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Cuando Luis Carlos Galán eligió entre el periodismo y la política

El 29 de septiembre Luis Carlos Galán cumpliría 76 años. Lo recordamos con este texto de Daniel Samper Pizano, de cuando se celebraron 25 años de la carrera política de uno de los referentes del llamado «nuevo liberalismo».

Foto: Creative Commons

El 29 de septiembre Luis Carlos Galán cumpliría 76 años. Lo recordamos con este texto de Daniel Samper Pizano, de cuando se celebraron 25 años de la carrera política de uno de los referentes del llamado «nuevo liberalismo».

Revista Diners de septiembre de 1988. Edición número 222.

Ante la ausencia notoria de hechos felices dignos de ser celebrados, la imaginación colombiana ha resuelto apoyarse en la muleta de inventarlos. Es un recurso válido, aunque haya ocasiones, como la que hoy se festeja, en que para ello se hace indispensable incurrir en una mentira piadosa, enderezada, según se la mire, a no envejecer mucho, o bien a agregar años de experiencia a quien representa las esperanza de millones de jóvenes y de gentes de experiencia.

En efecto, la amable memoria de los amigos de Luis Carlos Gálán ha decidido que hoy se cumplen las bodas de plata de su iniciación en la política y que esto hay que festejarlo. Está bien: vamos a festejarlo, así algunos de nosotros nos veamos obligados a hacerlo desde lejos.

Pero convengamos en que los organizadores de esta celebración han sido benévolos, o por lo menos arbitrarios al escoger como fecha de largada de su carrera política la aparición de la revista Vértice. Con mayores fundamentos podríamos estar celebrando, mas bien, los 35 años de su debut como manzanillo, si nos atenemos a aquella ocasión en que ganó un precoz concurso de oratoria en el colegio. O quizás sería más exacto aseverar que este año Galán cumple 43 en la política.

Evidentemente, si nos atenemos a fuentes familiares que pidieron mantener su nombre en reserva, fue a la tierna edad de dos años cuando Galán dijo su primera mentira doméstica a raíz de la rotura de un cenicero, lo cual permitía adivinar ya en él una inocultable vocación política.

Pero, a fin de no arrojar más óxido sobre la juvenil hoja de vida de Galán, convengamos en principio en que esa vieja carrera solo tiene 25 años –aunque luego demostraré que tiene 18-, y que comenzó con el parto de una revista roja en una clínica de maternidad pontificia donde solo nacían criaturas azules. Como estuve vinculado al alumbramiento, tal vez pueda contar una o dos cosas sobre el tema.

El Frente Nacional y Galán

Eran los tiempos, se recordará, en que comenzaba el segundo gobierno del Frente Nacional. A quienes por esa época llegamos a las aulas universitarias nos ocurría un doble fenómeno: aunque conservábamos los tintes partidistas de un ambiente en el que nos había tocado vivir la infancia, comenzábamos ya a sentir los efectos de insensibilidad cosquilleante que provocó en el nervio del sectarismo la deliberada anestesia política del Frente Nacional.

Este distanciamiento de las luchas banderizas nos permitió al mismo tiempo, un doble hallazgo. Por una parte, descubrir que el más hondo de los problemas nacionales no era el de los odios entre los partidos, sino las condiciones de opresión social y económica en que se hallaba y se halla la mayor parte del pueblo colombiano, amén de la precariedad y desequilibrio del sistema de oportunidades que constituye la verdadera prueba de una democracia.

Por otra, entender que la estructura de los partidos tradicionales y de las instituciones que contribuyen su hábitat resultaba y resulta incapaz de responder a los desafíos de transformación rápida y profunda que demandaban los primeros.

Vértice fue una de las más revolucionarias maneras como un grupo de estudiantes liberales podía manifestar, en una universidad reputada como aula magna del conservatismo, esa nueva percepción. Recuerdo que varios próceres liberales dejaron saber su admirada sorpresa ante la que consideraban una hazaña.

Enrique Caballero Escobar escribió para el propio Vértice un artículo en el que revelaba su estupor al ver que en la carátula de la revista ondeaba el escudo vaticano de la Universidad Javeriana sobre un fondo desafiantemente rojo.

El Vértice, un paso al periodismo

Es preciso reconocer que Vértice se limitó a ser la precursora de novedades en un ambiente universitario que, a poco andar, produciría ministros liberales, militantes de las líneas duras del partido comunista, y hasta guerrilleros. Y advierto que todo esto lo digo en franco elogio, y no en detrimento, del que fue claustro de Galán y de muchos de nosotros y que ahora lo sigue siendo de no pocos de nuestros hijos.

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Galán escribía vehementes notas políticas y análisis sobre la situación social y económica del país. Luis Guillermo Ángel se proyectaba como revolucionario agraz. Fernando Garavito informaba sobre las actividades del insólito Comando Liberal Javeriano.

Yo, modestamente, redactaba notas sobre algunos escritores injustamente olvidados, como Tomás Rueda Vargas, y recordaba ciertas cuestiones que, al estilo del tema de la educación pública, habían sido banderas de la más importante generación liberal de este siglo.

A algunos amigos liberales les pareció que ocuparse en ese momento de la generación del Centenario despedía un tufillo a naftalina. Pero fue tanto lo que retrocedió en sus ideas el partido liberal durante los lustros siguientes, que, sin necesidad de haberme olvidado de mis apuntes sobre los liberales del Centenario, esos mismos amigos me recuerdan hoy como el más avanzado y progresista de los colaboradores de Vértice.

No recuerdo ahora a lo largo de cuántos números se prolongó la vida de Vértice. Pero sí sé decir que la revista sirvió de ocasión para reunir a muchos estudiantes inquietos por el futuro del país y del partido liberal.

Encanto por la política

En sus páginas se señalaba la necesidad de cambiar ciertas estructuras caducas, denuncia que hizo toda la generación de los años sesenta sin ser escuchada. Esas voces fueron desoídas por un sistema que se consideraba autosuficiente y capaz de grandes cosas, como obrar la reconciliación de las viejas castas, sin entender que sus mejores soluciones no habían sido producto de una capacidad política totalizadora, sino de aquellos ocasionales momentos de inspiración artificial que en política se presentan como decisiones históricas, pero que en deporte se conocen como “doping”.

La sordera del Establecimiento condujo a muchos espíritus generosos, como Camilo Torres y varios compañeros nuestros de generación estudiantil, a una equivocada aventura de violencia que acabó arrollándolos, y llevó al país, en general, al aplazamiento o cancelación de una serie de reformas sociales, económicas y políticas, cuyas consecuencias pagamos ahora.

En cuanto al grupo Vértice, mantuvimos vivas las inquietudes, pero cada quien canalizó las suyas por el camino que al final escogió o le escogieron. Durante algunos años con Luis Carlos Galán y con Enrique Santos Calderón formamos dentro de El Tiempo, un grupo en permanente pero relativo y tolerado amotinamiento.

De allí partieron repetidas diatribas contra eso que denominábamos el Sistema y contra el artrítico partido liberal, diatribas que escandalizaron a más de un suscriptor tradicional pero que, a lo mejor, le atrajeron algunas simpatías entre los nuevos.

Periodista y político

Simultáneamente con sus oficios como redactor y comentarista de El Tiempo, Luis Carlos había seguido vinculado a actividades del partido liberal. Había sido ascendido- si es eso ser ascendido- al directorio departamental de Cundinamarca.

También le habían encargado montar un programa radial de proselitismo liberal que todavía no sé qué días ni por qué emisora se transmitió. Lo que sí sé es que alguna vez acompañé a Galán a un almacén de discos porque iba a escoger la música del programa y, a petición suya, le di otro día en un Cream Helado un par de opiniones sobre lo que debían ser los mensajes de agitación ideológica del programa.

Un espacio radial que dependía en la parte musical del oído perezoso de Luis Carlos Galán y en la parte de propaganda política de las ridículas condiciones de agitador de masas de quien esto escribe, estaba irremediablemente condenado al fracaso, y así se pudo demostrar a las pocas semanas. Es por eso que quizás el propio Luis Carlos se ha olvidado ya de aquella experiencia, penosamente electorera y afortunadamente efímera.

Valga, sin embargo, la memoria para señalar algo en lo que Galán y yo mantuvimos puntos de vista distintos. Creía yo entonces, y lo creo cada vez con mayor convicción, que son incompatibles los quehaceres del político activo y del periodista independiente.

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Al servicio del país

O se sirve al directorio y al partido, o se sirve al oficio de informar de manera responsablemente objetiva. Si bien ambas labores-cuando se las entiende y ejerce de manera honesta- están inspiradas en la misma meta de servicio al país, se desempeñan las dos por vías que no siempre marchan en el mismo sentido y que a menudo se entrecruzan y contraponen.

También los miembros de un mismo equipo de fútbol, que comparten la obsesión de vencer al rival, están al tanto de que los mayores desastres de conjunto se presentan cuando los jugadores se olvidan de su misión y de su puesto y le da al puntero por pisarle los terrenos al defensa centro, al portero por ir a cabecear los tiros de esquina y al líbero por coger el balón con la mano en el área. Galán, que entre sus mayores defectos tiene el de ser hincha de Millonarios, sabe de qué le hablo.

Preocupación en cejas

Todo lo anterior es preámbulo para decir que, un mediodía, Luis Carlos se presentó en la sala de redacción de El Tiempo con esa mirada misteriosa y preocupada que le tejen las cejas cuando carga una preocupación gorda entre pecho y espalda.

Nos invitó a Gloria Pachón y a mí, que éramos sus colegas, a almorzar a un restaurante chino. Y allí nos soltó de sopetón entre chow mein y chau fan, la noticia de que el presidente electo Misael Pastrana Borrero acababa de ofrecerle el Ministerio de Educación.

Galán entendía claramente que había llegado un momento crítico en su vida. Tenía en El Tiempo extraordinarias perspectivas que le atraían muchísimo. Pero no le atraía menos la oferta de Pastrana, entre otras cosas -sospecho yo-,porque le daba la oportunidad de graduarse en la universidad sin preparar mayormente los exámenes. Galán presentía, y Gloria y yo nos encargamos de confirmárselo, que la decisión que tomase iba a ser prácticamente irreversible.

Había llegado el momento de escoger entre una carrera política que podía hacerlo descender hasta los infiernos mismos de la presidencia de la República, o un futuro pletórico de satisfacciones y amenazas como periodista.

Luis Carlos escogió la primera, y en su caso, escogió bien. Sin que esto signifique comprometer mi voto-que será secreto y se depositará por el mejor candidato, independientemente de lazos de amistad o de familia-, debo decir que Galán tiene formidables condiciones de inteligencia, coraje, honestidad y preparación, que son poco menos exóticas en el mundo enrarecido y mediocre de nuestra política.

Exclusivamente político

Pienso que fue esa tarde de junio de 1970 en el restaurante chino cuando realmente nació la carrera política de Luis Carlos. Los otros habían sido, si se quiere, pecadillos veniales de juventud o meros ejercicios de calentamiento.

Estoy seguro de que él convendrá conmigo. No solo porque sabe que en ese momento se encaramó a un tren sin regreso, sino porque resulta mucho más de agradecer, en algunas ambiguas de los cuarenta y pico, que le celebren a uno las bodas de cristal y no las de plata.

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Septiembre
29 / 2019


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