Juan Goytisolo: Un encuentro con Hemingway

Como homenaje al escritor Juan Goytisolo, quien murió el pasado 4 de junio, retomamos este texto de su autoría que publicamos en la edición especial 200 en noviembre de 1986.
 
Juan Goytisolo: Un encuentro con Hemingway
Foto: Creative Commons
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Revista Diners

El novelista español (1931), autor de Duelo en el paraíso, La Resaca y El Circo, no publicaba un artículo en Colombia quizás desde los tiempos de Mito, la revista literaria que inauguró una nueva época entre los finales de los años 50 y la década de los 60. Ahora Goytisolo ha cedido para Diners un fragmento de su libro “En los reinos de taifa” de próxima aparición. Goytisolo es uno de los más destacados escritores de la generación que irrumpió bajo el franquismo.

Estábais en las gradas del tendido y él, a un cuarto de circunferencia del ruedo, en el punto más visible de la barrera: en mangas de camisa y tocado con una gorra de visera para defenderse del sol. Olvidando pasados rencores, la prensa había divulgado profusamente su estampa y el público le reconocía: los diestros le brindaban la faena y alguien le había pasado una bota de la que bebió a caño, empinando el brazo en medio del aplauso de los mirones. Seguía a Ordóñez en su mano a mano con Dominguín por las arenas de la Península: la temporada descrita en El verano sangriento.

Le habíais perdido de vista al fin de la corrida, pero Monique Lange no se desalentó: le encontraríais en el bar del mejor hotel de la ciudad. Os encaminásteis sin prisas al desaparecido Miramar y preguntasteis por él. Díganle que la hija de André Malraux desea verle. La estratagema surtió efecto: al cabo de unos minutos, el escritor apareció en el vestíbulo y os acogió con efusión. Se expresaba en una mezcla peculiar de inglés, francés y castellano y os presentó al séquito: desde un viejo conocido pamplonés retratado en Fiesta hasta la esposa de un millonario peruano alcohólico y extravagante. Habló a Florence de su padre y la guerra civil española, como para justificarse de su vuelta al país. La velada fue amena y concluyó con abrazos de oso. No recuerdas ahora si entre los presentes se hallaba Valerie Danby-Smith.

Hemingway partía al día siguiente a reunirse con Ordóñez y, acabadas las vacaciones, debíais regresar a París. Pero el escritor ha anotado vuestras señas y promete avisaros si va a Francia. A fines de septiembre, cumpliendo su palabra, previene a Monique de su visita al Midi y envía para Nîmes. Allí durante un par de días, tendréis ocasión de verle en medio de sus asiduos y fieles – Ordónez, Domingo Dominguín, Valerie, la millonaria francoperuana-, plenamente identificado con su personaje: discutiendo de toros y bromeando sobre Shakespeare con Ordóñez, bebiendo sin tregua desde media mañana un exquisito Tavel rosé.

La relación afectiva, casi paterno-filial con Valerie, canaliza su dispersa energía: sin ser convencionalmente bella, Mary es una irlandesa muy joven y de sutil encanto que, meses antes, ha ido a entrevistarle a su hotel y, desde entonces, le acompaña en sus viajes. El novelista y autor de cuentos que admirabas en tu juventud se ha convertido en una estatua animada de sí mismo: ese Papá Hemingway con quien cualquier vivales puede tratarse de tú y cuyo rigor literario y vigilancia moral han naufragado en un mar de publicidad e interesada lisonja.

Mientras viajas a España con Dominguín y Ordóñez, Monique y Florence Malraux le verán de nuevo en el hipódromo de Auteuil, en su querencia parisiense del Ritz. Aquel invierno, Monique recibirá varias cartas de Estados Unidos escritas en su personalísima jerga trilingüe: Hemingway parecía deprimido y tocaba extensamente en una de ellas el tema del suicidio.

Con anterioridad, tú te habías saludado brevemente en Churriana, en donde Valerie y él se alojaban en la finca de un americano cuyo rostro hierático y como robotizado parecía destinarle a una prometedora carrera de émulo de Drácula en la especialidad de filme de terror. Después de un año de silencio, en el que una o dos misivas de Monique quedaron sin respuesta, la noticia del disparo con el que dio fin a sus días os llegó a través de la radio el 2 de julio de 1961, al poco de cruzar la frontera hispanofrancesa en automóvil, camino de Torrentbó.

En la siguiente década habíais tenido, indirectamente, noticias de Valerie: el matrimonio inesperado con Brendan Behan, la agonía alcohólica de este, su viudez. En 1974, a raíz de un artículo sobre Don Julián aparecido en The New York Times, el periódico te remitió una carta suya en la que evocaba afectuosamente vuestros encuentros y te comunicaba su teléfono y señas. Te pusiste en contacto con ella y te invitó a cenar.

La noche fijada, al llegar a la puerta de su inmueble, caíste en la cuenta de que desconocías el número y letra del piso. En el curso de la conversación mencionó que había vuelto a casarse, pero ignorabas cómo diablos se apellidaba el marido. Vanamente buscaste un Danby-Smith en la lista contigua al portero automático: no lo había. Cuando te disponías a llamarla desde una cabina telefónica, descubriste en la columna indicativa la existencia de un Hemingway: ¿simple coincidencia?; o, ¿había sido adoptada legalmente por el escritor antes de su suicidio? Pulsaste el timbre: contestó su voz.

Momentos después, entrabas en un piso pequeño en donde Valerie te recibió en una compañía de sus dos hijos. El mayor se llamaba Brendan y era del primer marido. El segundo, un chiquillo, parecía serlo del otro, de cuya ausencia se excusó: Gregory terminaba su consulta muy tarde y llegaría tal vez después de la cena. A lo largo de esta, rememorasteis amigos comunes sin que el marido misterioso apareciera. Cuando lo hizo al fin y fuisteis presentados empezaste a atar cabos, a establecer la auténtica composición de lugar: uno de los hijos del segundo o tercer matrimonio de Hemingway era médico y se llamaba justamente Gregory.

A medida que se aclaraba el enredo y reconstituías in mente la extraordinaria biografía de Valerie, su marido se sirvió un vaso de güisqui puro, te mostró el manuscrito de un libro que, según dijo, acababa de escribir sobre su padre, separó de él una veintena de cuartillas y te las pasó. Te acomodaste en un sillón y, mientras él bebía vaso tras vaso hasta apurar la botella, recorriste primero con sorpresa, luego con malestar y por fin con fascinación unos pasajes en los que, conforme a tu anfitrión, Hemingway se habría jactado ante él de haber precipitado, con una llamada telefónica brutal, la muerte de su madre en el hospital en el que ella convalecía de una grave crisis cardíaca: I got her, o algo por el estilo.

Gregory parecía aguardar ansiosamente tu dictamen y, atrapado en aquella situación imprevista, sentías adensarse por momentos una curiosa impresión de irrealidad: ¿vivías la escena o solo estabas soñando? Sentías los ojos del hombre fijos en ti, escuchabas sus frases confusas en torno al suicidio. Valerie, la esposa, permanecía impasible: retiraba la vajilla de la mesa, hablaba cariñosamente a los niños.

No sabes lo que pude decir a Gregory sobre el manuscrito ni recuerdas cómo te despediste de los dos. Te ves ya en la calle, devuelto al tráfago nocturno de la ciudad, a punto de ser devorado por la poderosa absorción de una boca de metro, enhebrando la absurda cadena de hechos que te han conducido allí a partir de un encuentro casual en la plaza de toros de Málaga.

         

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junio
5 / 2017