Un cuento negro de Navidad por Héctor Abad Faciolince

Inauguramos la temporada navideña con 'San Pedro de los Milagros', una historia literaria exclusiva del escritor antioqueño, que resultó un cuento negro de Navidad.
 
Un cuento negro de Navidad por Héctor Abad Faciolince
Joel Duncan en Unsplash /
POR: 
Revista Diners

Este cuento negro de Navidad empieza con Manu, Manuela Marulanda, quien había sido Señorita Antioquia a principios de los años noventa, pero aunque era bonita, en el Concurso Nacional no había quedado ni entre las finalistas.

Después de unos cuantos meses de notoriedad, al regresar de Cartagena sin cetro ni corona, había vuelto a ser lo que era antes de llegar a reina: una muchacha agraciada del barrio La Castellana, que había estudiado tres semestres de Comunicación Social y después de perder casi todas las materias había retornado a su oficio de manicurista en la peluquería de su tía: Piropo’s.

De los meses de preparación al Concurso le habían quedado ciertos modales lentos en la mesa (recibió treinta clases de glamour), un caminado que llamaba la atención por la calle, y varias intervenciones para mejorar la apariencia: liposucción en los muslos, blanqueamiento de dientes, prótesis mamarias y cirugía de nariz.

De las semanas pasadas en las fiestas de noviembre también le habían quedado otras tres cosas: cientos de fotos en Cromos, un amigo gay y un pretendiente mafioso.

La niña virginal

Manu tenía una carita virginal, pero no podía decirse que fuera una virgen en todos los sentidos. Para decirlo de una vez, no era una muchacha ingenua o sin experiencia. Se había fogueado desde niña, en la calle, con los muchachos del barrio; había perdido la virginidad con un primo, en el zarzo de la casa, a los dieciséis años, un domingo en que el papá se había ido para fútbol.

Después de terminar el bachillerato con las monjas Bethlemitas se había metido con un tipo casado de Bogotá, que la dejó plantada al cabo de seis meses de restaurantes caros y moteles baratos.

Finalmente se había ennoviado con un muchacho del barrio, Carlos José, Cacho, un estudiante sin presente pero con posible futuro porque era el mejor de la clase en todas las materias de geología. Se enamoraron de verdad.

Con él tuvo su primer orgasmo, aprendió a usar la píldora y se acostó miles de veces, pero por las mismas semanas del reinado Cacho se había ido del país a hacer una Maestría en Petróleos, becado por una pequeña universidad de un pueblo perdido del centro de Canadá.

¿Qué pasó en diciembre?

Los preparativos del viaje de Cacho a Norteamérica coincidieron con el reinado departamental. Aunque al principio a él la idea no le gustaba, finalmente aceptó que ella participara, porque veía que Manu estaba entusiasmada, halagada en su vanidad, y con cada desfile se ganaba unos pesos.

Los dos tomaron el Reinado como una aventura y una experiencia más. Ella le juró que se portaría bien, que no lo traicionaría nunca, y él se fue tranquilo a hacer su máster en oro negro entre la nieve blanca.

Manu, en todas las entrevistas de prensa, habló siempre de su novio, Cacho, como de un núcleo duro, inamovible, y si en Cartagena se hizo amiga de Byron, el peluquero gay, fue en parte por una afinidad profesional y en parte para no poner en riesgo su relación con el novio. Byron era una loca completa.

Divertido, hablantinoso, más femenino que Manu, sensible como un pandero, arribista como un lagarto en sus comienzos, y con una inclinación tan marcada por el dinero que le bastaba que alguien tuviera plata para caer a sus pies.

Tenía la mejor peluquería de El Poblado, le decían “el peluquero de la mafia”, y lo enviaron a Cartagena en el séquito de miss Antioquia, para peinarle los bucles y asesorarla en todo lo relacionado con el maquillaje y el atuendo. Se fueron haciendo íntimos y tal vez el fracaso en la jornada final los volvió más solidarios.

“El Reinado lo compraron, Manu”

Le decía Byron, después de la coronación de otra candidata—. ¿A ti te parece lógico que esté entre las finalistas ese monigote del Huila que no te llega ni a los tobillos?

Mirale esa celulitis en las nalgas, mirale ese meneíto de coqueta sin clase. Con decirte que tiene una más grande que la otra. Ni a los talones te llega. No da ni para el premio a miss Simpatía. Lo que pasa es que si uno no se consigue una palanca bien arriba, o un tipo con harta plata, no te hacen ni princesa. Claro que ahí también hay culpa tuya, Manu, mucho te dije que si eras un poquito menos reservada con don Chucho, él te ayudaba.

Don Chucho era el pretendiente que, sin querer, le resultó en Cartagena. Lo había conocido porque era cliente de Byron en la peluquería. Era un cincuentón de mal aspecto, teñido de azabache, puras cadenas de oro, carros lujosos, mocasines blancos, anillos de espanto y manojos de dólares en billetes de cien en los bolsillos. Al principio Byron había intentado metérselo por ojos y nariz.

Un vómito pa’ limpiar

Le hablaba de él, le decía las múltiples ventajas que le podía traer una persona así, la vida regalada que tendría sólo con ser un poquito más disponible. A Manu don Chucho le producía físico asco, así que en esto se volvió intransigente, y hasta le dijo a Byron que si seguía insistiendo le pediría a la esposa del Gobernador que le cambiara el peluquero. Al fin, con todas las ocupaciones de los desfiles y los compromisos de los últimos días, el problema se fue olvidando y diluyendo.

Cuando volvieron a Medellín, Manu y Byron no dejaron de verse. Se habían vuelto amigos en Cartagena, y de alguna manera, para el peluquero, Manu era lo que él había soñado ser toda la vida: una niña divina.

De vez en cuando ella iba a su salón de belleza de El Poblado, y Byron, si estaba desocupado, le hacía tratamientos en el pelo, o si estaba ocupado la ponía a cepillar a algún cliente, o a limar una uña, o a fingir un último desfile en Cartagena para que los otros vieran. A veces, por la noche, salían por ahí, al Parque Lleras, y se tomaban un trago antes de irse a dormir cada cual por su rumbo.

Mientras tanto Manu, cada quince días, hablaba con Cacho por teléfono, se llamaban por turnos para no gastar mucho, y el compromiso era esperarlo hasta diciembre, cuando él iba a volver, ya graduado, para después casarse a mediados del otro año.

Final con marranada

Lo que pasó un sábado del mes de marzo fue confuso y molesto, incluso trágico, aunque al principio pareció que no tendría más consecuencias que un mal sueño. Byron convenció a Manu de que lo acompañara a una fiesta en una finca por San Pedro de los Milagros. Manu no quería ir porque ya conocía cómo eran los amigos de Byron, traquetos millonarios y de mala calaña.

Pero Byron le dijo que era una fiesta sana, por la tarde; que iban a volver como mucho a las doce, y que él no la iba a desamparar ni un minuto para que no la molestaran. Manu se fue con él, pero se sintió incómoda desde que llegaron a la finca, una casona colonial con plaza de toros, pesebreras, cancha de futbolito, billares, televisores gigantes y cuadros de Villegas.

La fiesta resultó ser con marranada y le tocó asistir al momento en que el dueño de la finca, un gordo de sombrero y mal hablado, le clavaba el puñal al cerdo, con esos chillidos de terror que lanzaba el marrano, y que a Manu se le quedaron grabados en los tímpanos durante varios días.

De chistes verdes y otras cosas

Tiraron voladores, quemaron pólvora, prendieron fogatas, hubo espectáculo de strip-tease contratado, había todo el trago que se pudieran beber, cigarrillos de marihuana y pases de perico que podían tomarse libremente, por pizcas, de una totuma con tapa.

Manu no había probado nunca cocaína, ni tampoco la quiso probar ese día. La marihuana nunca le había gustado. Se limitó a tomarse tres copitas de vino tinto, degustándolo despacio, agitando la copa, mirando el color y haciendo chasquear la lengua, como le habían enseñado en sus clases de glamour. Lo malo fue que al final de la tarde se apareció don Chucho por la fiesta, escoltado por cuatro guardaespaldas de gafas negras y cara de matones.

Al principio se limitó a saludarla desde lejos, pero con los tragos, la cocaína y el pasar de las horas, acabó por acercarse a ella y se fue volviendo cada minuto más pesado, más insistente, más insoportable. Aunque Manu estaba con Byron, don Chucho se les pegó como un chicle, y contaba chistes verdes, hacía comentarios idiotas sobre el reinado, decía frases de doble sentido, le ponía la mano sobre el hombro.

Los sustos de la vida

Algo debieron planear porque uno de los guardaespaldas, ya al caer la noche, se llevó a Byron, coquetéandole, dizque a ver unos toros de casta o unos caballos árabes. Y ahí don Chucho se volvió descarado, intentó besuquearla, le puso una mano en el pecho para tocarla, le montó una pierna, y Manu tuvo que ponerse seria, gritarle “viejo asqueroso”, y apartarlo a la brava. Le pegó un empujón tan violento que lo tiró al suelo.

—Todavía no ha nacido la mujer que me lo niegue a mí —le dijo don Chucho a Manu, desde el suelo—. Esto no se queda así, mocosita; esta me la pagas.

Manu salió de la casa corriendo, y empezó a buscar a Byron por todos lados, caminando rápido y mirando hacia atrás, hacia las sombras, lejos de la música, de los gritos vulgares, pero Byron no aparecía por ninguna parte. Estaba oscuro y caminaba por la arena de la plaza, por los establos, sin poderlo encontrar. La asustaban las sombras de los árboles.

Volvió a entrar en la casa, se metió por un corredor, abrió una puerta; había cuerpos desnudos entrelazados que se abrazaban y la invitaron a pasar. Las muchachas del strip-tease se­guían trabajando. Volvió a salir despavorida, pero entre la música y las risas no encontró ninguna cara que le inspirara confianza. Buscó a las personas del servicio, y se sentó junto a ellas, al lado de una fogata donde freían el marrano. Ahí se distrajo, mirando las llamas y oyendo el chisporroteo del tocino en las pailas.

Manú anda sobresaltado

Al fin vio a Byron que se acercaba desde lejos, abrazado al guardaespaldas, tambaleante, completamente borracho. Ya eran más de las doce y hacía mucho deberían haberse ido, pero Manu no sabía manejar, y bajar a Medellín con Byron así, era como invocar la muerte en un precipicio. Los meseros pasaban bandejas con fritanga y arepas.

Mientras comía algo con desgana, alguien se le acercó por la espalda. Manu se sobresaltó. Era otro de los guardaespaldas de don Chucho. Venía con un vaso de plástico y una botella de champaña en la mano. Le dijo a Manu que ahí le mandaba su patrón de regalo, para pedirle disculpas porque se le había ido la mano. Manu se tomó una o dos copas de champaña, resignada. Miraba la fiesta como desde lejos, triste.

Cuerpos que se movían, cantos, bailes, gritos, besos. La fiesta seguía en todo su furor, los vallenatos la tenían sorda y se sentía medio mareada. Entró a la casa con Byron, que casi no podía ni andar, y el peluquero se quedó dormido en un sofá. Manu volvió a sentirse desamparada y empezó a sentir un sueño insoportable. Fue a la cocina, habló con las muchachas, preguntó por un cuarto, hasta que una empleada la llevó al segundo piso, a un cuartico apartado.

Sin conciliar el sueño

El sueño era cada vez peor, la hacía tambalearse, como si se hubiera tomado una pastilla. Fue capaz de ponerle seguro a la puerta y puso una silla de cuña, por si alguien intentaba abrir. Ahí pasó la noche. Se profundizó de inmediato, sin siquiera desvestirse, con los tacones puestos.

Al otro día se despertó muy tarde, casi al medio día, con un dolor de cabeza que le palpitaba en las sienes. A su lado estaba Byron, todo vestido de blanco, como un ángel, sentado en una silla al lado de la cama. No supo cómo había entrado sin oírlo. La silla ya no estaba, y se descubrió desnuda debajo de las mantas. Se recorrió el cuerpo con las manos, como con miedo de no estar completa. Byron le sonrió.

Estaba con el pelo húmedo, muy peinado, mirándola a la cara, con la expresión culpable por haberla dejado sola y haberse emborrachado. Ella se dio una ducha rápida y bajaron. En el piso principal se veían los estragos de la noche anterior: olor a vómito, botellas vacías, restos de chicharrón y de fritanga. Al fondo se oían todavía los tambores de una música perpetua. La totuma de la cocaína apoyada en un rincón.

Le sentía la silicona

El dueño de la finca estaba dormido en una hamaca, con la barriga al aire. Byron, al prender el carro, le dijo que don Chucho se había ido con sus guardaespaldas al amanecer, borracho. En el camino a Medellín Manu volvió a quedarse dormida y no se despertó hasta que Byron la dejó en la casa.

Lo que sigue sucedió unos meses después. Manu, aunque se lo esperaba, porque tenía una leve sospecha allá en el fondo de su pensamiento, no podía creerlo, ni explicárselo. Había algo que no entendía, y al fin había resuelto consultarlo con la ginecóloga. Después de las preguntas iniciales que hay en toda consulta, Manu le había soltado su preocupación: “Hace más de tres meses que no me viene; yo no he sido muy regular y por eso no había venido. Ahora me parece raro”.

La médica la examinó con cierto descuido —eso le pareció a Manu, por lo menos—. Le palpó los senos, algo congestionados, aunque podía ser la silicona. ¿Le dolían? Manu dijo que estaban más sensibles. La médica preguntó también por mareos y malestar.

Cuando hubo respuestas afirmativas, la miró desde arriba, y luego, con displicencia, casi con ironía, le soltó la pregunta: “¿Y no se te ha ocurrido hacerte una prueba de embarazo?”. Manu estaba acostada en la camilla, apenas cubierta a medias por una sábana, y cerró los ojos. Se sintió ofendida, iba a responder mal, pero se dio cuenta a tiempo de que no tenía sentido enojarse. Dijo, simplemente: “Llevo casi un año sin acostarme con nadie, no es posible.

¿Y qué pasó con Cacho?

No me he metido con ningún hombre desde que se fue Cacho. No digamos un beso; no me he tocado ni siquiera un dedo, y se lo digo en serio”. La doctora miró a los ojos a la paciente: “¿Segura?” Manu repitió, como en un eco, con un tono de voz que le salió de muy adentro: “Segura”.

La ginecóloga se lavó las manos, despacio, y volvió al escritorio. Abrió un formulario y prescribió rápidamente tres exámenes. “Sáquese una muestra de sangre con estas tres pruebas y me las trae mañana. En el primer piso hay un laboratorio, aproveche”. Manu, al salir, leyó la receta. “Prueba de tiroides. Prolactina. ‚HCG”. Menos mal, pensó, al menos la médica le había creído. Manu no tenía por qué saber que ‚HCG es la prueba específica para el embarazo.

Al otro día, cuando le entregaron el resultado, la enfermera del laboratorio la miró con una sonrisa. Buscó con su mirada argollas en la mano, y al no encontrarlas, prefirió evitar las felicitaciones que tenía preparadas. La prueba era positiva.

Fue en ese momento, al leer el resultado, cuando Manu sintió que se desesperaba. No tenía motivos para pensar que pudiera estar embarazada. Ninguno. Era verdad. Manuela no se había acostado con nadie desde hacía once meses. Es más, después de que Cacho se había ido para Canadá, había suspendido del todo las pastillas. ¿Para qué tomárselas si su intención era serle fiel y casarse con él cuando volviera en diciembre?

“Todavía no ha nacido la mujer que me lo niegue”

La frase de don Chucho en la fiesta le volvió a retumbar a Manu en la cabeza. Don Chucho tenía muchos negocios: presidente de un equipo de fútbol profesional; dueño de una agencia de arrendamientos; propietario de varios almacenes en San Andresito.

Pero lo más importante, según Byron: amo y señor de la mejor ruta para salida de coca y entrada de armas por el Tapón del Darién. Pensó en Byron sentado, todo vestido de blanco, al lado de la cama, en esa finca por San Pedro de los Milagros. No, Byron no sería capaz de hacerle nada.

Le llevó los exámenes a la doctora. No había duda. Le hizo una ecografía y ahí estaba, diminuto, creciendo, invadiéndola. Manu empezó a llorar, con un desconsuelo silencioso, hondo. Cuando le dijo a la médica que no sabía cuándo, ni cómo, ni de quién, ésta la miró con una sonrisa que quería decir: “Yo ya he oído historias de esas, a mí no me digas bobadas, mi reina”.

Un embarazo ahí

Manu era bonita, tal vez demasiado, y por eso mismo no tenía cara de ángel ni de monja. Si la médica no le creía, en la casa menos le iban a creer. ¿Y Cacho? Cacho tampoco se tragaría ese cuento. Se imaginaba diciéndole: “Mi vida, estoy embarazada, pero no sé cómo”. Qué risa. Eso no se lo cree ni un santo. Salió del consultorio destrozada. Vagó por las calles y casi sin saber cómo llegó a la peluquería de Byron, en El Poblado.

Estaba llena de clientes, y él le miró los ojos hinchados. Le dijo que se sentara. Ella le dijo que volvía más tarde. Al anochecer, al fin, salió el último cliente. Se tomaron un café. Después una cerveza. Después ella le dijo:

—No sé cómo, Byron, pero me dicen que estoy embarazada. No me he acostado con nadie, pero yo misma lo vi. Es verdad.

Byron se quedó mudo, mirándola.

Ella siguió hablando:

—Después de esa noche en San Pedro, cuando me desperté, estabas a mi lado. Yo no estaba vestida y me dolía la cabeza. No pensé nada. No sabía qué pensar. No quería pensar. Había sido una noche horrible, con ese viejo asqueroso tratando de tocarme, pero te vi ahí y me parecías un ángel que solamente podía anunciarme cosas buenas.

Byron no decía nada. Se rascaba por detrás de la cabeza. La miraba con susto, con los ojos desgranados.

—Te echaron algo en la champaña, Manu.

Hizo una pausa larga. Manu se acordó del vaso de plástico, de la champaña, de un ataque de sueño que parecía que no pudiera ni llegar a la cama. Byron siguió:

—Eso me dijo un guardaespaldas. Y don Chucho entró al cuarto. Yo me había despertado y te estaba buscando. No me dejaron entrar a tu cuarto, don Chucho estaba adentro. Cuando se fueron yo también entré.

Estabas ahí tirada…

Como una muerta, pálida, desnuda, pero respirabas. Profunda, como anestesiada. Te lavé por todas partes con una toalla mojada. Por lo menos no te habían pegado. Olías a aguardiente, a cigarrillo, olías a don Chucho, o a chucha, mejor dicho.

Te quité todo ese olor, y te volví a cubrir. Iba a vestirte pero te quejabas y no quería despertarte. Esperé horas hasta que abriste los ojos. Yo estaba feliz de que no te hubieras dado cuenta de nada. Te hice algunas preguntas pero no te acordabas de nada. Era poco probable que hubieras quedado embarazada.

Manu lo miraba con rabia y agradecida al mismo tiempo. Pensó que Byron era el único que no le diría mentirosa, mosquita muerta, falsa.

—Bueno, ya al menos hay alguien que me cree que no me di cuenta. Pero pudiste haberme defendido, Byron. Hacer algo, gritar, llamar a alguien…

—Estaba medio borracho yo también. Y me dio miedo. Don Chucho es poderoso, y estaba con sus guardaespaldas. Cuando el tipo estaba allá metido, bajé y le dije al de la finca lo que estaba pasando, pero él me contestó: “Eso no es cosa mía. Y usted tampoco se meta”. Todo estaría bien si no hubieras quedado embarazada. Nadie se hubiera dado cuenta de nada.

Byron hizo otra pausa

Pidió un brandy. Se seguía rascando la cabeza.

—Don Chucho sigue viniendo a mi peluquería, y pregunta por ti, por la virgencita que no se lo da a nadie, dice. Y después se ríe. También los guardaespaldas.
—Lo voy a matar, Byron. Cuando te pida cita me avisas, que yo vengo y lo mato.

—¿Cómo? Se mantiene siempre con dos o tres guardaespaldas. No les gusta ni que le pase la barbera cerca de la garganta. Me vigilan las tijeras, no, hasta la peinilla me vigilan. Y nunca toma nada. Desde esa noche yo no lo puedo ni ver, pero me aguanto. No he encontrado la manera de sacarle el cuerpo. Hasta lo tiño mal, y lo trasquilo, pero no me vale, siempre vuelve.

—Le podría disparar por un hueco, encerrada, desde la cocineta.

—Y después nos matan a los dos. Además, qué vas a saber disparar tú. No le pegas al mundo con un palo. Lo mejor es abortar, no decirle nada a nadie, y olvidarse. Yo conozco a alguien que te puede ayudar.

Manu volvió a su casa. Tenía que pensarlo. Pocos días después habló con Cacho, que la encontró rara, le hizo mil preguntas, pero no sacó nada en claro. Estuvo otra vez donde la ginecóloga, que tomó medidas e hizo algunos cálculos:

—Va a nacer a finales de diciembre, la última semana, si no me equivoco —le dijo—. Ya tienes tres meses y medio. ¿Y al fin te acordaste de cómo fue o sigues con amnesia?

Manu se fue sin contestarle

A finales de diciembre también llegaba Cacho de Canadá. No podía esperarlo con una barriga de nueve meses, menos con un bebé recién nacido, con el cáncer que un mafioso violador le había inoculado. Le daba asco de eso que le crecía por dentro, pero siempre había estado en contra del aborto, al menos de pensamiento y de palabra.

Creía lo que le habían dicho las madres Bethlemitas, que era un crimen abominable, el peor, porque se cometía contra un ser indefenso que no tenía culpa alguna de haber venido al mundo. Podía demandar a don Chucho. ¿Y quién le iba a creer?

Byron era cobarde y no iba a declarar a favor de ella. Si lo hacía, seguro que los mataban a los dos. Y si no, ya se imaginaba a los guardaespaldas declarando que ella misma había seducido a su patrón, una persona tan seria y respetable, pero esas niñas bonitas hacían cualquier cosa para enredar a los señores; ya se sabe, por la plata.

Byron la acompañó a una clínica en Cali

Se fueron en avión por la mañana y volvieron por la tarde. El médico era joven y el sitio muy limpio. La trataron bien. En el avión, al regreso, tuvo que ir al baño para vomitar. Luego estuvo varios días en la cama, con un poco de cólico. A la semana volvió a trabajar con su tía, molida, pero serena, con un descanso mental y un asco menos en el cuerpo.

Cacho llegó a principios de diciembre del mismo año, y Manu no le dijo ni una palabra de lo que había pasado. Estaban radiantes y planearon que se casaban en mayo. Cacho, con 5 mil dólares que ahorró de unas prácticas, compró un carro. El 23 de diciembre estaban parados frente a un semáforo, cuando al lado se puso un jeep inmenso, negro, de vidrios polarizados que se fueron bajando. Era don Chucho con sus guardaespaldas.

Empezaron a gritarle cosas a Manu: “Reinita, ¿seguís sin darlo? ¿Cuándo salimos, virgencita, mi reina?”. Manu miraba para otro lado, y cuando Cacho arrancó pidiendo explicaciones, le dijo que no los conocía, que corriera. Por un instante pensó que todo se iba a saber; estaba pálida, y lo único que se le ocurrió fue pedir un milagro, un regalo de Navidad, un aguinaldo. Que el Niño Jesús se acordara de don Chucho, que se lo llevara.

Don Chucho

Dos días después, mientras veía las noticias por televisión, Manu empezó a temblar, de miedo y de alegría, y rezó una plegaria mentalmente, pero no dijo nada. Habían aparecido cuatro tipos muertos en una cuneta, a la salida de San Pedro de los Milagros.

Uno de ellos, Jesús Alberto Henao Moncada, empresario de fútbol, popularmente conocido como don Chucho, estaba entre las víctimas. Un grupo de sicarios los había abaleado. Había sido, al parecer, un ajuste de cuentas entre bandas del narcotráfico.

Byron la llamó también a contarle, más tarde, y estaba tan contento como ella. Esa noche Manu brindó con Cacho, por el amor. Sin decirlo, por dentro, brindó también por un muerto del que nunca le había hablado, y por un traído del Niño que no podía contar que le habían dado. Se casaron en mayo del año siguiente. Ahora tienen dos hijos y viven en un campo petrolífero por los Llanos Orientales.

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diciembre
14 / 2022