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Lázaro: la historia de un hombre con Alzheimer que logra reunir de nuevo a su familia

Lázaro es un documental que retrata la historia de un hombre con Alzheimer que logra reunir de nuevo a su familia. Diners conversó con su creador, José Alejandro González.

Foto: Cortesía Alejandro González

Lázaro es un documental que retrata la historia de un hombre con Alzheimer que logra reunir de nuevo a su familia. Diners conversó con su creador, José Alejandro González.

La vida es como el agua. Esa parece ser la convicción de José Alejandro González, pues en su película Lázaro deja ver cómo ese elemento atraviesa de principio a fin la vida de su padre Lázaro, a quien filmó por más de nueve años en un proceso en el que la conciencia se le va escapando entre los dedos por cuenta del alzheimer.

No en vano un torrencial aguacero bogotano abre la historia para mostrar la turbulencia de lo que viene para Lázaro y su familia. Luego, la cámara lo acompaña a la ribera de un río, el lugar en el que nació, para indicar inequívocamente que González lleva al espectador por el tiempo de la espera de la muerte, que es también el tiempo del viaje de retroceso del ser humano, en el que los viejos vuelven a ser como niños. Por último, el agua aparece bajo la forma de la ducha: ese ritual sereno que por cotidiano parece prosaico, pero que con la enfermedad se vuelve un reto y un logro.

De la mano de González, que con una cámara de video es testigo, camarógrafo e hijo, presenciamos la sucesión de eventos que amainan y deterioran a Lázaro. Su objetivo es mostrar la realidad y no tiene límites en ello. No hace concesiones al que está del otro lado de la pantalla y así lo hace sentir vulnerable, porque “Lázaro podría ser cualquiera”, dice González.

Diners habló con él antes del estreno de su película, que se podrá ver en algunas salas del país y de manera online a partir del 21 de septiembre, el Día Mundial del Alzheimer.

¿Cómo empieza la historia de esta película?

Mis padres estuvieron separados por 18 años. Mi papá vivía solo en Bogotá, mi hermano vivía en Buenos Aires y yo, en Barcelona. En una llamada, don Lázaro me dijo que algo estaba mal, que tal vez era buena idea que viniera, que teníamos que hablar y yo entendí que era una enfermedad, pero hasta ese momento no había diagnóstico. Además, fue sorprendente esa llamada porque él me había impulsado a irme. De hecho, cuando me fui, más o menos, me dijo: “¿Por qué no coges, más bien, el vuelo a China?”. Luego, cuando mi mamá se dio cuenta de que estaba enfermo y de que las cosas se iban a poner muy mal para él, tomó las riendas y asumió la misión de estar con él y cuidarlo. Se volvieron a casar y ella rearmó una familia que hubiera quedado en el aire.

José Alejandro González, creador de este documental, junto a Lázaro, su padre.


¿En qué momento empieza a grabar a su padre?

No hubo un momento preciso, pues desde chiquito he tenido una cámara colgada al cuello para registrarlo todo, pero cuando volví, entendí que eran mis últimos momentos con mi papá, porque estuve fuera de Colombia durante once años y me perdí un montón de cosas, así que era mi última oportunidad con él.

Hablemos de la secuencia de la película en la que lo vemos acompañando a su padre a entrar a la ducha y una vez que él está bajo el agua, usted se gira hasta que vemos su reflejo con la cámara en la mano…

Álvaro es un inmigrante que lleva 45 años sin regresar a Colombia. González contará su historia en un documental.


Representa lo que significa mi voz en la película. Es una secuencia de conversación con el público para decirle que también estoy ahí, que también soy vulnerable, que no estaba filmando a mi papá solo porque estaba jodido, sino que estábamos juntos. Es una manera de reafirmar que yo también me expongo y creo que es una escena muy bella cinematográficamente porque tiene magia, no esperaba esa carcajada de él ahí con ese sonido: “Brrrrrrrr”.

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¿Qué significaba ese sonido?

Fue un gesto que surgió en la enfermedad y era una manera de expresarse, porque a pesar de que no tenía fluidez, ese grito lo tenía clarísimo, era un grito como de alegría.

Hace un momento decía que usted también se expone. ¿Siente que expuso a su padre?

Hace unos días pensaba que seguramente a mi papá no le hubiera gustado que lo vieran así, porque perdió toda su capacidad cognitiva, pero siento que es una película en la que hay mucho amor y respeto, desde la aceptación de comprender que las cartas están echadas. Hoy pienso que también es necesario mostrar esto porque encarna el derecho a envejecer y a que lo veamos con respeto.

Estamos tan apegados a vernos bien, que cuando llega una enfermedad de estas, que no tiene vuelta atrás, no se debe asumir con rechazo o como “pobrecito”, o como una vergüenza, sino como parte de la vida, igual que la muerte. Morir es parte del proceso de la vida y, al final, lo que hay aquí es memoria.

En el documental se pueden ver fotografías de archivo, cuando don Lázaro montaba bicicleta.


¿La considera una película sobre la memoria?

Es una película sobre mi memoria. En estos días pensaba: “Tengo mucha suerte de tenerla como un álbum familiar”. Creo que Lázaro es un documental filmado por un niño, así yo tuviera treinta y pico cuando lo hice, porque es amateur, pero el retrato que se hace de él y la edición crearon un relato lleno de emoción, en el que se ve mucho cariño. Es un homenaje a mi papá, a mi mamá, a mi familia. Fue aceptarnos.

¿A qué se refiere con aceptarnos?

Para mí, no es una película sobre la enfermedad, sino el retrato de una familia disfuncional que se reúne y se vuelve a hacer familia, a través de la enfermedad de mi papá, porque cada uno de nosotros estaba por su lado. Nunca tuve vergüenza de mis padres, pero tampoco un gran orgullo de lo que éramos como familia. Ahora estamos mucho más “completos” que antes y se convirtió en una película terapéutica. Es también sobre el perdón. Ese tiempo grabando me ayudó a conocer a mi mamá y a mi hermano, porque yo era muy chiquito cuando me fui del país y fui un poco tonto al pensar que mi vida era la que estaba allá, en vez de venir a enfrentar lo que era yo realmente.

¿En qué medida no es una película sobre la enfermedad?

No creo que sea sobre la enfermedad, sino sobre el perdón y la reconciliación. Quisiera que fuera leída sobre la familia y la unión familiar, porque habla de lo único que tenía al frente: la familia que estaba filmando. Es una película que quita el ego y hace pensar sobre la condición humana; en ese sentido, quisiera que movilizara un diálogo sobre el derecho a morir dignamente, porque la cinta demuestra que no es tan fácil tomar la decisión, porque los órganos de él estaban muy bien. Recuerdo que durante el proceso de grabación tuve una novia inglesa y le pregunté un día: “¿Qué habría pasado si mi papá estuviera en Inglaterra?”. Ella dijo: “No creo que tu papá estuviera vivo”.

¿Cambió su relación con la muerte?

Mi juventud fue muy alegre y esta fue la primera cachetada de la vida, con la que empecé a entender que la vida también es sufrir. Entendí la necesidad del desapego a través de la despedida. Lázaro es una larga carta de despedida. He estado leyendo, en unos libros budistas, que siempre hay que estar listos para morir. ¿Cómo? Amando bien y dejando a un lado el ego.

¿Cuándo supo que esas grabaciones iban a ser una película?

Mi papá murió en enero de 2017. En marzo me fui al Festival de Cine de Cartagena, pues Diana Bustamante, directora artística del festival, me invitó para que les hiciera retratos a todos los directores. Allá conocí a Paola Pérez, la productora de la película. Nos estábamos tomando una “pola” y le conté lo que había grabado de mi papá. Cuando regresamos a Bogotá le mostré el material y le pagó a un editor que hizo un primer acercamiento a Lázaro. Lo organizó, creó algunas secuencias y escribió una especie de dictamen en el que decía que ahí había algo poderoso. Aplicamos al Fondo de Desarrollo Cinematográfico de Colombia y nos ganamos el estímulo: 260 millones de pesos.

González filmó a su padre Lázaro por más de nueve años.


¿Y qué pasó luego?

Con eso, me fui por Europa a hacer unas imágenes que había imaginado como parte de la película y cuando volví, se las mostramos a otro montajista: Marcel Beltrán, cubano que se vino de La Habana a editar el documental. Pero él descartó esas imágenes y dijo que eso no era la película; entonces arrancó con lo que había desde el principio y se conectó muy bien porque acababa de hacer una película con sus padres, y su papá también había muerto, aunque eso lo supe después.

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¿Qué pasa entre el momento en el que graba la última secuencia en la clínica y la edición?

Esa imagen en la clínica es del día de la muerte de mi papá y es el momento más duro, porque tuvimos una conversación a partir de la máquina que lo monitoreaba. Mi mamá le preguntó algo a la enfermera sobre unos valores y ella le dijo que tal vez había llegado el momento de despedirnos. Se estaba muriendo. También hubo llamadas de familiares. Todo eso fue muy duro, pero nada quedó en la película gracias a que Marcel es un poeta y cuidó a Lázaro, a mí y a la productora de la película. Una persona que no hubiera hecho esto con amor, habría puesto imágenes mucho más duras, que yo tenía grabadas.

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Esta fotografía forma parte de Todos somos buenos, una miniserie documental que retrata personajes desconocidos.


¿Qué expectativas tiene con el estreno?

Se estrenará el 21 de septiembre, el Día Mundial del Alzheimer. Hicimos alianzas con la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente y con la Fundación de Alzheimer de Colombia, pues creo que puede darles luces a las personas que están viviendo esto. A veces tengo conflictos en la cabeza y me pregunto: ¿qué hago yo comercializando esta historia? Porque es muy personal, es mi papá; pero es mi trabajo también. Al final, puedo decir que es una historia para comunicar, como el que escribe una canción, un libro o pinta un cuadro.

¿Qué viene ahora?

Mi oficio es contar historias y mis proyectos son muy personales en el sentido de que tomo mi realidad y la vuelvo esto. No quiero hacer documentales que no me toquen, por eso los filmo solo. Lázaro es la primera parte de una trilogía a la que le sigue Álvaro, la historia de un inmigrante en Nueva York, que lleva 45 años sin regresar a Colombia. Después vendrá Habitante, que es mi archivo audiovisual por el mundo. Con ella dejaré el cine documental, porque tengo un guion de ficción entre manos llamado Nadie tenía la razón.

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Lázaro se podrá ver el 21 de septiembre en algunas salas del país y de manera online.


La historia de Álvaro me recuerda a Todos somos buenos

De hecho, es el único Todos somos buenos largo, porque es una miniserie documental y una serie fotográfica que retrata personajes desconocidos para mí y que encuentro en la ciudad, muchos de ellos habitantes de la calle. El enunciado parte de que prefiero pensar que todos somos buenos a que todos somos malos; en ese sentido, se convierte en un mensaje rotundo a la arrogancia colombiana y del mundo.

¿Cómo los escoge?

No hay un criterio. Llegan a mi vida. Es pura intuición, pues existe mucha belleza humana por ahí. Por eso la serie está abierta y continuará cada vez que haga un capítulo nuevo. Ese término no se va a ir de mi vida porque creo que puede ayudar a construir. Hice una exposición en el Centro de Memoria Histórica con más de 200 rostros que fueron tomados desde la empatía por todo Colombia.

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Septiembre
21 / 2020
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