Cuento: Nunca te di las gracias

Cuento ganador del primer lugar compartido del Concurso Nacional de Cuento organizado por Diners, RCN radio y CM& noticias en 2006. La historia de un ídolo del fútbol, de su época de gloria y de la nostalgia del olvido.
 
Cuento: Nunca te di las gracias
Foto: Darío Ortiz/Archivo Diners
POR: 
Mario Mendoza

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 435, de junio de 2006.

A veces, tener ídolos nos salva.
Marcos Salamanca

Nos encontramos en el Parque de Lourdes a las tres en punto de la tarde. Boris seguía teniendo ese aire de superioridad y de sencillez al mismo tiempo, que lo había caracterizado en el colegio: alto, atlético, sonriente, afectuoso, como si estuviera viviendo en una dimensión propia, como si la vida de los demás hubiera sido contaminada por una serie de sucesos bajos y miserables que estaban lejos de su nivel. Nos abrazamos con la camaradería de siempre. Dos días atrás yo lo había llamado y le había pedido una entrevista.

–¿Te volviste loco, viejo? Hace años que dejé el fútbol –me había dicho en el teléfono con una voz aflautada que reflejaba toda su sorpresa.

–Quiero escribir sobre ti. No tengo mucho tiempo –le había explicado en un arranque de sinceridad del cual me arrepentí enseguida.

–¿Sobre qué vas a escribir? –preguntó con un humor triste.

–Lo sabré durante la entrevista –afirmé con sequedad.

Al fin nos pusimos de acuerdo y quedamos de vernos en el Parque de Lourdes a las tres en punto. Caminamos unos pasos hasta la cafetería Navarra, nos hicimos en una mesita desde cuyo ángulo divisábamos el parque y pedimos dos cafés. Boris no me dio tiempo de sacar mi libreta de apuntes ni de alistarme para la entrevista. Me agarró a mansalva, a quemarropa, y sus palabras me acorralaron de mala manera.

–No sé por qué me llamaste. Sabes bien que mi carrera no es la de un triunfador. Hubieras podido entrevistar a cualquiera de los que jugaron para ganar. Ese no es mi caso y lo sabes de sobra. El fútbol me acabó la vida, me dejó en la calle. Yo pertenezco a esa franja de jugadores que son destruidos por lo que más aman.

Recordé entonces a Boris abriendo la defensa contraria, penetrando en las dieciocho con garra, como un guerrero furioso en las huestes enemigas, y enganchando la pelota como un bailarín para después lanzarla a un ángulo y estremecer la red. Jugaba con pasión, ido, como si estuviera en trance, como si todo su ser flotara sobre la cancha y a él le hubiera sido concedido el don de la ubicuidad.

Corría, presionaba, saltaba, se desmarcaba una y otra vez, arrastraba la defensa para que sus compañeros pudieran entrar por el centro, pasaba la pelota en jugadas elegantes, audaces, impredecibles, y sabía también chocar e imponerse en un tiro de esquina para poder cabecear la pelota y meterla en la portería enemiga.

Era un jugador completo pero corría riesgos innecesarios, buscaba el peligro, le gustaba hacer alarde de su agilidad y solía atravesar incólume los tijeretazos que los defensas le tiraban para romperlo. Algún comentarista había dicho una tarde de domingo refiriéndose a él: “Le gusta navegar por aguas turbias y ponzoñosas”.

–¿De qué vas a escribir? –siguió hablando Boris mientras afuera la tarde se oscurecía–. ¿De mi derrota? ¿De mi fracaso? ¿De mi mala suerte? –y entonces soltó esa frase que tanto me dolió–: Si alguna vez me quisiste, no hables mal de mí.

Las primeras gotas empezaron a caer sobre el parque y le gente corría para guarecerse de la lluvia. Mientras miraba a través del ventanal, mi memoria me trajo a la cabeza la transmisión de televisión en la cual lo vi haciendo en el campo lo que le daba la gana, bajándola de pecho en el área, pasándola de taquito, lanzando pelotazos al arco de chilena, gambeteando, amagando y haciendo quites como si tuviera una cintura de plastilina, humillando al contrario con su destreza y su genialidad.

Los guayos rivales lo buscaban por toda la cancha para castigar su insolencia y su altivez. Hasta que las piernas de dos defensas, como si fueran cuchillas cortando el aire, lo arrojaron al piso y le dibujaron una mueca de terror en el rostro.

El médico entró en el campo con dos ayudantes y una camilla. Al día siguiente los periodistas deportivos hablaban de una rodilla rota, de varias intervenciones quirúrgicas, de un implante metálico.

–Jamás hablaría mal de ti –le dije mirándolo a la cara–. Te respeto y te admiro demasiado para hacer algo así.

–Entonces busca a alguien que te sirva para una buena historia. Creo que te equivocaste de protagonista.

Boris terminó de beber su café e hizo el ademán de levantarse. Comprendí por qué lo había llamado y por qué estaba sentado allí frente a él. Le dije en voz baja:

–En 1988 me detuvieron de manera preventiva en el extranjero y pasé varias semanas en una guarnición militar en medio del desierto. Pensé que no iba a resistir.

Cuando estaba a punto de echarme a llorar y de suplicar clemencia, me llegaba a la cabeza tu figura esbelta, tu fuerza, tu coraje en la cancha, tu manera de aguantar los empujones, las patadas y los codazos, y me decía “Si él puede, yo puedo”.

Y te parecerá ridículo e infantil, pero gracias a tu imagen lo soporté todo y salí con mi dignidad fortalecida. Tenía 23 años y mi ídolo eras tú. Nunca te di las gracias.
Afuera el aguacero arreció. Pagué la cuenta y salí.

         

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abril
3 / 2018