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Estas eran las voces de la radio musical en los años 80

Otto Greiffenstein, Roberto Rodríguez Silva, Bernardo Hoyos y Leslie Abadí son algunas de las voces que marcaron la juventud de cientos de colombianos y que hasta hoy son un referente de la radio musical en Colombia.

Foto: Archivo Diners/ Edgard Collas

Otto Greiffenstein, Roberto Rodríguez Silva, Bernardo Hoyos y Leslie Abadí son algunas de las voces que marcaron la juventud de cientos de colombianos y que hasta hoy son un referente de la radio musical en Colombia.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 154 de enero 1983

La voz sofisticada y comercial de Otto Greiffenstein, la exótica y poco conocida del jazzómano Roberto Rodríguez Silva, la profunda y seria de Bernardo Hoyos, entre los viejos, y ahora, la voz acariciadora de la estupenda Leslie Abadí anunciando rock o el sabor curioso de lo que fluye por la voz de Julio Sánchez Cristo… todas ellas hacen el perfil de la radio musical, mezclando el peculiar timbre de sus cuerdas con la música, en la misma proporción con que un buen barman prepararía una ginebra con tónica.

Se les busca en el dial; crean el hábito de oírlos, conduciendo, antes de dormir, al anochecer. Son intrusos, un poco impertinentes, pero complacientemente aceptados por nuestros oídos. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen con su tiempo libre? ¿Son sólo hombres de radio? Es más, ¿se oyen a sí mismos? Diners averiguó que todos hacen radio por «hobbie», pero se morirían si lo perdieran… que todos hablan naturalmente, sin impostar la voz como se aconseja a quienes quieren ser locutores, que todos improvisan y que todos saben mucho, mucho, de música.

Otto Greiffestein, ese bibliotecario


Foto: Edgard Collas.


Era 1948. Otto Greiffenstein, un joven flaco y relamido, se vestía con solapas anchas y suéteres de rombos para asistir a sus clases en la Universidad de Columbia, precisamente en esa época que muchos hubiéramos querido vivir, cuando los carros nuevos eran esas pesadas berlinas de formas redondeadas, Chryslers negros de majestuosa apariencia, cupés con portasuegras, Glenn Miller y Tommy Dorsey sonando en los grandes radios de tubos que traían los taxis, brillantina para aquellos milimétricos peinados hacia atrás y betún para los zapatos de dos colores con que Gene Kelly y Mickey Rooney se retorcían como locos en la pantalla del cine, bailando ese incomprensible zapateado gringo.

Pero Otto no estaba estudiando nada que tuviera que ver siquiera remotamente con la radio. Estudiaba bibliotecología bancaria. Había sido becado por el Banco de la República y allí estaba, haciendo pinos en las emisoras locales durante las horas libres, y preparándose para hacer una vida muy diferente de la de un bibliotecario de banco.
Poco después regresó a Bogotá. A ese mundo del Tout Va Bien y el Grill Granada.

Trabajó un tiempo en el banco, para corresponder a la beca, pero ya había alguien, tal vez Gustavo Uribe, que estaba haciendo un programa en «La Voz de Bogotá» llamado «La Hora del té». Y así, a la hora del té, nació «La hora del regreso», programa que inició Greiffenstein en 1952 y que todavía realiza. Entonces tenía que quedarse los domingos, al atardecer, para transmitirlo en directo. Pero ahora, muchas veces, escucha su propia voz en el automóvil, cuando viene… de regreso.

Mientras Otto ayudaba al parto de la televisión colombiana, durante los años cincuentas, Enrique Paris (actual director de Caracol Estéreo) empezó a hacer con él un programa que se llamaba algo así como «No se acueste tan temprano», en la Voz de la Víctor. Era el primer y tímido intento de «La Noche Fantástica», programa bandera de esa emisora en
los últimos años y que se ha transmitido ininterrumpidamente durante veinte.

Aunque Greiffenstein ha hecho carrera en la televisión, armado de un corbatín negro y de una sonrisa obsequiosa, la verdad es que se trata de un hombre de radio. ¿Vale mucho su voz? No. Lo mismo que la de cualquier otro locutor. Graba de todo. Le da gusto a todo el mundo. Graba textos audiovisuales.

Graba cuñas, decenas de cuñas, y apaga el radio de su carro cuando las oye. Graba cursos de adiestramiento de personal para empresas. Hace dos programas de televisión que nadie ve jamás, vive con un hijo ya mayor que es piloto, con otro que es apenas un niño y con su esposa, en una forma más sencilla de lo que muchos esperarían.

Todos los días, a las cuatro, llega a los estudios de Caracol Estéreo, en la calle 49, a encerrarse con Ernesto Díaz, ingeniero de sonido, para grabar «La Noche Fantástica». De pie frente a dos micrófonos, casi sin aflojarse la corbata, sin detenerse para regrabar, sin libreto, apenas con una selección de música que han tomado entre los dos para esa noche, el programa va rodando, con las frases amables e intrascendentes que Otto acostumbra decir… porque lo importante, según Enrique Paris, es que la voz de Otto haga
consonancia con la música, se mezcle tan bien como una ginebra con tónica, de forma que le dé un perfil sonoro a la emisora.

Casi un neoyorquino nacido por equivocación en Bogotá, Otto es el prototipo del «sportsmen» al que nada parece preocuparle. Afirma, sin pestañear, que la radio es un
«hobbie» para él. Pero, aunque no lo admita, sus programas son parte esencial de su vida. Y de la vida de la ciudad, que tiene a su voz como trasfondo.

Bernardo Hoyos, ese teólogo


Foto: Edgard Collas.


Aunque este antioqueño raizal haya estado ausente de su país durante largos años, su voz no deja de estar unida a los recuerdos de muchos bogotanos que lo oían en aquella época feliz del Crem-helado y los carros con aletas de los años sesentas.

Entonces no se decía rumba sino «party», todavía se bailaba «cheek to cheek» y el rock era una herejía.

Bernardo Hoyos inició su afición radial muy pequeño, allá en la gran casa de Santa Rosa, moviendo incansablemente el dial de un gran radio Philco, de tubos, en donde entraba la emisión española de la BBC con acompañamiento de chirridos y gruñidos que eran lo único que realmente podía hacer creer a la gente que aquellas voces si habían cruzado el
Atlántico.

Años más tarde, a Bernardo Hoyos lo escucharían en Santa Rosa (y en Colombia) por los canales de la BBC. El inquieto abogado cambió los códigos por los micrófonos en la Universidad Bolivariana, y competía con pesados discos de jazz contra los tangos de la «Voz de Antioquia», a través de la emisora de los jesuitas.

Se graduó con una curiosa tesis sobre «El derecho en la España visigótica y la obra jurídica de San Isidoro de Sevilla», y las amigas de su madre, que hacían punto de cruz y cadeneta entre misa y misa, la mandaron felicitar por la brillante obra que su hijo había escrito sobre los milagros de San Isidro.

Después de este episodio teológico, Hoyos viajó a Estados Unidos y Europa, se especializó, practicó sus conocimientos radiales en emisoras latinas de New Orleans, y regresó a Colombia para hacer «La Hora Nacional de Diriventas», «Línea directa», algo muy parecido al actual «6 a.m. 9 a.m.», y «La Hora 22′, la misma que ahora tiene Julio Sánchez, que entonces era los domingos, a las diez, obviamente, y durante la cual lo mismo pasaba a Richard Burton leyendo a Shakespeare, como una pieza de Ellington o una composición de Mozart.

Pero el virus de Europa ya lo había picado, y regresó a Londres, en donde fue redactor de «The Economist» y editor de «International Management», cargos que alternó con la locución en la BBC. Así, puso a sonar en los radios londinenses a Lucho Gatica y a Pedro Vargas.

Hoyos, antes que locutor, es discógrafo, y más que eso, discólogo. No sabe de música; sabe de discos. Prefiere una primera edición de Caruso a una versión depurada por computador. Ama los discos como documento. Pero, curiosamente, no posee muchos.

Debido a su avanzada miopía, Hoyos no usa libretos, ni guiones. Esta es una característica de todos estos hombres de radio, que se repite por diversas razones. Hoyos hace sus programas conversados.

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Invita a alguien, interroga, evoca recuerdos personales, memorias, datos curiosos. Ahora, dedicado a organizar la división cultural de RTI, se ha alejado un poco de la radio. Pero no la puede dejar. La lleva, como la música, muy dentro.

Julio Sánchez Cristo, televisión vs. radio


Foto: Edgard Collas.


A las 7:30 de la noche, Julio Sánchez Cristo llega al mismo estudio de Caracol Estéreo que Otto Greiffenstein abandono una hora antes. Se para frente a los mismos dos micrófonos, pero con una actitud diferente: informal, un poco insolente.

Y suelta, durante la siguiente hora, toda clase de frases extrañas sobre el «soul» de la noche y «el sol de las 12 de la noche». Con ello logra darle al programa un sabor distinto. Y también logra que lo llamen decenas de radioescuchas, muchos de ellos mujeres, a pedirle determinado bolero, determinada canción.

Otras veces, Sánchez Cristo, que tiene 24 años, una calva incipiente y un eterno vestido de «tweed», envía mensajes en clave a la mujer que ama, a los amigos, a la gente que lo conoce. Lo hace entre bolero y bolero, entre cada canción de Feliciano, entre cada pieza de salsa de Mongo Santamaría.

Y eso que su programa, “La Hora 22″, empezó simplemente como jazz. Pero Sánchez Cristo, que no es un experto en música ni en discos, lo fue transformando lentamente, al punto de que ahora simplemente refleja los estados de ánimo del propio Julio.

A veces son boleros, a veces salsa, otras, jazz. Un amplio canal de alimentación discográfica, producido como respuesta a su propio programa, lo nutre de música, que su colaborador Ernesto Díaz ordena debidamente antes de cada grabación.

Sánchez Cristo, hijo del popular «Cacharilas», Julio Sánchez Vanegas, lleva el virus de la radio en la sangre. Su padre poseía dos emisoras, Eldorado y Monserrate, donde Julio hizo sus primeros pinos como disc-jockey a los quince años.

Tenía un programa llamado «El dorado en la noche», donde decía las mismas insensateces de ahora, pero sin que nadie le pusiera bolas. Fue, sin embargo, una excelente experiencia formativa, que le permitió retornar con todo éxito hace dos años.

En aquella época sus programas eran únicamente de rock pesado. Ahora el rock pesado está pasado, y Julio, al tiempo con su generación, retorno a los boleros de siempre.

Hubo un interregno durante el cual Julio Sánchez estudió televisión en Italia. Entonces, por emisoras El Dorado, era posible escuchar de vez en cuando su voz, contando cuáles
eran los últimos veinte éxitos musicales que estaban pegando en Europa.

Entre clase y clase de producción televisiva. Sánchez Cristo aprovechó su tiempo para hacer algunos pinos en la Radio Italiana, RAI. Ahora, sus días transcurren en las modernas instalaciones de producción de T.V. que su padre incorporó a la vieja programadora JES.

Luego de un día de tensión, durante el cual Julio dirige, edita, corta grabaciones, pelea, repite y suda, el programa de radio es como una terapia, como un descanso durante el cual «me encierro a escuchar música y a hablar durante una hora».

Al igual que sus colegas de este reportaje, Julio dice que la radio para él es un «hobbie». Pero admite que forma parte esencial de su vida, y que espera llegar a viejo sin abandonar el cómodo refugio de los micrófonos de su programa.

Roberto Rodríguez Silva, ese profesor de arquitectura


Foto: Edgard Collas.


Tal vez esta sea la menos conocida de nuestras «voces». No porque valga menos, sino porque su audiencia es más restringida, debido a la especializada música que selecciona. Durante veinte años, Rodríguez Silva ha hecho un programa de jazz.

Al principio, había que «cazarlo» entre Radio Santa Fe y la Voz de la Víctor, buscando los pocos kilovatios de potencia que tenía HJCK. Y su voz cascada se escuchaba dificultosamente, anunciando un «blues» de 1950, detallando quién lo tocaba, en dónde, cuándo y porqué.

Su extensa erudición sobre jazz lo llevó a cautivar un selecto grupo de iniciados que siguen sus programas, siempre en la HJCK, aunque ahora esté en el pésimo horario de las 12:30. Fumando continuamente unos largos Kent Lights, Rodríguez Silva cuenta su historia desde su oficina de arquitecto en la Cámara de Comercio de Bogotá.

En la pared cuelgan dos grandes bocetos de un proyecto quijotesco: peatonalizar la carrera séptima y enviar los automóviles por un túnel. Ese es el Roberto Rodríguez Silva que pocos conocen.

Un hombre maduro, elegante, de discretas canas en las sienes, que nació en plena calle 16, ama los bambucos y toca tiple, aunque todo el mundo lo tache de sofisticado por hablar sólo de jazz.

Pero la afición de Rodríguez Silva viene de los años cuarenta cuando Frank Sinatra cantaba con la orquesta de Benny Goodman, los hermanos Dorsey empezaban a tener éxito con su trombón y Glenn Miller todavía no había emprendido su fatídico viaje al Pacífico.

La especialización en Massachusetts marcó musical y culturalmente a Rodríguez Silva, quien. Curiosamente, compartió el mismo pupitre con Otto Greiffenstein en el Gimnasio Moderno. Nunca fue un hombre de radio, ni tuvo vinculaciones con el micrófono.

Simplemente a finales de los años cincuenta, era uno de los hombres que más sabía de jazz en Colombia. Alvaro Zuluaga, que por entonces tenía un espacio de jazz en la Radio Nacional, lo llevó por primera vez a un estudio.

Rodríguez Silva comenzó a hacer dos horas semanales de jazz en la Radio Nacional, los domingos. Le pagaban 300 pesos por programa. Tres años más tarde empezó su media hora en la HJCK, que ya no abandonaría.

Nutre su programa con su discoteca de miles de ejemplares. Hace ciclos, recorre las épocas del jazz, vuelve a empezar. La radio es su «hobbie». Pero no podría vivir sin ella. Graba los lunes por la mañana, evitando comenzar las semanas con rutina de oficina. Y obviamente, hace jazz.

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Sus hijos son músicos y él mismo formó parte de esporádicos grupos de jazz tocando el trombón. En sus viajes ha conocido numerosos músicos famosos, como Quincy Jones, a quien se acercó una noche en un bar de Nueva York para después recibir una grabación autografiada, horas más tarde, luego de varias copas.

Rodríguez Silva reparte sus afectos musicales entre los clásicos, los bambucos y el jazz. Tan heterodoxo gusto se explica de la siguiente manera: no puede huir del bambuco por razones ancestrales; dice que es inmaduro, infantil, poco desarrollado, sin influencias exteriores que lo hayan transformado en un género de más trascendencia.

Igual sucede con el resto de la música colombiana. Pero la verdad es que Rodríguez Silva toca el tiple y canta el bambuco en la intimidad.

El jazz, en cambio, si ha sufrido ese proceso de contacto con el mundo. Roberto, ese Jazzómano, no soporta los discos de jazz de 1910 a 1930. «Tenían -dice- las mismas características de los bambucos».

Era música ingenua, primitiva, que sólo con un largo proceso de maduración, durante el cual recibió influencias europeas, negras, caribes y brasileñas, llegó a ser el jazz de hoy, música universal, tan universal como la clásica, pero con un «hándicap» más a su favor: la improvisación, que lo lleva a romper las formas y, por ende, a crear unas nuevas.

Rodríguez Silva tiene un curioso concepto de su propia voz radial; la ve sólo como un vehículo para anunciar música que de otra forma no saldría de la discoteca de su casa. No se considera un hombre de radio, y se sorprendió mucho cuando supo que se le incluía en la «franja sofisticada» de Greiffenstein y Hoyos.

Pero precisamente esa sencillez y esa erudición musical, adecuadamente combinadas, es lo que lo ha llevado a tener un grupo de contados, pero fieles, oyentes.

Leslie Abadi, ese bióloga


Foto: Edgard Collas.


Si usted pasa del jazz de Roberto Rodríguez Silva al moderno pop, disco, balada y «country» del siguiente programa, a las ocho de la noche de todos los días (siempre en la HJCK), se encontrará, agradablemente, con la aterciopelada voz de Leslie.

Esta muchacha (de la que usted no sabe que es alta, espigada, de ojos oscuros y pelo rizado), le adentrará por el camino de la última producción musical norteamericana e inglesa, con la misma facilidad con la que un lazarillo guía a un ciego.

En ese bosque de conjuntos, grupos pequeños, cantantes nuevos, nombres extraños, géneros y músicas en general, ella se orienta fácilmente. Y es que aunque parezca sorprendente lleva cinco años metida en ese mundo del disc-jockey, la consola de control y los micrófonos de las cabinas de grabación.

Y varios años más, como simple oyente, atenta a cada audición de los lanzadiscos tradicionales de la vieja Radio Visión, a toda esa época ya pasada del patico discotequero, Radio Quince, de baladas románticas, Enrique Guzmán, posteriormente Sandro, más tarde The Who y por último Chick Corea.

Fue así, como una oyente acuciosa, que Leslie llegó a los micrófonos; se ganó un disco en un concurso de sintonía y cuando fue a reclamarlo a la emisora (entonces Radio Visión, hoy HJJZ), conoció a su director, Oswaldo Kleine Mann, quien, tras escucharla, le propuso hacer una prueba con esa voz tan peculiar.

El resultado fue rápido: Leslie formó parte bien pronto del perfil de la nueva emisora «hache-doble jota zeta», donde se lanzaban los últimos rocanroleros, Andy Gibb, Cat Stevens y toda su caterva de imitadores, cambiando la voz tradicional del locutor que daba la hora, leía una cuña de analgésico y anunciaba el siguiente disco, por la insinuante voz de una jovencita contemporánea de todos los adolescentes que allá, al otro lado de los receptores, seguían el ritmo con los ojos cerrados y chasqueando los dedos, en la soledad de sus alcobas.

En cinco años de carrera (que empezó a los dieciocho, mientras estudiaba biología en la Universidad de los Andes), Leslie saltó bien pronto al F.M. y a la HJCK, donde se está destacando por ser una de las voces más caracterizadas de esa peculiar franja de radio sofisticada.

Así pues, ciertos fanáticos radioescuchas no tendrán que captar más las emisoras norteamericanas o traer cintas grabadas de Miami, para oír sus canciones preferidas anunciadas por una voz femenina. Leslie, pionera en su campo, tiene ya varias colegas, como Margaret Ojalvo en HJJZ. Pero su vida tiene otras facetas interesantes.

Está casada con Felipe Sudarsky, conocido corredor de automóviles, y la biología va de la mano con la afición por la música y el micrófono, que copa casi todo su tiempo.

Al igual que estas cinco voces, tres de ellas clásicas y dos nuevas, la radio colombiana tiene una serie de nuevos prospectos, que aparecen en el horizonte como dignos sucesores de toda aquella generación que hizo radio durante los últimos cincuenta años.

Entre ellos están, claro, Jaime Sánchez Cristo (otro más de la familia JES), Óscar Gómez Palacio con sus programas de jazz en el ambiente un tanto estirado de Musicar FM, Hernán Orjuela, dirigiendo musicalmente a esa generación de patines y «Walkman» desde HJJZ. y. lógicamente.

Manolo Bellón, que algunos califican de «insoportable» pero a quien se debe mucha investigación musical en el programa «Invitado especial» del Diners Club, mucho del perfil de esta generación de balada y rocanrol, y también la invasión de Les Luthiers, que muchos no vacilan en calificar, también, como «infernal».

Se trata de una radio especial, muy competida, de alta calidad, con casos raros, como el de tratarse de la única radio del mundo occidental que cuenta con tres emisoras continuas de música clásica, inclusive una de 24 horas.

Una radio con problemas, como el de la mala calidad en la emisión FM, causado en gran parte por la ligereza con que se entregaron licencias para esta banda durante la pasada administración.

Pero de todas formas, una radio excelente, de locutores envidiados en toda Latinoamérica y codiciados para los programas transcontinentales de onda corta, por una característica peculiar de la que ellos mismos tal vez no se den cuenta: carecen por completo de acento.

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Septiembre
24 / 2019


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