Belisario Betancur, el hijo de un arriero que logró ser presidente de la República

Descubra la historia jamás contada del presidente Belisario Betancur, a propósito de su fallecimiento el 7 de diciembre en la Fundación Santa Fe de Bogotá por complicaciones renales.
 
Belisario Betancur, el hijo de un arriero que logró ser presidente de la República
Foto: Archivo Diners
POR: 
Gregorio Espinosa

De su dura etapa infantil no hay en Belisario Betancur rastro desagradable. El paso del tiempo convirtió las privaciones del paterno hogar campesino en remembranzas, risueñas, no exentas de toques imaginativos. La serena contemplación del espectáculo humano, acompañada por ardiente fe religiosa, difuminó el luctuoso recuerdo de diecisiete hermanos “muertos de subdesarrollo”, según su necrológica diagnosis. Una huella imborrable sí existe:

El Belisario con que lo cristianaron. Él lo soporta con la resignada reflexión de que serían peor las cosas si en vez de “Genoveva de Brabante”, de cuyas páginas salió aquel apelativo, la lectura predilecta del progenitor hubiera sido “Los Tres Mosqueteros”. Marcando deliberadamente el acento antioqueño, me pregunta entre serio y bromista:

“¿Podría aspirar a la presidencia de la república alguien llamado D’Artagnan Betancur?”.

Frente al amplio ventanal que permite una vista hermosa de la ciudad, hilvana Betancur sus reminiscencias. Le he pedido que me cuente por entero su periplo vital, oído fragmentariamente en muchas ocasiones de íntimo diálogo o en alegres tertulias. A poco de iniciarse el relato advierto que hubo en su tránsito de la niñez a la pubertad un victorioso signo eclesiástico. Veámoslo.

En la escuelita rural donde misiá Rosario Rivera transmitía entre hogareños trebejos sus escasos conocimientos, no había después del segundo año primario nada qué aprender. En el vecino puebluco al que se trasladó la diezmada familia, podía llegarse hasta el quinto curso y Belisario lo repitió tres veces para no entregarse a la vagancia caminera. Por intervención de un tío emprendedor, monseñor Miguel Ángel Builes llevó a aquel párvulo despierto, vivaz y asimilador al Seminario de Misiones de Yarumal.

El enérgico prelado vio en el niño, además de su alborotado ancestro conservador, condiciones de audacia y franqueza. Bastó entonces un signo de su báculo omnipotente para abrir los portalones del plantel, afamado por su disciplina y la solidez de sus enseñanzas. Era visible que el infante no poseía vocación sacerdotal, pero monseñor Builes adivinó en él un futuro capitán de buenas causas.

Al cabo de tres años largos, recuerda Betancur, el sacerdote que era vicerrector del Seminario resolvió no seguir cohonestando mi falta de vocación religiosa, que yo no disimulaba. Me conminó a abandonar el claustro y buscar otro sitio en qué estudiar. Le confesé mi desamparo absoluto. Lleno entonces de compasión me consiguió el ingreso en la Pontificia Universidad Bolivariana de Medellín. “Ese padrecito inflexible y compasivo es hoy Cardenal de la Iglesia y se llama Anibal Muñoz Duque”.

De la protección de monseñor Builes quedaron firmes fundamentos morales y útiles conocimientos, entre ellos buenas dosis de latín y griego. De la disciplinante ayuda de monseñor Muñoz Duque todo el camino siguiente de perfeccionamiento intelectual, de injerencia en la actividad política, de posibilidades para derribar obstáculos y conquistar metas soñadas. Hay una luz episcopal que por afortunada coincidencia alumbra todo eso.


En 1947, cuando se graduó de abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Foto: Archivo Diners


Es inalterada tradición colombiana que a las cimas políticas se llegue por las escales del periodismo. Por premonición intuitiva y por la implacable necesidad de ganarse el sustento, Belisario Betancur se hizo periodista cuando apenas frisaba la adolescencia. En Medellín “El Colombiano” tenía fama ganada de estimular a jóvenes que tuvieran agilidad mental y naciente don de pluma, cualesquiera que fuesen sus apetencias doctrinarias. Allí estaban por entonces Jaime Sanín Echeverri, Otto Morales Benítez, Miguel Arbeláez Sarmiento que acogieron a Betancur con cierto aire de mecenazgo. También Alberto Acosta, que ya tartamudeaba y cuya cooperación reclama párrafo especial en el relato:

“Iba ganándome la vida y adiestrándome en el oficio, mediante inocentes trampas que mis “protectores” le hacían a don Julio Hernández, gerente de ‘El Colombiano’, cuando le ofrecieron a Alberto Acosta la jefatura de redacción del vespertino ‘La Defensa’. Acosta resolvió quedarse en ‘El Colombiano’, cuya influencia le parecía más confiable. También se excusó Sanín Echeverri. Pero éste tuvo la humorada de recomendarme para el puesto, afirmando que no había secreto periodístico y tipográfico que yo ignorase.

Me hicieron la oferta y la acepté alborozado. Se me informó entonces que debía actuar como redactor, jefe de armada, titulador, ampliador de cables y cuanto fuere necesario. Asentí a recibir esa carga, a sabiendas de que me resultaría pesadísima, pero obtuve plazo para posesionarme. En breve término Alberto Acosta me enseñó lo que me pedían y algo más. Gracias a su atropellada pedagogía ocupé lo que en realidad fue mi primer peldaño político.

Por esas calendas incidió Betancur en la factura de algunos poemas. Me lo confiesa con el pudor de quien revela un pecado. Todas mis instigaciones para que recite uno siquiera de aquellos versos resultan vanas. Dice que por medio de vigoroso esfuerzo los borró de su memoria. En sus posteriores páginas de literatura hay arranques líricos; pero la afición poética directa quedó circunscrita al goce de cantos ajenos, a la retención de mil estrofas en múltiples lenguas. La política, en cambio, lo dominó de lleno. No lo suficiente, sin embargo, para estorbarle los estudios, que proseguía en medio de dificultades cuya rememoración huele a demagogia.

El no la omite, porque afirma que en verdad lo único demagógico es la vida. La carrera de arquitectura iniciada en la Universidad Bolivariana se cambió por jurisprudencia gracias a insinuación sapiente de monseñor Henao Botero, que caló sus verdaderas inclinaciones espirituales. (Otra providencial intervención eclesiástica).

Obtuvo el título de abogado, pero le añadió el de economista, porque su pragmatismo instintivo le indicó que era fecundo en Antioquia el Derecho Minero, para adquirir vetas; y la destreza en materias tributarias para aliviar pesadumbres fiscales. Así dotado y con el respaldo popular que le ganaba “La Defensa”, no tuvo seria obstrucción para que lo diputaran a la Asamblea antioqueña y al Concejo de Medellín.

A la Cámara de Representantes llegó en 1951. El Directorio Conservador de Antioquia le ordenó entonces votar afirmativamente un proyecto que Betancur no creía bueno. Se negó a hacerlo. Fue advertido de que esa rebeldía podría impedir su reelección y asumió el riesgo. Efectivamente lo excluyeron.

Buscó asilo en las listas cundinamarquesas y lo encontró. Gilberto Álzate, que derramaba el ácido quemante de su ironía en “Diario de Colombia” habló por eso, con alusión deportiva, del “transmóvil Betancur”, que raudamente corría de uno a otro departamento. La temporada parlamentaria le avivó la aspiración latente de vivir en Bogotá. Hernando Téllez le proporcionó la oportunidad llevándolo a la redacción de “Semana”. Tuvo un periodo de aclimatación en casa de Eddy Torres. Este es su recuerdo de esos días:

“Con Eddy vivían sus padres que se llamaban Ignacio Torres Giraldo y María Cano, dos iluminados precursores del comunismo en Colombia. Con ellos gasté largas veladas contraponiendo a sus sólidas doctrinas marxistas mis juveniles ideas democráticas, mientras jugábamos interminables partidas de ajedrez”.

En relatos anteriores de este episodio algunos contertulios han dicho con aire de malignidad que de allí arrancan algunas actitudes de Betancur, estimadas por rígidos espíritus como peligrosas. El ha replicado siempre sonriendo que lejos de eso fue allí donde su criterio social se libró de extremismos, donde aprendió que hay más comprensión de los problemas populares en las doctrinas de la Iglesia que en las prédicas seudocientíficas de Marx y Engel.

El tránsito del periodismo concluyó (salvo fugaces reincidencias) cuando “El Siglo” fue clausurado por Rojas Pinilla. Es una parte singularmente atractiva en el anecdotario que Betancur va desgranando, mientras el sol arde sobre los techos de la ciudad y les da brillo de argento a los aviones cuya silueta mancha fugazmente el horizonte. Betancur estaba en “Semana”, Recibió allí, inesperadamente, la llamada de Laureano Gómez que le ofrecía la subdirección de su periódico. Interiormente ufano, pero muy franco declinó el ofrecimiento, porque la presentación tipográfica de “El Siglo” y su irrestricta orientación informativa le parecían inadecuadas. Le fue reiterada la oferta más tarde y la aceptó. Dirigía el periódico Joaquín Estrada Monsalve, pero Betancur tenía licencia para incorporarle sus ideas renovadoras y su entusiasmo. En ese ardoroso órgano de combate estaba el 13 de junio de 1953.


“Me pusieron Belisario porque el hermano mayor, que se llamaba también así, había muerto, y en Antioquia se busca siempre reemplazar al que muere”. Archivo Diners.


“Alguna de esas noches llenas de malos augurios -relata Betancur- llegué al periódico a conocer noticias de última hora. Me mostraron el editorial en que Estrada Monsalve ofrecía apoyo al gobierno de Rojas. Ordené retirarlo y en su lugar escribí, apresuradamente, alguna otra cosa. A los compañeros de redacción les conté al día siguiente lo sucedido, afirmándoles que mientras yo estuviera en el periódico de Laureano Gómez, nada aparecería allí en favor de Rojas. Los redactores se solidarizaron con mi actitud que repetí luego ante Estrada Monsalve, cuando este me pidió, con razón, explicaciones. Era lógico que el incidente concluyera con mi renuncia, pero me negué a presentarla. Los dueños del diario me respaldaron. Mi decisión de no contemporizar con un gobierno que yo reputaba ilegítimo, tenía el grave riesgo de que el periódico fuera clausurado. En acuerdo con Gabriel Carreño Mallarino, que figuraba ya como director, sostuve que ese peligro no debía amilanarnos. La clausura fue decretada, en efecto, pero ‘El Siglo’ no claudicó”.

Era simultáneamente Betancur miembro de la Asamblea Nacional Constituyente y en ella fue protagonista de un acto audaz. Al instalarse ese cuerpo, dispuesto a refrendarle a Rojas Pinilla su precario titulo, presentó una proposición en que se establecía que Laureano Gómez era el presidente constitucional de Colombia y se exaltaban sus insignes méritos. Cuando personalmente leyó su propuesta, la Asamblea la aprobó virtualmente por unanimidad. Betancur la había tomado por sorpresa. Esa noche comenzó el rosario de sus incontables “visitas” a la cárcel.

En la Constituyente surgió Betancur como animador del beligerante grupo que sostuvo la ilegitimidad del gobierno de Rojas, y que él bautizó improvisadamente “batallón suicida”, con expresión tomada del cinematógrafo. Concluidas las sesiones de la Asamblea, fue capitán de una activa oposición clandestina. Las prisiones fueron entonces habituales reemplazos de su hogar.

En esa actividad quedaron definidas las características de su personalidad pública: firmeza de convicciones, altivo denuedo, lealtad, resolución reflexiva a irrevocable de arriesgarlo todo en defensa de la libertad y de la democracia. No fueron leves los maltratos que padeció ni ficticias las permanentes amenazas de empeorarlos. Nada doblegó su voluntad ni entristeció su ánimo. Por nobleza ingénita de sus sentimientos, de aquellas afrentas no guarda sin embargo memoria rencorosa. Al verse forzado Rojas Pinilla a abandonar el poder, vino la conocida formación del Frente Nacional.

Betancur actuó al lado de Laureano Gómez y por orden suya proclamó, a nombre del conservatismo, la candidatura presidencial de Alberto Lleras. Cuando en el siguiente periodo constitucional resurgió la de Guillermo León Valencia, hizo parte Betancur, con Alfredo Araújo Grau y Jorge Leyva, del trio de pre-candidatos que el laureanismo, adverso a Valencia, presentó al país. La empresa no prosperó, en realidad estaba desde su cuna condenada al fracaso. Araujo y Betancur fueron llamados por Valencia a su gabinete ministerial. En la cartera de Trabajo ratificó Betancur su devoción por la justicia social y su empeño en mejorar la condición de los humildes.

Apoyó luego la candidatura de Carlos Lleras, por fidelidad a los acuerdos frentenacionalistas. La siguiente aparición política fue su alegre candidatura presidencial de 1970. Ausente de la convención conservadora en que Misael Pastrana y Evaristo Sourdís midieron fuerzas parejas, Belisario creó su propia organización. Realizó una campaña de naturaleza intelectual, en que sostuvo la necesidad de un gobierno que reuniese fuerzas de tipo nacional, libre de exclusivismos sectarios y con amplios lineamientos democráticos. Importantes núcleos liberales lo acompañaron y la juventud, especialmente, recibió con entusiasmo sus programas. Fue mediocre el resultado electoral. Pero en el sentimiento popular quedó impresa la imagen de Betancur, como la de un adalid sincero, dispuesto a ejecutar en el gobierno la esencia de sus prédicas.

Con esta aura obtuvo en 1978 la candidatura única del partido conservador. Este origen marcadamente político, no lo obligó a modificar su propuesta de gobierno nacional: quiso ser, como antes y después, el representante de un partido tradicional, que invitaba a todos los con- nacionales a realizar empresas conjuntas de paz y progreso. Fue visible el entusiasmo popular alrededor de su nombre. Por primera vez en muchos lustros el candidato conservador vencía en Bogotá y en otras grandes ciudades.

“Algunos liberales me han reprochado – dice Betancur – la declaración de victoria que lancé a la media noche del día de elecciones. Todos los datos respaldaban mi actitud. Había triunfado en las capitales más populosas y en el sector campesino mi superioridad estaba asegurada. No había cábala electoral en contra mía. Sin embargo, al día siguiente el país fue sorprendido con la modificación de ese resultado. Dije enseguida que no participaría directa ni reflejamente en el gobierno de Turbay y así lo he cumplido”.

Lo que pasó en aquella madrugada misteriosa, nadie lo sabe a derechas. Pero en el ánimo de Belisario Betancur quedó hincada la decisión de insistir en la conquista del poder, para realizar sus grandes proyectos de servir a Colombia. En esas estamos.

Erguido sobre su idea original como sobre una base inamovible, ofrece nuevamente a nombre del conservatismo un gobierno desprovisto de ánimo sectario. Está su inteligencia más madura, su experiencia más rica y más reposado el ánimo. Iguales, eso sí, la jovialidad del espíritu y la insatisfecha curiosidad cultural.

El niño campesino que presenció en su aldea la enemistad irracional entre los Betancures godísimos y los Canos rojos, es hoy el hombre dominado por anhelos de concordia, como condición insustituible para mejorar la afligente situación del pueblo.

“Rodearé la gestión gubernamental de cautelas que impidan cualquier desbordamiento lesivo del espíritu nacional. Llevaré al ministerio de Gobierno a una altísima figura del liberalismo, comprometeré el voto conservador para elegir Contralor liberal, integraré con miembros de ese partido la terna para escoger Procurador de la Nación. Quiero actuar bajo la vigilancia del adversario. Es lo democrático. Es lo que entiendo por gobierno nacional”.

Treinta años de comunes aficiones intelectuales, de similares anhelos políticos han revivido en mi entraña durante esta conversación deleitosa. Cuando Betancur me despide en la puerta de su biblioteca, me parece observar sobre su pecho un tricolor reflejo augural.

¿Cuál es su recuerdo sobre Belisario Betancur? Escríbanos en el recuadro de comentarios

         

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diciembre
7 / 2018