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¿Influyeron los indígenas americanos en los filósofos europeos?

En el Día de la raza, recordamos cómo el sistema de vida de los aborígenes impactó a los europeos e influyó en las teorías de Diderot, D’ Alembert, Rousseau, Voltaire, Montesquieu.

Foto: Mauricio Rugendas / Pueblo de indios tapuios cristianizados.

En el Día de la raza, recordamos cómo el sistema de vida de los aborígenes impactó a los europeos e influyó en las teorías de Diderot, D’ Alembert, Rousseau, Voltaire, Montesquieu.

Revista Diners de octubre de 1990. Edición número 247

Si bien es cierto que los filósofos del “siglo de las luces» ayudaron a transformar el mundo con sus ideas, vale la pena en de dónde surgieron, por ejemplo, las revolucionarias teorías sociales de Rousseau, así como los conceptos de “libertad, igualdad y fraternidad”, si Francia conocía hasta entonces sólo la monarquía, el sometimiento a la voluntad del rey.

Sabemos bien de la influencia de Europa en nuestro continente. Sin embargo, el aporte de los indígenas a la teoría de los filósofos europeos ha pasado desapercibido.
Ese es el tema de este artículo: demostrar aquí la profunda impresión que causaron los indígenas en los filósofos y enciclopedistas, y lo que estos aprendieron de ellos, y los conceptos que utilizaron y aprovecharon para desarrollar sus teorías.

Este trabajo es el fruto de muchos meses de investigación en antiguas ediciones francesas e inglesas de numerosas obras, consultadas en la biblioteca Luis Ángel Arango y traducidas, en la parte pertinente, por la autora del artículo.

INDÍGENAS EN LA CORTE DEL REY DE FRANCIA

En el siglo XVII, Europa no había salido aun de su asombro con el Descubrimiento de América. La violencia contra este continente aumentaba en la medida en que los conquistadores encontraban nuevas riquezas. Dos figuras de ese siglo se levantaron enérgicas contra el maltrato y la opresión a los indígenas: en España, el padre De Las Casas, y en Francia, Michel Eyquena Montaigne. Ambos sacudieron la conciencia de los misioneros jesuitas, y en especial de los filósofos del»siglo de las luces».

MONTAIGNE: Nuestro mundo acaba de encontrar otro, no menos grande y fuerte. Mucho me temo que hayamos precipitado demasiado su ruina por nuestro contagio. En cuanto a los indígenas, en audacia y coraje, resolución contra los dolores, el hambre y la muerte, no temería oponerlos los más famosos ejemplos antiguos de que tenemos memoria en el mundo de por aca.

Montaigne tuvo ocasión de conocer personalmente a indígenas llevados a la Corte del rey Carlos IX en Ruán, Francia. Habló con ellos e incluso les indago sobre su poesía. De igual manera, se entrevistó con un conquistador francés que se había instalado en Canadá.

MONTAIGNE: El rey Carlos IX les habló a tres de aquellos indios, mostráronseles nuestras maneras, nuestros lujos, y aspectos de la ciudad. Luego alguien quiso saber su opinión. Ellos dijeron que encontraban muy raro que tantos hombres barbudos de elevada estatura, fuertes y bien armados, se sometieran a la obediencia de un muchachillo (el rey) y no eligieran, mejor, uno de entre ellos para que mandara. También dijeron que, entre nosotros, muchas personas estaban ahítas de toda suerte de comodidades, y que la otra mitad mendigaba a sus puertas descarnada de hambre y pobreza; y les parecía también singular que la mitad, los necesitados, pudieran soportar tal injusticia y que no estrangularan a otros o que no pusieran fuego sus casas.

MONTAIGNE: Yo hablé largo tiempo con ellos, pero tuve un intérprete tan inhábil, que poco el placer que recibí… Sin embargo, daré algunos ejemplos de la inteligencia de aquellas gentes. Además de una canción guerrera, tengo noticia de otra que principia así: «Deténte, culebra, deténte, a fin de que mi hermana copie tus hermosos colores el modelo de un rico cordón que yo pueda ofrecer a mi amada…”. Creo haber tenido suficiente contacto con la poesía para juzgar de ella, y esta no sólo tiene nada de bárbaro, sino que es por completo anacreóntica. Su lenguaje es dulce y con desinencias similares al griego.

El conmovedor vergonzoso relato “Destrucción de las Indias”, del padre De Las Casas, traducido Francia en 1687, causó gran impacto en los misericordiosos jesuitas, profesores de los que luces famosos enciclopedistas y «filósofos de las luces”.

BARTOLOMÉ DE LAS CASAS: Los españoles, subidos sobre sus hermosos caballos, hacían terribles carnicerías, abrían el vientre a las mujeres preñadas para hacer perecer con ella fruto de sus entrañas… arrancaban, en fin, de los brazos de sus madres a los niños y los estrellaban contra los peñascos. Para dar muerte a los principales de esos pueblos, construian un pequeño cadalso, sostenido de horcas, donde extendieron la víctima amarrada de pies y manos, lo metían al fuego y lo hacían morir lentamente de forma que estos desgraciados exhalaban su alma con horribles alaridos…

Los relatos de De Las Casas indignaron a Jean Francois Marmontel, escritor francés del siglo XVIII cuya obra “Los incas o la destrucción del imperio del Perú” fue censurada por la Universidad de la Sorbona y el Parlamento, por considerarla opuesta a los intereses económicos y expansionistas del reino de Francia.

MARMONTEL: ¿Quién ha sido la causa de tantos horrores, de los que la naturaleza misma está espantada? El fanatismo. Este espíritu reinaba en España y se había extendido hasta América por de los primeros conquistadores. Colón enseñó a hacer a los los españoles a hacer perseguir y devorar a los indios por perros hambrientos que habían ejercitado esta caza.

DE LAS CASAS: Les saltaban al pescuezo con horribles aullidos, los sofocaban al instante y los hacían pedazos. Los historiadores se han complacido en hacer un elogio pomposo de uno de esos perros llamado Bezerrillo, que por su ferocidad e instinto de distinguir un indio de un español, entraba a la repartición con los soldados y se le daba la misma porción que a cada uno de ellos, no solamente en víveres sino en oro, esclavos, etc. Se ha visto españoles tan inhumanos que daban niños a comer sus perros domésticos. Cogían estos niños por las dos piernas y los descuartizaban.

LOS JESUITAS: TRANSMISORES

En el siglo XVII, quienes mejor contribuyeron a hacer conocer América fueron los misioneros. Para algunos jesuitas franceses cultos, el indio reunía todas las virtudes antiguas del hombre griego, homérico y cristiano. Es de los relatos de viajes escritos por los jesuitas, que proviene la mayoría de las teorías utópicas socialistas de Cyrano de Bergerac, Foigny Vairasse, Patot y Fenelon, que abundaban antes de Rousseau, al estilo también de la Utopía de Moro, quien en Amberes se informó en detalle del imperio inca y de su sistema de gobierno, y eso lo motivó a escribir.

PADRE LEJEUNE: Si comenzamos a describir el cuerpo diré que están bien hechos: son grandes fuertes, bien proporcionados, ágiles, nada afeminados. En otro tiempo, llegué a creer que las imágenes de los emperadores romanos representaban más bien las ideas de los pintores que los hombres reales. Sin embargo, he visto aquí, sobre las espaldas de este pueblo, cabezas de Julio César, de Pompeyo, de Augusto y de otros que en Francia he visto sólo dibujadas en papel o bruñidas en las medallas… Si los salvajes se parecían a los antiguos no sólo físicamente sino también moralmente, ¿no son Superiores a nosotros?

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A fines del siglo XVII se creía que el hombre civilizado podía encontrar la libertad y la felicidad aprendiendo de los salvajes. Fue así como muchos viajaron a experimentar la vida libre de los indios y alejaron del peso de la Corona. Los jesuitas publicaron un diario en París, en el cual daban cuenta de todo o que habían visto en el Nuevo Mundo. Para algunos, como el padre Brébeuf, la organización de los pueblos indígenas correspondía a la forma de gobierno republicana de los antiguos romanos, asunto que trató en el diario.

BREBEUF: En verdad no se veía el trato de besamanos de la Corte, esos cumplidos vanos que no pasaban de labios para afuera. Sin embargo, mantienen ciertas costumbres en sus visitas, danzas y festines. En los encuentros, por todo saludo se llamaban cada uno por su nombre, o se decían «mi amigo», «mi tio»… Me parece que ellos no viven sin leyes.

CHACHATTERE: Vemos en los salvajes los restos de la belleza de la naturaleza humana. De las once pasiones, ellos no tienen sino dos. La cólera, que es la más grande, pero no en exceso, es por la guerra. Viven en común, sin contiendas, se contentan con poco, son asiduos del trabajo, pacientes, hospitalarios, afables, moderados al hablar… La vida es más dulce entre ellos que entre nosotros.

LALEMANT: Lo que más les dolía a los recién convertidos era renunciar a la poligamia. Es verdad que no se ha encontrado en el mundo una alianza más santa que está del yugo matrimonial. Es una especie de martirio estar ligado inseparablemente con un hombre o una mujer toda la vida. (El padre, al parecer, les encontraba razón).

El gran problema es que estas narraciones de los jesuitas cultos eran contrarias a los intereses de la sociedad monárquica y de la religión. ¿A quién podían entonces contarles todo cuanto pensaban? A sus queridos discípulos, a las mentes frescas y traviesas de todos aquellos que más adelante se convertíran en filósofos de profesión.

ARLEQUINES INDÍGENAS:

Durante los siglos XVII y XVIII en Francia, era por medio del teatro cómo se transmitían las ideas a las multitudes, las mayorías analfabetas, y se mostraba como era el mundo, y la filosofía de los indígenas.

INDÍGENA: Si usted necesita tener leyes para ser sabio y honesto, usted está loco. ¿A quién diablos ocurriría adivinar que hay hombres en el mundo que deben tener leyes para ser buenos?

INDÍGENA: Yo no conocía en los bosques ni la riqueza ni la pobreza. Yo era rey, y señor estado de mí mismo, y tú me sacaste en forma cruel de mi estado feliz, para enseñarme que no soy nada más que un miserable y un esclavo. Yo quiero ser un hombre libre, nada más. Llévame al lugar de donde en el tomaste, para olvidarme, en la floresta, de que en mundo hay ricos y pobres.

A Rousseau le fascinaba esta pieza de teatro. En una carta le dice al filósofo D’Alembert: “Esta obra favorece un cambio de actitud del espectador y la búsqueda de nuevas y singulares ideas». ¿Habría tenido la misma acogida Rousseau si el público no hubiera visto las ideas»nuevas» que mostraba el teatro, e incluso el ballet de»Las Indias Galantes”, de Rameau cuando su Discurso sobre el origen de la desigualdad, o El Contrato Social?

FILÓSOFOS EN ACCIÓN

No existe unidad de doctrina dentro del grupo de filósofos del siglo XVIII en cuanto a su forma de ver los indigenas. Unos, como Marmontel y el abate Raynal, consideraban a los indígenas como víctimas del fanatismo religioso, aunque portadores de un mundo insospechado. En “El espíritu de las leyes”, Montesquieu consagra algunos capítulos a América, interesado más en nuestra organización económica. Voltaire, partidario de la»penetración pacífica” lamentaba que no se hubiera dado más libertad a los jesuitas, es decir, a sus antiguos maestros, para conquistar el Nuevo Mundo y evitar la violencia.

VOLTAIRE: Los jesuitas han tenido la virtud de someter los indígenas, por la persuasión y la instrucción, en Paraguay. Pero ellos habrían podido conquistarlos sin cometer crueldades inútiles.

Para Voltaire, la felicidad es el resultado natural y necesario de la civilización.

VOLTAIRE: Por muy desgraciados y bárbaros que nos puedan parecer los pueblos del Nuevo Mundo, son aún superiores en inteligencia, y sobre todo en felicidad, a los salvajes de Europa, es decir, a aquellos que van a misa y a la Armada al mismo tiempo. Los pueblos de América y África son libres, y en cambio nuestros salvajes ni siquiera tienen la idea de la libertad.

Una obra que hizo mucho ruido en su tiempo en París, en 1768, pero que no tenía mérito a los ojos de Voltaire, fue la del abate y filósofo neerlandés Cornelius de Pauw. En sus Investigaciones filosóficas sobre los americanos trataba de probar que antes de la llegada de los europeos, los salvajes del Nuevo Mundo llevaban una vida precaria y miserable, y que su suerte no había mejorado con la Conquista.

(Era la teoría opuesta de Rousseau).

CORNELIUS DE PAUW: Los americanos no deben ser considerados sino como una especie degenerada de la humanidad. Son flojos, sin fuerza física, sin vigor y sin elevación espiritual.

VOLTAIRE: Claro, todo está permitido contra los americanos, que se parecen más a los hombres naturales que describe Rousseau en su Discurso sobre la desigualdad.

No nos engañemos con Voltaire, que sentía considerable desprecio por lo que él llamaba «pueblos bárbaros, sin educación”, posición muy distinta de la que plantea Rousseau en su Discurso. Sin embargo, nadie mejor que Voltaire para poner de moda, como decían entonces, el tema de los indios del Nuevo Mundo. Voltaire había leído La Araucana, de Ercilla y Zuñiga, poema épico sobre Chile, y bajo la influencia de De Las Casas compuso una tragedia sobre la conquista del Perú.

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Otro filósofo y enciclopedista que manifiesta interés por el mundo americano es Diderot, en su Historia filosófica de las Indias. Admiraba el ateísmo de los indios.

DIDEROT: Jamás he visto un salvaje consentir hacerse civilizado, mientras que he visto muchos civilizados hacerse salvajes y rechazar la civilización.

Durante el «siglo de las luces» se discutía cuál era la mejor alternativa a seguir, si el estado natural que tenía como base la República, o aquello que la civilización del momento entendía como monarquía.

ABATE RAYNAL: Europa ha fundado colonias en todas partes, ¿pero conoce ella los principios en los cuales las debe fundar?

Antes de llegar a Rousseau hay otro personaje el marino y filósofo Bougainville, exalumno de D’Alembert, el otro enciclopedista, Bougainville debuta con un ataque furibundo contra los pretendidos sabios, es decir, Rousseau, quien tenía a menos los relatos de viajes de los marinos.

LOUIS ANTOINE DE BOUGAINVILLE: Soy viajero y marino, es decir, un mentiroso a los ojos de esta clase de escritores que en la oscuridad de su estudio filosofan sobre el mundo sus habitantes y someten la naturaleza a su imaginación. Procedimiento bien inconcebible y singular de parte de quienes no han observado nada por sí mismos y escriben según aquello que han visto los viajeros a los cuales se pretende negarles su capacidad de ver y pensar.

BOUGAINVILLE: Cuando uno se representa de lejos este gobierno mágico, el de los jesuitas en el Paraguay, fundado sólo por las armas espirituales, piensa: “qué institución más honorable para la humanidad”. Pero al hablar con los indígenas se comprende que los jesuitas han establecido allí una tiranía insoportable al punto de que muchos indios prefirieron quitarse la vida. Los jesuitas nos representaban a los indios como una especie de hombres que jamás habrían podido alcanzar ni la inteligencia de los niños.

Habían transcurrido dos siglos y medio de discusiones en torno al mundo de los indígenas. Todo cuanto se había dicho y debatido llegó a su clímax con el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, de Rousseau. Juan Jacobo compara al indígena con el civilizado, y opone sus formas de gobierno. Exalta la libertad y la igualdad en que viven los naturales, y sobre estas concepciones desarrolla su teoría social, que más adelante inspirara a la Revolución Francesa.

JUAN JACOBO ROUSSEAU: Después de 300 o 400 años que los habitantes de Europa inundan las otras partes del mundo, estoy persuadido de que nosotros no conocemos otros hombres, más los solos europeos… La filosofía parece que no viaja, y así la de cada pueblo es, por sí misma, poco a propósito para cualquiera otro.

ROUSSEAU: No hay más que cuatro clases de hombres que hagan viajes dilatados: los marineros, los mercaderes, los misioneros. Luego no se debe esperar que de los tres primeros se pro duzcan buenos observadores. Reducidos a estas relaciones, conocemos los pueblos de las Indias, frecuentados por los europeos, más curiosos de llenar sus bolsillos que sus cabezas.

ROUSSEAU: Toda la Tierra está cubierta de naciones de las que no conocemos más que sus nombres, ¡y nos atrevemos, sin embargo, a juzgar el género humano! Supongamos un Montesquieu, un Bufón, un Diderot, un D’Alembert, u otros de igual naturaleza, viajando para instruir a sus compatriotas, observando y describiendo, cómo lo saben hacer a Turquía, el Egipto y, en el otro hemisferio, el imperio de Méjico, el Perú, Chile, la Tierra Magallánica sin olvidar la Patagonia, verdaderas o fabulosas, el Tucuman y el Paraguay, si era posible también el Brasil, los Caribes, La Florida y todas las regiones salvajes. Viaje, pues, el más importante de todos, y el que era necesario hacer con el mayor celo y cuidado. Supongamos luego que estos nuevos Hércules, de vuelta ya de sus memorables marchas, escribieran en seguida la historia natural, moral y política de lo que hubiesen visto: veríamos nosotros mismos, entonces, salir un mundo nuevo de sus plumas.


¿No indica este comentario que Rousseau, por medio distintas fuentes (misioneros y viajeros), se nutre del Nuevo Mundo para de concebir sus teorías?

ROUSSEAU: El salvaje vive en mismo: hombre social, siempre fuera de sí, no sabe vivir sino en la opinión de otros. Es pues, una cosa incontestable que el amor mismo, así como las otras pasiones no ha sino en la aquel ardor que lo hace funesto a los hombres… Los Caribes, uno de los pueblos que hasta ahora ha sido el que menos se ha separado del estado natural, son precisamente los más pacíficos en sus amores y los menos sujetos a los celos, no obstante que viven bajo un clima abrasador, que parece debe dar un impulso mucho más activo y poderoso a estas pasiones.

ROUSSEAU: Es increíble que no hayan podido aún atraer a un solo indígena, ni siquiera con el auxilio del cristianismo, a la civilización. Nuestros misioneros hacen de ellos, algunas veces, cristianos, pero jamás civilizados. Nada puede hacerles sobrepujar la invencible repugnancia que tienen para adoptar nuestras costumbres y vivir a nuestro modo. ¿Por qué inconcebible depravación de juicio rehúsan constantemente el civilizarse a nuestra imitación, mientras que se lee en mil partes que muchos franceses y otros europeos se han refugiado en esas naciones? ¿Por qué se ve aun a muchos misioneros sensatos llorar de sentimiento al recordar los días tranquilos e inocentes que habían pasado entre esos pueblos tan despreciados?

Del grupo de los «filósofos de las luces’, los más atentos e interesados en conocer la forma de vida y organización política de los indígenas fueron, sin lugar a dudas, el abate y filósofo Guillaume Raynal, Bougainville y Marmontel. A este último se le censuró, incluso, su obra La destrucción del imperio inca(1647), y ni siquiera Rousseau, que era su amigo, tuvo la valentía de apoyarlo, pues prefirió quedar bien con la Corte y, más bien, considerar esas ideas en sus reflexiones. Es hora de escudriñar aquellas obras de la literatura, el teatro y la filosofía de los siglos XVII y XVIII, para desentrañar el maravilloso mundo indígena que allí se oculta.

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