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A 103 años del nacimiento de John F. Kennedy

Esta es la completa verdad, escrita por Daniel Samper Pizano, sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, a propósito de su natalicio el 29 de mayo de 1917.

Foto: Wikimedia Commons/ MattRocker/ CC BY 4.0

Esta es la completa verdad, escrita por Daniel Samper Pizano, sobre el asesinato del presidente John F. Kennedy, a propósito de su natalicio el 29 de mayo de 1917.

Este perfil sobre John F. Kennedy, fue publicado en la Revista Diners #163 de octubre de 1983.

Dallas, Texas, no era el mejor lugar para un presidente del partido demócrata, como John F. Kennedy. Su gobierno se había comprometido a buscar igualdad de derechos para la población negra, actitud que molestaba a los conservadores tejanos. Así lo probaba un aviso publicado esa mañana del 22 de noviembre de 1963 en el ‘Dallas Morning News’, uno de los periódicos más respetados de la ciudad. En él se acusaba a Kennedy de haberse entregado a los comunistas. El dueño del periódico había leído y autorizado el aviso porque era parecido a lo que venía sosteniendo su diario en la página editorial y porque reflejaba el punto de vista de muchos tejanos sobre el presidente.

La atmósfera no era favorable, y John F. Kennedy lo sabía en el momento de desembarcar del avión que lo traía de Fort Worth a Dallas.

Ya había visto el aviso del diario que le daba la mal bienvenida y había comentado a su mujer: «El país se está volviendo loco» En ese momento, sin que nadie se percatara, ya se habían producido varias coincidencias fatales y augurios nefandos. Hubert Humphrey, líder del partido demócrata y amigo personal del presidente, había pronunciado la víspera una conferencia ante la Asociación Nacional de Salud Mental.

En el Hotel Soreham, de Washington. Humphrey había confesado a los numerosos científicos reunidos, su preocupación por el riesgo constante de que «una persona emocionalmente inestable o un ciudadano irresponsable pudiera matar a un gran líder».

La mañana

Esa mañana, Kennedy había manifestado sobrecogimientos parecidos. Antes de salir del Hotel de Fort Worth, le comentó de repente a Jacqueline: «¿Sabes? Anoche habría sido una noche estupenda para matar un presidente». Después, en las siguientes horas, se irían a producir dos nuevos aletazos del destino.

Cuando la caravana presidencial se hallaba en marcha, y Kennedy estaba a pocas cuadras de su encuentro con la muerte, una de las personas que observaban el desfile la señora Gaudet, recordó que un rato antes se había transmitido por radio un programa dedicado a recordar los detalles del asesinato de Abraham Lincoln.

Mientras el automóvil de Kennedy pasaba a pocos metros de donde ella se encontraba no pudo menos que comentarle a su marido:

«Al presidente John F. Kennedy deberían darle la medalla al coraje solamente por el hecho de venir a Dallas».

Por su parte, Ted Sorensen, consejero especial del jefe de Estado, había recordado ese mismo día que en alguna ocasión Kennedy le hizo caer en cuenta de una circunstancia curiosa: a partir de 1840, todos los presidentes norteamericanos elegidos en ciclos de veinte años habían muerto en ejercicio de su cargo. Kennedy había sido elegido en 1960, pero -le aseguró a Sorensen sonriendo- estaba resuelto a romper esa tradición.

«No puede decir que Dallas no lo quiere»

Ninguno de estos presagios parecía digno de tomarse en cuenta esa mañana en que Kennedy y su caravana iniciaron a las 11 y 55 (12 y 55, hora de Colombia) el recorrido que los conduciría a través de las calles principales de Dallas. El presidente sabía que una de sus principales armas era la primera dama y le había recomendado que se vistiera con verdadero estilo». Jackie escogió un traje rosado y azul con sombrero compañero. Más adelante, el presidente le pidió que se quitara las gafas oscuras. La gente, Ie explicó, quería verla a ella y los lentes le escondían el rostro.

Contra todos los pronósticos escépticos, el desfile comenzaba con enorme éxito. Pese a ser el mediodía de un viernes, día de trabajo, miles de personas se habían apostado a los dos lados de la vía para saludar la caravana.

 

Uno de los agentes que viajaban en el grupo de automóviles anotó en su libreta: «Kennedy está demostrando que no tiene miedo». El entusiasmo de la multitud iba en aumento. Unas cuadras más adelante, la esposa del gobernador John Connally, que viajaba junto con su marido y dos agentes secretos en el automóvil presidencial, se volteó hacía Kennedy y le comentó:

«Señor presidente: no puede decir que Dallas no lo quiere». El no dijo nada, pero le sonrió.

Lentamente el desfile prosiguió por Avenida Lemmon, cruzó la Calle Reagan a las 12 y 24 tomó la Calle Main. La Calle Main termina en un punto donde se congregan tres calzadas que pasan por debajo de un puente elevado. La ruta más expedita para sortear el nudo de avenidas es voltear a la derecha por la Calle Houston, luego hacer un nuevo viraje, cruzar el puente por debajo y salir una cuadra antes de la Avenida Stemmons.

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Al seguir este camino, se pasa frente a un viejo edificio llamado «Depósito de Textos de Texas». Así lo hizo la caravana. El automóvil descubierto en que viajaban el presidente Kennedy y sus acompañantes tomó la Calle Houston y una cuadra más adelante giró a la izquierda en dirección al paso subterráneo. En ese momento los ocupantes de la limosina quedaron de espaldas al edificio de textos. Eran las 12 y 30 en punto cuando se escuchó el primer disparo.

«Dios mío, me dieron!»

Una bandada de palomas que se hallaba en el techo del depósito de texto echó a volar asustada. Luego vino un segundo disparo. Poco después, quizás, un tercer tiro . ¿Cuántos fueron? Este es uno de los misterios que siguen sin resolverse. Muchos testigos aseguran haber escuchado dos detonaciones, y otros juran que fueron tres. La Comisión Warren, que investigó el asesinato, halló tres casquetes. Pero sostuvo que sólo dos produjeron heridas a Kennedy y a Connally. «Un disparo probablemente no acertó en la limosina presidencial y sus ocupantes», concluyó la comisión con timidez.

El primer tiro hirió a Kennedy gravemente, pero el presidente habría podido sobrevivir a él. Era una bala de 6.5 milímetros que penetró por debajo de la nuca, astilló un pulmón, le perforó la tráquea y salió por la garganta, exactamente por el lugar en que se hallaba el nudo de la corbata de la víctima.

Abraham Zapruder, un curioso, estaba filmando el paso de la caravana con su cámara de aficionado. La película de Zapruder se convirtió en el más importante documento sobre el asesinato. Aunque el instante mismo en que Kennedy es tocado por la bala no alcanza a verse, pues hay una señal de tránsito que se interpone, es claro cómo el presidente surge de la interferencia visual con las manos en la garganta.

Posiblemente lo único que alcanzó gritar Kennedy fue «Dios mío, me dieron!». La cinta muestra que en ese instante Connally aún no había sido alcanzado por bala alguna; Jacqueline está mirando en dirección a su esposo, pero antes del tiro también lo estaba haciendo.

«¿Qué están haciendo?»

Instantes después se produjo el segundo impacto. A pesar de la distancia y del escaso tiempo transcurrido, éste también acertó en el difícil blanco. Fue el disparo fatal. La bala penetró por la parte posterior del cráneo, destrozó la masa encefálica de Kennedy e hizo saltar un pedazo de hueso occipital sobre el asiento del vehículo.

Bañado en sangre, el presidente empezó a caer hacia el lado de su esposa; Jacqueline, sin saber bien que ocurría, se arrodilló en el asiento y gritó: «Dios mío, ¿qué están haciendo?! Mataron Jack, Dios mío, mataron a mi marido, Jack, Jack!».

En ese instante, Connally ya había sentido lo que describió para la revista Life como «un golpe en la espalda». Una bala que entró cerca al omoplato derecho continuó su curso: fracturó una costilla, desgarró el pulmón y, luego de salir por el pecho debajo de la tetilla derecha, le quebró el hueso de la muñeca acabó incrustándose en el muslo izquierdo.

Asesino asesinado

Los tiros habian sido disparados desde una ventana del sexto piso del edificio de textos. El objetivo estaba a 26 metros. Lee Harvey Oswald, el asesino, había sido experto tirador. Pero incluso alguien con especial puntería necesitaba un poco de suerte para acertar dos dişparos en un blanco móvil, a esa distancia y en dirección perpendicular.

Oswald tuvo la suerte que le faltó a John F. Kennedy. Mientras el automóvil presidencial aceleraba su marcha en dirección al Hospital de Parkland, Oswald dejó abandonado el fusil, descendió de su sitio, se tomó una Coca-Cola, intercambió un par de palabras con un periodista y un oficial de policía que llegaban apresuradamente al edificio, y ganó la calle. Primero en un bus y luego en un taxi se trasladó hasta la pensión donde vivía y buscó una pistola.

A la 1 y 15 fue interceptado por el agente J.D. Tippit, a quien muerte cuatro disparos. A la
1 y 40 se coló a una sala de cine sin pagar boleta y a la 1 y 50 fue detenido por la policía, a la cual se le dio aviso de la presencia de un sospechoso en el teatro. A esa hora ya los médicos habían anunciado oficialmente la muerte del presidente. La noticia empezaba a circular por el mundo y Lyndon B. Johnson se preparaba para asumir el poder.

Los acontecimientos del domingo siguiente fueron casi tan increíbles como los del viernes. Lee Oswald, el único hombre en la tierra que tenía la verdadera clave sobre el asesinato de John F. Kennedy, iba a ser trasladado de los cuarteles de policía donde había pasado dos noches a un lugar más seguro. Y en la vía de salida, ante las cámaras de la televisión y los fotógrafos de prensa, resultó asesinado por Jack Ruby, un empresario de espectáculos cuya presencia el sitio aún hace menear muchas cabezas incrédulas.

¿Uno, o varios criminales?

El 29 de noviembre 1963. una semana después del crimen, el nuevo presidente dispuso la formación de una comisión destinada a estudiar el asesinato de John F. Kennedy. Como estaba presidida por el magistrado Earl Warren, se la designó con su apellido. El 24 de septiembre del año siguiente la comisión rindió su informe. Básicamente, señalaba en él que Kennedy había sido muerto por dos balas disparadas por Lee Harvey Oswald un asesino solitario que corrió la misma suerte que su víctima 48 horas más tarde.

Jack Ruby, homicida de Oswald, también había actuado por su propio impulso y sin concierto con cómplice alguno. En otras palabras, se descartaba la posibilidad de un complot o una conspiración -de izquierda o de derecha- para dar muerte al presidente de los Estados Unidos.

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Las conclusiones de la comisión despertaron revuelo y provocaron la súbita aparición de numerosos forjadores de teorías dispuestos a afirmar que Kennedy había sido víctima de una conspiración de tal tamaño que hasta los miembros de la Comisión parte de ella.

Más publicaciones

Se multiplicaron los libros que, apoyados en vacíos aparentes o reales de la investigación, proponían las explicaciones más inverosímiles al caso. Uno de ellos, titulado (en inglés) ‘¿Estaba solo Oswald?’, sugiere que Oswald, Tippit y Ruby formaban parte del mismo complot. Oswald tenia que matar a Tippit, sin que éste lo supiera, y Ruby a Oswald en caso de que lo agarraran. De acuerdo con este libro, Ruby se llevó a la tumba el secreto del por qué de la conspiración.

Otro libro de cosecha aún más audaz es el titulado simplemente ‘Oswald’; su autor, Kerry Thornley, llega a sostener la siguiente joya: «Nunca conocí un individuo más motiva do por lo que parecía ser una genuina preocupación por la humanidad que Lee Harvey Oswald». En ‘El segundo Oswald’, Richard H. Popkin -jefe del departamento de filosofía de la U. de California, San Diego-, sugiere que en realidad no había un solo asesino, sino dos, ubicados ambos convenientemente en el edificio. El segundo Oswald habría sido un formidable tirador que desapareció al terminar su misión.

«Otra bala me hirió a mí»

En medio de muchas páginas lunáticas aparecieron, sin embargo, unos pocos libros que analizaban la investigación de manera más seria y llegaban a proponer la firme hipótesis de que contra Kennedy disparó más de un asesino. Aparte de Oswald, apostado detrás de la víctima, había otro u otros cómplices que acertaron en el blanco desde una zona verde ubica da frente a la caravana. La más grande duda provenía de la dudosa capacidad de Oswaldo -o de cualquier otra persona- para hacer tres disparos en el brevísimo lapso que permite calcular el filme de Zapruder.

El propio Connally no cree que la bala que lo hirió haya sido la misma que atravesó antes el cuerpo de John F. Kennedy. «Lo que yo sé absolutamente -dijo a Life- es que una bala causó la primera herida del presidente y otra, totalmente distinta, me hirió mi». De ser así habrían sido disparados cuatro tiros en unos pocos segundos, circunstancia casi imposible… o bien alguien le ayudó a Oswald en su tarea.

Los libros ‘Pesquisa’, de Edward Jay Epstein, y ‘Juicio apresurado’, de Mark Lane, cuestionaban también la investigación de la Comisión Warren y abrían la posibilidad de que existiera más de un asesino.

La propia revista Life propuso la formación de una nueva comisión investigadora. Otros autores, sin embargo, consideraron que, a pesar de sus fallas, el trabajo de la Warren había sido convincente. Así lo expresaron William Manchester, autor del best-seller La muerte de un presidente, y Jim Bishop, de El día que mataron a Kennedy.

«la verdad total sobre el asesinato nunca se sabrá»

Por desgracia, el mejor análisis sobre las conclusiones de la Comisión Warren y las objeciones que le formulan sus críticos nunca apareció en la prensa de masas, sino en una revista especializada de derecho. Se trata de un largo artículo publicado en 1967 en que el profesor John Kaplan debate, rebate y combate, con la seriedad e imparcialidad de un ‘scholar’. las principales páginas escritas contra la Comisión Warren. Kaplan concluye que «la verdad total sobre el asesinato nunca se sabrá».

Acepta que existen dudas sobre varios puntos concretos del caso (por ejemplo, si Connally fue herido o no por la misma bala que atravesó al presidente) y que la comisión obró con algún apresuramiento. Pero que sus conclusiones son adecuadas.

Una mirada desde el futuro

Han transcurrido veinte años desde el crimen. El hecho de que en este lapso no hayan aparecido nuevos apoyos en favor de las teorías de la conspiración y los múltiples asesinos, parece otorgar mayor solidez a la tesis inicial en el sentido de que John F. Kennedy fue muerto por un tipo solitario y emocionalmente inestable. Los atentados de esta clase configuran un síndrome no propiamente insólito en los Estados Unidos, como pudo probarse en los años siguientes. Remember Robert Kennedy. Remember Martin Luther King remember George Wallace. Remember Gerald Ford, Remember John Lennon. Y remember Ronald Reagan.

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Mayo
01 / 2020

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