Así vive el arte y la naturaleza en el Amazonas

El fotógrafo Diego Samper se desvive por la frondosidad de la selva de Amazonas, por ello, su misión es hacer que sus habitantes la quieran y conserven, en una primera instancia, pintándola.
 
Así vive el arte y la naturaleza en el Amazonas
Foto: Galo Martín
POR: 
Galo Martín

El artículo Así vive el arte y la naturaleza en el Amazonas fue publicado originalmente en Revista Diners Ed. 533 de 2014

El deterioro general y el camino inexorable hacia el caos que enuncia la segunda ley de la termodinámica, la entropía, parece no desgastar ni agotar al artista y viajero Diego Samper en su deseo por cuidar y conservar la selva desde que la conoció a sus 19 años.

De sus palabras se desprenden cariño, admiración y respeto cuando dice que “es una tierra que siempre he buscado”. Basta ver parte de su obra, impresionantes fotografías de paisajes amazónicos, para atestiguar su fascinación por ese entorno exuberante.

Aunque hace años escapó del país al sentirse sitiado por las guerras del oro, la coca y la amenaza guerrillera, que lo condujeron a emigrar a Canadá junto con su mujer Marlene, hace un lustro regresó a Colombia, a pesar del dolor que le produjo hacerlo.

El sello de Calanoa en el Amazonas

Sin embargo fue llegar a Leticia y “me agarré al cuento. Me enmanigüé”, rememora a la vez que me ofrece un tinto en la acogedora cocina de Calanoa, mientras María prepara la comida con sigilo.

El nombre de esta reserva natural privada, a orillas del Amazonas y vecina del resguardo indígena Ticuna de Mocagua, se debe a que un día unos pescadores llegaron con su faena y le mostraron sorprendidos a Diego un pescado que tenía escrita la palabra Calanoa, como si fuera un sello.

Así, el lugar quedó bautizado. La anécdota me la contó días después la también gestora cultural Adriana Bueno, al otro lado del puente que une el barrio de palafitos de Victoria Regia con la comunidad de artistas de Mocagua, compartiendo la idea de que la conservación y la sostenibilidad se alcanzan a través del trabajo e implicación de los locales. Pero no adelantemos acontecimientos…

Por la intuición

jaguar


Diego reconoce que la compra de aquel terreno la hizo a ciegas, que fue aventurado e intuitivo, pero que funcionó. En armonía con su idea de volver a residir en la manigua, en ese maravilloso y frondoso terreno pantanoso, y a raíz de su labor con las comunidades de la región, no solo apoyándolas y ayudándoles en el acceso a recursos, sino también en el redescubrimiento de su identidad cultural, nace en 2012 la Fundación Calanoa.

Se trata de un modelo innovador de turismo comunitario que apuesta por “la conservación biológica y cultural de la región amazónica mediante la integración del arte, el diseño, la arquitectura, la investigación científica, la comunicación, la educación comunitaria y el turismo sostenible”, como indica su página web.

No veo el momento de preguntarle acerca de los murales que ilustran el entorno amazónico con delfines rosados, jaguares, manatíes, pirarucús, tucanes, mariposas y victorias regias en las viviendas de Mocagua que vi con afán desde la lancha que me trajo hasta acá y mientras trataba de seguirle el paso ágil al niño Germán, el hijo de María, de camino a Calanoa por un sendero embarrado y resbaladizo.

Diego sonríe adivinando mi impaciencia por conocer el lado más visible de esta historia de colores. Sirve un segundo tinto y continúa su exposición: “Si se quiere cuidar y conservar la selva son los locales los que lo van a realizar.

La comunidad debe asumir la conservación a perpetuidad de toda la región. Si en la conservación ven beneficios (no solo económicos, sino de bienestar comunitario) se va a cuidar la selva, frente al cultivo de la coca, la extracción de oro y la deforestación”, apunta convencido de lo que dice. De esta manera va desenrollándose esa pita de cómo mi interlocutor descubrió que quería trabajar con los locales: a través de la cultura y del arte, que es el mejor contexto que conoce y sabe hacer.

Resguardo y pintura

resguardo


Y así fueron tomando vida diferentes proyectos artísticos comunitarios ligados entre sí. Uno de ellos es el de la pintura de las viviendas, ideal para revitalizar el oficio de la pintura de los ticunas, reconocidos pintores de la corteza del árbol yanchama.

La coyuntura vino dada cuando se tuvo que cerrar al público el Parque Nacional Natural de Amacayacu, próximo al resguardo, a causa de una inundación, por lo que dejaron de llegar visitantes a la comunidad y todos tuvieron que trabajar en la idea de hacer atractivo el lugar, como lo habían hecho los vecinos de Macedonia con la artesanía.

Los habitantes de Mocagua acudieron a Diego para que les facilitara la pintura y él aprovechó para despertar las habilidades de cada uno y que cada familia asumiera su propio mural. Así, la Fundación Pintuco les donó 300 galones de pintura, que él administró, para pintar 90 casas, 70 de las cuales ya están pintadas por completo.

Busca reactivar la zona y que el vecindario reflexione sobre su existencia y lo plasme en murales, que vuelvan los ojos a lo que ya conocen y lo conviertan en pintura. Desea que se miren adentro para que ahí busquen lo que les es propio.

Y así, mientras uno le escucha hablar resulta fácil comprender su mensaje ya que la selva es un medio ajeno al forastero, una especie de lección de vida. Este hombre, que más que fotografiar la selva parece que la escucha, le gustaría que se diera un intercambio de saberes en un nivel horizontal, de igual a igual.

Los ojos de la selva

Mocagua


Pronto supo que el tímido y tranquilo Diego León y Saúl Mendoza eran los mejores pintores de la comunidad así que Diego los acompaña y guía. Recuerda bien cuando trajo un libro de pinturas de artistas colombianos para que lo consultaran. Hasta ese momento todos los paisajes que se habían pintado eran cielos azules con nubes blancas. Tras ver el libro, Saúl empezó a pintar cielos tormentosos y ya no ha parado de dibujarlos.

Diego, además de dibujar sobre la corteza del yanchama el motivo que tú le digas en 15 minutos y por 7.000 pesos, realiza tallas en madera por 30.000. Trabaja por encargo y envía parte de su obra a ferias en Bogotá y Medellín. Gracias a su contacto con Adriana Bueno, les consiguió un trabajo remunerado por parte del Banco de la República pintando las fachadas de los palafitos del barrio de Victoria Regia en Leticia, siguiendo el estilo de Mocagua.

“El efecto de la pintura ha hecho que los vecinos vean que se puede mejorar su calidad de vida, atraer a visitantes y convertir el barrio en un bonito lugar para los turistas y los demás vecindarios”, comenta satisfecha Adriana.

Este efecto estético, sumado al trabajo que Samper les ha dado a muchos otros miembros de la comunidad en labores de cocina, mantenimiento y guías para atender a los huéspedes que se alojan en la reserva, está produciendo los cambios que soñaba, al ritmo de la selva.

Por eso, para evitar, en la medida de lo posible, la irremediable entropía, Diego no quiere acelerar los planes que tiene (taller de serigrafía y artes gráficas, una escuela de pintura y de música, un horno de cerámica, además del proyecto de “Mocagua, autorretrato de una aldea amazónica”) y que ligan un oficio con otro a través de los libros que espera poder reunir en una biblioteca.

Él desea que la totalidad de este proceso lo asuman todos para que se asiente y sea perdurable. Pero por el momento, basta con lo que llevan, que Mocagua ahora se sienta más orgullosa de sí misma.

         

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marzo
17 / 2020