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¡Pensar que por esto murió la Pola!

Un día como hoy pero en 1817 falleció Policarpa Salavarrieta, una de las heroínas más destacadas del país. Aquí una reflexión de Daniel Samper Pizano sobre el tema.

Foto: Yayo/ Archivo Diners

Un día como hoy pero en 1817 falleció Policarpa Salavarrieta, una de las heroínas más destacadas del país. Aquí una reflexión de Daniel Samper Pizano sobre el tema.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 192 de marzo de 1986

En el mes de junio pasado, cuando aún faltaba medio año para que Juanita alcanzara la edad del ciudadano, resolví que era bueno prepararla para la que iba a ser su nueva e irrenunciable condición. Se les prepara para la primera comunión -pensé yo -, para el matrimonio y para la universidad, ¿Cómo no ha preparárseles para la plena asunción de sus deberes y derechos del colombiano? De modo que cite a juanita con toda solemnidad a mi escritorio y, una vez hubo entrado, cerré las puertas del recinto.

– Muy pronto-le dije después de un silencio pomposo- cumplirás los 18 años y es bueno que nos preparemos para la fecha…

A Juanita se le iluminaron los ojos, puso cara de Santa María de pueblo y me abrazó con ternura.

– Nunca pensé que seis meses antes de mi cumpleaños ya estuvieras interesado en saber qué quiero de regalo- dijo.

Me di cuenta de que la estrategia es equivocada. Debía asumir una actitud mucho más seria. Después de carraspear y de separar con delicadeza los brazos que había tendido emocionada alrededor de mi cuello, observé:

– Se equivoca, hija mía. No le habla en este momento el padre, sino el preceptor. Me refiero a que dentro de algún tiempo usted cumplirá 18 años y debe estar enterada de ciertas cosas…

Pude notar la cara de regocijo que puso Juanita.

– Si es por eso -me comentó en voz baja-, no te preocupes. En el colegio nos lo explicaron todo. La profesora de fisiología fue lo suficientemente clara y, además, mi mamá me regaló un libro titulado: “El sexo y la adolescente”. Lo leí enterito.

– Supongo que así fue – comente con algún embarazo. Y agregué luego: “Pero tampoco se trata de aquello”.

Juanita ya estaba verdaderamente inquieta. Primero me miró con curiosidad; después se incorporó, se dirigió a la puerta, tomó un cortapapel en forma de faca que tengo encima de mi escritorio y se paró frente a mí:

-¡Si esta vez no me dices de qué se trata –musitó en forma patética – te juro que no saldré de aquí viva!

Yo la regañé con fastidio, le pedí que retirara el amenazante cortapapel de la barriga y le expliqué el asunto con toda la claridad, ya que solemne no podía seguir siendo.

– Lo que quiero decir es que en diciembre tendrás 18 años, edad en que se adquiere la ciudadanía colombiana, y me parece indispensable que te prepares para eso.

– Creo que uno no necesita prepararse para cumplir años sino a partir de la edad que tú tienes –me contestó con sinceridad.

-No es el cumpleaños lo grave. Es el cambio de estado. Ante los ojos de la Constitución y la Ley, empezarás a ser una ciudadana plena. Aún tendrás algunas limitaciones para ciertos cargos, como ser miembro del Congreso o presidente de la república, pero, por lo demás, disfrutarás de los mismos derechos que yo tengo. Y tendrás que cumplir los mismos deberes. Piensa que por defender estos valores murió La Pola.

Juanita suspiró con alivio. Me confesó que por un momento había temido que quería proponerle su ingreso a las listas de su tío Bojote. Yo le suministré entonces un papel con una lista distinta. Contenía una serie de títulos de libros que, a mi juicio, debe haber digerido todo ciudadano para serlo a conciencia. Juanita le echó una mirada a la bibliografía y fue abriendo ojos de terror.

– ¿Desde platón hasta los documentos del nuevo liberalismo? -Exclamó en pánico-. Tal vez si cumpliera 18 años dentro de un cuarto de siglo podría alcanzar a echarles una ojeada. Pero no en seis meses. Ni que fuera La Pola…

Y botó al piso la lista de 84 libros. Después sacó una calculadora y me hizo cuentas. En promedio, cada libro tenía 300 páginas, lo cual significaba un total de 25.200. La cuidadosa lectura que yo le había recomendado implicaba dedicar 10 minutos a cada página.

-Por encimita-dijo—tenemos 252 mil minutos. Esto quiere decir 4.200 horas, que equivalen a 175 días. Me quedan tan solo cinco días libres, que tengo que repartir entre comer, dormir, hacer compras, ir al baño y vestirme. Estimo que me sobran 40 minutos diarios al día para estas funciones. Descarto la posibilidad de estudiar, naturalmente. Y debo encerrarme en casa porque…

La detuve con un gesto desconsolado. Me había vencido. Escogeríamos los libros por consenso. El consenso resultó ser la imposición de la voluntad de Juanita sobre mi mansedumbre de buen padre. Empezó tachando a Platón y Aristóteles; Siguió con San Agustín; preguntó con risa si Suárez y victoria eran una firma de ingenieros; se detuvo frente a Tomás Moro y estuvo a punto de dejarlo, pero comentó que ya lo había leído en la versión de José Manuel Marroquín, y lo cruzó. La masacre se prolongó largamente.

Al cabo de dos minutos vi tendidos los cuerpos sangrantes de John Stuart Mill, Montesquieu, Oswaldo Spengler, Alexis de Tocqueville, Kelsen y Diderot. Detrás de ellos crecía una montonera de cadáveres bibliográficos en la cual se confundían pensadores extranjeros y criollos. Alcancé a reconocer los restos de unos cuantos: Marx Bolívar, Churchill, Hitler, Bertrand Russell y Jaime Castro Castro.

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Terminada la masacre sólo quedaban Manegold de Lautenbach (“el nombre me parece cheverísimo”), Eduardo Santos (“le debemos tanto al viejo”) y la Constitución Nacional (“¿Sabes que ya estoy con curiosidad de ver qué es esa vaina?”). Le rogué -sin éxito alguno –que dejará al menos a Pericles (“Ni de fundas: tiene el mismo nombre del gato de una amiga mía”); a Rousseau (Si insistes tanto en él debe ser hincha de santa fe”); y a Rafael Núñez (“¿El petardo aquel que escribió el Himno Nacional? “).

Finalmente, yo mismo suprimí a Manegold de Lautenbach, porque no estaba seguro de la ortografía del nombre, y a Eduardo Santos. Me parecía que, en medio del conjunto, Santos estaba bien; pero solitario sonaba a lambonería. Únicamente quedó en pie la Constitución.

Juanita se declaró satisfecha, agarró el tomo de la Constitución que estaba en mi biblioteca y se dirigió hacia la puerta. Pero antes de salir se volvió y me dijo:

-¿Sabes qué? De veras tienes razón.

Es bueno prepararse para los 18 años. Tengo que llevarte a un almacén donde vi un suéter que me fascinó.

***

Al cabo de cuatro meses, Juanita ya se había leído la Constitución. No toda, hay que reconocerlo. Pero sí los primeros quince artículos. (“Miré los 205 restantes y me parecieron jartísimos “). Su interés era bien claro; se concentra en torno a los artículos 14 y 15. Más concretamente, a la primera frase del artículo 14 ya la única del artículo 15.

Cuando me reuní de nuevo con ella en mi escritorio, me citó de memoria los dos párrafos que le interesaban.

-Según el artículo 14, “son ciudadanos los colombianos mayores de 18 años”, y, según el 15,” la calidad de ciudadano en ejercicio es condición previa, indispensable para elegir y ser elegido y para desempeñar empleos públicos que lleven anexa autoridad o jurisdicción”.

Tuve la impresión de que Juanita había entendido sinceramente la esencia de la ciudadanía: elegir y ser elegido. Es decir, participar con su voto en el fortalecimiento de la democracia por la cual dieron su sangre los héroes de la independencia, y aspirar a dirigir los destinos del país. La felicité y se lo dije.

-¿Dirigir los destinos del país? –Preguntó dichosa-. ¿Tú crees que yo podría llegar a ser Primera Dama?

Le expliqué que para ser Primera Dama no se necesitaba ser ciudadano; ni siquiera se necesitaba ser colombiano; y doña Soledad Román había probado que ni siquiera se necesitaba ser Primera Dama. El único requisito es demostrar interés en la rehabilitación de gamines. Pero, en cambio, podía llegar a ser presidente.

-¿Presidente? -exclamó molesta- ¿y vivir en el centro? ¿Con lo inseguro que es el centro? Olvídate, viejo…

Lo importante es que Juanita sentía ya el orgullo de alcanzar la ciudadanía. En el tiempo que restaba para el 17 de diciembre, día de su cumpleaños, se interesó por leer las páginas políticas de los periódicos, Consultar los documentos de los candidatos, sintonizar sus intervenciones por radio y por televisión y prestar atención a los comentarios que surgían en las visitas acerca de la campaña presidencial.

Un día escuche que hablaba por teléfono con el conmutador del palacio presidencial y pensé que me iba a dar el soponcio.

-No estará averiguando si han mejorado las condiciones de seguridad del centro para ver si se lanza a la presidencia –la regañe en voz baja, alterado.

-No seas tarado -contestó tapando la bocina con la mano-. Estoy tratando de conseguir un libro de discursos de Belisario. A mí las elecciones no me van a agarrar desinformada…

Juanita había captado sus deberes cívicos. Caí a sus pies y los cubrí de besos. Besos de ciudadano, besos de demócrata, besos que salían de lo más hondo de nuestras instituciones republicanas, aquellas por las que murió la Pola…

***

Y el 17 y el día de diciembre se llegó el feliz día. Lo supe porque Juanita apareció en las tinieblas de mi alcoba a las cinco de la mañana, vestida de falda y blusa y con cartera. Ni siquiera permitió que le cantáramos el feliz cumpleaños. Dijo que se traba de un día muy solemne para ella y no de una fecha de fiesta y ponque. Hoy se convertía en ciudadana colombiana y podría elegir y ser elegida.

-Pero, ¿tan temprano? –argumenté yo al observar que la ciudad permanecía aún en tinieblas.-Además, las elecciones son en marzo…

-Son en marzo, ¡pero para elegir y ser elegida debo sacar mi cédula y no estoy dispuesta a dejar pasar ni una hora sin que me reconozcan mi condición de ciudadana de Colombia en ejercicio!

Lo dijo con un tono tan inflamado de patriotismo que me convenció. Yo tuve la certidumbre de que en ese mismo tono Acevedo y Gómez invitó a la revuelta (“Si desaprovecháis estos momentos de efervescencia y de calor…”), Bolívar encomendado a Rondón el futuro de la nacionalidad (“Coronel, salve usted la patria”) y Nariño ofreció su cabeza a los pastusos. Salté de la cama, me vestí y al poco rato Juanita y yo tiritábamos frente a las oficinas cerradas de la Registraduría Nacional del Estado Civil.

Duramos allí dos horas más; abrieron a las ocho. Juanita penetró orgullosamente por la puerta principal, extendió su certificado de nacimiento y exigió su cédula con arrogancia de prócer. El celador estaba tomando tinto y tardó casi un minuto en contestarle.

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-Está cerrada la cedulación. Vuelva en junio.

Esa fue toda su respuesta. Después se rascó un sobaco, sorbió mocos y se echó a la visera de la cachucha sobre los ojos. Tenía sueño.

Juanita se quedó boquiabierta.

-Pero si vuelvo en junio, no podré elegir ni ser elegida en marzo ni en mayo -susurró Juanita. (El júbilo inmortal del ciudadano naciente se había convertido en gesto de angustia).

-La constitución dice…

El celador interrumpió con un eructo.

-Problema suyo. Cédulas no se vuelven a expedir sino en junio.

Después nos dio la espalda y se puso a leer El Bogotano de la víspera mientras se hurgaba las muelas con un palillo en procura de alguna sorpresa gastronómica.

***

Juanita leyó varias veces Corazón y gracias a eso pudo comportarse como una hija modelo. Simplemente, no me comentó nada sobre el episodio durante el largo camino de regreso a casa. Dejó pasar dos días. No se separó un solo instante de mi lecho de enfermo. Y cuando el termómetro confirmó que la fiebre me había bajado otra vez a niveles normales, habló.

-Nunca me contaste que un portero de la Registraduría podía derogar la Constitución Nacional.

Le confesé que yo tampoco lo sabía.

-Ya ves -agregó-.Aquí estoy, con 18 años, muerta las ganas de elegir y ser elegida; y sin embargo un portero me acaba de negar mis derechos por los que lucharon los comuneros, Bolívar, Nariño, Santander y todos esos señores de que me hablaste.

Le confesé que yo estaba tan desmoralizado como ella.

-Si esto me pasa el día en el que pretendo debutar como ciudadana en ejercicio, no quiero imaginarme las trampas que encontraré más adelante.

Yo asentí y le concedí toda la razón: iba a necesitar hígados templados para aguantar las trampas que encontraría más adelante.

-¿Te das cuenta de que no existo? -dijo al cabo de unos minutos-. Ya no me reciben la tarjeta de identidad, porque tengo 18 años, pero tampoco me expiden cédula. No ingresé a
la ciudadanía, sino al limbo. Y pensar que por esto murió La Pola…

Le confirmé que estaba en lo cierto. Tristemente.

-Y lo peor-añadió-, es que en marzo no podré votar por tío Bojote ni en mayo por Galán.

Juanita miró al suelo. La alcoba estaba en penumbra. Yo sentí que la fiebre me volvía. Transcurrieron varios minutos más. Y entonces Juanita volvió a hablar; y cuando habló supe que si bien le habían negado la cédula, había adquirido ya su ciudadanía sicológica:

-Todo eso suena muy sospechoso –remató- ¿No crees que son vainas de los godos para robarnos las elecciones?

¿Cree que esta historia aplica para la nueva generación? Escríbanos en el recuadro de comentarios

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Noviembre
14 / 2018

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