Hay Festival 2013: un viaje por la historia

Balance del festival de la cultura que se tomó a Cartagena entre el 24 y 27 de enero.
 
Foto: Finn Beales
POR: 
Dominique Rodríguez

El personaje en definitiva fue Vargas Llosa. Por la generosidad de sus palabras, por la emoción que le imprime a cada escena recreada de Flaubert, por haberse sentado a oír a sus colegas escritores con atención, por su carisma, porque sabe que la gente lo adora y no le cuesta recibir un elogio.

-Podría uno llegar a pensar que Emma Bovary era una mujer frívola, vana…, lanzó, provocadora, Marianne Ponsford.
-¡PROTESTO!!, es una calumnia!!!, se exaltó Vargas Llosa, perfectamente emocionado. Siguió con su defensa apasionada. ¡Ella era una mujer que leía novelas de amor!

Julian Barnes había tratado de parar esta escena, cuando oyó la pregunta en su aparato traductor. Lo intentó, de verdad que lo hizo, pero fue demasiado tarde. Luego diría, riendo, que ese era un tema imposible de abordar porque el Nobel llevaba enamorado de ese personaje más de 20 años (de hecho, estos dos monstruos habían conversado sobre el autor francés dos décadas antes, también en la celebración de un Hay Festival). Así, en medio de dos maneras totalmente distintas de abordar la figura de un autor, desaparecido hace más de un siglo, pero perfectamente vigente para ambos, transcurrió una maravillosa charla sobre el escritor francés Gustave Flaubert.

Ambos, sin embargo, reivindicaron la modernidad en su escritura, su tremenda influencia en la configuración de la novela, el refinamiento de los detalles con los que describía sus escenas y personajes, la profundidad psicológica o el erotismo que se colaba a través de, por ejemplo, un recorrido tórrido dentro de un carruaje del que solo salían unas órdenes al cochero de no parar, su capacidad de describir, como sobrepasando a cualquiera de su época, el desencuentro, el fracaso amoroso, la imposibilidad del buen final, como anticipándose a lo que se vendría en el siglo XX.

De hecho, ese sentido de la tragedia, de la pérdida, de la imposición de la violencia fue un lugar permanente por el que transitaron varios de los autores invitados a esta octava versión del Festival.Arturo Fontaine, mi descubrimiento de estos días, abordó el sentido de la traición, al hacer que su personaje principal cambiara de bando al pasar del entrenamiento guerrillero a su persecución y eliminación, doblegado por el miedo y la supeditación del espíritu en plena dictadura.

Ese estado del alma vulnerada y violentada es también motivo y motor en la escritura de Herta Müller, al abordar la angustia, por intentar nombrarla de alguna forma (aunque mejor sería desespero), la pérdida de la libertad, el estar perseguido, callado, paralizado por el miedo de la vigilancia y del control.

Preguntas igualmente importantes se hizo David Grossman, al heredar la carga de persecución histórica al pueblo judío (“siempre hemos sido extranjeros”) e intentar contestarse lo que el propio Primo Levi se decía con desesperanza, cómo siquiera pensar en la posibilidad de vivir después del Holocausto. Sus reflexiones, profundamente conmovedoras, giraron entorno de la disyuntiva e inversión de los valores en la que se mueve su pueblo hoy: Sobrevivir para vivir vs. Vivir para sobrevivir.

Iguales de actuales fueron las inquietudes del joven escritor galés Owen Sheers quien abordó una historia reciente, demasiado fresca y dolorosa, desde la perspectiva de un grupo de soldados que participaron en la guerra en Afganistán y solo ahora, mutilados, rotos, paranoicos y preguntándose todos los porqués, se deciden a hablar de su tragedia en la obra de teatro The two worlds of Charlie F. Para él, y según la crítica, el ejercicio terapéutico que allí se produce puede llegar a ser profundamente sanador. Así como necesario oír las palabras de estos soldados que cargan esa condición de ser víctimas hoy, pero haber sido también responsables de la muerte de otros muchos.

El propio Javier Cercas pone como marco de su última novela, Las leyes de la frontera, el fantasma invisible que atacó a toda una generación en plena transición hacia la democracia en España: la heroína. Un marco para señalar la desazón de la incertidumbre, quizá el más claro sentimiento de las décadas que vivimos hoy en día.

Y el periodista Jon Lee Anderson sitúa su mirada en África y desvela esa inacabada colonización, si bien no escriturada, sí en la supeditación mental de los países y en la prepotencia de las potencias que siguen pensando que pueden interferir en sus conflictos internos, como si continuaran siendo sus extensiones de ultramar. Llamó la atención, en una firme cachetada de palabras, sobre la vanidad de América Latina que se cree con el derecho de mirar por encima del hombro al continente africano, cuando es su hermano de sangre más cercano. “Una mirada compasiva”, dijo que le faltaba a nuestros países, y de la misma forma invitó a fijarnos en los procesos de negociación de conflictos internos de países como Sudáfrica, que si bien han contenido en su estructura mental un sistema tan violento como el Apartheid también han visto nacer en esas tierras a Nelson Mandela o a Desmond Tutu.

Porque todo, todo tiene que ver con el presente, con nuestro presente. Como lo decía el historiador alemán Philipp Blom en entrevista de El Tiempo, “Si creemos que hay una vida después de la muerte no tenemos muchas razones para creer en una sociedad justa. Rousseau, que siempre añoró una vida después de la muerte, creó una filosofía que hoy es leída como una política de la libertad, aunque en realidad lo que plantea es todo lo contrario: es una justificación para la represión y el totalitarismo”.

Al final, mucho de lo que pasó en el Hay (y esta es apenas una arista) permitió leer el presente de cara a la historia. Historia con H mayúscula y con h minúscula, como la que logra entrelazar brillantemente el escritor Julian Barnes. Porque al final, como decía Sheers, escribo para entender, si lo tuviera claro, ni siquiera me tomaría el trabajo de hacerlo.

         

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enero
28 / 2013