Algunas de las finales del Mundial más memorables de la historia

El partido que define al campeón de una copa del mundo no es siempre el mejor, pero sí el más dramático. El mundo se paraliza para verlos y la tensión es universal.
 
Algunas de las finales del Mundial más memorables de la historia
Foto: Wikimedia Commons, CC BY 0.0, Kempes Copa Mundial 1978
POR: 
Revista Diners

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 292, de julio de 1994.

Las crónicas del escritor y periodista escocés Alistair Reid figuran entre los mejores textos literarios que se han publicado sobre los mundiales de fútbol. Él asistió a cinco de estos torneos como reportero de la revista norteamericana The New Yorker, y describió no sólo los partidos más importantes sino todo el trasfondo y las cosas que el público no percibe a simple vista.

Esas crónicas han sido reunidas por la editorial colombiana Tercer Mundo en el libro ‘Ariel y Calibán’. Ariel es, según Reid, el estilo de fútbol que le da prioridad al ataque y a la velocidad; Calibán, el que se concentra en una defensa sólida e impenetrable y sólo anota mediante un contraataque súbito y rápido.

“Este último, bien podría ser denominado el juego italiano, pues los italianos han sido sus más exitosos practicantes. No importa cuán tácticamente sólido sea el enfoque defensivo –e Italia demostró en España que esta clase de táctica puede aplastar a un contendor ofensivo como Brasil–: siempre es aburrido de mirar, excepto si uno es estratega del ajedrez, o italiano”.

O rumano o norteamericano, pensamos nosotros al recordar el juego que esos dos equipos plantearon a Selección Colombia en el Mundial Estados Unidos 94.De Alistair Reid, traductor de Borges y García Márquez al inglés, Revista Diners publicó en su edición extraordinaria número 200 de 1986, un ensayo sobre nuestro Premio Nobel.

Ahora presentamos algunos párrafos referentes a los cinco partidos de finales mundialistas que forman parte de las 200 páginas de ‘Ariel y Calibán’.

Inglaterra 1966

Inglaterra 4
Alemania occidental 2

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Isabel II de Inglaterra entrega la Copa, por entonces todavía denominada Jules Rimet, al capitán del equipo inglés, el gran Bobby Moore. Wikimedia Commons, CC BY 0.0.
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Era un enfrentamiento parejo entre dos equipos cuya suerte podría voltearse súbita y accidentalmente en cualquier dirección. Todos nos dimos cuenta en un instante de que la posesión sería la única ley, pues tan pronto como los alemanes o los ingleses se hacían a la pelota la disparaban al arco contrario mientras esperaban a que sus oponentes cometieran un error.

Tristemente, Inglaterra cometió el primero, cuando su implacable defensa derecho, Ray Wilson pateó la pelota a los pies del delantero alemán y pagó su falta al ver a Inglaterra perdiendo uno a cero a comienzos del juego.

El trabajo, y no la exuberancia, se convirtió en la norma para Inglaterra, y Bobby Moore, capitán del equipo y uno de esos capataces que creen en el ejemplo más que en la exigencia, se las arregló para ubicar la pelota, a partir de un tiro libre, en un punto tan preciso en el aire que Hurst cabeceó un gol que fue una hazaña pura y absoluta.

Al final del primer tiempo los equipos estaban empatados a un gol. Bajo las circunstancias, noventa minutos es mucho tiempo, y en la segunda mitad comenzamos a desear un respiro, más que emociones.

Los delanteros alemanes Helmut Haller y Uwe Seeler provocaban tormentos de ominoso peligro cada que la pelota se encontraba a sus pies, y nos desconectamos de la ciencia del juego por culpa de la pura aprensión.

Cuando un tiro espontáneo que siguió a un penetrante ataque inglés rebotó del guardavallas alemán a los pies de Martin Peters –otro joven prodigio inglés– y éste metió la pelota en la red sin consideración alguna.

Dos a uno a favor de Inglaterra, y sólo nos quedaba mirar el reloj y contener el aliento durante el resto del juego. Cuando el minuto describía el último semicírculo, Alemania occidental anotó un gol que nunca debió haber sucedido, un gol sospechosamente ayudado por manos humanas (falta automática en fútbol) y aprovechado sin complicaciones por el delantero alemán Wolfgang Weber.

Anticlímax. Habíamos estado respirando el aire lluvioso, prestos a explotar en clamoroso homenaje, cuando súbitamente sonó el pito final y se acabaron los noventa minutos. Los comentaristas de radio y televisión sólo tuvieron un par de minutos para articular su histeria y después el juego comenzó de nuevo, tan implacable como nunca, casi superando los límites de lo creíble en el fútbol o en la imaginación.

El pequeño Ball apareció de repente en un espacio abierto, puso la pelota en el camino de Hurst, y el centro-delantero inglés la disparó a su vez hacia la red: pareció como si la pelota hubiera golpeado el pie de un defensa y se hubiera lanzado hacia arriba, adentro del arco, y con la misma precipitación hubiera rebotado hacia afuera.

La mitad de nosotros estaba segura de que había sido un gol, la otra mitad esperaba que lo hubiera sido, y todos los alemanes, sin importar lo que hubieran visto, rugían incrédulos. Pero la decisión le correspondía al árbitro, y él, durante un instante mortal, consultó con el juez de línea, quien estaba mejor ubicado para decir si la pelota había cruzado la línea o no.

Lo vimos afirmar con la cabeza y señalar un punto en el centro. Un gol para Inglaterra, y sin embargo ninguno de nosotros se sentía del todo feliz con su aura de indecisión. Los equipos cambiaron de cancha penosamente para el último cuarto de hora, podíamos adivinar el cansancio en sus movimientos, en el alivio con el que pasaban la pelota a un colega.

Faltaba sólo un minuto, según mis cálculos, cuando Uwe Seeler casi anotó para Alemania. Sin embargo, Bobby Moore apareció a tiempo para detener la pelota y pasársela campo arriba a Hurst. Alimentado por una insondable fuente de energía, Hurst se abrió paso a toda velocidad y dejó salir un disparo que golpeó limpiamente la red alemana: un gol tan enfático, tan puro, tan indiscutible, que nuestros rugidos no dejaron oír el pitazo final.

Esta vez sí había terminado e Inglaterra sí había ganado, no con la sombra de un gol sino con la última imperiosa patada del juego. Cuatro goles a dos y todo el estadio fatigadamente loco de satisfacción. En el campo algunos jugadores ingleses se hallaban en lágrimas, otros angustiados, pero absolutamente todos en éxtasis…

México 1970

Brasil 4
Italia 1

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“La victoria brasileña era tan popular, que casi estaba predestinada”. Dicen que era el mejor equipo de todos los Mundiales. WikimediaCommons, CC BY 0.0.
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Al comienzo los italianos parecían más aguzados, y Mazzola despachó a Riva mientras los brasileños lo contemplaban sorprendidos. Una vez más, Gerson se hizo cargo del Brasil, pidiendo la pelota, conservándola, esperando y después lanzándosela a Jairzinho, quien estaba, sin embargo, completamente bloqueado por Fac chetti.

Tostao se escapó por la derecha y elevó una pelota a través de la boca de la portería, y en el aire la alcanzó Pelé, quien cabeceó hacia adelante y la lanzó con un rizo hacia la meta. Sus compañeros se apilaron sobre él, y yo sentí que ese momento la ansiedad disipaba: Pelé había logrado gol en la final, y la admiración evidente de la multitud hacía prácticamente imposible que Brasil perdiera.

Su juego cambió de inmediato. Se hicieron pases juguetonamente, trataron de pasar, llegaron cerca con una prodigiosa patada de Pelé, comenzaron a sonreír –quizá demasiado pronto, pues su defensa dejó colar por la mitad una pelota fácil, y Boninsegna, el goleador italiano, la recibió secamente, se movió detrás de Riva y la hizo estallar en un gol que igualó el marcador.

Gerson frunció el ceño, pero rápidamente puso a marchar a los brasileños de nuevo, y el final del primer tiempo nos tomó por sorpresa mientras Pelé, que estaba fuera de lugar, colocaba la pelota en la red italiana, y todos pensamos que el árbitro había hecho sonar el silbato sobre todo para evitar a los pendencieros italianos.

Y cuando el juego comenzó de nuevo, Pelé nos regaló una demostración privada de sí mismo, primero con un disparo que pasó tan rápido cerca del arco que a mí me pareció una sombra, y en otra ocasión levantando la pelota impúdicamente sobre la cabeza de su adversario y recuperándola al otro lado.

Durante una rebatiña la pelota rodó en dirección de Gerson. El la recibió, miró hacia la portería, se movió a la izquierda y, en ángulo, disparó con tal fuerza y velocidad que vi cómo la red italiana se hinchaba hacia atrás.

Sus compañeros lo arañaron y lo golpearon de felicidad, y él parecía sorprendido de sí mismo pues por lo general les deja los goles a sus más deslumbrantes pupilos. La defensa italiana dejó una brecha al lado derecho para que Carlos Alberto, el espigado capitán brasileño, explorara con tranquilidad, y cedió el mediocampo a Gerson y Rivelino.

La multitud estaba encantada, en reconocimiento centró Gerson un pase para Pelé, sospechosamente adelantado, quien puso la pelota en el camino de Jairzinho, que la bailó hasta el interior de la portería italiana desechando todo rastro de competencia en el juego: en la derrota los brasileños se sienten miserables –recordé cuán vencidos se veían en Inglaterra–, pero son jubilosos y alegres cuando un encuentro los favorece, y su juego se convierte en una celebración.

Con este espíritu, y faltando cinco minutos para el final Pelé avanzó por el centro y cuando la defensa italiana comenzó a cerrar el cerco a su alrededor pateó la pelota a la derecha, por donde Carlos Alberto se acercaba a toda velocidad, y el capitán anotó su primer gol, uno imposible de detener, para un marcador de cuatro a uno.

Eso fue todo –o al menos los aficionados resolvieron que algo más sería superfluo y comenzaron a invadir la grama–. El árbitro y el equipo italiano intentaron débilmente que el juego continuara y después desistieron, y cuando el silbato sonó, una oleada de espectadores avanzaba sobre los brasileños agarraba sus camisetas, levantaba a Pelé en hombros y daba vueltas por ahí, en completo delirio.

Carlos Alberto condujo a sus hombres escalera arriba para recibir la Copa de manos del presidente mexicano. La victoria brasileña era tan popular que casi estaba predestinada, nadie se quedó llorando en las terrazas, y yo sentí que incluso los italianos habían quedado satisfechos con el ritual.

Argentina 1978

Argentina 3
Holanda 1

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“Kempes estaba en su momento más espléndido (…) y cuando anotó, a los 38 minutos, provocó un prolongado rugido en el estadio (…)”. Luego volvió a vencer la valla italiana. Bertoni hizo el tercero. WikimediaCommons, CC BY 0.0.
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El equipo argentino se demoró en salir a la grama, y cuando finalmente lo hizo, de inmediato se quejó ante el árbitro por el yeso que uno de los jugadores holandeses tenía en una mano: sin duda una demostración de guerra sicológica que había sido planeada de antemano.

El juego comenzó mal, con una marcación individual brutal por parte de ambos bandos y un reguero de faltas. La táctica de los argentinos había enfurecido a los holandeses, quienes iniciaron el encuentro con bastante rudeza, jugando con más resentimiento que habilidad.

Kempes estaba en su momento más espléndido, iniciando el ataque desde el mediocampo y después uniéndosele en la delantera, y cuando anotó los 38 minutos, provocó un prolongado rugido en el estadio que tornó menos imposible lo inconcebible.

Sin embargo, en el segundo tiempo comenzó Holanda a jugar con la fluidez que lo ha hecho famoso, y todo parecía indicar que se recuperaría. Nueve minutos antes que el juego terminara Nanninga empató el marcador con un veloz gol.

Entonces, cuando apenas quedaba un minuto, Resenbrink lanzó un disparo que estaba destinado a con vertirse en gol, y yo pensé que por fin se haría justicia. No obstante, la pelota rebotó en el poste, y el partido terminó en un conmocionado empate. Según las normas de la FIFA, debía jugarse un periodo extra –dos tiempos de quince minutos–, perspectiva abrumadora para los jugadores, que lo habían entregado todo.

El estadio se merecía con la expectativa y todos se daban cuenta de lo cerca que había estado Argentina de perder. Cuando el primer tiempo llegaba a su final, Kempes logró eludir la marca y anotó en medio de la confusión.

Los holandeses se veían cansados, muy cansados. Lo habían hecho todo bien pero la suerte no los había favorecido. Bertoni hizo un tercer gol por Argentina durante el segundo tiempo extra, y entonces –sólo entonces– supimos que Holanda había perdido.

Al terminar, los jugadores holandeses se veían justificadamente abatidos: habían perdido la final dos veces seguidas habían sido despojados de un campeonato que merecían. Todos sentimos lástima de verlos perder, pues le han aportado al deporte un gusto desbordante.

No ha habido muchos motivos para bailar en las calles de Buenos Aires en los últimos años, me alegré de que los argentinos tuvieran al menos esta posibilidad de airear su orgullo. Estoy seguro de que incluso Borges se sintió satisfecho.

Como me lo ha recordado él varias veces, Argentina no es sólo un equipo de fútbol, y la victoria no es sólo un asunto de anotar goles.

España 1982

Italia 3
Alemania occidental 1

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“Dino Zoff condujo a su equipo para recibir el pequeño bojeto dorado de manos del rey Juan Carlos y quién sabe qué efusiones del presidente (Sandro) Pertini”. Wikimedia Commons CC BY 0.0.
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Alemania e Italia, viejos adversarios, sabían qué esperar el uno del otro –sabían que ésta sería una lucha sin cuartel–. Ambos comenzaron con cautela, y no pasó mucho tiempo antes que se iniciara una serie de salvajes atajadas y –especialmente por parte de los italianos– las expresiones histriónicas imprescindibles cuando hay una lesión.

La marcación cuerpo a cuerpo era feroz, y como ambos equipos estaban desarrollando un juego destructivo, ninguno de los dos progresaba. Bien entrado el primer tiempo se cometió una falta contra Conti frente a la portería alemana pero Cabrini, bajo mucha tensión, falló el tiro penalti, e Italia perdió la oportunidad de un ascenso que necesitaba.

Llegó el descanso sin goles; pero al comenzar el segundo tiempo las estrategias cambiaron y el juego ganó en velocidad. Los italianos se abrieron para atacar por la derecha y lograron cruzar la pelota hacia un nudo de jugadores a la alemana. La pelota pasó de aquí para allá hasta que Rossi logró asomarse y cabecearla.

En el palco real, el presidente Pertini se puso de pie y comenzó a aplaudir y saludar a la multitud mientras los italianos saltaban unos encima de otros Los alemanes, en desventaja por un gol, dejaron de pensar en la defensa que era lo que Italia estaba esperando.

De inmediato vimos venir el pase largo, el veloz contraataque y, casi inevitablemente, el segundo gol italiano, del espléndido Tardelli, que obligó al presidente Pertini a levantarse de nuevo e inclinó el favor de la multitud hacia Italia.

Desesperados, los alemanes reemplazaron a dos delanteros pero faltando nueve minutos para el fin del partido, Conti, el puntero colega de Rossi, se escapó por su cuenta y, cuando ya tenía la portería la vista, deslizó la pelota hacia Altobelli, quien anotó un tercer gol fulminante a favor de Italia.

Una ventaja de tres goles parecía suficiente, pero faltando dos minutos cobró Breitner un tiro libre y anotó un gol impecable por Alemania; en todo caso era demasiado tarde para cambiar el curso del juego.

Sonó el silbato, los equipos exhalaron su último suspiro, y Dino Zoff, de cuarenta años de edad, condujo a su equipo para recibir el pequeño objeto dorado de manos del rey Juan Carlos y quién sabe qué efusiones del presidente Pertini, quien sin duda sobresalió como el aficionado del momento.

Había sido una buena final, aparte de las salvajadas ocasionales, e Italia había jugado con inteligencia, esperando el momento. Gracias a sus seis anotaciones, Paolo Rossi se convirtió en el goleador del Mundial, y con esta victoria Italia igualó al Brasil como triple ganador de la Copa Mundo.

México 1986

Argentina 3
Alemania occidental 2

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“Quedaban cinco minutos cuando Burruchaga hizo un disparo sobre el portero. El estadio explotó, y todos permanecimos de pie hasta el pitazo final” Wikimedia Commons, CC BY 0.0.
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Los oestealemanes habían planeado su juego con mucho cuidado; asignaron la marcación de Maradona a Lothar Mattheus, pero Maradona logró incluso sacar provecho de tan estrecha marcación, distrayendo constantemente a la defensa alemana y haciendo aperturas para sus compañeros de equipo.

Después de veinte minutos, tras una falta sobre Maradona, Burruchaga cobró un tiro libre y pateó una bola frente a la portería alemana para que José Luis Brown cabeceara un gol simple. Los alemanes desconcertados, se vieron obligados a atacar, lo que implicaba abrir huecos en su muralla defensiva.

A los diez minutos del segundo tiempo un pase de Maradona a Enrique, sondeó uno de estos huecos, y el movimiento terminó cuando Valdano engañó al portero y anotó un bonito gol. Argentina llevaba dos goles de ventaja, y para la mayoría de los asistentes al estadio el partido parecía un asunto resuelto.

Un equipo inferior se habría resignado a su suerte, pero no los alemanes. Muy meritoriamente se volcaron hacia adelante en un ataque total que confundió a la defensa argentina. Faltando diecisiete minutos para el final, con un enjambre de jugadores frente a la portería argentina, llegó una pelota de un tiro de esquina, y Alemania Occidental anotó.

Siete minutos más tarde repitió la maniobra e increíblemente volvió a anotar e igualó el marcador. Parecía inevitable que el juego se fuera a tiempo extra. Quedaban cinco minutos cuando Maradona recibió la pelota por su costado y lanzó un largo pase diagonal hacia Burruchaga, quien arrancó con la pelota e hizo un disparo bajo y rápido sobre el portero, que avanzaba hacia él.

El estadio explotó y todos permanecimos de pie hasta el pitazo final. Como capitán del equipo, Maradona subió a recibir la pequeña Copa de oro, y entonces llegó el momento que apareció en las primeras páginas de los periódicos del mundo: Maradona en hombros sobre sus compañeros, con la Copa sobre la cabeza y lágrimas de emoción y de alivio corriéndole por la cara. En ese instante de triunfante irrealidad el mundo afuera del estadio se mantuvo en suspenso.

         

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marzo
27 / 2018