Así era vivir en La Candelaria, el barrio de más prestigio en Bogotá

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 220 de julio 1988

¿Por qué será que las cosas del pasado, propias o ajenas, producen tanta nostalgia? Una casa vieja, un objeto desgastado por el uso, algo tan prosaico como el utensilio de cocina que ha pasado por manos de personas de antiguas generaciones, tienen la virtud de despertar sensaciones que, como los bambucos, son alegres como para bailar y tristes como para sacar pañuelo.

Sea cual fuere la respuesta, a los mayores nos gusta incursionar por el mundo de las antigüedades, de una manera bastante masoquista, porque es tanto como vagar por el mundo de los recuerdos.

Y bien se sabe que los recuerdos son más dolorosos que placenteros. Estos pensamientos se nos ocurrieron cuando, sentados con Anita Rodríguez Fonnegra en su antiquísima sala de recibo, las sobrinas de ella -Lucía Rodríguez de Fajardo y Juanita Rodríguez Perdomo-, Hernán Díaz y esta colaboradora de Diners, comenzamos a oír las historias y cuentos de la dueña de casa sobre su niñez, los vecinos y todas las cosas viejas del hogar.


Foto: Hernán Díaz (Archivo Diners).


Y comenzaron las añoranzas. Hernán Díaz no podía dejar de hablar de su madre, tan parecida en su ternura y belleza a «Doña Anita», mientras iba y venía con su cámara buscando el mejor ángulo de ella.

La sobrina mayor describía los vestidos de tul y cintas que les ponían cuando eran chiquitas para ver desde el balcón de la casa las procesiones que pasaban por la calle 10. La sobrina nieta, entre tanto, miraba con amor y en silencio a la abuelita. Era evidente que su caudal de recuerdos no daba para abrigar nostalgias.

Con distintas preocupaciones los visitantes nos sentimos como en un santuario. Anita, fina y discreta, en su salón decorado como hace más de un siglo, y la misma casa solariega, incitan a la admiración, al respeto y al recogimiento.

Anita Rodríguez Fonnegra tiene ochenta y nueve años y es la única hija sobreviviente del matrimonio del abogado bogotano Eduardo Rodríguez Piñeres y de su esposa Mercedes Fonnegra. Sus hermanos fueron Emilio, Jaime, Julita, Guillermo e Inés. Los tres primeros se casaron y ella, junto con los dos últimos, permanecieron solteros.
A los casi noventa años, Anita conserva su cara fresca, sus cinco sentidos que envidiaría mucha gente joven y una gran gracia para contar cuentos. Su mejor interlocutor es monseñor Solano, con quien intercambia repertorio de anécdotas y chistes.

Es muy alegre. A primera vista inspira ternura y confianza. A pesar de los años y de haberse quedado sola mantiene el interés por conservar su casa como en la época en que la familia celebraba los acontecimientos con grandes fiestas. Recibe visitas, hace invitaciones, de manera que la mansión tiene el esplendor de los años en que su padre la adquirió por $18.000 al Banco de Colombia, por intermedio de su gerente, don Ernesto Michelsen.


Foto: Hernán Díaz (Archivo Diners).


Los presidentes liberales Alfonso López Pumarejo, Alberto Lleras, Carlos Lleras y Virgilio Barco almorzaron en esta casa el día de su posesión y pasaron directamente de ella al Palacio.

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Anita recuerda que su familia habita esta casa desde hace setenta años. La construyó don Enrique Silva, casado con doña Elena Montoya de la Torre en primeras nupcias y después con doña Francisca Herrera. Don Enrique y su familia vivieron en ella muchos años. Luego vino un señor Boshell y más tarde don Marceliano Vargas.

Fue ésta la primera construcción de ladrillo que hubo en el barrio de La Candelaria. Por el gran portón de madera, hoy adornado con chapas, golpeador y timbre de cobre muy brillante, entraba el coche de caballos, o carroza, en que la familia daba sus paseos dominicales. Había caballeriza al fondo del patio empedrado.

El modernismo obligó a los dueños a hacer concesiones. Al aparecer los automóviles y desaparecer los coches, el piso del patio se recubrió en ladrillo rojo y se adornó con materas de geranios.

La escalera principal, con sus balaustres de metal, lo mismo que los corredores, pudieron recubrirse con alfombras. El aspecto un tanto campesino de la casa solariega desapareció para dar lugar a la residencia suntuosa que fue centro de reuniones de jóvenes y viejos y de grandes celebraciones por varias décadas.

ARISTOCRACIA Y PERGAMINOS

Y hablando de celebraciones, Anita advierte con cierto orgullo que le inculcaron sus mayores: «Aquí se hacían muchas fiestas y bailes, siempre las niñas acompañadas del papá y la mamá. Todos los domingos la casa se llenaba de visitas, tomábamos onces y los jóvenes bailábamos valses, pasillos y fox-trot, que era lo más nuevo, mientras los mayores conversaban. Papá deleitaba a los amigos con su charla, porque era muy culto.

“Venía mucha gente, pero, eso sí, no lo dejaban meter a uno sino con la que era de aristocracia y pergaminos. En este sofá se sentaron monseñor Zaldùa, Luis Vargas, Diego Uribe, Carlos Ezquerra, el poeta venezolano Andrés de la Rosa y muchos otros. Recitaban y nos hacían versos. Todos los importantes de Bogotá pasaban por aquí.


Foto: Hernán Díaz (Archivo Diners).


“Tampoco nos permitían el trato con personas de conducta dudosa. Cuando se trataba de señoras, podrían ser de mucho rezo y escapularios, pero si habían dado su brazo a torcer, no tenían entrada en la casa”.

“Vivían también en la cuadra Eduardo Santos y Lorencita, los Vargas Lorenzana, los Casas, los Delgado Barreneche y un poco más lejos los De la Torre Montoya, los Ricaurte, los Michelsen, los Vargas y otros que no recuerdo ahora».

El barrio de La Candelaria era, pues, exclusivo para los que podían colgar árbol genealógico y escudo de armas en las salas de recibo. Había otros sectores de casas grandes y elegantes, como Los Mártires, San Agustín, Santa Bárbara y Las Cruces, pero el aristocrático era el primero. Virreyes, obispos y arzobispos le dieron gran categoría.

«Por la Calle 10 -dice Anita Rodríguez- subía el coche de monseñor Perdomo cuando venía de la catedral a la casa arzobispal. Pero también subían y bajaban las gentes pobres del barrio Egipto con sus burritos a recoger y llevar la comida que les regalaban en los restaurantes y los clubes sociales”.

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Este desfile de personas aristocráticas y humildes que iban y venían con distintos propósitos, concluyó el 9 de abril. Anita lo recuerda: «Llegó el 9 de abril, hace cuarenta años, y la aristocracia de La Candelaria emigró hacia el norte de la ciudad.

Se fueron las familias y desapareció la pompa. No se volvieron a hacer grandes fiestas y las procesiones perdieron su esplendor». Se muestra alegre al recordar las celebraciones de la Virgen de La Macarena y del Octavario: «El señor Arzobispo iba adelante llevando el palio con Nuestro Amo y las niñas le botaban pétalos de flores a su paso.

Las señoras lucían sus mejores mantillas y los hombres sombrero de copa. Había bandas militares y los cadetes desfilaban arrogantes. Todo eso se acabó. Todavía hay procesiones, pero ya no son tan majas. Y sigue bajando la gente de Egipto, aunque ahora se ve bien vestida. Hombres y mujeres pasan por aquí muy elegantes».


Foto: Hernán Díaz (Archivo Diners).


LOS RECUERDOS FELICES

Los sobrinos de Anita describen a su tía como una mujer que fue muy linda. Dicen que no se casó por cuidar de sus padres y hermanos menores.
Ella admite que era muy juiciosa, pero ¿bonita? Se pone ruborosa al considerar esa cualidad pero no la niega: «Yo era muy formal y no como mi hermana Julia que era desaplicada. Ella tenía un novio que se hacía pasar por sastre para poder entrar al colegio y verla”.

Anita aprendió muchas cosas con las hermanas de la Caridad de San Facón y recibió un diploma de «Instrucción Suficiente». A la premiación asistieron el Presidente de la República, los ministros y el arzobispo.

«La presencia de estos personajes en los actos importantes de los colegios de niñas distinguidas, eran muy acostumbrados», agrega. Más tarde tomó clases de piano, pirograbado y francés, materias que se llamaban «adorno» y que completaba la formación de las jovencitas aristocráticas llegadas a la «edad de merecer», vale decir, de pescar marido.

Insiste en que la sencillez era su virtud principal, debido a que su padre se la inculcó desde muy pequeña. Guarda un álbum en que él le escribió el siguiente sabio consejo: «No hay nada más antipático que una persona que deja sentir sobre los demás las superioridades reales o supuestas con que Dios la hubiese dotado o se creyera ella poseída».

El rostro de Anita Rodríguez Fonnegra no refleja ningún sentimiento de tristeza o melancolía cuando habla del pasado. Para ella, su vida ha sido muy hermosa y vive el presente. Solamente siente pesar cuando reconoce que la gente de su generación se ha ido. Murieron sus mayores, sus hermanos y los amigos de infancia.
Recuerda, como algo muy curioso, que siendo la mayor fue la escogida por sus padres para recibir las recomendaciones que se acostumbran cuando aquellos sienten próximo el viaje final.

Y está satisfecha de haber cumplido a cabalidad ese compromiso, ya que ha sabido conservar los haberes materiales y espirituales que dejaron a su cuidado. Particularmente estos últimos. Anita, rodeada del afecto de tantas personas, contradice cualquier sentimiento aflictivo que uno pueda abrigar sobre la vejez. Verla vivir, reconforta el alma e invita al optimismo.

Óscar Mena

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