¿Cervantes en Cartagena?

Aquí un fragmento de “En un lugar de las Indias” de Pedro Gómez Valderrama.
 
¿Cervantes en Cartagena?
Foto: Wikimedia Commons, CC BY 0.0
POR: 
Pedro Gómez Valderrama

Publicado originalmente en la Revista Diners N.331 , de octubre de 1997.

Para don Miguel, la llegada a un puerto caribe como Cartagena de Indias es un descubrimiento inolvidable. Su marina había sido hecha, como soldado combatiente, en el Mediterráneo. Y, aunque tuviese malicia de los climas, e incluso hubiese recibido el baño de Argel, la entrada a la bahía de Cartagena, el movimiento de la nao para apegarse al muelle, las piraguas llenas de frutas extrañas, los cuerpos amolinados, mezcla de negro, indio y español, todo es extraño.

Sin embargo al pisar tierra y conseguir domicilio en una posada que cuadra a su rango de funcionario de la Corona, encuentra como cosa familiar, que a dos cuadras de la posada, en la Plaza Mayor y por sentencia de auto de fe venida desde Lima, están quemando a alguien.

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El olor a chamusquina pone a don Miguel a pensar una famosa cueva llamada de Montesinos donde decíase en la península haber toda clase de portentos de magia, más dignos del fuego que lo que se ve en una modesta plaza de Inquisición de segunda categoría.

Don Miguel piensa que acaso mejor hubiese sido llegar con el propio Colón, para ver cómo era la realidad de estas tierras antes que el español llegara les sacara el oro y las mujeres, y las construyera a imagen y semejanza de España, con calles angostas y retorcidas para que el viento de invierno no se cuele, aquí donde el único invierno es una lluvia caliente que pega la ropa a la piel.

La visión siguiente que traza don Alonso es la de aquel momento en que don Miguel empieza a convertirse en indiano. Todas las tardes, después de la revisión del último barco, sale a la Vinería del Madroño, a jugar con algunos amigos un tute inevitable, salpicado de un tintorro de pésima calidad.

Llegan las ocho de la noche y se encamina a casa. Es una de las mejores casas del puerto, cercana a la plaza, en un una la callejuela angosta en que las únicas dos puertas, son la principal y la de servicio del caserón.

Pero la casa sigue vacía, don Miguel simplemente ha comprado cama, un armario y un par de sillas, las cosas de cocina y los muebles para la mulata que le sirve la pomosa doña Catalina de Salazar sigue destripando terrones en Esquivias, y don Miguel es buen enamorado para lo cual se comenta que ninguna falta le hace el brazo manco.

En el primer año de vida en Cartagena fueron muchas las españolas a quienes rindiera honores y levantara faldas, y que fueron a parar al cuarto de la casona, ante la mirada despectiva de la mulata. Sin embargo, los amigos de don Miguel se preguntan muchas veces para qué el hombre se afana y apeligra buscando faldas que levantar fuera de casa, cuando tiene una real hembra a su servicio.

Y evidentemente, alguien ha puesto la idea en el magín don Miguel, que una noche llega con unos vinos de más, abre la puerta del cuarto de Piedad, y la encuentra durmiendo patitendida y desnuda, y comprueba que evidentemente no tiene necesidad de buscar aventuras fuera de casa.

Aquella noche, como si fuera del diablo, hace tempestad, hay rayos y centellas cruzando el cielo, como para que don Miguel no se olvide. Y parece que ciertamente la mulata le haya dado puesto algún hechizo, porque el hombre cambia. No quiere ya salir, toma su vino, cada vez más, y se queda en los brazos de Piedad, en el sopor de la noche caribe. Otras veces, arranca con ella hacia playas retiradas, y se queda, callado, mirándola bañarse desnuda, mientras pasan las horas y los barcos esperan,

La ciudad, los escuchas de la Inquisición, el obispo, el brazo secular, se interesan en el caso, sin poder hacer nada distinto de contribuir con su cuota de chismes al esclarecimiento definitivo del problema. El caso es que, poco a poco, van llegando a Sevilla las noticias, van acumulándose en las mesas de los secretarios, hasta que llegue uno con el suficiente veneno para dedicarse a poner en orden el expediente, y darle toda su tramitación.

Las cosas siguen de mal en peor. Nadie en Cartagena sabe de los humos de escritor que tenía don Miguel, porque nadie lo ha visto escribir nada, con excepción de los papeles de su oficio, y aun esos mal y con prisa excesiva. Se descubre que es escritor, porque al darle el tabardillo y ponerlo a las puertas de la muerte, sin recibir auxilio espiritual, porque no pueden curas entrar en una casa manchada de pecado, el médico y sangrador le oye, en su delirio, hablar de tales cosas.

En su misma pieza, hay un legajo grande que él explica ser de obras suyas escritas antes, y dedicado a empolvarse, mientras tiene la serenidad de espíritu para la tarea de ordenarlas. El paso más trágico del relato de don Alonso es el momento en que don Miguel, hebetado por las enfermedades, sin voluntad de reaccionar, sin deseos de regresar a la madre patria, consumido en el alcohol y la sensualidad siniestra de la mulata, llega a un despego tal de todo, que nada le importa.

No importa ser ajusticiado por malversador, al no rendir correctamente sus cuentas. No le importa que al salir a la calle, sus amigos de hace dos años cambia de acera para no saludarle. Pero el síntoma mayor está el relato que hace ingenioso hidalgo don Alonso, del momento en que el médico pregunta don Miguel qué ha hecho con el gran paquete de su obra literaria, y don Miguel, indiferentemente, responde que lo ha dado a Piedad, que lo ha utilizado para encender el fuego. “Debe quedar -murmura- algún soneto”. Se acerca ya el final melancólico, en el cual el hombres disuelve en el trópico.

Don Alonso, según parece, les dedicó largas horas a las poquísimas frases que forman la descripción de esa parte. Unas leves ondas en agua azul del Caribe. Pero ese no es el final. El final verdadero lo encuentro esta tarde, y es una noble escena en una tarde de la Mancha, con la serenidad de la austeridad abolida, en que don Miguel de Cervantes llega a visitar a don Alonso Quijano, autor del relato, y don Alonso le lee el texto de la aventura de ultramar.

Don Miguel de Cervantes se queda en silencio, mirando por la ventana hacia la tierra parda de la Mancha, meditando largamente en todo lo que le habría ocurrido si se hubiese ido a Cartagena de Indias, en el Nuevo Reino de Granada.

Cervantes por Mutis

Álvaro Mutis, nuestro galardonado, nos dio un breve emocionado testimonio sobre el genio de Cervantes.

– Maestro, queremos una opinión suya sobre Miguel de Cervantes Saavedra.

–Miguel de Cervantes Saavedra es a mi juicio, y de acuerdo con mis sentimientos más profundos, el personaje más conmovedor y entrañable, por su vida y su destino, de la literatura de todos los tiempos.

Su vida atropellada, difícil, lastimada. El fue siempre a contra pelo. Cuando Cervantes escribió El Quijote el libro se convirtió en esa cosa horrible que hoy se llama best-seller. El había firmado el contrato a precio fijo con el editor y no vio sino ese pequeño óbolo que le dieron por El Quijote.

Después llegó a Madrid, ya con avanzada edad, lastimado, cansado de ser el soldado de los tercios de Flandes y de los tercios de Italia. Le caen encima algunos jóvenes como Lope de Vega, y lo atacan en una insolentes, forma feroz.

En fin, ya es conocida su historia en Madrid. El final tristísimo, pero lo más irónico, lo más revelador de este destino es que sus restos quedaron depositados en una iglesia de Madrid, donde fueron revueltos con todos los restos que estaban ahí enterrados; todo porque se les ocurrió cambiar la dirección de la iglesia: poner el altar a la salida y la sal en el atrio y el atrio en el altar, por decirlo de alguna manera.

No existe tumba de Cervantes, los huesos estén revueltos con los huesos de mil muertos anónimos en esa iglesia. Eso me parece muy triste, pero al mismo tiempo muy bello. Y a él, creo que le hubiera parecido justo, porque fue un hombre que estuvo siempre al lado de los necesitados, de los delincuentes, de la gente marginal que supo describir tan maravillosamente tanto en sus novelas ejemplares como en El Quijote, ese libro inmortal que nos hace felices cada vez que lo abrimos.

–¿Si tuviera la fantástica oportunidad de encontrarse con Cervantes para tomarse unas copas, sobre que hablarían?

– Bueno, primero temblaría de emoción y le pediría que me dejara darle un abrazo muy estrecho como el que quisiera darle a mi padre si aparece hoy aquí, y después lo invitaría a un muy buen vino, el pobre yo creo que tomó muy malos vinos en su vida porque los menciona en varias ocasiones, y esas cosas se mencionan cuando se han sufrido.

Estaríamos conversando sobre la vida, no sobre literatura que le aburriría a él tanto como a mí. Intentaría que me contara algo más sobre Italia. El relato que hace de dos soldados españoles en Italia, al comienzo de El licenciado Vidriera, es tan magistral que yo le hubiera pedido que me lo volviera a contar de viva voz. Hubiéramos pasado largo rato hablando, y yo hubiera sido el hombre más feliz del mundo.

         

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marzo
15 / 2018