en el rumbo que uno ha escogido. El cielo, azul como lo pintó Dios, se adorna con «borreguitos» blancos, y en el mar tranquilo juegan los peces, tranquilos también porque los españoles poco pescan, igual que en América por mucho tiempo poco sembrarán. Una cosa es descubrir y otra laborar.

El 16 de septiembre entran en el mar del Sargazo; el 17 notan que las agujas «noruestean”, pero Colón logra tranquilizar a sus tripulaciones: la que se mueve es la estrella, y la brújula es buena.

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El 19 les parece ver en las toninas, los alcatraces, las tórtolas, las ballenas, señales de la isla «Antilla» (hoy lo que aquí se ve es un basurero de envases plásticos). Y el Diario describe también el ave «rabihorcado que hace vomitar a los alcatraces lo que comen para comerlo ella», descripción exacta de la tijereta que tanto se ve en el Caribe.

Octubre entra con lluvia, y Martín Alonso, preocupado, empieza a consultar con Colón. Pero el viento no está para vueltas, Pinzón ha visto pájaros que vuelan al sur-suroeste, y Colón promete volver atrás si en tres días no hay tierra. Avante!

A las diez de la noche del día 11, Colón ve una luz que oscila en el horizonte. Pedro Gutiérrez, «repostero», también la ve; en cambio el «veedor» del Rey, Rodrigo Sánchez de Segovia, como buen burócrata no ve nada. A las dos de la madrugada se oye de La Pinta el grito de Rodrigo de Triana, «¡Tierra!», y pronto Martín Alonso confirma que a la luz de la luna divisa unos acantilados blancos. Él y Colón se quedarán con los diez mil maravedíes prometidos por el Rey a quien primero vea las Indias, y Rodrigo Triana irá a morir en el Pacífico con Loayza y Elcano.

El Almirante, que ya lo es, como marino prudente no quiere acercarse con el viento a una costa desconocida antes que amanezca. Hace cantar la Salve, y ordena «al pairo», es decir a la espera. Con la primera luz del viernes 12 de octubre el escuadrón dobla la isla por el sur y busca en el agua transparente de la costa de barlovento el paso a través del arrecife coralino que Colón llama la restinga de piedras».

Con el sol en alto entra el Almirante en chalupa a la deslumbrante playa donde los generosos indios desnudos reciban tímida pero benévolamente a estos seres barbados que del cielo han llegado en castillos alados trayendo espejos, gorros rojos, y cascabeles de halcón que hacen «chuc chuc», el nombre que les darán los indios. A su isla la llaman Guanahaní; Colón la bautiza San Salvador y toma posesión en nombre de los Reyes Católicos.

Anota que esta gente «mejor se libraría y convertiría a nuestra Santa Fe con amor que con fuerza». Se ha enamorado de los indios: lástima que este amor no durará. San Salvador no es tierra firme, y Colón empieza a hilar islas dirigido por media docena de guías Indios. Sin ellos nunca hubiera llegado al extremo oriental de Santo Domingo, para de ahí zarpar de regreso a España. Los indios son, pues, partícipes indispensables en el Descubrimiento.

Al fin llega Colón a Puerto Gibara, Cuba le parece el cabo oriental del continente asiático. Luis de Torres, el interprete, parte con Juan de Jerez y una embajada hacia el poblado; pero en vez de oro y especias regresan con un «tizón» de hierbas que da un Sahumerio» agradable y que acabará por ser mayor vicio que el oro. Es el tabaco.

Tras una breve expedición occidente, el Almirante sigue la costa hacia Oriente, se aleja de Cuba en el cabo Maisi, que llama «Alfa y Omega», es decir el principio y el fin de Asia, y pasa a lo que hoy es Haití, entrando en el día de San Nicolás al magnífico puerto que todavía lleva ese nombre. Martín Alonso Pinzón se ha largado el 22 de noviembre en La Pinta hacia la isla de «Babeque» donde los indios dicen que hay oro hasta en la playa.

Es la isla Inagua de hoy, que no produce más que sal. «Otras muchas me tiene hecho y dicho», dice el Almirante de Martín Alonso, de la Santa María.

Ahora lo urgente es regresar a la península con la noticia del descubrimiento, y «Navidad» no está a más de un mes de Europa. El Almirante, cuya visión siempre se adelanta a los hechos, piensa regresar pronto a La Española con todo lo necesario para fundar una verdadera colonia.

El 2 de enero zarpa en La Niña orzando contra el viento, y pasa Monte Cristi, anotando que «el que se hubiere de ir a la Villa de Navidad, que conociere a Monte Cristi… (que) tiene forma de un alfaneque (tolda) muy hermoso». El día 6 ve acercarse viento en popa a La Pinta, y a regañadientes acepta la explicación de Pinzón, que trae oro.

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Juntos toman el rumbo de Europa el 18 de enero, desde la gran bahía de Santana en el extremo oriental de lo que hoy es Santo Domingo pero primero van al noreste, a buscar el viento que Colón conoce. En febrero llegan a las latitudes donde sopla viento de Occidente que como buen céfiro es tormentoso.

En la noche del 13 el vendaval se lleva a la Pinta mientras Colón recoge velas, y aterrado de que su descubrimiento se pierda con el lanza al mar en una barrica el extracto de su diario. Con grandes dificultades entra el 15 a Santa María de las Azores, y trabajo le cuesta convencer al gobernador portugués que La Niña no ha estado infringiendo el costo africano de Portugal.

Logra zarpar el 24, y al fin, aguantada otra tormenta, el 3 de marzo, corriendo ante el vendaval con solo la cebadera, la luna llena le ilumina la costa de Portugal que a prudente distancia hay que largar hasta recalar el 5 en Lisboa. Ni carabela ni tripulación hubieran aguantado más.

En Portugal, Colón se hace tratar como Almirante, y pide audiencia al Rey Don Joao, no solo para conseguir su ayuda sino para demostrarle que al fin ha realizado lo que hace años le propuso.

Peligroso empeño, pues Don Joao acaba de asesinar a su cuñado por razones de Estado, y no puede alegrarse de que su prima castellana haya tenido éxito donde él no quiso aventurarse. Pero el Rey recibe bien a Colón y manda reparar La Niña, y el 13 zarpa el Almirante hacia Palos, donde pasa la barra del Saltés el 15, y suelta el ancla donde hace siete meses la levó.

El mismo día entra en Palos La Pinta. De La Española ha llegado directamente a Bayona en Galicia, de donde Pinzón ha pedido audiencia a los Reyes, pero no lo han querido recibir sin Colón. Martín Alonso regresa a su tierra enfermo, y en menos de un mes está muerto. Sin él hubiera sido difícil armar esta expedición, y él fue el primero en confirmar el descubrimiento y en traer la noticia a Europa: pero siempre trató de andar solo, y la Providencia no se lo ha perdonado.

El Almirante despacha dos copias más de la carta que a los Reyes ha enviado desde Lisboa, una a Barcelona y otra a Córdoba, y dedica dos semanas a cumplir sus promesas en la Rábida y en la Semana Santa de Sevilla, como después las cumplirá en Guadalupe, santuario de la Virgen que se trasladará a América.

El Domingo de Pascua le llega la respuesta de los soberanos, dirigida ya al «Almirante Virrey». Habla de un segundo viaje, y Colón en su respuesta empieza ya a exponer sus grandes ideas de colonizador.

Avanza hacia Barcelona con séquito triunfal de loros, indios y oro, y el 20 de abril de 1493 se presenta en la gran sala del Tinell y recibe de los soberanos satisfechos el privilegio de cuartear en su blasón las armas de los dos reinos con campos de islas y anclas.

Colón ha tenido razón, y en apoyarle han acertado Castilla y Aragón. El 3 y 4 de mayo, Alejandro VI promulga las bulas que dividen el orbe entre España y Portugal, por la longitud que pasa a cien leguas al oeste de las Azores.

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