Los griegos y la historia de los primeros Juegos Olímpicos

No solo se interesaron por competencias para probar destrezas físicas, en sus olimpiadas también había campo para las matemáticas y las artes.
 
Los griegos y la historia de los primeros Juegos Olímpicos
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William Ospina

Publicado originalmente en Revista Diners de agosto de 2004. Edición Número 413

Cada cuatro años, al alzarse sobre el mar la luna llena de mediados de verano, comenzaban en Olimpia en la costa occidental del Peloponeso, las Olimpiadas. La tradición firma que habían sido instituidos por el propio Hércules, llamado El león de la triple noche, porque su padre Zeus hizo que la noche en que lo engendraba fuera tres veces más larga que las otras. Con la instauración de los Juegos, Hércules celebra el triunfo de Zeus sobre su padre, Cronos, de modo que las competencias humanas eran un pequeño reflejo de altas y sangrientas competencias divinas.

El poeta Hölderlin ha afirmado que el triunfo de Zeus sobre Cronos representa el triunfo de la ley humana sobre la ley natural, de modo que las Olimpiadas son un símbolo de la exaltación de lo humano, del poder de lo humano frente a la naturaleza. Está representada en ellas la avidez de la humanidad por superar sus limitaciones naturales, por correr con mayor velocidad que los gamos, por hacer del salto un principio de vuelo, por arrojar el disco y la jabalina más lejos que nadie, por dejar atrás a todos los demás, y son la mejor expresión de la sociedad griega, en la que el culto por lo humano alcanzó un nivel que no tuvo en ninguna sociedad anterior.

Era un extraño pueblo. Crecido en un suelo sin demasiadas riquezas materiales, poseía los climas más suaves, los cielos más luminosos, los mares más azules, y unos valles fértiles donde la tierra ”devolvía multiplicada por sesenta la semilla sembrada” y donde prosperaban los ganados y los viñedos. El aire era tan puro, que desde el lejano cabo Sunión era posible percibir con nitidez el penacho y la lanza de la estatua de Palas Atenea en lo alto de la Acrópolis. Ningún lugar del mundo veneró el cuerpo humano como aquella nación diseminada en islas incontables y unida de mil modos por caminos azules.

Pero sería un error pensar que Grecia veneraba el cuerpo por menosprecio del espíritu. Cuando nacieron los Juegos Olímpicos no existían todavía el cuerpo y el alma, esos inventos platónicos que perpetuó con entusiasmo el cristianismo. Para los griegos, como para Walt Whitman, el cuerpo era el alma, la plenitud de lo que somos solo se hacía visible en el equilibrio y la armonía de las formas corporales. Anchos de hombros, estrechos de cintura, de cuerpos firmes y elásticos, formados desde niños en el ejercicio físico y en la actividad mental, alimentados frugalmente y crecidos en el respeto y en el afecto, en un mundo en el que no se procuraba diferenciar demasiado el cuerpo masculino del femenino, los griegos sabían que es tan importante un espíritu bien cultivado como un cuerpo bien formado, y que no se puede favorecer uno a expensas del otro.

Las dos grandes ciudades griegas, Esparta y Atenas, que rivalizaron por el dominio de su cultura, tenían una actitud similar, aunque los espartanos, entregados a la fascinación de la guerra, descuidaron finalmente los refinamientos de la vida y pusieron todo el énfasis en la disciplina y la severidad. Allí los hijos no pertenecían a los padres sino al Estado. Éste empezaba por examinar minuciosamente sus cuerpos al nacer, y si los encontraba defectuosos e inhábiles para las tareas de la guerra, ordenaba su muerte. Los atenienses, menos rígidos, compartían sin embargo la idea de que los hijos no pertenecen sólo a sus familias; pensaban que si la educación es dejada en manos de los padres, fácilmente se volverá débil y caprichosa hasta convertirse en una amenaza para el orden social.

Los espartanos hacían dormir a sus niños en el suelo duro para que sus cuerpos adquirieran fortaleza, porque los colchones blandos propician la languidez y la debilidad. Pero los atenienses pensaban que la educación no puede limitarse a proveer información intelectual. Demasiada información es lo más parecido a alimento excesivo: de nada sirve la memoria sin el desarrollo de la inteligencia. Atenas prescribía dos series de estudios paralelos: la gimnástica, consistente en la danza, la lucha y toda suerte de competencias corporales, y la enseñanza de las musas para desarrollar la inteligencia, la sensibilidad y la gratitud hacia los dioses. Así, cuando los jóvenes llegaban a la mayoría de edad civil, los 18 años, sabían de filosofía, música, elocuencia y poesía tanto como de asuntos públicos, aprendidos en las asambleas populares, de gimnasia y de destreza militar.

Los dioses de los griegos no eran del todo figuras humanas: eran a menudo, como para nuestros indígenas, las montañas y las selvas, los vientos y los ríos. Había ciertas piedras sagradas en las que ellos veían la imagen de un dios. Como eran seres de la Tierra, los dioses no vivían en cielo alguno sino en la cumbre de un monte, el Olimpo, y las Olimpiadas aluden también a esa sede de los grandes poderes que la sociedad no veneraba con golpes de pecho sino con cantos y fiestas. Nosotros tenemos cincuenta y dos domingos en el año, que no tienen mayor variedad; los griegos tenían más de ochenta fiestas, cada una llena de rituales precisos en homenaje a los distintos dioses: fiestas del vino y fiestas del pensamiento, fiestas de la sensualidad y fiestas del poder, fiestas de la fertilidad y fiestas de la música.

Para ver la extrañeza de aquella cultura, basta considerar que no tenían dinero y que durante mucho tiempo la unidad de valor era el toro: había que calcular cuántos toros valía cualquier mercancía. No se castigaba severamente el adulterio de la mujer, como en otras sociedades vecinas; en cambio se castigaba con una multa anual de cien dracmas al hombre que no se hubiera casado antes de los treinta y cinco años. Era una curiosa sociedad esclavista en que los esclavos no lo eran por su raza sino por su captura en combate, y podían llegar a ser parte apreciada de la familia. Incluso si el esclavo estaba demasiado descontento podía exigir un cambio de amo. Los juegos eran inicialmente un día de festejo para los grandes dioses, pero las competencias fueron ganando espacio. El primer ganador documentado fue Corebus de Elis, triunfador en una carrera a pie en honor de Zeus. El premio no era material: el nombre del ganador era grabado en el estadio donde había competido.

Temprano se afirmaba la pasión por lo que los griegos llamaron filotimia: el ansia de honor y de gloria. Los premios siempre fueron coronas de laurel 0 de olivo silvestre, pero nada confería más honor a un individuo, a una familia y a una ciudad. Hay ya datos detallados de los triunfadores desde el año 776 antes de Cristo. El entusiasmo por los juegos creció en toda Grecia. Muy pronto las ciudades quisieron competir, y se hicieron los juegos en distintos lugares. Los más notables eran los juegos ístmicos, cerca de Corinto, en honor de Poseidón; los juegos de Nemea, en la Argólida, que se realizaban cada dos años; los juegos de Delfos, y por sobre todo los de Olimpia.

Esta no era propiamente una ciudad sino un reciento de templos y sitios ceremoniales. Cuando llegaban los juegos, los visitantes formaban una enorme ciudadela alrededor de la villa, en un valle cubierto de tiendas de campaña. Eran especialmente venerables el templo de Hera y el templo mayor presidido por la gran estatua de Zeus Olímpico, la obra maestra de Fidias, que tenía trece metros de altura. Un titán con la victoria en una mano y en la otra el cetro coronado por un águila, y considerado una de las maravillas de la antigüedad.

Había competencias de danza armada, carreras de carros y de cuadrigas, un tipo de boxeo muy violento que casi no tenía restricciones, y una competencia especialmente ruda llamada el Pankration, combate casi a muerte en que sólo estaba prohibido romper los dedos del adversario, morderlo o sacarle los ojos. Desde temprano se instauró también la música como arte de competencia, y después vinieron la escultura, la arquitectura, las matemáticas y la poesía, lo que comprueba una vez más que el culto de los griegos por la destreza física no agotaba el sentido de sus olimpiadas.

De todas las competencias, la más importante era el Pentatlón. Después de sacrificar un cerdo a los dioses, un número indeterminado de participantes competía inicialmente en salto. Los que cumplieran todos los reglamentos pasaban a la fase siguiente: el certamen de jabalina. De estos, los cuatro mejores se disputaban la carrera, en que uno era eliminado. Los tres restantes entraban en la competencia de lanzamiento de disco, cuya imagen imborrable es el Discóbolo, de Mirón, esculpida en el año 450 a. C. Los dos últimos se trenzaban en la lucha olímpica, que era la competencia final. Y el ganador, además de su honrosa corona, veía inscribir su nombre en los sitios ceremoniales, en los estadios, y más allá de ello, si la suerte le sonreía, en los versos de los grandes poetas, entre los que figuraba, como el más alto, Píndaro, nacido en Cinoscéfalos en el año 518 a.C y muerto en Argos tras una gloriosa vejez en 440 a.C.

Píndaro hizo del canto a los triunfadores de los juegos olímpicos un refinado arte literario. El tema del triunfo era la entrada a un complejo tejido de evocación de mitos ancestrales y de leyendas que presidían la historia de la ciudad de origen del héroe. Se diría que su propósito era brindar al triunfador y a su ciudad un aura mítica, un parentesco con los dioses, convertir en mitología el presente puro, gracias a la belleza literaria y la música, para hacer sentir a los hombres de su tiempo aliados con el espíritu divino. Catorce Olímpicas, doce Píticas, ocho Ístmicas y once Nemeas fueron el fruto de esa labor poética que aproximó a Píndaro a la perfección de Hesíodo y de Homero.

Tal vez sólo él habría sido capaz de cantar en nuestra época la dimensión mitológica de los más grandes triunfadores de las olimpiadas modernas: de Jesse Owens, el negro discriminado por los nazis y que ganó cuatro medallas de oro en Berlín en 1936; de Teófilo Stevenson, el boxeador cubano que obtuvo medallas de oro en Munich en 1972, en Montreal en 1976 y en Moscú en 1980; de Nadia Comaneci, la menuda gimnasta rumana que conquistó cinco medallas de oro, tres de plata y una de bronce; de Vitali Scherzo, que ganó seis medallas de oro en Barcelona en 1992; de Mark Spitz, el nadador inverosímil que se hizo a siete medallas de oro en Munich en 1972; y del asombroso atleta Carl Lewis, ganador de nueve medallas olímpicas de oro. ”El agua es preciosa sobre todas las cosas -escribió Píndaro en su Olímpica a Hierón de Siracusa-; el oro brilla en la noche como una llama ardiente, más rutilante que cualquier otro objeto precioso; y tú, alma mía, si quieres celebrar las luchas de la arena, así como no existe por las soledades del cielo un astro que disperse más calor y luz que el sol, no podrás elogiar combates más nobles que los que se celebran en Olimpia”.

         

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agosto
1 / 2016