Buenos Aires: El paraíso de los libros baratos

Allá van a parar todos los libros pero, en especial, los lectores ávidos de sorpresas literarias. Sus vendedores defienden el placer del libro usado y los clientes sienten el éxtasis de encontrar tesoros a precios irrisorios. Un recorrido que vale la pena.
 
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Margarita García Robayo

Recuerdo la imagen de una anciana en llamas. Una mujer que se inmola con su biblioteca ante la avanzada de bomberos cuya misión es quemar libros: el gobierno ha decretado esa medida porque leer impide ser feliz, llena a las personas de angustia. Pero hay quienes se resisten.

Es un sábado de febrero y el sol brilla en el Parque Rivadavia: la temperatura supera los treinta grados centígrados. Luis, veinte años en el oficio, me muestra una edición maltrecha de Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury que más le gusta. Dice que se siente identificado con Montag, el bombero protagonista, porque para él los libros también fueron un descubrimiento tardío, y porque también ha tenido que librar batallas para defenderlos. Ahora, por ejemplo, siente que en el parque le roban demasiado lugar a los libros por dárselo a los dvd. Son cada vez menos los puestos que se resisten a cambiar de rubro.

El Parque Rivadavia es uno de los lugares en Buenos Aires donde más se compran y se venden libros usados. Entre la avanzada del libro electrónico –donde casi todo puede conseguirse gratis o muy barato– y el precio cada vez más elevado de las novedades literarias, el libro usado ha pasado a ser una opción exótica, pero conveniente, para el lector-freak que insiste, contra toda tendencia, en nutrir su biblioteca de ejemplares de papel. Para los extranjeros de paso por Buenos Aires, el paseo por las ferias de libros usados puede ser toda una experiencia sociocultural: además de que cuestan bastante menos, los libros usados tienen el atractivo de su recorrido.

Albertina es una joven vintage y un poco hosca, que estudia filosofía en la noche y en el día trabaja en el parque, en un puesto cercano al de Luis. Se abanica con un ejemplar de El jorobadito, de Roberto Arlt, que cuesta 12 pesos (2,7 dólares). Tiene un sombrerito tipo twenties –como ella misma lo describe–, las uñas despintadas de morado y una vocación: –Yo vendo usados no por negocio, sino porque defiendo la idea del libro como un objeto cargado de pasado y no solo como un archivo de contenidos. Hay varias opciones para obtener un libro: una es comprarlo apenas sale, carísimo y repetido: esa es la opción de la gente que se come todas las novedades: ñam, ñam, ñam…

Albertina imita a un niño glotón que se atraganta.
–…por otro lado están los libros electrónicos, pero, suponiendo que tenés el aparatito y te los bajás gratis, a ese libro no lo tocás, no lo usás, sólo lo consumís como una Coca-Cola. Y después están los libros usados que tienen la ventaja del precio y de su historia. Eso es para gente sensible: quien se compra un libro usado es como quien se compra un viaje en el tiempo, o una buena comida con ingredientes de otros mundos…

Luis sacude la mano como quien espanta a un bicho. Dice que Albertina le pone demasiada mística a todo, que un libro es un libro y sirve para ser leído. Él ha elegido para abanicarse Las palabras y las cosas, de Michel Foucault –autor infalible en la biblioteca porteña tipo–, y dice que lo que le preocupa no son los libros nuevos o los digitales, sino que la gente ya no lea como leía antes. No le preocupa solo por el negocio, aclara, mirando de reojo a Albertina, que estira el hocico como quien dice “no te creo una palabra, sucio mercader”, sino por la sociedad:
–Son peores las sociedades que no leen que las sociedades que leen, está comprobado –lanza una mirada de reprobación al sector de devedés del parque y resopla: Montag resiste.

Además del Parque Rivadavia hay otros lugares donde se consiguen libros usados a buen precio: dos de los más activos son Plaza Italia –en Palermo– y la calle Corrientes, desde Callao hasta poco después de la 9 de Julio, donde hay una concentración importante de librerías de usados y de saldos.

Después están las famosas librerías de viejos, donde, según el boca a boca, se consigue lo que en ningún otro lado; tres buenos ejemplos son: La Cueva (Avenida de Mayo 1119), El Banquete (Cabildo 1107) y La Ciudad (Maipú al 900), famosa porque Borges vivía enfrente y solía frecuentarla. Pero, quizá, más que las librerías en sí mismas, lo más interesante de buscar libros en Buenos Aires está en el recorrido: caminar por la calle Corrientes es zambullirse en una de las arterias principales de la ciudad; allí se juntan varios mitos fundamentales: libros, vedettes y buenas pizzas.

Saldos en Corrientes

Que los libros tienen vida propia, dicen los editores. Si eso es cierto, la madurez de un libro se alcanza en las mesas de saldo de la calle Corrientes, donde van a parar todos los que no se vendieron meses atrás y las editoriales rematan en lote. Entre los escritores locales hay algunos que consideran una humillación estar en una góndola en Corrientes. No hay tantos que se salven de ese destino. Pero hay cierto tipo de escritor más romántico que fantasea con ver su libro ahí. A veces eso ocurre poco después de haber sido lanzado con bombos y platillos, y de haber ocupado un lugar destacado en las vitrinas de una librería de cadena.

Tomás, gran consumidor de libros de saldo, dice que su biblioteca –aproximadamente unos 2.000 ejemplares– le debe todo a la calle Corrientes. De hecho, suele dejar el precio en los lomos, a modo de homenaje: tiene, por ejemplo, un Aleph de tres pesos (menos de un dólar) y todo un estante dedicado a Vargas Llosa que, completo, no sale por más de ochenta (18 dólares).–

Hay dos maneras de leer una mesa de saldos: como una oferta de baratijas, de promesas editoriales que no se cumplieron, o como un espacio generoso, donde, por fin, un libro se hace asequible. No me gusta pagar caro por los libros –dice Tomás–, me parece que tendrían que ser gratis o muy baratos.

La librería Dickens (Corrientes 1375) está casi siempre empapelada con ofertas de liquidación. Hay pancartas enormes en rojo y amarillo que ofrecen paquetes de tres libros por dieciocho pesos (4,2 dólares) y de ahí en más. Gerardo está de compras en Dickens, revisa la góndola más cara –tres libros por cincuenta pesos (11,6 dólares)–, le pregunto qué se llevará y me dice que está dudando, pero que su primera opción sería: La puta de Babilonia, de Fernando Vallejo; La hermana menor, de Raymond Chandler, y alguna de las muchas que hay de Sydney Sheldon. La Losada (Corrientes 1436) tiene un sector dedicado a libros viejos a precios risiblemente bajos. En la primera mesa hay un despliegue de ejemplares detectivescos de la lindísima colección Crimen y CIA, de Versal, a seis pesos (1,4 dólares) cada uno.

Algunas de las librerías de usados en Corrientes ni siquiera tienen nombre. Les basta con un cartel escueto en la puerta que dice “compro libros”, y después –como reza el refrán local– directo a los bifes. Es curioso ver cómo se repiten ciertas editoriales en las mesas de saldos. Si hubiera que hacer un escalafón, Planeta se llevaría el premio mayor. Yendo más al detalle, parecería que lo que más suele saldarse son los libros periodísticos de temas aún vigentes, lo que quiere decir que su período en el prime time de vitrinas y medios dura menos que el de libros de otros géneros.

Dos de los más repetidos son El pibe, de Gabriela Cerruti, sobre el presidente Néstor Kirchner, y El flaco, de Jose Pablo Feinman, sobre lo mismo. En literatura argentina, Juan Forn y Federico Jeanmaire –dos guapos escritores locales– son de los más recurrentes. De literatura extranjera, los norteamericanos –Carver, Salinger, Hemingway– siguen siendo los reyes del saldo. También se encuentran los latinoamericanos más taquilleros: García Márquez, Vargas Llosa y Mastretta; y, por supuesto, los clásicos de Freud y Lacan que, según los encargados de las librerías, se venden como choripanes en la Costanera. Pero con cierta frecuencia, y esto es lo que Tomás califica como un momento luminoso, se descubre entre las góndolas algo único, un tesoro:

–Yo me compré en Club Dumas (Corrientes 1676) una edición espectacular de Un hombre que duerme, de Perec: la tengo exhibida en el lugar más visible de mi biblioteca, pero en realidad me gustaría enmarcarla con todo y precio. Fue hace unos años, pagué once pesos (2,6 dólares).

Para cada quien el hallazgo es distinto, pero la sensación se parece: tras haber andado, a veces durante horas, esas ocho o diez cuadras ruidosas y sobresaturadas de carteles luminosos que anuncian la revista musical del momento, das por fin con eso que te vale el paseo. El placer de pagar poco por algo muy preciado es, en resumen, el secreto del libro usado. Como dice el cartel que recibe al público en la librería La Cueva: “Los libros que querés tener al precio que querés pagar”, y podría agregarse: o menos.

         

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abril
18 / 2012