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Fernando Botero visto a través de los ojos de su hijo

Desde una perspectiva más de periodista que de hijo, Juan Carlos Botero describe la vida diaria de su padre, el maestro Fernando Botero, en Pietrasanta, Italia.

Foto: Archivo Diners

Desde una perspectiva más de periodista que de hijo, Juan Carlos Botero describe la vida diaria de su padre, el maestro Fernando Botero, en Pietrasanta, Italia.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 332 de noviembre 1997

Cuando Dios creó la cordillera de montañas que se extiende desde Pietrasanta hasta Carrara, en el noroeste de la conocida región de la Toscana, decidió hacerla de mármol macizo. Sin embargo, cuando la obra quedó finalmente concluida, la blancura resultó demasiado destellante para su gusto. Entonces les ordenó a sus ángeles que cubrieran el mármol con una fina capa de tierra, según dice la leyenda, al menos para disimular un poco.

En efecto, es tal la abundancia del mármol en la zona, que al vislumbrar las montañas desde las playas cercanas del Mediterráneo, las cumbres parecen nevadas por el resplandor de la piedra blanca. Y por esa razón, el pueblo de Pietrasanta ha atraído escultores desde los tiempos remotos del Renacimiento.

Allí vivió Miguel Ángel durante meses, colaborando con el corte y el transporte de los bloques de roca hasta Florencia para la iglesia de San Lorenzo. Y buena parte del mármol que cubre las fachadas de iglesias en ciudades vecinas como Lucca y Pisa, ha provenido de Pietrasanta.

No obstante, a pesar de la incesante minería sostenida durante siglos, las canteras parecen nuevas. Lo cual es sorprendente, pues el mármol está hecho de conchas marinas fosilizadas, y la mente se crispa al pensar que toda la región, con sus montañas colosales y sus colinas ondulantes, estuvo cubierta bajo agua hace milenios.

Al norte de la Toscana

Foto: Archivo Diners.


Pietrasanta está ubicado a 45 minutos de Florencia en automóvil. El pueblo aún conserva parte de la muralla antigua que lo protegió durante el Imperio Romano, y está construido al pie de la montaña, a sólo un par de kilómetros del mar.

Al igual que en el Renacimiento, el comercio de la comunidad sigue girando en torno del arte. Abundan talleres, fundiciones y marmolerías, y el trabajo sigue siendo artesanal, familiar, con los secretos del oficio heredados de generación en generación. Sin duda, por eso llegan tantos artistas a Pietrasanta.

Sin embargo, el artista más importante que llega, no es italiano, sino colombiano. Y un detalle que refleja su importancia, es que la escultura monumental de bronce, colocada en la entrada principal del pueblo, es el Guerrero romano, de Fernando Botero. Pero no se trata de una casualidad, porque Botero se traslada allí tres meses cada año para trabajar en sus obras mundialmente conocidas.

Del Renacimiento a Botero

Botero es uno de los artistas más prolíficos del siglo XX. Por lo general, a diferencia de lo que sucedía en el Renacimiento, el artista moderno es escultor, pintor, dibujante o acuarelista.

Botero, en cambio, semejante a otro caso excepcional, Picasso, parece una locomotora de trabajo que no cesa de buscar nuevas formas de expresión. En efecto, pocos se mantienen tan activos en campos tan diversos. Y la forma que lo logra, es que labora durante todo el año, pero reparte su tiempo en lugares distintos para trabajar en técnicas diferentes.

Así, cuando está en París, en su estudio de la Rue du Dragón, trabaja en óleos sobre lienzos de gran formato; cuando se traslada a Nueva York, donde tiene un apartamento sobre Park Avenue, labora en óleos de formato pequeño y mediano; en Montecarlo tiene un bello estudio con vista al puerto y realiza acuarelas y dibujos en pastel sanguina o carboncillo. Pasa el invierno en una playa mexicana donde se concentra en dibujos y bocetos para obras mayores.

Pero es sólo en el verano y en Pietrasanta donde hace sus esculturas, las cuales han sido expuestas en las avenidas más importantes del mundo, incluyendo entre otras, los Campos Elíseos de París, Park Avenue de Nueva York, el Paseo de la Castellana de Madrid, y los jardines públicos de Montecarlo.

Foto: Archivo Diners.


En Pietrasanta, el dia de Botero gira alrededor de una obsesión: el trabajo. Vive con su esposa, la escultora griega Sophia Vari, en una casa hermosa pero sencilla, construida en la montaña, a la misma altura del campanario del pueblo.

La casa es típicamente toscana: de dos plantas, con la fachada color terracota, un bello jardín que emana aromas de albahaca, romero y lavanda, y una terraza de lajas de piedra. Al lado de la propiedad hay un bosque de olivos centenarios, y la luna queda atrapada entre las ramas cuando se asoma en las noches de verano.

La vista desde la terraza es preciosa: si el visitante se para al lado de la Venus, la escultura de bronce de Botero, que tiene el tamaño de un hombre, puede apreciar el pueblo tendido a sus pies, con las tejas de las casas de barro cocido, la torre del campanario de ladrillo del siglo XIII, la línea del ferrocarril que atraviesa el poblado, y, a lo lejos, la vasta plancha de acero del mar, con una franja en llamas por el sol del ocaso.

Rutina artística

Foto: Archivo Diners.

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Botero y Sophia se despiertan temprano, desayunan un café con frutas en la cama, y el maestro lee, sin falta, su diario favorito, The Herald Tribune. En seguida se enrolla una toalla en la cintura, y sale a bañarse en una ducha externa que él mismo construyó en la parte de atrás de la casa, entre los árboles, con paredes de estera y un fuerte chorro de agua refrescante.

Se viste de manera informal y desciende por la escalera de piedra que serpentea entre el jardín hasta llegar a su estudio. Ingresa en él a las nueve pasadas, y no vuelve a abrir la puerta sino cuando sale a almorzar, casi a las dos de la tarde.

Si uno observa al artista a escondidas, por la gran ventana que ilumina el estudio, lo ve absorto en su trabajo. Labora concentrado en el barro que va moldeando con las manos a una velocidad sorprendente sobre un banco alto que gira cada rato para estudiar la figura desde otro ángulo.

El resto del estudio impacta por el desorden. Hay una mesa oculta bajo montañas de papeles, cuadernos abiertos con bocetos hechos a lápiz, y faxes procedentes de todas partes del mundo. El piso está cubierto con el polvo de los yesos que el artista pule y pule hasta quedar satisfecho.

Hay una caneca llena de barro, un atomizador con agua para que el barro no se seque, y una colección de utensilios de trabajo, como instrumentales de cirugía, desgastados por el uso. En las paredes hay fragmentos de pintura al fresco.

Estos son ensayos que Botero realizó, con un esfuerzo brutal por dominar la técnica original del siglo XIV, para pintar dos frescos enormes, El cielo y el infierno y La puerta del paraíso, en la iglesia de La Misericordia.

Como se sabe, el humor es parte esencial de su obra, y en esa ocasión el maestro incorporó en la caldera del infierno su propio retrato, así como el de Sophia, e incluso el de Mario, el jardinero de la casa que le ayudó a preparar los muros de la iglesia.

El almuerzo y la tarde

Cuando Botero sale a almorzar, se dirige con Sophia en su pequeño vehículo a la playa para reunirse con la familia que lo visita en el verano. Llega en diez minutos a Rossina, el balneario donde el artista alquila un par de tiendas para la temporada.

Este bagno o balneario es uno de los tantos sobre los kilómetros de playa de La Spezia. Cada uno es de un color diferente y tiene sillas de lona bajo tiendas en la arena, perfectamente ordenadas, y toallas del mismo color del establecimiento.

Hay cabinas pintadas de azul y blanco para ponerse el traje de baño, y duchas de agua tan fría que corta el aliento. La familia en pleno se instala en el restaurante informal del lugar, en sillas rústicas de madera bajo una pérgola de bambú, y ordena platos típicos y ligeros: focaccia con prosciutto y mozzarella, pasta con almejas, o ensalada fresca de tomate y atún.

Después, todos ellos se dirigen a las tiendas para conversar, reposar el almuerzo o bañarse en el mar, y mientras sus hijos leen y hablan en voz baja, Botero hace siesta de una hora. Al final, Sophia lo despierta, y los dos regresan a la casa para seguir laborando.

Por lo general, la jornada de trabajo se extiende sin pausa hasta las ocho de la noche. Sin embargo, hay tardes en que Botero sale en vespa, las pequeñas motos que abundan en Italia, para visitar las fundiciones y averiguar cómo van sus esculturas.

La técnica de los talleres es la misma que se ha empleado desde los tiempos de la antigua Grecia: la escultura que el maestro ha creado de barro, primero es convertida en yeso, y luego que el artista vuelve y redondea la figura, puliendo el yeso con rastrillos diminutos en su estudio, la obra pasa a manos de los fundidores.

El proceso que sigue es largo y difícil. Los artesanos sacan un molde de la escultura, y después, en varias etapas de trabajo minucioso, la funden en bronce. Unos vierten en los moldes los chorros de metal derretido como si fuera lava ardiente; otros sueldan con sopletes las piezas de las esculturas monumentales, y otros más, bañan las figuras con capas de químicos para que la oxidación produzca la pátina verde, negra o marrón deseada.

Botero es amigo de los orfebres, y charla con ellos sobre el proceso y se asegura de que las cosas marchen a la perfección.

A la salida, el maestro se dirige casi siempre a su otro estudio, semejante a un gran depósito, donde guarda sus obras colosales. Está ubicado cerca de las funderías, y tiene un salón enorme donde yacen los bronces monumentales que le han dado la vuelta al mundo, y otro donde reposan los yesos que parecen gigantes derrumbados en el piso.

El estudio es como una especie de bodega, y la imagen de las esculturas de todos los tamaños, amontonadas en un mismo recinto, es simplemente abrumadora. Entonces Botero regresa a casa, y sigue trabajando hasta la hora de cenar.

Los hobbies más allá del arte

Uno de los planes favoritos del artista es salir a comer con su familia o amigos. Pietrasanta, como toda la Toscana, es famosa por su comida exquisita. Botero es un hombre puntual, y a las nueve salen todos de la casa y descienden por la loma empinada que desemboca en la plaza del pueblo.

De noche, la plaza hierve de actividad. Con frecuencia hay esculturas de artistas locales expuestas al público, y los niños corretean alrededor de las obras; los jóvenes se reúnen en las escaleras de mármol de la iglesia, y atrás, sobre la montaña, se ven las ruinas de la muralla romana iluminadas en la noche.

Botero atraviesa la plaza, y no parece notar que la gente lo reconoce. No advierte a los artistas, sentados en los cafés, que se codean y lo señalan con admiración, y sigue su camino, charlando y riendo, hasta llegar al restaurante.

Hay varios, estupendos, en el pueblo. Cada uno tiene una especialidad distinta, pero en todos la comida parece un banquete, y el maestro la acompaña, sin falta, de un excelente vino tinto de la región.

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Después de la cena, Botero sugiere un licor antes de dormir, y regresa conversando con sus invitados a la plaza, donde buscan el café menos lleno, y se acomodan en el que queda al pie del teatro del pueblo, o en el que lleva el nombre de Miguel Ángel porque en esa casa se hospedó el famoso escultor cuando vivió en Pietrasanta.

Botero siempre ordena grappa, el licor que caldea las entrañas con su sabor fuerte a madera seca, semejante al aguardiente. Es común en esos momentos que la conversación gire alrededor del arte.

Él es un hombre de opiniones sólidas, se mueve como pez en el agua por la historia de la pintura, y de la misma manera que resalta la grandeza de las obras de antaño, creadas por maestros como Giotto, Bellini o Piero della Francesca, lamenta la aridez del panorama actual, y no es raro que afirme con cierta indignación: «Este fin de siglo es el más pobre y estúpido desde el punto de vista de la creación artística».

Llegó la noche

Pasada la medianoche, es hora de dormir, y comienza el lento ascenso hasta la casa. Botero se despide con Sophia del resto de la familia, y poco a poco se van apagando las luces de las habitaciones.

Hace calor en el verano, y por las ventanas abiertas resuenan los bronces del campanario del pueblo, y se oye el distante temblor de un tren que se pierde en la noche. El artista duerme, pero al día siguiente madrugara de nuevo para seguir creando y buscar nuevas soluciones a los eternos problemas del arte.

Una frase gorda: «Este fin de siglo es el más pobre y estúpido desde el punto de vista de la creación artística»:

Botero, una razón de peso

Foto: Archivo Diners.


«No se trata de un simple comentario al azar. Basta con hacer un rápido recorrido por diferentes finales de siglo, quizás a partir del siglo XIII, para encontrar, sin excepciones, poderosas muestras de brillantez artística.

Además, casi siempre como preludio de otra muestra tanto o más poderosa. Eso no ha sucedido, por cierto, en estos últimos años. Tan solo recordemos al Giotto, activo al final del siglo XIII; a Donatello y Brunelleschi, en el XIV; a Piero della Francesca, Botticelli, Da Vinci y Miguel Ángel, por citar solo algunos en el impresionante siglo XV: a Tintoretto y Rubens en el XVI; a Rembrandt en el XVII; a Tiepolo y Gaya en el XVIII, y a Degas, Cézanne y Monet, entre otros, en el XIX».

Ellos opinan…

Juan Cárdenas

No me parece. Creo que ha habido un cuestionamiento sobre lo que es el arte. Hay cosas buenas como los conceptos del movimiento abstracto, y cosas malas como el tremendo comercialismo por parte de las galerías que han prostituido el arte. En parte tiene razón Fernando Botero, pero la cosa no es tan negra como él la pinta.

Eduardo Ramírez Villamizar

La situación artística, como en todas las épocas, está relacionada con lo que sucede. Hay un desbarajuste en todo el mundo, y se muestra en las artes, donde hay cosas excelentes y cosas ridículas que reflejan un caos total.

Las artes plásticas están mostrando ese caos. Entre las cosas maravillosas puedo mencionar el trabajo de Beatriz Daza, Carlos Rojas, Anthony Caro y Jesús Soto, y a las cosas pésimas prefiero olvidarlas, pero cabe aclarar que las pésimas son mucho más que las buenas, como todo lo que hay en el mundo.

Ana Mercedes Hoyos

No estoy de acuerdo. El milenio termina con una gran cantidad de propuestas artísticas. Inclusive, éstas enriquecen el lenguaje pictórico. Aunque la obra depende realmente de la percepción de cada persona, si ésta no se encuentra en capacidad de entender la propuesta, es a veces por ignorancia o porque se quedó atrás.

Lo que ha planteado el fin de siglo es interesante considerarlo con miras al próximo milenio.

Maripaz Jaramillo

Pienso que el fin de milenio viene con una decadencia en todo, pero considero que el arte es la única salvación del ser humano. Lo que pasa es que el arte ha dado un giro muy grande, y tiene otras connotaciones, debidas a los avances tecnológicos como el internet y la multimedia, que son aportes a la humanidad. En síntesis, no estoy de acuerdo con la idea de la decadencia en el arte.

David Manzur

Tiene toda la razón. Estoy plenamente de acuerdo. El punto de vista de las artes visuales se ha ido más hacia la filosofía que hacia lo visual.

Eduardo Serrano

No estoy de acuerdo con el pintor Fernando Botero. No hay una decadencia del arte, sólo de la pintura, porque la música está en un clímax impresionante. Las artes plásticas tienen otras fórmulas creativas, mientras que la pintura no.

La pintura si está en decadencia, porque los valores que la respaldan en el siglo XX como la originalidad, el esteticismo, el decorativismo, han perdido validez para los artistas. Botero, por ejemplo, es original, y hasta decorativo si se quiere. Y esos valores de la pintura ya no son los que buscan los pintores del siglo XXI.

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Septiembre
17 / 2019


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