POR: 
Gabriel García Márquez

Llegaba el gran momento

Lo primero que me impresionó de él, y que sigue impresionándome cada día más en todas sus fotos, fue su parecido inquietante con el novelista checo Milán Kundera, y no sólo por su físico sino también por los gestos y el timbre de la voz.

Lo segundo que me impresionó fue la fuerza de la mano que me puso en el hombro para conducirme al escritorio.

¿Ché lingua parli? ―me preguntó.

Alguien me había dicho que Juan Pablo II estaba repasando su castellano para tenerlo limpio y aplanchado, en su visita a México, el mes siguiente. Así que le propuse hablarlo durante la entrevista.

—No sería nada malo —le dije― poder decir en mis memorias que le di al Papa una clase de castellano.

Él estuvo de acuerdo con la misma sonrisa un poco traviesa con la que me había saludado, y no me invitó a sentarme al otro lado de su escritorio, sino en la esquina del mismo lado en que él se sentaba, de modo que mientras conversábamos me daba palmaditas en el brazo para hacer énfasis en sus palabras.

Me contó de entrada que había estudiado el castellano en la escuela secundaria, porque estaba escribiendo una tesis sobre San Juan de la Cruz y quería leerlo en el original.

Yo cometí entonces el error táctico de seguir haciéndole preguntas sobre un tema que me pareció irresistible, y cuando me di cuenta había gastado cinco minutos de los diez previstos para la audiencia.

Argentina como Europa Oriental

Desde el primer instante me di cuenta de que Juan Pablo II hablaba bien el castellano, pero que trataba de hablarlo mejor. Esto le exigía un esfuerzo adicional en la búsqueda de la palabra precisa, y le ocupaba un tiempo que iba a hacernos falta para el tema central. De modo que tan pronto como entramos en materia busqué la oportunidad de derivar hacia el italiano o el francés, que sin duda hablaba sin esfuerzo.

No fue difícil.

El cardenal Arns me había dado una copia de la carta con que había solicitado la audiencia, y yo le rogué al Papa que la leyera, no solo para acreditar mis títulos, sino porque allí había una síntesis compacta y convincente de mis propósitos en relación con unos diez mil desaparecidos en la Argentina.

Como estaba escrita en francés, él asentía con la cabeza a medida que leía, diciendo: Ah oui. Ah oui. Aunque era una lectura dramática, no perdió ni un instante su buena sonrisa, y al final me devolvió la carta como si regresara de un viaje que conocía de sobra, y me dijo en un francés fluido:

—Esto es idéntico a la Europa oriental.

Un botón

Yo atrapé la ocasión para que no volviera a hablar en castellano, como en efecto no volvió, tal vez sin darse cuenta. Pero la conversación no alcanzó a tomar vuelo, porque en ese momento sentí que se me había caído un botón metálico del saco, y ambos lo oímos rodar por el piso.

Él se echó hacia atrás en el asiento para que yo pudiera buscar el botón debajo del escritorio, y lo vio primero que yo muy cerca de su sandalia de pescador. Entonces me apresuré a recogerlo por temor de que él se me anticipara. En ese mismo instante sonó el carillón de oro, y la audiencia terminó sin que yo tuviera ocasión de dar siquiera una réplica.

Tal vez mi gestión hubiera llegado a un término feliz si la entrevista se hubiera prolongado cinco minutos más.

A fin de cuentas, como lo decía la carta del cardenal Arns, lo único que le pedíamos al Papa era su bendición para la campaña. Pero las normas del Vaticano son inapelables, y la audiencia terminó sin una respuesta.

Sin embargo, a medida que aquel encuentro se sedimenta en mi memoria lo evoco menos como una derrota sin batalla, y más como un recuerdo de la infancia que bien merece ser contado. Sobre todo al final, cuando el Sumo Pontífice no pudo abrir por dentro la puerta de la oficina por más que hacía girar la llave, hasta que un secretario acudió en su auxilio y la abrió desde fuera.

Me pareció lógico: todos hemos tenido esos problemas en una casa donde acabamos de mudarnos, y él no tenía en aquella más de dos meses.

Si mi mamá supiera

Sólo entonces tomé conciencia plena de dónde estaba, de aquellas vidrieras de madera natural con filas interminables de libros iguales, de aquellos floreros antiguos sin una sola flor, y de aquel hombre solitario que hacía girar la llave al derecho y al revés en la cerradura sin conseguir abrirla, murmurando algo en polaco que tal vez fuera una oración al santo ignoto que abre las puertas atascadas.

— ¡Qué tal que mi mamá supiera —pensé— que estoy encerrado con el Papa Juan Pablo II en su oficina!

Me pareció tan irreal, que aquella tarde me hice el propósito firme de no escribirlo nunca, por temor de que nadie me lo creyera.

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enero
15 / 2021