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Así influyó la novela El Capo en el país, por Antanas Mockus

¿Un gran guiño social en favor de los narcos? ¿Una señal de que nos encontramos ante una etapa superada y podemos mirar ya con indulgencia un terrible pasado? ¿Una idealización que sería un paso obligado para iniciar el camino hacia una Colombia donde cada persona pueda ser mejor ser humano?

Foto: Heinrich-Böll-Stiftung/ Wikimedia Commons/ (CC BY-SA 2.0)

¿Un gran guiño social en favor de los narcos? ¿Una señal de que nos encontramos ante una etapa superada y podemos mirar ya con indulgencia un terrible pasado? ¿Una idealización que sería un paso obligado para iniciar el camino hacia una Colombia donde cada persona pueda ser mejor ser humano?

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 476 de noviembre 2009

Veo la telenovela El Capo casi religiosamente desde cuando comenzó, hace dos meses y medio. Anoche me dirigí a mi esposa con el tono exacto que alguna vez usó el protagonista para dirigirse a su esposa: “Déjeme pensar, dé-je-me pen-sar”.

Solo me faltó el “Mija”. Hay momentos en que nada lo perturba más a uno que la insistencia de una persona bien intencionada. En ese momento me sentí preso de la misma impaciencia de Pedro Pablo, un nuevo Pablo Escobar, más discreto, más calculador, más atractivo…

Sí, el Capo es absolutamente seductor (¡y yo que me creía provisto de suficientes anticuerpos contra la ética y la estética de los narcos por todo el daño causado por ellos, y especialmente por su desprecio por las vidas propias y ajenas!).

La telenovela lo logra: uno se identifica con el Capo y sus secuaces, sufre cuando los persiguen, goza cuando salen adelante. Y la identificación se produce a pesar de las reiteradas confesiones de actos de barbarie pasados, a pesar del carro bomba contra el Congreso conducido por un enfermo terminal de sida.

La empatía se extiende además a sus tres mujeres y a sus tres escoltas. A Chemo, el escolta que murió, lo recordamos con nostalgia, sin importar que muriera matando a dos generales y un soldado.

Valores nacionales

Ayuda a ello el que cada uno de los personajes, comenzando por los delincuentes, tenga unos valores claramente apreciados por la sociedad colombiana: lealtad (cuente conmigo, para lo que sea), reciprocidad (hoy por mí, mañana por ti), valentía y disponibilidad inmediata, irreflexiva (lo que haya que hacer, lo hacemos ya), especialmente ante emergencias o ante oportunidades de éxito fácil.

Otro factor de éxito del Capo son sus tres mujeres: cada una tiene una personalidad atractiva por lo compleja. Ya no se trata de “mujeres-objeto” estereotipadas para las cuales sin tetas no habría paraíso.

Esta vez son mujeres íntegramente entregadas a sus trayectorias vitales, la una como madre y esposa, la otra como periodista profesional atrapada entre el deseo de venganza y la atracción por el Capo, y la tercera como escolta incondicional, lesbiana que se sorprende seducida por fin por un hombre al que primero ha idolatrado como duro y como jefe (pero que sobre la tumba del Chemo descubre un amor más integral por éste). Estas mujeres rivalizan entre ellas, pero también la huida y la cárcel las llevan a soportarse y ayudarse mutuamente.

Otro secreto de El Capo es que la tragedia sólo es tragedia, al menos en primera instancia, cuando afecta a la propia familia. Únicamente el hecho de haber matado a su hijo lleva al Capo a iniciar una reflexión moral. El familismo (“Yo, por mi familia, lo que sea…”) es un punto de entronque entre colombianos mafiosos y no mafiosos.

La precariedad de la situación creada por la persecución o por el encarcelamiento redefine los “bandos”. La familia del ministro y la familia del Capo que se encontraban entrelazadas sin saberlo ahora colaboran, se escuchan, se comprenden, conviven y desarrollan entre ellas una creciente solidaridad.

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Justicia dramática, cine y tv

Bajo el régimen soviético, Lituania produjo varias películas cuyos diálogos esquivaban fácilmente la censura, pero en las cuales la selección misma de los artistas y la historia contada llevaba al espectador a sentir intensa empatía con los bandidos (adjetivo oficial con el que se calificaba a los partisanos anticomunistas).

Al final los bandidos –así los llamaba dentro del film el sombrío burócrata enviado por el Partido– perdían o empataban. Había, pues, lo que los libretistas llamaban justicia dramática.

El bien triunfaba. Pero el doble sentido era evidente, al menos para todos los que se sentían oprimidos por la ocupación rusa. Burlar la censura y reencontrarse en los sentimientos claramente buscados por los productores era parte esencial del juego.

El título de una de las películas se daba el lujo de llevar la ironía al extremo: “No hay camino atrás”. ¡Finalmente sí hubo camino atrás! E indudablemente las películas mencionadas
ayudaron a encontrar ese camino.

En el cine, todo el relato se presenta en una sola sesión. Prácticamente todos los que ven el desarrollo, ven el desenlace.

En las series de televisión es muy distinto: hay una sedimentación de identificaciones capítulo por capítulo, y cada capítulo tiene que entenderse por sí mismo, y los principales sentimientos que genera deben ser, en la medida de lo posible, independientes de los capítulos anteriores.

El Capo puede ser interpretado de tres maneras: como obra maestra que da testimonio de una sociedad que ha hecho suya la ética y la estética del narco (con algo de sarcasmo, Omar Rincón defiende esta idea en una revista femenina publicada por un gran diario); como juego novelado con una realidad que ya pertenece al pasado; o como obra pedagógica que parte del principio de que sólo comprendiendo “desde adentro” e idealizando al desviante se puede despertar en él un proceso de autocorrección a un mismo tiempo gradual y radical. Claramente todavía no se sabe cuál de los tres sentidos predominará.

Idealización de los narcos: ¿defensa o preámbulo de una transición pedagógica? Colombia necesita transitar de la ambivalencia (mezcla de miedo y admiración) frente a los narcos, hacia la comprensión de las consecuencias de su actividad, comprensión que debería conducir al Nunca más. Cada uno de nosotros es un ser humano que puede ser mejor.

Idealizar a quienes más daño nos han hecho puede ser un buen punto de partida, pero es peligroso. Hay que pasar de cierta aprobación o guiños tácitos de la cultura “traqueta”, al rechazo social claro y no violento.

Diego Gambetta, el más reputado de los estudiosos de la mafia siciliana, ha investigado cómo influyen mutuamente los modos de vivir y de operar de bandas de crimen organizado y su representación en el arte, especialmente en el teatro y el cine.

Encuentra un recíproco enriquecimiento permanente entre arte y realidad, que va desde el modo de vestir y hablar hasta la innovación tecnológica en el modus operandi delincuencial.

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La expresión mafiosi y su derivado mafia son usados por primera vez en 1863 en una comedia (I mafiusi della vicaria) para referirse a bandidos presos que están asociados, cuentan con rito de iniciación, son temidos por violentos, tienen jerarquía y se proclaman capaces de influir sobre la administración de Sicilia.

Esta comedia fue presentada 55 veces en ese año en Sicilia y Roma y más de dos mil veces en 31 años de gira por el sur de Italia y Roma. “En relación con un hombre, mafiusu en la Sicilia del siglo XIX era ambiguo y significaba pendenciero, arrogante, pero también intrépido, emprendedor y orgulloso (Gambetta, 2007: 236-7).

“Me pueden matar, [pero] mañana nacerán cinco nuevos”, dice el Capo. Mientras coexistan un negocio tan rentable y una miseria tan atroz… El autor del libreto, Gustavo Bolívar, es consciente de que roza la justificación social.

La pone en boca del Capo y luego dice que lo que más admira de Pedro Pablo León Jaramillo, alias El Capo, es su franqueza, su sinceridad, y añade que no comparte las vías de hecho. Jugamos con fuego, señores. La fórmula es exitosa. Al exportarla se consolidarán muchos prejuicios
sobre Colombia.

Y si solo fuera arte o alarde de arte…

Como lo hace una obra de arte, El Capo ha creado un mundo y a él nos lleva a millones de colombianos cada noche entre semana. Ese mundo es parecido al del poema de José Agustín Goytisolo que canta Paco Ibáñez: “Érase una vez un lobito bueno / al que maltrataban todos los corderos. / Y había también un príncipe malo, / una bruja hermosa y un pirata honrado. / Todas esas cosas había una vez / cuando yo soñaba un mundo al revés”.

¡Ah, de eso se trataba, de pintar un mundo al revés! ¡Qué alivio! Al final, tras vivir emociones muy fuertes, todo regresa a su sitio. Los malos, transitoriamente empoderados y admirados, terminan siendo no tan malos o no tan poderosos o no tan admirados. Hay una “normalización”: los buenos terminan siendo fuertes y admirables; los malos, débiles y despreciados.

La novela cabalga durante meses sobre la escandalosa anomalía de unos malos con poder y habilidad, favorecidos además con la simpatía de la gente buena. Tal vez el mejor desenlace posible es la conversión: Pedro Pablo y su familia, ahora extendida hasta incluir a la del ministro y la del industrial, consagran el resto de su vida a arrepentirse y sobre todo a reparar los daños causados por su excesivo afán de poder.

¿Del dolor por la muerte del hijo propio puede nacer la solidaridad con cada vida por proteger?

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