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Medicina prehispánica, ¿quién le enseñó a quien?

Cuando los europeos llegaron al Nuevo Mundo, ya existía la medicina de las plantas. Estas se convirtieron en patrimonio de la humanidad.

Foto: Unsplash/ CC BY 0.0

Cuando los europeos llegaron al Nuevo Mundo, ya existía la medicina de las plantas. Estas se convirtieron en patrimonio de la humanidad.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 270 de septiembre 1992

Aunque fue muy tardía la llegada del hombre a América, sus huellas de curandero y artesano aparecen ya en las primeras comunidades constituidas en el continente. Entre las más antiguas figuran los moais, espíritus protectores esculpidos en gigantescos monolíticos en las islas de Pascua (Chile). Se calcula que fueron erigidos hace 30.000 o más años.

A la llegada de los europeos, los mohanes, piaches, behiques, jaibanaes curacas, mamas distintos nombres para designar a los sacerdotes mágicos de nuestras comunidades indígenas eran, y son, los depositarios de las más antiguas prácticas médicas, entre las cuales se han destacado como excelentes conocedores de la botánica.

En el gran laboratorio de la naturaleza que es la selva, descubrieron las propiedades curativas, tóxicas, alimenticias e industriales de plantas cuyo uso, después de civilizarlas, fue diseminado entre todas las culturas americanas. Sería prolijo mencionar sus nombres y propiedades, los cuales se preservaron por el empeño de los médicos empíricos en memorizarlos.

Muchas de ellas, trasplantadas a Europa, África y Asia, se convirtieron en patrimonio de la alimentación y la terapéutica de la humanidad: tabaco, quina, papa, maíz, yuca, cacao, hule, marihuana, coca, etc.

Como ejemplo de su creatividad investigativa queremos destacar el descubrimiento, desarrollo y empleo del curare. Conocidas las especies vegetales y animales que lo contenían, los caribes lograron aislar, preservar e inocular a distancia con cerbatanas y flechas su principio activo que paraliza los músculos sin envenenar la carne de sus víctimas, hecho que presupone el conocimiento de la circulación sanguínea.

En los primeros días de la Conquista, el cronista Hernán Pérez de Oliva consigna el testimonio de que los behiques, sacerdotes de los taínos de Santo Domingo, tenían poderes sobre tales espíritus, a los que exorcizaban con inhalaciones de tabaco. Para expulsarlos del enfermo, quinientos años después los piaches, sacerdotes de los wayuu de La Guajira, primos de los taínos, se valen de la misma planta.

La sociedad aborigen reconocía, respetaba y veneraba a sus jeques nombre dado por los chibchas a sus médicos sacerdotes. En esta cultura, la más avanzada y extendida en nuestro país, disponían de escuelas o monasterios, cucas, a donde ingresaban desde niños los escogidos por los propios sacerdotes, que adivinaban sus aptitudes médicas y religiosas mediante signos revelados por los astros (el Sol, la Luna).

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El prestigio que acumulaban los jeques por sus curaciones y conocimientos convirtieron al cacique Sogamoso, llamado Idacansás, en un jefe religioso cuyos poderes superaban a los del Zipa, el principal político que se consideraba hijo del Sol.

Nos relata el cronista y poeta Juan de Castellanos:

«Hubo tiempos pasados un cacique,
Idacansás llamado, que en su lengua
Significaba luz grande de la tierra,
El cual tenía gran conocimiento
En las señales que representaban
Haber mudanzas en los temporales
O de serenidad o tempestades,
De sequedad, de lluvias, hielos, vientos
O de contagiosas pestilencias…»

El vasto conocimiento de la botánica de los arawak, chibchas y caribes deslumbró a Humboldt cuando visitó la Nueva Granada y pudo enterarse de los herbarios recogidos por el médico gaditano José Celestino Mutis y sus discípulos de la Expedición Botánica.

BOTÁNICOS MEXICANOS Y BARBEROS CIRUJANOS EUROPEOS

No es de extrañar que se produjera gran expectativa entre los médicos de España y Europa cuando llegaban las cajas con plantas medicinales, procedentes del Nuevo Mundo. Para comprender su impacto hay que recordar que la medicina europea se hallaba anquilosada en los principios promulgados por Hipócrates (466-327 a.C.) y los renovadores de Galeno (131-201), pues el oscurantismo religioso rechazaba los nuevos métodos experimentales de Avicena (980-1037), introducidos por los árabes en las universidades de la península.

Aunque América, a juicio de los conquistadores y religiosos resultó plagada de infieles, bárbaros y antropófagos, los Reyes de España pronto advirtieron que de las nuevas tierras no sólo procedían oro y especias, sino plantas desconocidas a las que se les atribuía propiedades curativas para la tuberculosis, la sífilis y el tifo que diezmaban a Europa. Por esta estrecha rendija se introdujo un renacer de la botánica con plantas no escritas en el índice de los embrujos satánicos.

«Los jardines botánicos del México precortesiano eran grandiosos en una época en la que aún no se conocían en Europa, pues hasta mediados del siglo XVI se fundó el primero en Italia. Aquí los hubo en Tepoztlán, Oaxtepec, Huachinango, Texcotzingo, Chapultepec y otros lugares.

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El de Oaxtepec, que vieron Cortés y Díaz del Castillo, fue probablemente uno de los mejores, a juzgar por los elogios que le dedicaron esos personajes diciendo que “mejor cosa no se había visto en Castilla».

Felipe II promovió y financió una gran expedición a sus colonias dirigida por médicos, botánicos y geólogos para que a la brevedad posible compilaran y registraran el mayor número de plantas medicinales. El prestigio de los curanderos indígenas se acrecentó a los ojos de los comisionados.

En las islas de Santo Domingo y Cuba, así como en tierras del continente, la Nueva España, la Nueva Granada y Audiencia del Perú y Quito aparecían nuevas y extrañas plantas con propiedades médicas que exaltaban la imaginación de los médicos y enfermeros de Europa. El propio Carlos II llevaba una sortija con la piedra de jade utilizada por los sacerdotes aztecas para protegerse de cálculos biliares.

Podemos, pues, afirmar sin chauvinismo que durante los dos primeros siglos de la Colonia, más se llevó España de la medicina americana que lo aportado por la europea a sus colonias. La urgencia que se dieron los reyes de fundar la primera cátedra médica en México (1636), revela más de la preocupación por controlar la práctica de los indígenas que por enriquecerla con sus enseñanzas.

Rememorar este horizonte histórico de la botánica y la medicina empíricas americanas, quinientos años después del encuentro con Europa, es una revelación de lo mucho que hemos entregado al desarrollo de la cultura universal.

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Mayo
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