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Si a Hemingway le hubiera gustado el tejo

Daniel Samper Pizano se dio a la tarea de imaginar cómo hubiera sido si Ernest Hemingway hubiera cambiado la fiesta brava por el amor al tejo.

Foto: Wikimedia Commons/ National Archives and Records Administration/ CC BY 0.0

Daniel Samper Pizano se dio a la tarea de imaginar cómo hubiera sido si Ernest Hemingway hubiera cambiado la fiesta brava por el amor al tejo.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 200 de noviembre de 1986

Prólogo del Editor

En 1959, por encargo de la revista Life, el novelista norteamericano Ernest Hemingway cubrió la rivalidad entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, los dos mejores toreros de su tiempo. A lo largo de tres meses Hemingway recorrió a España tras ellos, asistió a sus corridas y departió con sus amigos. El resultado de su trabajo es Un verano peligroso, que acaba de aparecer en su versión completa en Estados Unidos en forma de libro. Hemingway tuvo suerte. La misión que le encomendó la revista se convirtió en leyenda taurina. Pero habría podido ocurrir que le encargase de cubrir, en vez del histórico duelo de matadores, un torneo de tejo en Boyacá. Revista Diners, para no quedarse atrás de Life, se preguntó qué habría sucedido en ese caso. Y la consecuencia fue el siguiente manuscrito.

CAPÍTULO 1
POR QUIÉN DOBLAN LAS MORCILLAS

Era extraño llegar de nuevo a Boyacá. Había estado allí algunos años atrás, cuando acompañé a Braulio Tinjacá a la que sería su última final de tejo.

Braulio había sido asesinado un día después del juego por un esmeraldero borracho y yo había jurado que no volvería a pisar la tierra donde había muerto el campeón. Pero ahora íbamos camino a Tunja en un viejo Ford que conducía mi amigo Eleuterio Gama.

El paso del tiempo me había convencido de que Braulio no resucitaría con mi actitud y pocos meses atrás una revista norteamericana me había pedido que relatara para sus lectores la final de tejo de este año.

Yo había aceptado y ahora era noviembre lluvioso y el carro marchaba raudo bordeando los desfiladeros del Sisga y había un poco de neblina en la recta de Chocontá y yo me aprestaba para ver uno de los duelos más feroces en la historia del tejo: la serie final de dos encuentros entre Melquisedec Chivatá y Fidedigno Quinche.

Eleuterio detuvo el Ford en la venta de Empera, adelante de Ventaquemada. Mi mujer quería comer morcillas y estábamos seguros, por lo que conocíamos, de que no había en Boyacá mejor sitio para la morcilla que la venta de Empera, así como sabíamos que la mejor longaniza se consigue en Sutamarchán.

Habíamos andado rápidamente y podíamos disfrutar de media hora de descanso, Eleuterio pidió una gaseosa. Mi mujer optó por una agria. Yo la imité. Pedimos a Empera que doblara la ración de morcillas y le agregamos papa criolla.

Cuando arrancamos de nuevo, Mary aún se contorsionaba por los destrozos que la rellena y la cerveza habían producido a su hernia hiatal.

-Vamos, Ele-le dije a Eleuterio- Tunja está aún lejos y tenemos que prepararnos para asistir a la final.

Eleuterio asintió y apretó el acelerador.

CAPÍTULO 2
ADIÓS A LAS AGRIAS

Me pareció como si nunca me hubiera ausentado de Tunja. Las mismas calles tristes, las mismas casas húmedas los mismos tejados con lama, las mismas ruanas con olor a chivo.

Mary se sentía mejor y pudo comer unas tajadas del salchichón que había comprado en la tienda del señor Castillo, junto a la oficina de correos.

En la Pensión Rosita estaban esperándonos el Borugo Castañeda, Afranio Tautiva y Nicanor Chipaneme. Nos abrazamos con afecto de viejos amigos y Afranio propuso ir a almorzar al piqueteadero de Juvenal.

Mi mujer prefirió quedarse en la pensión para aliviar la columna de fuego que le había dejado el salchichón. En el piqueteadero de Juvenal el Borugo entró en materia. Yo quise ordenar una ronda de agrias, pero Afranio hizo señas de que nos arrimaran más bien una jarra de chicha. -Noto flojo al Melco- dijo Castañeda.

-¿Otra vez el problema del antebrazo?

-Esta vez es otra cosa, Ernesto. Ya no tiene la precisión de pulso que necesita para ambicionar.

El tejo es un deporte de fuerza pero también de habilidad. El brazo provee la fuerza necesaria para arrojar el pequeño plato de hierro; la muñeca es la que proporciona el tino que permite clavar el tejo en el bocín. Si el tiro es acertado, las mechas de pólvora que se recuestan contra el anillo de metal totearán con estrépito. Si no, un ruido sordo anunciará que se metió de cabeza en el barro.

-¿Crees que irá a enlagunar muchos tejos?

Afranio intervino.

-En los últimos partidos es más el daño que le ha hecho al barro que el que le hizo al bocín, Ernesto. Saboreábamos bollos de mazorca de Sotaquirá y papa salada de Tuta. El Borugo ordenó otra jarra de chicha.

-¿La tendrá perdida esta tarde contra Fideligno?-pregunté a los tres.

El Borugo puso cara escéptica y Afranio prefirió esconder la respuesta detrás de un tamal con doble porción de tocino. Miré a Chipaneme.

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-Qué se qué pasará-dijo Chipaneme-Ta jodida la vaina, don Ernesto.

-Yo sólo espero que hoy no le falle el pulso-comenté.- Pero aunque logre derrotar esta tarde a Fideligno en Tunja, no le será fácil hacerlo mañana en Garagoa. Siempre que vi a Fideligno en Garagoa parecía un cañón Bertha: fuerza y tino.

-Han de ser vainas de la jumazón -observó Chipaneme.

-Han de ser-acordé yo.

El Borugo pidió la cuenta y palillos de dientes para los cuatro y nos fuimos porque el tiempo empezaba a apretar.

CAPÍTULO 3
TENER MIEDO Y NO TENER

El campo de tejo ya estaba repleto cuando llegamos. Mary, que se había venido antes con la hija de Segundo Tibaquirá, me hizo señas desde la mesa donde nos guardaban puesto. Yo quería, de todos modos, saludar al Melco antes de que empezara el juego.

Estaba tomando cerveza en la cantina acompañado de varios compadres. No lo veía hacía lo menos diez años, pero, salvo el mayor tamaño de la barriga, parecía el mismo de siempre. Apenas me vio se alzó la ruana, se limpió de los bigotes la espuma de la cerveza con una manga del saco negro y me estiró la mano abotagada.

-Tanto tiempo… -le dije-. ¿Cómo van las cosas?

-Buenas y santas-me contestó Melquisedec-. Ahí vamos, sumercé. La muñeca jodiendo un poco, pero de resto firmes.

-¿Crees que esta tarde te dará problemas?

Melco se miró la muñeca, la palpó con la otra mano y eructó.

-Habrá que esperar a ver si ái responde.

-¿Y el Fideligno?

Yo quería saludar a su rival. Aunque sospechaba ya que Melco era el mejor jugador de tejo del mundo, conocí al Fideligno en unas ferias en Monguí y fue muy deferente conmigo. Aquella vez nos tomamos juntos una canasta de Polas y terminamos contratando un taxi y un trío en Duitama para ir a dar serenata a las Mendoza, en Toca.

-El Fideligno ta saliendo del privado- me dijo Melco, señalando con la boca una esquina de la taberna.

En efecto, en ese momento Fideligno empujaba la puerta de vaivén del orinal y salía abotonándose la bragueta. Tenía unos 47 años, dos o tres menos que Melco, y usaba vestido color café a rayas verdes y zapatos amarillos. Me saludó con mezcla de timidez y amabilidad y se excusó enseguida porque tenía que concentrarse para el juego. Mientras lo veía ordenar otra agria en el mostrador y sacar el tejo reluciente de un bolsillo del chaleco, no pude menos que comentarle al Borugo:

-Este tiene miedo.

-Eso no es nada–me contestó el Borugo-. El otro también tiene. Ponga cuidado y lo verá.

Alcancé a divisar entonces la figura rolliza del Melco que entraba al orinal sin quitarse el sombrero y sin siquiera terciarse la ruana por razones de higiene.

CAPÍTULO 4
MECHAS AL ATARDECER

La partida se desarrolló como lo había pronosticado Resurección Joya, un esmeraldero de Muzo que se acercó a saludarnos poco antes de que los rivales hicieran su aparición en el campo. Melquisedec empezó vacilante e impreciso, mientras que Quinche reventaba mecha tras mecha. Pero al cabo de tres canastas de cerveza los papeles comenzaron a cambiar.

-El Melco ta berriondo -me dijo en voz baja Chipaneme- .Oriverá sumercé cómo se le desentume la mano...

Yo miré al Melco y me di cuenta de que estaba berriondo, como había descubierto Chipaneme. Los ojillos casi japoneses despedían un brillo verdoso.»Es l’agria», me explicó el Borugo. Me parecía que el síntoma más evidente de que estaba decidido a darle una voltereta al juego eran los espasmos de la papada.

Así se lo comenté a mis vecinos.»Qué va, son los gases», me explicó Afranio. Lo cierto es que el Melco había adquirido una repentina precisión. El tejo parecía disparado con tiralíneas. Embocaba uno tras otro en el bocín y estallaba mechas en cada tiro.

-Esto se ta pareciendo a la guerra -comentó Chipaneme.

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-Es cierto –asentí-. Melco y Fideligno han entendido que esta es una batalla en la que solo uno podrá ser el que venza. El deporte es la imitación de la guerra, Nicanor.

-No, sumercé -me contestó Chipaneme-. Lo digo por lo de la pólvora.

A las seis menos cuarto, cuando prendieron las luces artificiales del campo, Melco ya había igualado los puntos de Fideligno. Y a las siete y diez, cuando Fideligno pidió al árbitro un breve intermedio para visitar el mingitorio, todos sabíamos que la rudimentaria ventaja que atesoraba en ese instante el Melco iba a ser definitiva para que ganara el primer juego de la final.

Así ocurrió. Por una mecha escasa ganó el Melco. Esa noche fuimos a comer cabrito a casa de la querida de Resurección Joya, en la carretera a Sogamoso, y Resurección me guiñó el ojo y me dijo:

-¿Se lo anuncié o no, dotor? El Melco estaba pa ganar hoy…

-Solo le falta ganar mañana en Garagoa-dije.

-Va a ser jodido-intervino Chipaneme–. ¿No ve que allá vive la mamá señora del Fideligno y el hombre no se deja derrotar delante de la mamacita?

-Tranquilos -dijo Resurección Joya- Esté seguro, don míster, que mañana otra vuelta gana el Melco. Hasta unas esmeralditas le aposté yo a este asunto…

-Yo no estaría tan seguro -le dije-. Esta tarde noté al Melco temeroso.

-Cuando Resurección Joya dice mula blanca, no le busque pelo negro, don Ernesto.

La reunión tenía buen espíritu y ordenamos otra ronda de chicha. Mary repitió cabrito mientras conversaba con la hija de Segundo Tibaquirá acerca de las posibilidades de cultivar feijoa en Kansas, y luego despacharon entre ambas una bandeja de chicharrón peludo. Por la noche, Mary se sintió ligeramente indispuesta y estuvo vomitando en el patio de la pensión desde las dos y cuarto hasta las seis y veinte de la madrugada.

CAPÍTULO 5
GARAGOA ERA UNA FIESTA

Salimos en dirección a Garagoa después de que Eleuterio Gama y yo desayunamos caldo de papa y arepa de maíz en la plaza de mercado de Tunja. Mientras echábamos gasolina al viejo Ford, pasó una Flota Valle de Tenza y vi que Melco me saludaba desde una ventanilla. Marchaba, acompañado de sus compadres, al gran duelo de su vida. Todos sabíamos que el juego de la víspera le había dado una mínima ventaja, pero que iba a ser muy difícil vencer a Fideligno Quinche en su propia tierra y ante la presencia de su mamá señora. Eleuterio arrancó y tomamos la ruta de Cucaíta.

Sentí como si la mañana estuviera más fría que de costumbre. Pero el cielo se veía limpio y los potreros de intenso color verde y vi las vacas que pastaban ajenas a la tensión del momento y un perro persiguió el carro entre Cucaíta y Villa de Leyva. Eleuterio tomaba sorbos de aguardiente sin soltar el timón y Mary comía almojábanas con costilla de cerdo y ají pique. Adormilado en el asiento delantero sentí de nuevo la alegría de los campos y me parecía increíble que hubieran transcurrido tantos años.

Subimos al Alto de la Cruz sin que se recalentara nuestro fiel Ford e hicimos una primera parada en la carretera para tomar refajo con gallina. A las tres y media, cuando llegamos a Garagoa, reinaba en el pueblo una atmósfera nerviosa. Era día de mercado y había pañolones lustrosos y campesinos que estrenaban quimbas. Pero algo flotaba en el aire. Eleuterio también lo notaba así, porque me miró con los ojos colorados.

-Vamos al campo de tejo sin pasar por la posada -le dije-.

Al llegar al campo de tejo encontramos reunidos a Melco y sus compadres. Había mucha gente que seguramente había viajado a presenciar el mano a mano definitivo entre los dos mejores jugadores de tejo del mundo.

También habían llegado el Borugo Castañeda, Afranio Táutiva y Nicanor Chipaneme. Pero no vi a Fideligno. Bajamos del coche y compramos tres vasos de guarapo y mazorcas asadas en un puesto callejero. Luego nos reunimos con Melquisedec.

-¿Y Fideligno?-le pregunté-. Ya era hora de que estuviera concentrándose en la cantina para el juego de esta tarde.
-Saludes le dejó el Fideligno, don Ernesto.

– ¿Cómo así ?

-Pues que se presentó un percance: esta mañanita lo despachó de cinco tiros Resurección Joya en un desayunadero de Paipa.

-Conque mataron al Fideligno?- comenté con pesar.

-Así como lo oye, sumercé-terció Chipaneme.

-Alma bendita – dije yo.

Entonces arrojé lejos la tusa y le di un estrecho abrazo al Melco. Ahora si no había ninguna duda. Era el Número Uno en el mundo feroz del turmequé. Podía sentir las palpitaciones del corazón del Melco bajo la ruana.

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Noviembre
11 / 2018


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