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Adolfo Hitler: un salto hacia el abismo de la humanidad

El nombramiento de Adolfo Hitler como canciller del Reich en 1933 también se dio inicio a la mayor tragedia de la historia universal.

Foto: Adolfo Hitler y Benito Mussolini en Munich, Alemania/ Wikimedia Commons/ Public Domain

El nombramiento de Adolfo Hitler como canciller del Reich en 1933 también se dio inicio a la mayor tragedia de la historia universal.

Gélido, el día ha despuntado y las luces del alba se despliegan sobre el cielo plomizo de Berlín. Ya se ve a la gente, abrigada, dirigirse al lugar del encuentro. Entre tanto, en las puertas de las droguerías los termómetros marcan los cuatro grados bajo cero.

El frío, como sólo puede serlo en esta ciudad, es penetrante. Se cuela por la ropa de los transeúntes, invade sus huesos, les contamina la médula ósea, y desde allí se irradia por sus cuerpos, produciendo temblor; y aliñando ese malestar de invierno que con algo de espanto nos hace a todos preguntarnos, ingenuos, Por qué diablos existe el frío en el mundo.

El día que Adolfo Hitler llegó al poder

Sin embargo, en esta mañana del 30 de enero de 1933 nada ha podido impedir que una multitud se instale en las calles aledañas al Hotel Kaiserhof, en el centro de la ciudad.

El pueblo está agitado, algo importante para su país está a punto de suceder. Paciente, la gente aguarda frente al zaguán del lujoso hotel. La hora se acerca. Y ha valido la pena esperar, pues de repente, de la puerta sale un séquito de señores encorbatados rodeados por una docena de gendarmes.

Entre ellos descuella una figura pálida, caricaturesca, abigarrada, que sobresale porque se ha detenido para acoger el júbilo de la muchedumbre que desde la madrugada lo espera.

Hitler, el hombre caricatura

Ahí se lo ve. Brillante bajo la luz de este frío día de su gloria. El bigotito, ya familiar, apuntalado sobre ese rostro de hierro que durante los últimos diez años ha colmado periódicos, pantallas de cine, tarjetas postales, portadas de libros y de revistas nacionales e internacionales, manuales escolares, panfletos, pancartas, caricaturas.

Sebastian Haffner, años después, lo recordará así: “con el peinado de proxeneta, la elegancia de pacotilla, los ademanes de epiléptico y la mirada entre flamante y extraviada «. Es Adolfo Hitler, ese don nadie, ese artista frustrado y desempleado de otrora, que ahora está a pocos minutos de ser nombrado canciller del Reich.

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El mundo en caída libre

El líder del Partido Nacionalsocialista deja escapar una sonrisa. Una tímida e incontrolada mueca, un error de concentración, un guiño pueril que hasta ahora siempre ha sido reservado a los fotógrafos oficiales de la propaganda de su partido pero en esta ocasión la cámara de un aficionado ha guardado para la historia.

Es comprensible que en este instante la severidad haya cedido. Es un día trascendente, acaso el día más importantes, el cenit, lo más alto de su carrera política. Pues todo lo que vendrá será una sola caída libre: el régimen del nazismo, el desplome moral de Occidente, el exterminio de seis millones de judíos, la Segunda Guerra Mundial y sus sesenta millones de víctimas.

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Adolf Hitler and Helga Goebbels 1935

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Como activada por resortes, la mano del nuevo canciller se eleva para saludar a sus seguidores. Luego, ya en el interior de la limosina que recorrerá esos doscientos metros que separaran el Hotel Kaiserhof de la Cancillería, Hitler parte dejando atrás el júbilo, ese superfluo sentimiento de las masas que a partir de ahora sólo sabrá explotar.

El acto culmina a las once del día en una sala atestada de fotógrafos. Sólo hay que discutir los últimos detalles y firmar ese documento. Así, Hitler se ha encaramado al poder. Y en ese momento (usemos aquí una expresión típica de los mismos alemanes) inicia el infierno.

El día de la historia de la historia

«Hoy Alemania ha dado un salto al abismo», escribió un periodista berlinés en la misma tarde de ese 30 de enero de 1933. Hace 75 años, ese cronista se encontraba entre los pocos convencidos de que la llegada de los nazis al poder cambiaría el rumbo de la historia. No sólo de la propia, sino la del mundo entero.

Por el contrario, para los millones de adeptos del nazismo y para el puñado de políticos conservadores que por oportunismo apoyaban a Hitler, en esa mañana de 1933 se había alcanzado un punto álgido.

Había sido la apoteosis con la que a comienzos de siglo habían soñado los fundadores del nazismo. Y había sido, sin duda, el objetivo que se habían puesto los más obstinados partidarios del nacionalsocialismo. Uno de estos, Josef Goebbels, quien semanas después iba a convertirse en ministro de propaganda del Reich, escribió en ese día en su diario: «Hoy todo ha sido como un cuento de hadas».

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si la guerra esta perdida, no me importa que mi pueblo sufra. No derramare una sola lagrima por el. «No merece nada Mejor» #AdolfoHitler

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Un partido popular racista y antisemita

Y de hecho, algo prodigioso sí guardaba el rápido ascenso al poder en Alemania de un partido popular, racista, antisemita y patriotero como lo fue el NSDAP de los nazis.

Algo asombroso tenía el hecho de que ya en las alturas del siglo XX, una de las más avanzadas sociedades de una civilización que durante más de ocho milenios había podido desarrollarse en pos de un progreso técnico y moral, hubiera elegido a un gobernante antiprogresista, destructivo, al jefe de mando de la más perfecta y atroz máquina del mal de la historia de la humanidad.

Es por esta razón que nos cuesta entender lo que sucedió. ¿Cómo pudo la dirigencia alemana nombrar canciller a Adolfo Hitler? ¿A él y el inmenso aparato político y paramilitar que sólo buscaba fulminar la deslegitimada y frágil república alemana de ese entonces?

Fue algo fantástico (en esto tuvo razón el infame Goebbels), pero fue algo real. Y esto es lo que en la misma Europa, la mayor víctima de las consecuencias de ese 30 de enero de 1933, en este año se conmemora.

Estaba lejos de ser el único

Todos se preguntan, socavados por la incertidumbre, por qué aunque muchos lo advirtieron, nadie hizo lo necesario en el momento en que hace 75 años el mundo daba aquel salto mortal al abismo.

Los europeos dedican desde enero de este año eventos públicos, libros, programas y películas enteras a descifrar los misterios de la ascensión de Hitler al poder. Saben muy bien que no fueron los nazis el único motivo por el que hace 75 años el continente decidió radicalizarse.

Las más recientes investigaciones coinciden en que Hitler, aunque por cuenta de una retórica burda y oportunista había logrado reunir millones de personas en torno suyo, estaba muy lejos de ser el único autor de su propia suerte.

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“Tiene un bigotito como el de Chaplin, pero hace tiempos dejó de ser gracioso»

Julio César Napoleón, Bolívar, Lenin, para nombrar sólo a los más conocidos, habían sido personalidades sin las que la historia muy seguramente habría tomado un curso distinto.

Adolfo Hitler, en cambio, hasta 1933 permanecía el títere de las ambiciones de copartidarios más visionarios y una personalidad que rayaba en lo tragicómico y en el que convergían los más bajos sentimientos de cientos de miles de europeos.

El nazi que nació con bigote de Chaplin

Pocos lo admiraban. Pero muchos lo impulsaron, para explotarlo. Y quiénes desde muy temprano lo criticaron (ya en 1923 el tirista Kurt Tucholsky, que sabía a qué tendría que atenerse, escribió: “Tiene un bigotito como el de Chaplin, pero hace tiempos dejó de ser gracioso «) les esperaba inexorablemente el exilio o la muerte.

De esta manera, quien ascendió hace 75 años al poder en Alemania era en parte el títere de muchos. Y la mayoría de estos, naturalmente, fueron millones de alemanes. Un pueblo representativo de la paupérrima Europa de esos tiempos, cuyos habitantes desesperados por el desempleo, la hiperinflación y la desconfianza, añoraban más que nunca un cambio radical.

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Así, en ese 30 de enero de 1933 el nombramiento de Adolfo Hitler como canciller de los alemanes fue la caída de la primera ficha de un dominó que terminó en la guerra y el Holocausto. Físicamente la tumbó el presidente del Reich, Paul von Hindenburg, el longevo mariscal de campo que cedió ante la presión de los nazis y les dio espacio en el gobierno.

Para la historia

Una decisión que le granjeó a Hindenburg uno de los peores prestigios que puede achacarle a alguien la historia: el de la traición por desidia. Mucha razón tuvo el destacado general de la Primera Guerra Mundial Erich Ludendorff en reprender a Hindenburg en una misiva escrita el mismo 30 de enero:

«Profetizo solemnemente que este hombre maldito precipitará nuestro Reich en el abismo y hundirá nuestra nación en una miseria inconcebible. Las generaciones futuras os maldecirán en vuestra tumba por lo que habéis hecho”.

Pero este visionario general se quedó en lo pequeño, en las acusaciones individuales. En realidad la culpa no había sido de uno solo ni de los millones de alemanes que votaron por Adolfo Hitler. Fue la de todos nosotros.

Y lo seguirá siendo mientras en el mundo aún existan los dos ingredientes que siguen produciendo hasta hoy, treinta de enero como el de 1933: aquello que sin poder definirlo bien, llamamos Mal, y aquello que por el contrario nos es tan familiar: nuestra inmensa y penosa desidia.

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Este texto titulado Adolfo Hitler: un salto hacia el abismo de la humanidad, fue publicado originalmente en Revista Diners Ed. 455 de febrero de 2008

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Noviembre
19 / 2021

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