"Sus libros están más vivos que nunca", Alfredo Molano por Juan Gustavo Cobo

Nacido en Bogotá en 1944, Alfredo Molano murió en la misma ciudad en 2019. Estudió Sociología en la Universidad Nacional donde conoció a Camilo Torres, de quien fue seguidor.
Pero en realidad su vida fue andar en tenis, a lomo de caballo o mula, en lancha, en bus, por toda Colombia.

La Colombia de los márgenes y la selva, de la coca y el oro, visitando en Casa Verde a ‘Manuel Marulanda’ y ‘Alfonso Cano’, a ‘Jacobo Arenas’ como lo registró minucioso en el “Último capitulo” de Trochas y fusiles, (El Ancora, 1994) donde los guerrilleros lo recibieron con Remy Martin.

Un caminante de Colombia

Sus libros conforman una historia no oficial de las guerrillas del Llano, del origen de las Farc y sus largas marchas y en especial de aquellos colonos que tumbaron monte, trazaron parcelas, erigieron casas, como en Selva adentro (El Ancora, 1987) una historia oral de la colonización del Guaviare.

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“Ellos nos contaron con modestia y sin altisonancia, toda su vida paso a paso, haciendo gala de una memoria extraordinaria, la memoria de los aventureros ya viejos” (p.14).
La guerra de los Mil Días, la turbulencia agraria de los años treinta, el 9 de abril, la reforma agraria, su fracaso, el hambre, la marihuana y la coca, la violencia omnipresente. He aquí un resumen parcial de la agenda de Alfredo Molano que se expande hasta la frontera con Ecuador, en De otro lado (Aguilar, 2011).

“De nada podría confiar. El miedo cuando entra ensangrentado no sabe salir agachado. Llega para quedarse” (p.46).

Aserradores, las pirámides de DMG, fronteras porosas de lado y lado, un mundo en ebullición permanente, que se fija sus propias leyes.

Como sucede igualmente en el otro extremo del mundo, donde siguiendo el mapa de Espaldas mojadas (El Ancora/Panamericana, 2005) podemos atravesar Centroamérica, con historias de maquilas, coyotes y aduanas, hasta llegar a Tijuana y soñar el sueño americano.

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Pero siempre tornamos al 9 de abril como en Los años del tropel (El Ancora, 2000) donde hombres que han pasado ocho años en Gorgona, cinco en la Picota, tres en El Barne y han sido amigos de León María, el Cóndor, que tenía un despacho de quesos en la galería de Tuluá y siempre acudía a misa de seis donde los salesianos, quieren conservatizar el país al grito de ¡Viva Cristo Rey!

Alfredo Molano les brinda confianza, los escucha y anota, mantiene viva su habla y sus dichos. Es la memoria real de nuestro país y ahora su muerte nos obliga a reabrir sus dos docenas de libros. Son esenciales y están más vivos que nunca.

Óscar Mena

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