Kasparavicius, el ilustrador lituano que ama ver llover

Diners entrevistó en exclusiva al ilustrador Kestutis Kasparavicius, uno de los más importantes del mundo en su oficio. Un recorrido por la mente del hombre que hace a los niños enamorarse de los libros.
 
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Vanessa Rosales

Kestutis Kasparavicius es un tipo con humor. Él mismo lo dice, y su trabajo como ilustrador de libros infantiles, y como autor, lo corrobora. Hace dibujos llenos de gracia, a veces cosas estrambóticas. Incluso cuando hace cosas serias y clásicas no puede evitarlo: salen por ahí trazos divertidos, graciosos, siempre sorprendentes.

El ilustrador lituano, que viene a Colombia para participar en el Congreso de Ilustración en la Feria del Libro de Bogotá, lleva treinta años en un oficio que no se agota, y en ese tiempo ha ilustrado (también ha escrito algunos) más de cincuenta libros para niños entre los 8 y los 12 años, a los que considera sus hijos.

“Este oficio no es para todo el mundo. Hay que nacer con esa vocación. Comencé a soñar con este trabajo cuando me gradué de la escuela de arte Vilnius M.K. Ciurlionis en 1972, con una especialización en dirección de coros y decidí pasarme de la música a las artes gráficas –explica el creador–. Comencé a ilustrar libros para niños en 1983 por un golpe de suerte. Una conocida me dio el trabajo porque no tenía el tiempo para hacerlo. Desde ese momento me hice amigo de los libros. Ahora estoy convencido de que tarde o temprano iba a tener esa oportunidad, pero en esa época ser ilustrador parecía un sueño lejano”.

Al artista lo influyeron desde Arcimboldo hasta los maestros de la escuela holandesa, como Peter Bruegel o Adriaen Van Ostade, pasando por los prerrafaelistas. Todos dejaron una profunda marca en él. Al igual que los ilustradores ingleses y decenas de ilustradores más recientes. Sin embargo, aclara algo: “Cuando dibujo, soy quien soy y no trato de copiar nada. Es importante no engañarse a un mismo”.

Su proceso es sencillo, aunque en sus libros demuestre lo contrario: recoge todo el material que puede del autor, el periodo, la arquitectura, la vida cotidiana, la vestimenta. Luego va a un bosque o jardín cerca de su casa y dibuja árboles, piedras, plantas y otros detalles. Apenas se fija en el diseño y la tipografía en la segunda etapa de creación. Finalmente hace las ilustraciones con su característica: la simplicidad.

“Mi relación con el texto es muy cercana. Lo leo con mucha atención. A medida que dibujo, vuelvo a leerlo, especialmente aquellos pasajes que me resultan poco claros o que me despiertan dudas. Sigo esta regla: no hay que dibujar nada que contradiga el texto. Después de varios años, aún recuerdo muy bien todos los textos que he ilustrado; algunos fragmentos incluso los recito de memoria. No es sorprendente, porque mis libros son, después de todo, mis hijos”. Por eso será que todos ellos tienen algo en común: “Aún los más serios tienen unos detalles de humor que emergen a veces. Y hasta el más tonto o gracioso también tiene un aura de melancolía. Uno no puede huir de sí mismo”.

¿Qué tan cerca trabaja con los escritores en su proceso creativo?

La primera tarea es que el ilustrador no puede ponerse de primero. Intento entender en cada texto lo que el escritor quería decir en su trabajo, meterme en su mente y en sus zapatos. Por un tiempo olvido que soy alguien llamado Kasparavicius. Después, y sin pedirme permiso, Kasparavicius aparece de la nada mientras paso mi lápiz sobre una hoja de papel, o, sin sospechar que hay algo malo, cuando aplico las témperas. A algunos les parece raro que mis libros sean diferentes entre sí. Unos son serios o tristes; otros son tontos y graciosos. Pero eso no significa que en mis libros serios estuviera pasando por una crisis y que mi capacidad de crear y fantasear se hubiera evaporado. Simplemente dejo eso para otro libro, porque lo que funciona para un libro no necesariamente sirve para otro.

Si lo decido, cuando comienzo a trabajar, que este será un libro simple, sincero, a la antigua y realista, entonces es lo que busco desde el comienzo hasta el final. Si decido que este debe ser un libro alegre y divertido, entonces le doy rienda suelta a los chistes y las tonterías que llevo adentro.

¿Por qué empezó a escribir sus libros?

Durante mucho tiempo fui simplemente un ilustrador de libros. Durante veinte años ilustré más de cuarenta y siempre me mantuve fiel a un principio: mientras sea posible, no escriba.

A medida que ilustraba textos de otros autores, particularmente de los clásicos, empecé a creer que un buen ilustrador debe seguir un camino convencional: el primer actor del libro es el autor, mientras que el ilustrador es su modesto asistente.
Mientras ilustraba a Andersen, solía leer el texto diez o más veces intentando entrar en el alma de Andersen y comprender cómo hubiera ilustrado él una u otra historia si hubiera tenido la habilidad de dibujar. O Hoffmann, que era, a propósito, un buen artista, pero nunca desarrolló su talento.

Muchas veces, mientras trabajaba en mis ilustraciones venían a mi mente ideas locas o raras, pero por respeto con los autores las escondía. Y esas ideas locas seguían acumulándose, así que había que sacarlas por algún lado.
Al mismo tiempo me cansé de ilustrar los textos de los demás, así que decidí empezar a escribir los míos.

¿Qué opina de los ilustradores como vehículos para hablar de temas sociales y morales de la actualidad?

Los problemas sociales y las grandes preguntas de la vida me interesan como a cualquier otra persona. Siempre intento tocar el tema en mis libros. Pero en algunos casos prefiero ser cuidadoso. La moral, por ejemplo, la escondo porque a los niños no les gusta. Recuerdo que cuando era niño odiaba las moralejas y lo didáctico. Siempre hacía lo contrario de lo que me pedían que hiciera.

Los colores que usa son diferentes de los que utilizan los ilustradores en este continente. ¿Eso representa un punto de vista personal sobre el mundo o es parte de la tradición europea y del legado particular de su país?

Es cierto. Lituania es un pequeño país muy lejano de América del Sur. En contraste con Colombia, tenemos un invierno largo, húmedo y lleno de nieve. No tenemos colores brillantes ni contrastes como ustedes, durante todo el año.

En Lituania dominan los colores calmados, los pasteles, llueve mucho. Sin embargo, me gustan esos colores, e incluso me gusta la lluvia. Creo que Lituania es un lugar maravilloso para los artistas, porque uno está sentado en su escritorio viendo llover, de la mañana a la noche, a través de la ventana. Lo único que hay que hacer es dibujar, pintar o escribir un libro. Y por eso es que he hecho más de cincuenta libros en los últimos treinta años.

Imagen tomada de Libros PLOP

         

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abril
11 / 2012