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Las cholitas escaladoras: una historia de tenacidad y ternura en la cima

Desde la quietud de la cuarentena, Diners conversó con tres de las cholitas escaladoras sobre sus experiencias de alta montaña y el orgullo que sienten de ayudar a transformar el imaginario social de la mujer indígena aimara.

Foto: Cortesía documental Cholitas Escaladoras

Desde la quietud de la cuarentena, Diners conversó con tres de las cholitas escaladoras sobre sus experiencias de alta montaña y el orgullo que sienten de ayudar a transformar el imaginario social de la mujer indígena aimara.

Hace tan solo un mes, en España, Lidia Huayllas y su compañera Elena Quispe iniciaban la gira promocional del documental Cholitas escaladoras, cuando los teatros se cerraron, las calles se vaciaron y la vida pública quedó restringida debido al COVID-19. Las montañistas bolivianas regresaron apresuradamente a su país, entraron en cuarentena y aplazaron su sueño de recorrer Europa contando la historia de cómo se convirtieron en las primeras mujeres aimara en conquistar los picos más altos de América.

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Las cholitas escalan con las polleras porque son un símbolo de identidad aimara y orgullo femenino.


Las cholitas escaladoras

Lidia Huayllas, Elena Quispe, Ana Lía González, Cecilia Llusco y Dora Magueño son las primeras cinco cholitas en subir el Aconcagua (6.962 metros sobre el nivel del mar), hazaña que realizaron el año pasado vestidas con sus tradicionales polleras y que fue consignada en las coloridas y conmovedoras escenas de la película dirigida por Jaime Murciego y Pablo Iraburu.

La carrera de montañismo de estas mujeres comenzó en 2015, cuando once cholitas con experiencia en la montaña intentaron por primera vez ascender a la cumbre del Huayna Potosí, a 6.088 msnm, a las afueras de La Paz. Una vez probaron las “mieles de la nieve” en las alturas bolivianas, ya no quisieron dejar de andar cuesta arriba; han subido los picos más altos de su país, visitaron el Aconcagua y ahora sueñan, incluso, con llegar al Everest. Por qué no.

De portazos a puertas abiertas

“¡Chola, aquí no!”, era el tipo de frase despectiva que con frecuencia escuchaban si se presentaban en un lugar en el que la gente de la ciudad creía que a ellas no les correspondía estar.
“Antes uno era muy discriminado, casi que te hacían morder la nariz cuando te cerraban la puerta. Ahora vamos a cualquier oficina o lugar y nos reciben con respeto, hablan de la película, te miran con admiración”, comenta emocionada Lidia Huayllas.

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Antes de ascender las mujeres se encomiendan a la Pacha Mama y le piden protección para el camino.


Antes, las cholitas únicamente podían aspirar a realizar trabajos domésticos o del campo. Hoy, no solo laboran con orgullo la tierra o en la cocina, sino que también hay escaladoras, futbolistas, practicantes de lucha libre, empresarias, periodistas, estudiantes, modelos, diseñadoras, congresistas y funcionarias públicas. En la actualidad protagonizan películas, llenan titulares y con su estética original hacen portadas de revistas de moda como Vogue Latinoamérica, que las eligió para celebrar los veinte años de su edición en español.

Ana Lía González, o Liíta, como le dicen cariñosamente sus amigos, es una de las cholitas escaladoras que lleva con orgullo la pollera y el alma aimara, tanto a la montaña como a la ciudad. Estudió Turismo y a sus 34 años es la primera de su familia en graduarse de la universidad, pero no es la única en tener una relación especial con la montaña.

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“Cuando era pequeña mi abuela siempre me llevaba a sembrar o a cultivar verdura, papa o nabo en la chacra. Teníamos que caminar mucho para llegar hasta allá. Desde el valle siempre veía la cumbre y me gustaba mucho eso. Al mismo tiempo, mi abuelita me decía que yo tenía que estudiar porque en nuestra familia no habíamos tenido la oportunidad de hacerlo”.
Ese recuerdo se quedó con ella, pero también el ejemplo de sus padres, que trabajan con los turistas. Su papá es guía de montaña y su mamá, Dora Magueño, ha trabajado como cocinera de alta montaña durante muchos años hasta convertirse en otra de las cholitas escaladoras.

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Durante una pausa en el ascenso, una de las escaladoras escribe sus experiencias.

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El sueño de llegar a la cima

“Desde chiquita le preguntaba mucho a mi papá: ‘¿Por qué viajas?, ¿qué sacas con ir allá?’; para mí era un misterio. Después, él me empezó a llevar y cada vez subía más alto ayudándole a cargar cosas al campamento. Ahí empecé a soñar con subir un día a la cima y él siempre me apoyó en esa idea. Lo mismo le pasó a mi mamá, que preparaba la comida para los escaladores en el campamento de alta montaña. Ella también soñaba subir un día”, dice Ana Lía.

Lidia Huayllas también trabajaba como cocinera de alta montaña y preparaba los alimentos para que a los turistas que su esposo ayudaba a llegar a las cimas no les faltaran las fuerzas en la escalada. “Todavía me acuerdo la primera vez que trabajé como cocinera en el campamento. Estaba bien nerviosa; yo pensaba, pero ¿qué les voy a preparar si ellos deben estar acostumbrados a comer lo mejor? Entonces les hice una sopita de quinua y una trucha con unas papitas fritas… ¡Bueno! Ellos quedaron felices con esa comida y eso me dio mucho ánimo”, recuerda, entre risas.

Ella relata que, en 2005, la idea de “hacer cumbre” empezó a perseguirla. “Era un sueño, la verdad. Mi esposo no me llevaba más allá de los 5.200 metros, yo creo que porque como soy un poco gordita pensaba que a lo mejor me iba a hacer mal. Pero empecé a decirle ‘llévame, llévame, llévame, me enseñas el camino, quiero ir, quiero ir’… Y a la vez en la cocina, con las comadres, yo les decía: ‘Vamos amigas, sí podemos, subamos’”.

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El documental Cholitas escaladoras narra la historia de las cinco mujeres bolivianas que el año pasado ascendieron el Aconcagua, la montaña más alta de Suramérica.


Finalmente, el 14 de diciembre de 2015, once cholitas soltaron los cucharones, taparon las ollas y cogieron camino cuesta arriba, con enaguas bajo las coloridas polleras típicas. Las once hicieron cumbre e historia ese día.

Respirando encima de las nubes

Cecilia Llusco es una de ellas. Sus pulmones también estaban acostumbrados a trabajar con poco oxígeno después de años de labor en las alturas, primero porque desde niña trabajó como porteadora junto a su papá, y más adelante lo hizo en la cocina de alta montaña, junto a su esposo. Ambos hombres son guías de turismo, así que para Cecilia la cima siempre fue una visión constante, aunque distante.

“A veces venían parejas a subir la montaña y me preguntaban: ‘¿Ya subiste?, ¿por qué no has subido?’. La verdad es que nunca teníamos tiempo, siempre estábamos trabajando. Pero un día mi esposo me dijo: ‘Bueno, vas a tener que ir pronto porque la nieve se va a derretir y no la vas a conocer’”, recuerda.

Entonces, Lidia, Cecilia y las demás fraguaron el asalto a la cumbre de las cholitas escaladoras. Dice Cecilia que no sabían ni poner los grampones, que ella inclusive subió con zapatos de trekking, que el equipo era rudimentario, pero que estaban decididas y dichosas.

La primera determinación en conjunto fue subir con las polleras. Que muy difícil, que les iban a estorbar, les decían. Pero ellas eran cholitas y el símbolo máximo de su identidad ascendería con ellas.

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Las cholitas escaladoras sueñan con subir al Everest cuando la pandemia llegue a su fin.


Las faldas en la montaña

“Debajo de la pollera llevábamos las enaguas, y con los grampones las hemos hecho trizas; no sabíamos pisar muy bien y tuvimos que clavar una pequeña pared. En resumen, las enaguas han vuelto como un perejil. Pero la pollera es muy importante para nosotras, porque queríamos que vieran cómo una cholita puede escalar, y que no siempre tiene que estar en la cocina. No nos hemos sacado la pollera en la primera escalada y tampoco lo hicimos para subir al Aconcagua, a casi siete mil metros de altura”, dice Lidia.

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Cecilia agrega que para ellas es emocionante ver ondear las faldas en la montaña como si fueran banderas. Banderas de la identidad, del orgullo femenino y aimara. Ana Lía concuerda con ella, pues tuvo que padecer la discriminación en la ciudad por usar la pollera y asegura que es la prenda que usa para las ocasiones más importantes: desde subir la montaña hasta asistir a una fiesta elegante.

El hecho es que aquella madrugada –porque las cimas se deben intentar al amanecer, antes de que la nieve se ablande y complique el camino– las once llegaron a un encuentro con las alturas largamente aplazado. “Yo en ese momento todavía no había viajado nunca en un avión, pero me imaginaba que sería parecido a lo que estaba viviendo: estaba encima de las nubes, viéndolo todo: veía la Amazonia, veía toda la cordillera, el tiempo estaba muy bien y alcanzábamos a ver el lago Titicaca, era una plenitud absoluta. Ahí sentí que no iba a parar, que iba a seguir subiendo montañas, que las quería conocer todas”, recuerda emocionada Cecilia.

Compás de espera

Algunas de las once cholitas del grupo inicial se apartaron temporalmente de la escalada porque tienen hijos pequeños. Sin embargo, el grupo de las cinco que intentaron el Aconcagua sigue firme y ahora sueña con nuevos y más amplios panoramas. El Everest es el sueño máximo, aunque la campaña de recolección de fondos y el entrenamiento planeado para este año se aplazó debido a la pandemia.

Todas ellas están padeciendo los efectos de esta crisis, pues viven del turismo de alta montaña. Pero no se desaniman e intentan mantenerse activas desde sus casas. Lidia practica en una pared que tiene en su casa y sale a trotar a una cancha que está a dos cuadras.

Además, comparte con su familia mientras se regocija en los recuerdos de tantos logros recientes, así como en la promesa que son sus hijas y nietos. “Mi nieto, por ejemplo, a los cinco años ya sube tranquilamente a los 5.200 metros, y mi hija mayor me quiere acompañar al Everest. Tenemos mucho por hacer todavía, puede que sea difícil, pero no imposible”, dice esta abuela juvenil.

Durante la cuarentena

Ana Lía pasa los días de la cuarentena con su familia en un lugar apartado de su pueblo, donde la familia se ha refugiado. “Aquí las casas están muy separadas las unas de las otras, vivimos en distanciamiento social permanente (risas). Aquí no necesitamos muchas cosas y aprovechamos para cultivar, arreglar la casa”, asegura, pues quiere seguir trabajando en mejorar el refugio de alta montaña que tienen sus padres para ofrecer una experiencia de turismo más completa.

Además, como profesora de primaria estimula en sus alumnos la fe en los sueños. “Quiero transmitirles que sueñen más allá de lo que nos rodea, que sueñen con conocer nuevas cosas. A mí se me abrió un mundo nuevo”.

Los compañeros de vida de todas estas mujeres han aprendido a cocinar, a quedarse en casa con los niños, a ver a sus esposas, hijas y ahora colegas, brillar, dar entrevistas, reivindicar el papel de la mujer. También ellos han ganado. “Mi esposo me dice ‘viaja tú, conoce, aprovecha, yo me quedo con las guaguas’”, afirma Cecilia.

Ella sueña con seguir haciéndolo para tener más experiencias bellas con sus compañeras escaladoras, como cuando las cinco tuvieron la oportunidad de viajar a al estreno del documental en España.

“Tantas horas volando y no quería dormirme en el avión, no podía porque estaba muy emocionada de ser una de las cholitas escaladoras. Ya quería llegar. En Bilbao nos recibieron muy bien y hemos pasado como niñas el día que fuimos al mar. Jugamos con las olas con todo y polleras hasta que ha venido una ola gigante y nos ha empapado a todas, no queríamos salir del mar, no queríamos que terminara”, finaliza Cecilia.

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Mayo
20 / 2020


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