SUSCRIBIRME

¿Por qué el chicle es tan importante en nuestra cultura?

Durante años el chicle fue estigmatizado. Hoy los psicólogos y sociólogos afirman que alivia la tensión y favorece la concentración.

Foto: Unsplash/ C.C. BY 0.0

Durante años el chicle fue estigmatizado. Hoy los psicólogos y sociólogos afirman que alivia la tensión y favorece la concentración.

Según el estudio GUMS 2022, de las consultoras Mondelēz International y Offerwise, en Colombia dejamos de masticar chicle por la cuarentena causada por la pandemia de covid-19. Antes era común ir por un Trident a la tienda de la esquina para refrescar el aliento; después del almuerzo, el restaurantero daba las vueltas con un X-Time y, como no, en las universidades, el Bubaloo ayudaba a los estudiantes a calmar la ansiedad antes de los exámenes.

Ahora, ya no es así. Las personas evitan comprar chicle en la calle o recibir de otras manos este diminuto paquete, porque «no se sabe dónde pudo estar». Por eso, estas marcas mencionadas anteriormente -reconocidas como las de mayor consumo del país, junto a Tumix- han decidido innovar en el mercado con presentaciones de más cantidad, lo que les ayudó a incrementar su venta en mercados nacionales en un 37 % en el país.

Pero, ¿qué tiene el chicle que lo hace tan irresistible para los colombianos? Pues bien, en la siguiente columna de Daniel Samper Pizano conocerá a fondo la historia de esta goma de mascar que tuvo su origen muy lejos de las comidas.

El chicle, una historia pegajosa

Foto: Unsplash.

Hace exactamente 67 años, en febrero de 1955, una ola barrió cubierta del buque de la armada ARC Caldas. En medio de neveras, equipos de sonido y lanchas de salvamento, cayó al agua Luis Alejandro Velasco. Este hombre permaneció diez días abandonado en una chalupa en el mar Caribe. Cuando estaba a punto de morir de hambre, encontró unas tarjetas húmedas en el bolsillo del pantalón. Empezó a masticarlas.

«Aquello -cuenta Gabriel García Márquez en sus famosos reportajes al náufrago- fue como un milagro: la garganta se alivió un poco y la boca se me llenó de saliva. Lentamente seguí masticando, como si fuera un chicle…».

Terminada su odisea, una empresa de gomas de mascar le pagó a Velasco para que modificara lo de las tarjetas. Entonces lo que parecía chicle se volvió chicle y resultó ser el chicle, no la Divina Providencia, el que había salvado la vida de Luis Alejandro Velasco.

Un dulce alivio para los colombianos

Desde ese momento la Divina Providencia anda de capa caída y el chicle gana adeptos cada día. Pasión de los niños, que los comparten con los amiguitos. Terror de las mamás, que han visto morir más de un vestido bajo el parche cauchoso imposible de borrar.

Asco de los maestros, que los consideran epítome de la mala crianza, los chicles constituyen uno de los más insólitos y característicos objetos de la sociedad de consumo.

Algunos no ven en la goma de mascar más que una antihigiénica costumbre. Pero esa antihigiénica costumbre representa un negocio multimillonario.

¿Quién podría imaginarse que las ventas de tan intrascendente golosina alcanzan a más de mil millones de dólares en el mundo entero, y que, solamente en Colombia sobrepasan los 70,4 millones de dólares cada años (según cifras de 2016)?

Los fabricantes de chicles figuran entre los más constantes anunciadores de televisión y uno de los pioneros del negocio, el señor William Wrigley, se encontraba entre los diez hombres más ricos de Estados Unidos al morir en 1928.

Colón descubrió también a América

Detrás de cada pastilla de chicle hay una larga historia que se remonta a la América tropical anterior a Cristóbal Colón. Fueron los mayas, genios creadores de todo un sistema matemático y astronómico, los inventores del chicle.

Muchas tribus americanas eran y siguen siendo aficionadas a mascar productos vegetales -tal las hojas de coca que consumen los indígenas andinos- y los mayas no se quedaban atrás en cultura masticatoria.

Solo que, en vez de coca, mascaban una sustancia cauchosa producida por un árbol científicamente bautizado como ‘Achras sapota’ y comúnmente conocido como zapote o sapodilla. Lo mismo que el árbol del caucho la goma del zapote se obtiene trazando pequeñas zanjas en la corteza del palo que conducen la sustancia hacia un punto de recolección.

Un caucho para masticar

chicles
Foto: Unsplash.

Cuando se trata del caucho, la leche se llama látex y sirve para hacer llantas y novelas como La Vorágine. Cuando se trata del zapote y otros árboles de la misma familia, se llama chicle y sirve para masticar para ganar guerras, para salvar vidas y para complacer a los dentistas, según demostraremos, caso por caso, a lo largo de esta nota.

Como a la historia también le gusta hacer mala prensa, a Colón se le conoce por haber descubierto a América es decir, lo regímenes militares, los bambucos melcochudos decir, los regímenes militares, la sopa de auyama y las mujeres llamadas Zohé.

¿Quién descubrió el chicle?

Pero pocas veces se le menciona como uno de los descubridores del chicle. Sin embargo, en carta a don Rafael Sánchez, tesorero de Aragón, el Almirante describe las tierras del Nuevo Mundo y menciona que en ellas los nativos son dados a rumiar unas resinas curiosas producidas por el árbol de Mastica o Pista cialenticus.

En realidad, la goma de mascar goma es bien antigua. En Europa mastican resina de abeto desde tiempos inmemoriales los suecos, los alemanes, los austriacos y los ingleses. No me extrañaría que también lo hicieran los daneses, los noruegos y hasta los yugoeslavos. Pero una cosa es mascar pegotes de abeto y otra ejercitar las mandíbulas con chicle, como lo hacían los mayas.

La prueba es que nadie se hizo rico vendiendo pastillas de abeto y en cambio el chicle constituye una industria de la cual se venden suficientes unidades como para hacer 100 viajes anuales a la Luna, si se colocaran una detrás de otra, o para formar alrededor de la Tierra un cinturón de casi 3 metros de espesor.

Vea también: Bomba nuclear de Latinoamérica: ¿Por qué no existe ni existirá?

Una historia con todo y dictador

¿Cómo se convirtió la arcaica costumbre de los mayas en un hábito que, solamente en Colombia. vende 6.900 toneladas al año? La historia del chicle como golosina es una de las más apasionantes de la sociedad de consumo.

El precursor de la moderna goma de mascar fue un antiguo marinero norteamericano, John Curtis, quien habiendo sabido cómo los pielrojas y los colonizadores eran aficionados a mascar resinas, resolvió fabricar su propio producto en la primavera de 1848. Luego de hervir goma de abeto en una olla casera y de cortar la masa resultante en pequeños pedazos, consiguió que un tendero la pusiera en venta.

El primer chicle industrialmente había nacido. Y desde un principio tuvo buena acogida hasta el punto de que su hijo John Bacon Curtis se dedicó a recorrer los Estados Unidos para promover el artículo que se llamó «Pura Goma de Abeto del Estado de Maine».

El chicle como negocio rentable

chicle
Foto: Unsplash.

Pocos años más tarde, lo que había empezado en la estufa de la señora Curtis se convirtió en próspera fábrica que empleaba 200 empleados y producía 1.800 cajas de chicle al día.

El éxito de la goma de mascar azuzó los apetitos comerciales de otros caballeros de industria. Uno de ellos, el señor William F. Semple, patentó en 1869 la goma elaborada de caucho. Y otro alrededor dedicaron a inventar mezclas de látex con especies que le daban sabor, color y olor.

Como si se tratara del guion de una película, la trama se sumó muy pronto un dictador latinoamericano. Se trataba del general Antonio López de Santa Anna, una especie de Tomás Cipriano de Mosquera mexicano, que cuando no estaba en la presidencia estaba en guerra y cuando no estaba en guerra andaba armando un ejército rebelde para subir a la Presidencia.

Exiliado pero con chicles en el bolsillo

Santa Anna era famoso por haber librado varias batallas victoriosas contra Estados Unidos que terminaron, como terminan todos los triunfos latinoamericanos:

Con la pérdida del Estado de Texas, que se anexó a los gringos. Después de haber ocupado varias veces la presidencia de su país, que era el único requisito in dispensable para que pudieran derrocar lo periódicamente, Santa Anna fue a parar en 1855 a Nueva York en calidad de exiliado.

Allí llevó un cargamento de cierta sustancia elástica a la cual le adivinaba importante porvenir al servicio de la humanidad. Era el chicle Anna pensaba que podría competir en utilidad con el caucho, cuya vulcanización, lograda en 1846, lo había domesticado en forma definitiva.

Por un azar, en el camino que tomaba diariamente el secretario de Santa Anna para dirigirse a casa del general, había montado una tienda Thomas Adams, un gringo tan ingenioso que parecía paisa cuyo contagio principal en esa época era el del germen de la inventiva.

Adams entró a la industria

Foto: Unsplash.

Adams quería inventarse algo y el secretario de Santa Anna pensó que era el hombre preciso para presentar a su jefe. Una mañana de 1869 se conocieron y el general le exhibió unas muestras de chicle para que les buscara aplicación

Aparece la materia gris. Varios meses duró experimentando en la cocina de la casa -otro que hacía taumaturgia en la estufa doméstica- el señor Adams. Trataba de obtener un producto que sirviera para fabricar llantas, zapatos y hasta cajas de dientes Pero toda aplicación fracasaba.

Al cabo de un año, descorazonado, se decidió a abandonar sus proyectos y a arrojar al río -en esa época los ecólogos no molestaban tanto porque, simplemente aún no existían los fardos de chicle recalentado-.

Pero ocurrió algo insólito que cuenta su propio hijo en testimonio que trae el libro de Robert Hendrickson The Great American Chewing Gum. Antes de botar la carga en el East River, mi padre entró a una droguería en la calle Chambers con Broadway para comprar algo.

Mientras estaba allí, una niña ingresó al local y pidió un centavo de goma de mascar…

El milagro del chicle apareció

Cuando salió, mi padre preguntó al boticario qué clase de chicle le había vendido a la niña. Le contestó que estaba hecho de cera de parafina, y que era «muy mala goma». Mi padre le preguntó si estaría dispuesto a ensayar algo diferente: el boticario aceptó.

Esa noche, mi padre habló con mi hermano sobre la idea. con éste, que estaba muy impresionado, fabricaron unas pocas cajas de goma de mascar hecha de chicle.

Para ello, tomaron una porción de la sustancia que Santa Anna les había vendido y la pusieron a hervir hasta que alcanzó una consistencia suave y un color grisáceo… exactamente el color que tiene el chicle actual. Estas bolitas sin endulzar ni colorear, tuvieron inmediato éxito en la droguería.

A los pocos años la fiebre del chicle había nacido. Tal era su apogeo, que aparecieron sobresaltadas. varias instituciones que veían en él un síntoma de corrupción y vicio. En un momento dado, las ligas puritanas lograron atajar su promoción en Nueva York.

Vea también: ¿Cómo preparar papas bravas a la colombiana?

Pero el público pudo más

La goma de mascar fabricada con chicle acabó por imponerse. El primero que lo intentó resultó ser William White, un audaz vendedor que lagarteó una audiencia con el rey Eduardo VII de Inglaterra y por poco le embute un chicle en la real boca, mientras las damas de la corte se desmayaban y los acompañantes del rey sentían morir.

El segundo fue William Wrigley, quien comprendió -antes que nadie- la capacidad vendedora de una campaña masiva de publicidad y armó, en 1907, la primera promoción espectacular de anuncios que recuerde la historia de Estados Unidos.

Invirtió cerca de un millón de dólares en promover los chicles de su marca y lo consiguió. Al morir era dueño de un imperio que contaba con rascacielos propios en Chicago y una fábrica monumental.

Nació el chicle con dulce

Algunos genios menores hicieron otros aportes al producto. Henry Fleer inven- en 1929 el primer chicle recubierto dulce, como lo conocemos hoy. Y un año antes Walter Diemer había elaborado el primer chicle de bomba. Durante muchos años el hábito de mascar chicle fue duramente atacado como antihigiénico, perjudicial para la salud vicioso.

Aún hoy los educadores persiguen y se considera de pésimo consumir chicles en recepciones. Pero la historia acabó por consagrarlo. Psicólogos y sociólogos afirman que es atávico en el hombre mascar objetos que no tragará después, porque ello alivia la tensión y favorece la concentración.

Está comprobado, en efecto, que el consumo de chicle aumenta durante épocas de guerra o depresión, como ocurrió durante la prohibición del alcohol y en los meses siguientes al anuncio oficial de que el cigarrillo producía cáncer, en 1964.

Un guerrero que refresca. Durante la I Guerra Mundial las ventas de chicle se multiplicaron.

Exportaciones de chicle

Las exportaciones norteamericanas de este elástico renglón pasaron de 200 mit a 2 millones de dólares. Los soldados rumiaban chicle en las trincheras y en las prolongadas caminatas, lo cual convirtió a la goma de mascar en un aliado victorioso.

El Ministerio de Defensa de Estados Unidos dio a conocer un comunicado médico según el cual «se ha encontrado que en marchas largas. cuando las tropas no consiguen suficiente agua. Mascar chicle es muy efectivo para aplacar la sed».

El chicle era ya héroe de la guerra. Y la reina Sofía de Grecia, queriendo mejorar el nivel de sus reclutas, solicitó a Estados Unidos un cargamento de chicle. Al agradecer, escribió que este había sido «muy útil para nuestros soldados en el campo».

Bueno para todo

Ahora el chicle ha dejado de ser un réprobo social, como lo era hace unas décadas, y reúne méritos suficientes para aspirar a la Cruz de Boyacá. No solo le salvó la vida al marino Velasco sino también a los ocupantes del dirigible R-34 de la Real Fuerza Aérea Británica, que en 1911 se enfrentaron a un escape de gas en el globo.

Solo el mazacote formado por diez cajas de chicle logró remachar el peligroso orificio. También lo defienden los dentistas como un limpia la boca. «Le quita a los dientes la placa bacteriana y es magnífico para la salud de las encías porque estimula la circulación y activa el funcionamiento de las glándulas salivares», señala el odontólogo bogotano John Duperly Cortés.

Además, según Hendrickson. ayuda a concentrarse; mantiene a los choferes alerta; humedece y refresca la boca reseca; perfuma el aliento; limpia y fortalece los dientes; da fuerza a las mandíbulas: es buen auxiliar en la terapia del lenguaje: compensa los cambios de presión del oído interno en pasajeros de avión y submarino: y colabora en las dietas».

¿Tendrá poderes afrodisiacos, además?

Chicles comunistas

Foto: Unsplash.

Cuando los astronautas del Gemini V extraviaron sus cepillos de dientes -a los cuales los marcianos rinden honores en estos momentos creyendo que son embajadores terrícolas -el chicle les permitió sustituirlos en la limpieza de la dentadura. No hay que extrañarse pues, de que hasta los países socialistas haya llegado la onda del chicle.

Los chinos chupan y chasquean chicles de confección nacional y los soviéticos mastican 80 mil toneladas de goma cada año. Se usan ahora como base gomas sintéticas, más que chicle natural, el azúcar representa el 60 por ciento de su peso y el 80 por ciento de su precio.

Pero, así y todo, el chicle sigue siendo uno de los pocos vicios que los latinoamericanos hemos impuesto a los gringos. No importa que a la larga se convirtiera en símbolo imperialista y regresara, empacado y endulzado a conquistarnos. Hay que ser optimistas: ¡alcemos. pues nuestros chicles, para brindar por los mayas!

Daniel Samper Pizano es periodista y escritor colombiano. Colaborador en varios medios de comunicación del país y ganador de múltiples premios por su trabajo como el Rey de España; Maria Moors Cabot de la Columbia University; Continente de Periodismo y tres premios Simón Bolívar de periodismo.

¡Quiero recibir el newsletter!

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Agosto
03 / 2022

Send this to a friend