SUSCRIBIRME

El día que García Márquez habló con Juan Pablo II

Un encuentro de solo cinco minutos entre el Papa Juan Pablo II y el Nobel de Literatura dejaron como resultado este pasaje inolvidable de sus memorias.

Foto: Ddzphoto en Pixabay / C.C 0.0

Un encuentro de solo cinco minutos entre el Papa Juan Pablo II y el Nobel de Literatura dejaron como resultado este pasaje inolvidable de sus memorias.

El artículo El día que García Márquez habló con Juan Pablo II fue publicado originalmente en la edición número 200 de noviembre de 1986 de la Revista Diners

Pensándolo bien, la idea surgió hace ocho años en el hotel César Palace de Sao Paulo, Brasil, cuando deslizaron por debajo de la puerta de mi cuarto un ejemplar del matutino local con un titular a ocho columnas: Murió el Papa. Indignado, llamé por teléfono al capitán de botones, y protesté:

—Es escandaloso que en un hotel de cinco estrellas le traigan a uno el periódico del mes pasado.  — El señor me perdone —me contestó una voz de portugués acostumbrado a todo—, pero es que el Papa se murió otra vez.

Lo que el capitán quería decir era cierto. Juan Pablo I, el sonriente Albino Luciani, elegido apenas treinta y cuatro días antes, había muerto en su cama la noche anterior.

Un acontecimiento memorable

Los que habíamos nacido demasiado tarde para ver el corneta Halley en 1910, y no podíamos estar seguros de verlo pasar otra vez en 1986, teníamos ya el consuelo de haber vivido un acontecimiento más raro que un cometa: uno de los papados más cortos de la historia. Lo que no podía imaginarme era que antes de tres meses yo iba a tener una entrevista más bien insólita con su sucesor, y a quedarme encerrado con él por breves minuto5 en su oficina del Vaticano.

Yo había ido a Sao Paulo en aquella primavera austral de 1979 para pedirle ayuda al cardenal Paulo Evaristo Arns en una gestión relacionada con los desaparecidos de la Argentina. La muerte de Juan Pablo I estuvo a punto de estropear el encuentro, pues el  cardenal Arns tuvo que improvisar la vuelta a Roma aquel mismo día para la nueva elección. Pero en nuestra apresurada entrevista se le ocurrió una idea muy suya.

— Venga conmigo a Roma y hable el asunto con el Papa.
—No hay Papa —le dije.
—La semana entrante lo habrá —me dijo—, y cualquiera que sea el elegido será muy sensible al dolor de América Latina.

Nuevo Papa

No me fui de inmediato, pero fui dos meses después a pedirle el favor a Juan Pablo II, a quien el cardenal Arns había solicitado para mí una audiencia especial. Sólo que nada fue tan fácil como se había previsto.

La Secretaría de Estado decía no haber recibido la carta de don Paulo Evaristo. Y ahí terminaba la historia.

Pero mi amigo Fulvio Zanetti, director en aquel tiempo del semanario L’Expresso, le Roma, me dijo de un modo muy romano que él tenía un amigo que tenía un amigo cuyo cuñado conocía un profesor de filosofía con posibilidades de conseguir la audiencia. Ese mismo día me fui a París pensando que la diligencia de Zanetti sería larga. Pero al llegar allí, ya entrada la noche, encontré un mensaje suyo: la audiencia con el Papa era al día siguiente a la una de la tarde.

El Vaticano

Valerio Riva, que había sido mi  editor en Feltrinelli y era entonces editor de L ‘Expresso, me recibió en el caótico aeropuerto de Roma cuando sólo faltaba una hora y media para la entrevista. Yo preví aquellas prisas. Había comprado en el aeropuerto de París mi primera corbata en veinte años, temiendo que por no llevarla me fueran a impedir la audiencia. De modo que podíamos ir de inmediato al Vaticano.


Pero no: no podíamos. De acuerdo con las instrucciones cabalísticas que llevaba Valerio Riva, había que pasar primero por un edificio determinado en el barrio de Parioli, tocar el segundo timbre de la derecha de arriba hacia abajo, y preguntar por la condesa. Así no más: la condesa.

Sin embargo, la que bajó tan pronto como tocamos, y sin la menor prisa, fue una joven romana, bella y encantadora, que llevaba una bolsa de mercado con mis libros en italiano para pedirme que se los firmara. Ella nos condujo a un instituto de estudios teológicos a doscientos metros de la plaza de San Pedro, donde nos esperaba un sacerdote yugoeslavo que hablaba un español perfecto y parecía saberlo todo de Dios y de la América Latina.

Él me introdujo en el Vaticano, no por la puerta grande, sino por una muy estrecha que da a una callejuela posterior donde no parecía haber ninguna guardia. Más tarde me contaron que aquella no era una puerta peyorativa, como yo lo pensé, sino todo lo contrario, y que desde la elección de Juan Pablo II se había vuelto célebre en los mentideros romanos, donde la llamaban La Porta Polacca.

Vea tambien: De cuando el divorcio era ilegal en Colombia

Silencio absoluto

La impresión que me dio el Vaticano por dentro fue de desolación. Inmensos salones vacíos con gobelinos solitarios, y corredores interminables por donde el sacerdote yugoeslavo me conducía casi a rastras.

El invierno romano no es nada cruel, y aquel era de los mejores, pero a través de los grandes vitrales la luz del cielo tenía algo taciturno que no parecía de Roma. En lugar de los guardias suizos, enormes e impasibles, la atención de la casa estaba a cargo de jóvenes atildados de la aristocracia romana en traje de etiqueta. En el aire inmóvil no se sentía Dios, como yo lo hubiera deseado, pero sí se sentía el poder de sus ministros.

A la una menos tres minutos, el guía se despidió de mí con la promesa de verme después de la audiencia, y me dejó sentado en un salón pequeño, con poltronas y frisos dorados y terciopelos mustios, que terminaba en una puerta cerrada al fondo de una galería de vidrieras radiantes: la antesala de las oficinas papales.

El silencio era absoluto, a pesar de que a pocas cuadras de allí estaban los muelles del Tíber con su tráfico luciferino. Nadie vino en mi auxilio en cinco minutos eternos.

De pronto se oyó un carillón invisible cuyo sonido no podía ser sino de oro, y un hombre esclarecido por la luz oblicua de la Navidad inminente, con una túnica deslumbrante, abrió de su propia mano del fondo.

Yo me puse de pie, pero permanecí inmóvil. Entonces, él sonriendo divertido, me indicó que me acercara con un aleteo muy casero de la mano, como espantando moscas, y me esperó al final de la galería sin soltar el picaporte. Era Juan Pablo II.

Llegaba el gran momento

Lo primero que me impresionó de él, y que sigue impresionándome cada día más en todas sus fotos, fue su parecido inquietante con el novelista checo Milán Kundera, y no sólo por su físico sino también por los gestos y el timbre de la voz.

Lo segundo que me impresionó fue la fuerza de la mano que me puso en el hombro para conducirme al escritorio.

¿Ché lingua parli? ―me preguntó.

Alguien me había dicho que Juan Pablo II estaba repasando su castellano para tenerlo limpio y aplanchado, en su visita a México, el mes siguiente. Así que le propuse hablarlo durante la entrevista.

—No sería nada malo —le dije― poder decir en mis memorias que le di al Papa una clase de castellano.

Él estuvo de acuerdo con la misma sonrisa un poco traviesa con la que me había saludado, y no me invitó a sentarme al otro lado de su escritorio, sino en la esquina del mismo lado en que él se sentaba, de modo que mientras conversábamos me daba palmaditas en el brazo para hacer énfasis en sus palabras.

Me contó de entrada que había estudiado el castellano en la escuela secundaria, porque estaba escribiendo una tesis sobre San Juan de la Cruz y quería leerlo en el original.

Vea tambien: Álvaro Mutis, el escritor que jamás envejece

Yo cometí entonces el error táctico de seguir haciéndole preguntas sobre un tema que me pareció irresistible, y cuando me di cuenta había gastado cinco minutos de los diez previstos para la audiencia.

Argentina como Europa Oriental

Desde el primer instante me di cuenta de que Juan Pablo II hablaba bien el castellano, pero que trataba de hablarlo mejor. Esto le exigía un esfuerzo adicional en la búsqueda de la palabra precisa, y le ocupaba un tiempo que iba a hacernos falta para el tema central. De modo que tan pronto como entramos en materia busqué la oportunidad de derivar hacia el italiano o el francés, que sin duda hablaba sin esfuerzo.

No fue difícil.

El cardenal Arns me había dado una copia de la carta con que había solicitado la audiencia, y yo le rogué al Papa que la leyera, no solo para acreditar mis títulos, sino porque allí había una síntesis compacta y convincente de mis propósitos en relación con unos diez mil desaparecidos en la Argentina.

Como estaba escrita en francés, él asentía con la cabeza a medida que leía, diciendo: Ah oui. Ah oui. Aunque era una lectura dramática, no perdió ni un instante su buena sonrisa, y al final me devolvió la carta como si regresara de un viaje que conocía de sobra, y me dijo en un francés fluido:

—Esto es idéntico a la Europa oriental.

Un botón

Yo atrapé la ocasión para que no volviera a hablar en castellano, como en efecto no volvió, tal vez sin darse cuenta. Pero la conversación no alcanzó a tomar vuelo, porque en ese momento sentí que se me había caído un botón metálico del saco, y ambos lo oímos rodar por el piso.

Él se echó hacia atrás en el asiento para que yo pudiera buscar el botón debajo del escritorio, y lo vio primero que yo muy cerca de su sandalia de pescador. Entonces me apresuré a recogerlo por temor de que él se me anticipara. En ese mismo instante sonó el carillón de oro, y la audiencia terminó sin que yo tuviera ocasión de dar siquiera una réplica.

Tal vez mi gestión hubiera llegado a un término feliz si la entrevista se hubiera prolongado cinco minutos más.

A fin de cuentas, como lo decía la carta del cardenal Arns, lo único que le pedíamos al Papa era su bendición para la campaña. Pero las normas del Vaticano son inapelables, y la audiencia terminó sin una respuesta.

Sin embargo, a medida que aquel encuentro se sedimenta en mi memoria lo evoco menos como una derrota sin batalla, y más como un recuerdo de la infancia que bien merece ser contado. Sobre todo al final, cuando el Sumo Pontífice no pudo abrir por dentro la puerta de la oficina por más que hacía girar la llave, hasta que un secretario acudió en su auxilio y la abrió desde fuera.

Me pareció lógico: todos hemos tenido esos problemas en una casa donde acabamos de mudarnos, y él no tenía en aquella más de dos meses.

Si mi mamá supiera

Sólo entonces tomé conciencia plena de dónde estaba, de aquellas vidrieras de madera natural con filas interminables de libros iguales, de aquellos floreros antiguos sin una sola flor, y de aquel hombre solitario que hacía girar la llave al derecho y al revés en la cerradura sin conseguir abrirla, murmurando algo en polaco que tal vez fuera una oración al santo ignoto que abre las puertas atascadas.

— ¡Qué tal que mi mamá supiera —pensé— que estoy encerrado con el Papa Juan Pablo II en su oficina!

Me pareció tan irreal, que aquella tarde me hice el propósito firme de no escribirlo nunca, por temor de que nadie me lo creyera.

También le puede interesar: 10 poemas de amor de Gabriel García Márquez

¡Quiero recibir el newsletter!

TODA LA EXPERIENCIA DINERS EN SU EMAIL

Ver términos y condiciones.
Enero
15 / 2021

Send this to a friend