Evocaciones bogotanas: la curia en la política

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 210, septiembre de 1987

El dedo jupiterno de monseñor Bernardo Herrera Restrepo señaló y ungió, uno detrás de otro, a los últimos cuatro candidatos de la hegemonía conservadora elegidos por el sufragio popular. En 1928, el guadañazo inexorable puso fin a la carrera del sumo elector, a quien los colombianos ya estaban empezando a creer eternamente guarnecido contra las asechanzas arteras de la muerte.

La Santa Sede puso entonces la Arquidiócesis de Bogotá en manos de monseñor Ismael Perdomo, un opita blando y apacible que había dado sus primeros pasos a la sombra de la ceiba tutelar que cubre, como una inmensa clueca vegetal, la plaza mayor del municipio de Gigante. Y ese cambio fue fatídico para la vieja hegemonía. El duro e inflexible cayado pastoral de Herrera se convirtió, en la diestra de Perdomo, en un bordón raquítico. Y sobrevino el caos que abrió la tronera por la que se coló Olaya al Palacio de los Presidentes.

El general Vásquez Cobo hizo valer ante el nuevo arzobispo los derechos que el extinto Herrera Restrepo le había garantizado para 1930, en oposición a las aspiraciones del poeta Valencia. Perdomo brindó su apoyo al general y pareció que la borrasca se calmaba. Efímera ilusión.

Poco después, Su Ilustrísima dio la primera muestra de su carácter endeble y vacilante asestando un repentino baculazo a la candidatura de Vásquez Cobo. La perplejidad conservadora también subió de punto, la división se tornó inconciliable, unos curas y obispos dejaron que sus ovejas tomaran el camino que les dictara su albedrío, otros permanecieron valencistas, no pocos regresaron al vasquismo y, en suma, en el campo conservador de la barahúnda total, en tanto que los liberales sin excepción y algunos godos de centro-izquierda se aglutinaron en torno a Olaya.

Y es aquí donde resulta pertinente la divertidísima anécdota que refiere Enrique Caballero a propósito de esta situación.

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Había un curita de pueblo que se distinguía por su obediencia ciega a la autoridad de los jerarcas. Cuando por primera vez monseñor Perdomo adhirió a la candidatura de Vásquez Cobo, nuestro párroco se lanzó a una campaña frenética en pro del general y en contra de Valencia, a quien denostaba sin tregua en sus sermones dominicales. El acucioso pastor había oído decir que Valencia era poeta (y por ende corrupto y depravado) y además lúbrico, disoluto y dado al vicio de la morfina. Pero un buen día sorprendió en la casa cural un telegrama del arzobispo Perdomo en el que, en términos escuetos, le ordenaba adherir a la candidatura católica y ortodoxa del maestro Valencia. El intrépido levita no se desconcertó. Al domingo siguiente subió al púlpito y con voz firme dijo a sus feligreses:

-Amados hermanos míos en Jesucristo: quiero aclararles que en mis sermones anteriores el Demonio, que nunca descansa ni deja de acecharnos, me trocó los conceptos y me hizo caer en un error que hoy dese rectificar con humildad cristiana: ¡el perdulario, el impío, el morfinómano, el mujeriego impenitente y el poeta es el general Alfredo Vásquez Cobo!

(De la entrevista con Enrique Caballero Escobar)

Entre los innumerables gringos que vinieron a trabajar con la Tropical Oil Company en la zona de Barrancabermeja, estaba un tal Joe Brewer. El personaje era un descomunal gorila rubio con dos metros de alzada y ciento veinte kilos de musculatura espesa. Desde que llegó a Barranca, Brewer no se quejó del calor asfixiante, ni de los mosquitos, ni de las frecuentes carencias de hielo que lo obligaban a beberse sus treinta cervezas diarias a temperatura de Magdalena Medio. Lo que en realidad empezó a aguzarle la nostalgia fue la falta del ejercicio de su deporte predilecto: el boxeo.

Entre sus compatriotas de la petrolera había algunos aficionados al pugilismo, a quienes Brewer convidó con insistencia a intercambiar unos cuantos pescozones en el club de la Troco. Desde luego, ninguno se le midió al desafío. Con sólo mirar a su paisano, los otros gringos palidecían de miedo y aplazaban indefinidamente la golpiza. Pero finalmente le llegó al oso yanqui la gran oportunidad. Un abogado de la compañía llegó a Barranca procedente de Bogotá y le dio la gran noticia a Brewer. Nuestro jurista era un distinguido profesional que había sido condiscípulo de Rafael Tanco en el bachillerato.

Tanco era un joven aristócrata bogotano de los años veintes que vivió su mocedad sin estrecheces económicas y que dio en la flor de alcanzarle rango social al boxeo. Fiel a su insólita vocación, solía llenar el Salón Olympia con todos sus compañeros del Jockey y del Gun cuando peleaba con púgiles nacionales y foráneos, a quienes por lo ge­neral noqueaba dentro de la más severa ortodoxia boxística. El abogado habló en Barranca con Brewer y le pintó la posibilidad de medir fuerzas con Tanco en Bogotá. El gringo se puso feliz, Tanco aceptó y se concertó la fecha del encuentro. Las localidades se agotaron con días de anticipación, de modo que la noche de la pelea, el Olympia estaba lleno a reventar. Finalmente, salieron los dos púgiles al cuadrilátero.

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El contraste no podía ser más agudo. Tanco, siguiendo su costumbre invariable, se presentó vistiendo una fina bata de seda, peinado con esmero y exhalando un exquisito aroma de lavanda. La pantaloneta también era de seda. Míster Brewer, por su parte, se apareció con una bata sucia de toalla a rayas, unos zapatos enlodados y una pantaloneta igualmente roñosa. Era peludo como un plantígrado y al quitarse la bata todo el ámbito quedó acremente saturado de una axilosis que bien hubiera podido ahuyentar una bandada de chulos. Tanco lo saludó con la mayor cordialidad. La única respuesta que obtuvo fue un gruñido con acento tejano.

Sonó la campana. Los púgiles izaron la guardia y amagaron durante unos segundos. Tal vez no había transcurrido la primera parte del primer asalto cuando el público bogotano quedó paralizado de estupor. Un certero y fulminante jab del gringo a la mandíbula de su contendor y éste cayó a la lona sin sentido. Vino el conteo reglamentario y el ídolo de los bogotanos seguía en el otro mundo, mien­tras Brewer lanzaba rugidos de alborozo y pedía que le sacaran otro contrincante más fuerte. «Rafael Tanco sólo vino a despertar horas más tarde en la Clínica Peña. Daniel Carrízosa, primo del púgil abatido, sentenció al oído de un vecino:

-¡Este es el fin de una raza!
(De la entrevista con Miguel Escobar López)

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