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Clara Rojas, el perfil de la mujer que vivió entre lo público y lo privado

Haberse convertido en un personaje público por una tragedia y un milagro ata a Clara Rojas al ojo escrutador de la opinión pública.

Foto: Cortesía Revista Jet-Set (©Gerardo Gómez/12)

Haberse convertido en un personaje público por una tragedia y un milagro ata a Clara Rojas al ojo escrutador de la opinión pública.

El artículo Clara Rojas, el perfil de la mujer que vivió entre lo público y lo privado fue publicado originalmente en Revista Diners de febrero de 2013

Una opinión pública que no le permite construir una vida privada ni proteger a Emmanuel del deseo de todos de hacerse a su historia.

Normalmente, los demás no se ocupaban de mí. Fue todo un esfuerzo comprender que yo era la causa de toda esta agitación. Le dije al guardia “¡cuánta gente!” y me respondió que era por los periódicos. Me señaló un grupo que estaba cerca de una mesa, debajo del estrado de los jurados. Me dijo: “Ahí están”. Pregunté: “¿Quiénes?”, y repitió: “Los periódicos”.

El Extranjero, Albert Camus, 1942.

Lo intentamos. Le pedimos una entrevista y se mostró complacida. Sí, dijo sin pensarlo dos veces. Que me escriban, pidió. Mientras, los titulares de los periódicos intentando ser objetivos, los opinadores, atacándola, un fallo de tutela a punto de salir.

Le dijimos que queríamos hacerle un perfil y entender su historia, esa en la cual se convirtió en una figura pública por cuenta del secuestro y el despojo. Esa en la cual su hijo nacido en la selva se asume como patrimonio de todos. Esa en la cual ella, de víctima, pasó a convertirse en victimaria, en la mamá que, según muchos, quiere lucrarse con y de Emmanuel. Le dijimos que buscábamos entender cómo se puede vivir así.

El equilibrio de Clara Rojas

Por supuesto que era una apuesta arriesgada que recibió en un primer correo una respuesta inmediata, entrañable, desbocada y profunda, que contradecía ese gesto neutro –como su ropa o su pelo–, y casi inexpresivo, que tiende a reflejar el rostro de Clara Rojas. Era como sentir a otra persona, emocional y deseosa de decirle al mundo que se siente invadida y agotada de tener que justificar su impulso de cuidar a Emmanuel, de protegerlo de las versiones que otros están haciendo de ese pasado milagroso.

Así que lo hicimos como quiso. Como lo pidió.

–¿Qué quiere que sepa el niño de su propia historia?

–Quiero que sepa lo que poco a poco vaya preguntando, lo que poco a poco vaya digiriendo, de una manera tranquila y sin sobresaltos. Evitar que sufra por algo que padeció y pasó. Y que viva, ahora, su presente. Que disfrute su niñez, como cualquier niño de su edad.

–¿Qué les diría a quienes insinúan que se quiere aprovechar económicamente de su hijo?

–Que se equivocan.

–¿Qué quisiera usted decirle al mundo sobre usted misma?

–Muy poco.

La vida de Clara Rojas

Muy poco, en efecto. Y dice, muy escueta, casi como recitando un libreto, que se emocionó con la presentación de fin de año de su hijo, que él “vive su vida de niño y disfruta las cosas sencillas, un paseo por el parque, elevar una cometa, pescar en un lago, jugar con su perra labrador”.

Que por supuesto que le encantaría tener un hombre especial cerca de ella (“pero esas situaciones llegan”), que está aprendiendo a jugar al golf, que se leyó en vacaciones Amor, de Isabel Allende (“una de mis escritoras favoritas”), y que su plato preferido, sobre todo si hace frío, es el ajiaco.

Y allí, justo allí, en las respuestas de Clara Rojas se resume el conflicto en el que se encuentra: Quiere ser privada pero es pública. En la intimidad de los correos que nos enviamos revela una persona que no es la misma que aquella que contesta un cuestionario que habrá de leer el público.

No da. Entrega lo que no representa peligro alguno y esto puede leerse como un método de protección, claro. Intentamos hacer un perfil y nos encontramos con una barrera que es ella misma. Así que nos dimos a la tarea de tratar de entender qué es lo que la hace construir este muro.

Personaje de dominio público

Quizá lo que más contraría de esta historia es que desde el mismo día de su liberación –9 de enero de 2008– Clara Rojas nunca ha dejado de estar presente en el radar colombiano, y ahora es ella misma quien quiere cerrar la puerta de acceso.

De repente, la opinión, esa masa informe, tantas veces cruel y exigente, siente que la están despojando de algo que les pertenece, que es de dominio público. Eso les molesta a muchos. Y les resulta contradictorio, más aún, cuando ella dice que hará su propia película, después de haber argumentado que no quería que la vida de su hijo fuera expuesta.

La tragedia sigue ahí. Es su motor. Y es que poquísimos días después de su regreso a la libertad, las cámaras sedientas estaban registrando el reencuentro con el hijo de cuatro años del que la habían separado a los pocos meses de nacido.

Además, ese primer Día de la Madre de mayo de 2008 lo celebró entregando la imagen más codiciada del país en ese momento: Emmanuel de frente, junto a ella, en la portada de Jet Set. En abril del año siguiente lanzaba su libro Cautiva en el que narraba sus memorias del secuestro, y acto seguido sus reflexiones sobre la resiliencia en A prueba de fuego.

El rol de mamá

También en 2010 leyó el cuento Willy el mago, de Anthony Browne, con el niño a su lado, en uno de los espectáculos más taquilleros de la XXIII Feria del Libro de Bogotá. Y el año pasado volvió a ser noticia al ser nombrada directora de la Fundación País Libre.

Pero también al tratar de evitar que se proyectara en Colombia la producción franco española Operación E, argumentando que exponía en la pantalla grande una falseada y cruda historia sobre Emmanuel. Y que su intimidad merecía protección.

Pero no lo logró. Los jueces no vieron amenaza alguna en dicha película, nada que pudiera perjudicarlo. Aunque todos sepamos que se trata de él, incluso si no tiene por nombre más que una sonora y explícita “E”.

El niño allí representado no es Emmanuel, dicen sus productores, a pesar de que sea igualito a él –además es clasificación 12 años, explican, así que ni siquiera podrá verla él, sino que todo lo sabrá por lo que digan los demás–.

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“No hay que olvidar que la verdad del arte se rige por otros parámetros”, escribía Santiago Gamboa, defendiendo la libertad de expresión sobre la “verdad de Clara Rojas”.

Parecería ser una libertad de expresión que, paradójicamente, la sofoca.

¿Por qué tantas cámaras?

Las cámaras son hoy su nuevo yugo. Ella no desea estar en el reality que los otros han hecho de su vida, pero, quizá sin saberlo, lo ha alimentado. Esto, porque no ha podido despojarse del rótulo de víctima y desde allí se le continúa mirando.

Continúa siendo su presente. Sigue inmersa en esa combinación temeraria “celebridad + tragedia”, que ha sido la gasolina de los medios por décadas y que, por más compasión que despierte un caso, no los hará cambiar de estrategia.

Clara Rojas pide no exponer de nuevo a Emmanuel a los comentarios de la opinión pública, tan explícitamente como en una película que supondría su historia; no enfrentarlo a un pasado del que le será difícil escaparse y, cómo negarlo, por el que carga ella una culpa implícita por habérselo heredado.

Quiere, como una mamá “tigre” lo haría con su hijo, protegerlo del dolor, del recuerdo, del miedo, por cuenta de una historia que no es la que ella le ha contado. O que ha decidido contarle paulatinamente.

Pero eso ya es imposible. Su medida del tiempo es distinta a la del ojo público que no sabe de paciencia.

La historia que acompaña a Emmanuel

Las versiones de la historia, ficticias y reales, acompañarán a Emmanuel para siempre, hasta que él esté en capacidad de construir la propia, basada en la versión original que le habrá sabido dar su mamá, y con las que se haga él mismo o le den otros, de su pasado.

Al final, tendrá que acostumbrarse a que hoy, el protagonista sea el campesino que lo cuidó, quizá mañana será un guerrillero y tal vez luego, su propia mamá. Y que, por qué no, ninguno tenga la razón sobre lo que él estaba sintiendo entonces. O todos la tengan, al menos un poco.

Pero será él, solo él, quien pueda sacar esta conclusión. Mientras eso pasa, tal vez se sienta un poco como Meursault, El Extranjero, con “la extraña impresión de estar de más, de ser un poco intruso” de su propia historia.

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