Colón pudo descubrir a América ocho años antes

Si el Rey Juan II de Portugal hubiera apoyado los planes del valeroso navegante italiano, hoy estaríamos conmemorando los 532 y no los 524 años del Descubrimiento del Nuevo Continente, que no se llamaría América sino quizás Juana
 
Colón pudo descubrir a América ocho años antes
Foto: Dióscoro Teófilo Puebla Tolín / Primer desembarco de Cristóbal Colón en América
POR: 
Abelardo Forero Benavides 

Revista Diners de septiembre de 1983

En posesión de todos los informes científicos a su alcance y con la experiencia adquirida en los mil caminos del mar, Cristóbal Colón decidió presentarse ante el Rey. de Portugal, Don Juan II, temperamento temerario y dogmático con gran pasión por los descubrimientos. Llegar hasta el Rey era difícil, sobre todo para un marino extranjero. Había que vencer las prevenciones y el orgullo de quienes con razón se consideraban los primeros navegantes de Europa y los más audaces en las incursiones en el grande océano, observado desde las torres de Lisboa. El Rey Juan oyó con toda la atención al marino ilusorio. Pero antes de darle su respaldo, decidió cautelosamente estudiar a fondo el. Audaz proyecto. Nadie se había atrevido a pasar la línea en donde comienza el mar tenebroso.

Reunió a una junta de científicos, integrada por Maestre José y Maestre Rodrigo, que tenían merecida fama de médicos y cosmógrafos, el Doctor Don Diego Ortiz Calzadilla, Obispo de Ceuta y quien ya había recomendado una expedición dirigida hacia el Oriente. “No fue bien recibido el proyecto de Colón por tan calificados sujetos, -nos cuenta el historiador José María Asensio-, ya fuese por un exceso de amor propio pues los obispos habían aconsejado la navegación a Oriente, por camino contrario al indicado por Colón. Juzgaron que era irrealizable y hasta lo llamaron insensato”. Sin embargo, el Rey Juan insistió. Lo había dejado pensativo la seguridad con que hablaba el marino genovés y no quería en manera alguna que a Portugal le arrebataran el cetro de los mares. Convocó el Consejo Supremo. El tema se prestó a discusiones accidentadas en la cuales no dejó de aflorar el orgullo portugués. Algunos oradores calificaron a Colón de ambicioso Y censuraron el hecho de que exigiera la totalidad de los gastos del fisco lusitano. La gloria sería para Colón, un extranjero. Los barcos y los costos de la navegación estarían a cargo del Rey Don Juan.

Una expedición traidora

El obispo de Ceuta llegó a la convicción de que el Rey simpatizaba en firme con el proyecto. Se organizó entonces con sigilo una excursión traidora. “La carabela salió del Tajo y llevaba órdenes para emprender una exploración por caminos contrarios a las anteriores navegaciones de los portugueses. Hasta puede decirse que seguía el mismo rumbo señalado por Cristóbal Colón. Llegaron al temido mar de los Sargazos, que se encontraba en esa dirección. Sucedió lo que tenía que esperarse en una empresa que tan malos auspicios comenzaba. Los hombres que tripulaban el buque sabían que se les enviaba a un viaje peligroso, temido por irrealizable por todos los entendidos. Eso era suficiente para cortar sus bríos, despertando muy justificados temores. Les faltaba la fe, el entusiasmo. Qué diferencia con Colón”.

Alfonso Vélez Allid y Fernando Valiente, testigos presenciales, decían que la causa principal de haberse vuelto, fue el error que les infundieron las primeras yerbas del mar de los Sárgazos. Imbuidos los marineros en falsas ideas, -que eran las de la época-, creyeron que la embarcación encallaría en aquellas verduras, faltando el agua para navegar y allí perecerían tristemente.

El grande error del Rey Juan

Fue grande la desilusión que sufrió Cristobal Colón cuando se filtró la noticia de que un barco portugués había partido en busca de las tierras de Occidente, que él aspiraba a descubrir. Habían sido utilizados sus informes. Se había intentado suplantarlo en la historia. ¿Se podía tener confianza en los reyes? los labios de Cristóbal Colón se sellaron. A partir de ese momento no volvió a hablar de su aventura. Preparaba la sigilosa evasión, con el peligro de que el Rey Don Juan lo detuviera, para impedir que otra nación realizara la empresa en la que había fracasado una cara be la portuguesa. los secretos científicos y las experiencias de Colón, no deberían pasar la frontera. Pero el malicioso genovés acostumbrado a navegar en los mares y en las almas, se dirigió sigilosamente hacia la frontera. le llevaba a los Reyes Católicos en 1484 la estudiada oferta del descubrimiento. El Rey Juan bien pudo adelantar ocho años el prodigioso acontecimiento. América se hubiera llamado entonces, posiblemente, Juana. De esta manera Portugal perdió el primer puesto en el almirantazgo de la mar oceánica.

La recompensa de los reyes

Ya ha realizado Cristóbal Colón su histórico viaje. Ya vivió el momento cenital de su vida, ante la aparición de una candelilla de cera que se alza y se levanta y que le dio al Almirante la certidumbre de estar cerca a la tierra. Han pasado los años y los viajes. El descubridor se halla ahora cargado de cadenas, abrumado “por el odio de sus enemigos, destituido de sus honores, abandonado de sus reyes. Antes de dejar el’ mundo que descubrió, se convierte en figura trágica, perseguida por el fatum. Como en un drama griego, el protagonista habla de su destino, descubre los desgarramientos y desangres de su alma. Es una especie de Prometeo, atado a la roca, injusta mente llamada la América. Desde Jamaica sopla un viento y en ese viento su alarido: “Las tierras de estos parajes que obedecen a Vuestras Altezas, son más vastas y más ricas que todas las otras tierras de la cristiandad.

Yo mismo, por la voluntad de Dios, las he sometido a vuestro alto y real poder. Esperaba alistar los navíos que deberían conducirme ante vuestra real presencia, como en triunfo, porque yo aportaba los Informes más ricos con promesas concernientes al oro. Cuando de repente, estando como nunca tranquilo y satisfecho, fui detenido y encerrado en un navío con mis dos hermanos, que fueron carga dos de cadenas, casi desnudos y sometidos a los más atroces tratamientos, sin haber sido llamados ni convencidos en justicia. ¿Pero quién podría creer que un pobre extranjero, en un tal lugar, iba a levantarse contra Vuestras Altezas, sin disponer de la complicidad o del apoyo de ningún otro príncipe? ¿No estaba acaso yo solo, aislado en medio de vuestros vasallos y vuestros súbditos naturales? ¿No tenia todos mis niños en vuestra real Corte?” Yo entré a vuestro servicio cuando tenía la edad de veintiocho años. Hoy no poseo un cabello que no esté blanco. MI cuerpo está gastado. Yo he consumido todo lo que me quedaba, después do haber vendido mis bienes. Se le arrebató todo a mi hermano sin que se nos oyera y se nos interrogara, con gran deshonor para mí. Hay que creer que todo eso no ha sido hecho por orden de Vuestras Altezas. La reparación de mi honor y el castigo de quien fue la causa de mi desgracia, harán brillar a los ojos de todo el mundo vuestra real nobleza. Habrá que hacer lo mismo con aquel que me robó las perlas. Si se hace justicia, esto dará renombre como ejemplo de una gran virtud. España conservará un glorioso recuerdo y Vuestras Altezas son príncipes justos y reconocidos. La honesta intención que siempre he te· nido de servir a Vuestras Altezas, al mismo tiempo que la ofensa que yo no merecía, no permiten a mi corazón callarse aunque yo lo quisiera. Yo suplico a Vuestras Altezas, perdonádmelo”.

El lacerante monólogo

“Estoy abandonado… He llorado sobre los otros. Que el cielo tenga misericordia de mi y que la tierra lloro sobro mis desgracias. Yo no poseo una moneda para darla en ofrenda. Aislado con mis meditaciones, enfermo, esperando la muerte de un día para el otro, rodeado de un millón de salvajes crueles que nos hacen la guerra, alejado de los santos sacramentos, de la Santa Iglesia, que olvidará mi pobre alma si ella abandona aquí mi pobre cuerpo.

“Suplico humildemente a Vuestras Altezas, si le place a Dios, sacarme de aquí que me permita ir a Roma, así como a otros lugares de peregrinación. Que la Santa Trinidad conserve y aumente vuestros días y vuestro alto estado. En la Isla de Jamaica el 7 de julio de 1503”. Silencio. Este lacerante monólogo interior lo dice y lo siente el descubridor de América. No piensa, no puede pensar que sus reyes, a quienes les ofreció toda la gloria de su aventura, que ampliaron de manera increíble las fronteras de su imperio, entraron a gozar de las más ricas minas de oro y trajeron a las Antillas

sus estandartes victoriosos antes que los portugueses y los ingleses, los dos pueblos navegantes, hayan podido autorizar y decretar esas cadenas. “La moneda con que el hombre paga su fortuna se llama dolor”. La posteridad se prepara a festejar el quinto centenario del Descubrimiento, pero junto a las Carabelas, deben estar presentes las cadenas. Dos veces fue traicionado Colón por los reyes. En Lisboa por el Rey Juan, quien quiso usurparle la ruta hacia las Indias. En Castilla, por los reyes a cuyo nombre viajó tres veces, desvelando el cuerpo de América.

Las tres grandes figuras de nuestra historia bebieron la cicuta. Colón encadenado Y desesperado. Bolívar agonizando solitario frente al mar, traicionado por todos sus amigos. Antonio Nariño enfermo, sobre los lomos de un extenuado caballejo, saliendo sin rumbo en busca de la muerte, sin un solo amigo al lado de la silla en que sintió que había llegado la hora de zarpar.

         

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octubre
12 / 2016