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Cinco poemas de Álvaro Mutis para dedicar

A ocho años del fallecimiento del escritor colombiano, recordamos aquellos poemas que elevan el alma y el espíritu.

Foto: Encierro que arde, Elena Poniatowska/ Editoriales, 2021

A ocho años del fallecimiento del escritor colombiano, recordamos aquellos poemas que elevan el alma y el espíritu.

Quienes conocieron al escritor colombiano saben que fue un hombre agradecido con la vida. En cada uno de sus viajes desarrolló el ritual absoluto de admirar con devoción los muelles, esquinas, ríos, árboles, sombras y hasta insectos a los cuales cargaba de palabras de emoción y alegría. Así como lo reflejan los poemas de Álvaro Mutis.

En Diners, queremos recordar a este amante de la vida con sus prosas dedicadas a sus amistades, al amor y al mundo entero, para conocer un poco más de su noble corazón.

Poemas de Álvaro Mutis

1. Sonata

Otra vez el tiempo te ha traído

al cerco de mis sueños funerales.

Tu piel, cierta humedad salina,

tus ojos asombrados de otros días,

con tu voz han venido, con tu pelo.

El tiempo, muchacha, que trabaja

como loba que entierra a sus cachorros

como óxido en las armas de caza,

Alga en la quilla del navío

Como lengua que lame la sal de los dormidos,

el aire que sube de las minas,

como tren en la noche de los páramos.

De su opaco trabajo nos nutrimos

como pan de cristiano o rancia carne

que enjuta la fiebre de los guetos

a la sombra del tiempo, amiga mía,

un agua mansa de acequia me devuelve

lo que guardo de ti para ayudarme

a llegar hasta el fin de cada día.

Primer poema de Álvaro Mutis

2. Cita

Bien sea en la orilla del río que baja de la cordillera

golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos,

en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren

en un estruendo que se confunde con el de las aguas.

Allí, bajo la plancha de cemento,

con sus telarañas y sus grietas

donde moran grandes insectos y duermen los murciélagos;

allí, junto a la fresca espuma que salta contra las piedras;

allí bien pudiera ser.

O tal vez en un cuarto de hotel,

en una ciudad a donde acuden los tratantes de ganado,

los comerciantes en mieles, los tostadores de café.

A la hora de mayor bullicio en las calles,

cuando se encienden las primeras luces

y se abren los burdeles

y de las cantinas sube la algarabía de los tocadiscos,

el chocar de los vasos y el golpe de las bolas de billar;

A esa hora convendría la cita

y tampoco habría esta vez incómodos testigos,

ni gentes de nuestro trato,

ni nada distinto de lo que antes te dije:

Una pieza de hotel, con su aroma a jabón barato

y su cama manchada por la cópula urbana

de los ahítos hacendados.

O quizá en el hangar abandonado en la selva

A donde arrimaban los hidroaviones para dejar el correo.

Hay allí un cierto sosiego, un gótico recogimiento

bajo la estructura de vigas metálicas

invadidas por el óxido

y teñidas por un polen color naranja.

Afuera, el lento desorden de la selva,

su espeso aliento recorrido

de pronto por la gritería de los monos

y las bandadas de aves grasientas y rijosas.

Adentro, un aire suave poblado de líquenes

listado por el tañido de las láminas.

También allí la soledad necesaria,

el indispensable desamparo, el acre albedrío.

Otros lugares habría y muy diversas circunstancias;

pero al cabo es en nosotros

donde sucede el encuentro

y de nada sirve prepararlo ni esperarlo.

La muerte bienvenida nos exime de toda vana sorpresa.

Segundo poema de Álvaro Mutis

3. Cada poema

Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo

Un crujir de los mátiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

el santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.

Tercer poema de Álvaro Mutis

4. Tres imágenes

La noche del cuartel fría y señera

vigila a sus hijos prodigiosos.

La arena de los patios se arremolina

y desaparece en el fondo del cielo.

En su pieza el Capitán reza las oraciones

y olvida sus antiguas culpas,

mientras su perro orina

contra la tensa piel de los tambores.

En la sala de armas una golondrina vigila

insomne las aceitadas bayonetas.

Los viejos húsares resucitan para combatir

a la dorada langosta del día.

Una lluvia bienhechora refresca el rostro

del aterido centinela y hace su ronda.

El caracol de la guerra prosigue su arrullo

interminable.

II

Esta pieza de hotel donde ha dormido un

asesino, esta familia de acróbatas con una nube

azul en las pupilas,

este delicado aparato que fabrica gardenias,

esta oscura mariposa de torpe vuelo,

este rebaño de alces,

han viajado juntos mucho tiempo

y jamás han sido amigos.

Tal vez formen en el cortejo de un sueño

inconfesable

o sirvan para conjurar sobre mí

la tersa paz que deslíe los muertos.

III

Una gran flauta de piedra

señala el lugar de los sacrificios.

Entre dos mares tranquilos

una vasta y tierna vegetación de dioses

protege tu voz imponderable

que rompe cristales,

invade los estadios abandonados

y siembra la playa de eucaliptos.

Del polvo que levantan tus ejércitos

nacerá un ebrio planeta coronado de ortigas.

Cuarto poema de Álvaro Mutis

5. Batallas hubo

Casi al amanecer, el mar morado,

llanto de las adormideras, roca viva,

pasto a las luces del alba,

triste sábana que recoge entre asombros

la mugre del mundo.

Casi al amanecer, en playas pizarra

y agudos caracoles y cortantes corolas,

batallas hubo, grandes guerras mudas

dejaron sus huellas.

Se trataba, por fin,

del amor y sus hirientes hojas,

nada nuevo.

Batallas hubo a orillas del mar

que rebota ciego y desordenado,

como un reptil preso en los cristales del alba.

Cenizas del amor en los altares del mundo,

nada nuevo.

II

De nada vale esforzarse en tan viejas hazañas,

ni alzar el gozo hasta las más altas cimas de la ola,

ni vigilar los signos que anuncian la muda invasión

nocturna y sideral que reina sobre las extensiones.

De nada vale.

Todo torna a su sitio usado y pobre

y un silencio juicioso se extiende, polvoso y denso,

sobre cada cosa, sobre cada impulso

que viene a morir contra la cerrada coraza de los días.

Las tempestades vencidas, los agitados viajes,

sólo al olvido acuden, en su hastiado dominio

se precipitan y preparan nuevas incursiones

contra la vieja piel del hombre

que espera a su fin

como pastor de piedra ingenua y a ciegas.

III

Y hay también el tiempo que rueda interminable,

persistente, usando y cambiando,

como piedra que cae o carreta que se desboca.

El tiempo, muchacha, que te esconde en su pecho

con tus manos seguras y tu melena de legionaria

y algo de tu piel que permanece;

el tiempo, en fin, con sus armas ocultas.

Nada nuevo.

Quinto poema de Álvaro Mutis

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Septiembre
22 / 2021

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