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Crónicas de un historiador sobre Porfirio Barba Jacob y otros personajes de hace 70 años

El historiador Abelardo Forero realizó una crónica con las historias menos conocidas de Guillermo Valencia, Eduardo Santos, Luis Cano, López Pumarejo, Laureano Gómez, Porfirio Barba Jacob y López de Mesa, quienes dominaron el país. ¿Ha cambiado algo en los últimos 40 años?

Foto: Wikimedia Commons, CC BY 0.0

El historiador Abelardo Forero realizó una crónica con las historias menos conocidas de Guillermo Valencia, Eduardo Santos, Luis Cano, López Pumarejo, Laureano Gómez, Porfirio Barba Jacob y López de Mesa, quienes dominaron el país. ¿Ha cambiado algo en los últimos 40 años?

Mi historia con Guillermo Cano

Conocí al maestro Guillermo Valencia en la última etapa cuando del árbol de la vida comienzan a caer las hojas secas del otoño. La última vez que llegó al Congreso, no salió elegido para el Senado, que había honrado con su voz y su presencia durante décadas, sino para la Cámara de Representantes.

Allí ocupó su silla curul. Estaba rodeado por el brillante grupo de «Los Leopardos», con la insigne adición de Fernando Londoño. Y dentro de las filas liberales Jorge Eliécer Gaitán, Alberto Lleras Camargo. Jorge Zalamea. Diego Montaña Cuéllar. No eran precisamente mediocres esas nóminas.

El Maestro Valencia fue elegido Presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores y en ella yo tenía un honroso sillón. Me correspondía dialogar tímidamente con el mito. Le hice saber que en otro tiempo me sabía de memoria casi todos sus discursos y todos los poemas de «Ritos». Y preferencialmente sus prodigiosas traducciones de D’Annunzio.

Ha habido mujeres serenas,
con ojos claros, infinitas
en su mudez, cual la llanura
que atraviesa un río de agua pura.
Y otras cuyas manos exangües
y elásticas, con giros lentos
aparentaban insinuarse
cual una urdimbre rara y fina
en que las venas fuesen hilos
de vibración ultramarina.
Y otras, pálidas y marchitas
y devastadas por los besos
ardidas en fuego amoroso
hasta la médula de los huesos…

El Maestro Valencia redactó el informe sobre el tratado de límites con Venezuela. Sometió a la consideración el texto impecable, en que se hace todo el historial desde la Capitanía y el Virreinato.

¿Qué podríamos agregar? Honrosamente pusimos la firma a ese documento. José Jaramillo y yo éramos «los sardinos” de la comisión.

Valencia fue un admirador encendido de Bolívar. Se enardecía al hablar del guerrero, el estadista, el orador, el amante. Hubiera querido vivir, como otro sonoro payanés. Don Tomás Cipriano de Mosquera, esa epopeya.

Carecía de fanatismo. Para saber hasta qué punto era sincero en esa imparcialidad para juzgar a los hombres, le hable del General José María Obando, que es el más discutido de todos los personajes que tienen sus cenizas en el Panteón. El Maestro amablemente me dijo:

-«Yo pronuncié un discurso hace pocos meses en Popayán, al conducir las urnas que contienen las cenizas de los próceres, comenzando por Torres. Yo le ruego que lo lea, porque allí está resumido mi juicio”.

Esa misma noche tomé el admirable texto: «Obando, gallardo, enigmático, triste, eslabón entre dos cimeras castas, fue su sino contradictorio y brillante. En su sangre bullían pasiones y estoicismo, la dureza de los aristos y el afán por el desquite de los resentidos.

Triunfa para su Rey venciendo a guerreros famosos y después para su pueblo, subyugado por el genio de Bolívar o atraído por el imán de la libertad. Desata y refrena tempestades. Mutila y reconstruye el patrio solar. Las turbas obedecen su voz, con el acompasado ritmo de las mareas. Es generoso para perdonar y duro en el castigo.

Su vivir extraño sólo sabe de cimas y de vórtices. Entre deshechas borrascas vérsele empuñar dos veces el timón indómito, rogado por su pueblo. La sombra de un apátrida le entenebrece los caminos del triunfo.

La gloria trasunta a veces su hado cruel en giro alterno de venturanzas y desdichas, desde la cuna hasta el nefasto día en que como los guerreros de la ilíada, sucumbe al bote de una lanza enemiga”.

En esa época se hallaba en todo su auge primaveral el grupo de Piedra y Cielo formado por poetas que perduran y habrán de perdurar. Jorge Rojas, Eduardo Carranza, Arturo Camacho Ramírez. Aurelio Arturo. Valencia había pasado su cenit. Pero su fulgor había sido tan grande que su gloria todavía «engalanaba su ocaso con arreboles rojos».

Rafael Naranjo Villegas poseía la Librería Siglo XX. Era un sitio de deliciosa tertulia, amenizado por la frescura intelectual y la gracia del propietario. Allí invitó al Maestro Valencia, con Jorge Zalamea y Alberto Lleras, entre otros.

Alguien sugirió que el glorioso poeta declamara uno de sus versos. Complaciente accedió. Y con su voz aguda y suavemente modulada, después de enjugarse una lágrima que insistentemente fluía de uno de sus ojos, recitó:

Hay un instante del crepúsculo
en que las cosas brillan más,
fugaz momento palpitante
de una amorosa intensidad.
Muda la tarde se concentra
para el olvido de la luz
y la penetra un don suave
de melancólica quietud.
Como si el orbe recogiera
todo su bien y su beldad,
toda su fe, toda su gracia,
contra la sombra que vendrá.

El Maestro Valencia no regresó, después de esa inolvidable etapa parlamentaria, a la capital de la República. Lo estoy viendo entrar a una corrida de toros, con su sobretodo camel, la melena marchita, la afable sonrisa, tomando del brazo a su amigo y hablando eruditamente de todos los congéneres de los toros que iban a morir sobre la arena, comenzando por el que raptó a Europa y por el que presidió el nacimiento de la civilización en Creta.

SANTOS Y CANO

En la revista «Sábado» tan generosamente abierta a todas las inquietudes intelectuales y publicadas bajo la inspiración de Plinio Mendoza escribí una silueta de Eduardo Santos.

Lo conocí en la redacción de «El Tiempo» en mi condición de incipiente periodista y lo traté después en Ginebra, yo era secretario de la Delegación de Colombia ante la Liga de las Naciones, cuyo jefe era precisamente Eduardo Santos y después don Luis Cano.

Eduardo Santos era ampliamente conocido por todo el personal diplomático. Estaba reciente el eco de su triunfo sobre Francisco García Calderón, en el litigio del Perú. Esa ciudad guardaba una curiosa consonancia con su temperamento y sus ideas. Admirador de Arístides Briand y de su política.

Para explicar la oratoria de Briand, — decía el doctor Santos- basta con asomarse al Lago Lemán, detenerse un momento a meditar ante las quietas aguas. Todo invita a la paz y a justificar bondadosamente los errores de los hombres. Este paisaje incitó a Briand a predicarle a un mundo rapaz la concordia y la tolerancia.

El mundo no quiso escuchar la cálida voz de ese ruiseñor. Además, en Ginebra se habla el francés en todos los idiomas.

Varias veces encontré al doctor Santos en París. Andaba con frecuencia a pie, con un vivo paso acelerado, vestido de negro, sombrero «Coco», perdido en la muchedumbre. Buscaba afanosamente en las librerías, los autores de su predilección. Visitaba galerías y museos.

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No hay un solo sitio para él desconocido. Las basílicas y los arcos, los museos de antigüedades y los teatros. Conoce el origen del nombre de cada calle. Admira el color de los jardines de Luxemburgo, los silencios de Passy y el caer de las hojas en el parque Monceau. Allí está situado su hotel predilecto.

La manera como Eduardo Santos se dirige al país, su voz de violoncello otoñal, no da lugar a polémicas. Es un orador convincente y sedante.

En una mañana de marzo de 1937 se conoció la noticia de la muerte del doctor Olaya Herrera. No había señalado el reloj las diez en la torre de San Francisco, cuando subió las escaleras de «El Espectador», apresuradamente, cubierto con su habitual sobretodo «camel», el doctor Santos, en quien de inmediato se pensó en que sería el lógico candidato.

Venía a hablar con don Luis Cano, su viejo amigo, a quien obsesionaba la suerte del partido liberal y las relaciones entre Alfonso López y Eduardo Santos, tensas y distantes a causa de la diferencia de temperamentos.

Una hora después se anunció la terminación de la entrevista. Y don Luis Cano manifestó a sus colaboradores entre quienes tenía yo el honor de contarme, que esa misma tarde quedaría despejado el horizonte y sería lanzada editorialmente la candidatura de Eduardo Santos. Abrigaba don Luis Cano, llevado por su intuición la seguridad en esa victoria.

Don Luis Cano me decía: «He pasado un año, diciéndole a Alfonso que nombre en el gabinete a los santistas y ahora tengo que trabajar para que se les de representación a los lopistas».
çAdmiraba y quería por igual a los dos personajes del liberalismo. Y en su refugio de «Santa Helena’, estoy viendo a don Luis Cano tendido en su hamaca, fumando
su cigarro, con un rumor cercano de Bogotá que se bota sobre las breñas, dándole vueltas al Atlas de sus preocupaciones, tratando de buscar una filosofía a los errores de sus amigos. La consigna no es otra decía: «Respaldo a López y respaldo a Santos». No tuvieron los dos estadistas un mejor amigo y un más leal consejero.

LOPEZ Y GOMEZ, DOS ENEMIGOS INSEPARABLES

Después de la campaña de la reelección del doctor Alfonso López, parecían rotas las relaciones personales del presidente con el tempestuoso jefe del partido conservador. En el Senado de la República había izado en el mástil más alto del grito la frase de los teólogos que predicaron el atentado contra los malos tiranos.

El ministro de Relaciones Exteriores, Gabriel Turbay, organizó un almuerzo en el Country Club, al cual concurrieron Carlos Lozano, Carlos Sanz de Santamaría, elegido alcalde de Bogotá. Y fue invitado de honor el doctor Laureano Gómez.

Después del excelente «menú», se sirvió el café en la amplia terraza, que ofrece la perspectiva de las alamedas, desde las cuales, como en el poema en prosa de Ortega y Gasset, nos parece que ha de salir de improviso la Diana Cazadora, con su arco y su carcaj. En uno de los grupos el doctor Gómez, bajo un umbral conversó con Carlos Lozano y conmigo. Al animarse la conversación, intempestivamente dijo Gómez:

-Doctor Lozano… Usted no es buen parlamentario. Siempre me quedará fácil vencerlo.
Un poco azorado y confuso. Carlos Lozano pregunto:
-¿Por qué lo dice?
-Lo observe en el debate que le gané recientemente cuando era usted ministro de Gobierno del doctor Eduardo Santos. Usted es mal parlamentario porque se «calienta». Se enfurece fácilmente. Yo le hice perder los estribos.
-¿Y usted no se enfurece jamás, doctor Gómez?
-Yo nunca… nunca me pongo bravo.
–Entonces todas esas imprecaciones contra Olaya, contra Chaux, contra Román Gómez eran en frío? ¿Teatro, puro teatro?
-Yo no me enfurezco. Tengo control completo de mis reacciones. Practique doctor Lozano este amable consejo.

Estaba yo muy interesado en esta conversación, que lanza mucha luz sobre la psicología de Gómez, cuando advertí que el doctor López se deslizaba hasta situarse a pocos metros del jefe conservador. Segundos después se encontraron frente a frente. Se saludaron con amabilidad. Carlos Lozano y yo desaparecimos.

Tan solo los fotógrafos indiscretos se lanzaron al «flash». Hacía ocho años que no se daban la mano los dos enemigos inseparables. ¿Qué se dijeron? ¿Cuánto tiempo iba a durar este paréntesis amistoso?

El doctor Laureano Gómez me dio siempre la impresión de ser un hombre tímido, salvo en el Senado: jamás frecuento los clubs. Vivía con ascetismo, consagrado a preparar sus magistrales y disolventes discursos. Infundía temor, aun a los descreídos. Pero Juan Navarro veterano del Parlamento, afirmaba: Es el propio diablo. Le he visto la luz luciferina en sus ojos.

López por el contrario fue hombre de mundo, conversador amable, de impecable vestir, con mucho sentido del humor. A toda hora haciendo preguntas ¿Qué…? ¿Qué…? Dándole vueltas en la cabeza a los problemas nacionales y al ajedrez político.

Algún día me decía: Hay gente que me critica porque converso con Laureano y con los otros jefes conservadores. Pero yo no puedo jugar ninguna carta, sin verle la cara al adversario.

Gómez leía preferencialmente los clásicos y la historia de España, la vida de Felipe Il y de Isabel. López leía las revistas económicas.

Gómez sabía quién fue Juan de Austria en detalle o Santa Teresa. López sabía quién era Henry Ford o Seligman, o Stettinius. Gómez tenía una cultura española. López una formación inglesa.

Gómez se educó en el Colegio de los Jesuitas y después se graduó de ingeniero. Alfonso López fue matriculado en el Colegio de los Hermanos Cristianos. Años después se convirtió en excelente ciclista. Don Miguel Antonio Caro le enseñó la retórica en las frías mañanas de Bogotá. En 1900 viaja López a Londres.

Es curioso observar que dos figuras básicas de la historia, Núñez y López se educaron en Inglaterra. El uno promotor de la Regeneración conservadora y el otro autor de la Revolución liberal.

Cuando llegó Alfonso López al poder en 1934 le tomó el juramento su amigo el doctor Laureano Gómez, como presidente del Senado: «Le atribuye no escasa trascendencia política a la amistad que nos ha unido y que habéis recordado, con tanta generosidad para vuestro compañero de luchas y de estudios», dijo el presidente.

Después de veinte años de viceversas y contradicciones, al respaldar el Frente Nacional, ante las multitudes que lo aclaman, López dice:

«En el ocaso de mi vida pública, iluminada por los destellos de las más grandes compensaciones democráticas y personales, me veo en la honrosa compañía de Guillermo León Valencia y Álvaro Gómez Hurtado, prestigiosos conductores del partido conservador».

Alfonso López nos comentaba los episodios de la amistad y de la hostilidad. Derrumbaron el gobierno de Suárez, patrocinaron la cátedra libre, dejaron atrás, obsoletos, a los anteriores jefes de los dos partidos. Se distanciaron. Volvieron a aproximarse para crear el frente civil.

Han prolongado su sombra en sus hijos y fueron ellos los que se enfrentaron en 1974 para definir el poder. La era lopista sigue vigente. Álvaro Gómez es el más connotado editorialista de derecha si es que todavía existen derechas e izquierdas.

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PORFIRIO BARBA

Víctor Amaya González, un gran poeta, poseedor de una finísima sensibilidad, era íntimo amigo de Porfirio Barba y su efusivo admirador. Durante los años ha mantenido ese noble culto. Lo invitaba con frecuencia a cenar a su casa, atestada de libros. Se improvisaba una inteligente tertulia literaria. Allí tuve la oportunidad de conversar varias veces con Porfirio Barba.

El hombre que parecía un caballo era flaco, desgonzado, desgarbado, sarmentoso, con una voz honda y conmovedora, unas manos huesudas y elocuentes. Sus maneras de una cordial gentileza, la voz honda como la de alguien que ha bajado varias veces a los círculos infernales.

Hablaba con riquísima imaginación de sus viajes, sus reveses, sus aventuras, los hombres de Estado que había conocido, las redacciones de los periódicos donde trabajó, los mares en que su barca estuvo a la deriva, las ondas que impulsaron su esquife azul a la ventura. «Y nadie ha sido más feliz que yo».

Siempre estaba en trance poético. Todo lo que decía estaba iluminado por su luz interior. Al hacer el elogio de los manjares, servidos por la amistad hospitalaria, nos creíamos trasladados al festín de Trimalción.

No abrigaba ninguna amargura con la vida, que en muchas oportunidades le había ofrecido la cicuta. Ninguna emulación con los poetas de su tiempo. El encomio brotaba irisado, al hablar de los versos de Maya o de León de Greiff. De repente, agitando nerviosamente las manos, como en una escena ritual y con su voz más honda prorrumpió:

«Valle fértil, con ojos azules
que el rumor del juncal adormece
si silba en los juncos una aura lontana…
Fácil coro de aplausos que mece
con moroso ritmo mi musa liviana…
Un laurel y la hembra en la umbría
a mi voluntad soberana.
Alma mía qué cosa tan vana
impúber flautista de rostro florido
que a la luz de un candil imbuido,
(era invierno, brumosa mañana)
rindióse a mi ardor sin sentido.
Viaje loco… locuras innúmeras
y contra la muerte, coros de alegría
flautista del norte, la orgía pagana
pavor en la orgía. Alma mía… Alma mía
qué cosa tan vana».

Absortos, ellos permanecíamos escuchando al fauno crepuscular. Sus versos conturbadores abrían un abismo desconocido: el dolor y el sufrimiento.

He aquí el hombre desnudo y lacerado, con su piel que es la más sensible de todas las pieles, frente ante su sórdido espejo que le devuelve el faunesco rostro de sí mismo, en la hondura de su pecado. Y en la pánica alegría, el ala de la muerte:

Un viento… un viento… un viento
y en ese viento mi alarido.

EL PASEANTE SOLITARIO LOPEZ DE MESA

El doctor Luis López de Mesa tenía la costumbre de hacer diariamente un recorrido por la llamada Avenida de la República. Las gentes que lo encontraban en su paseo filosófico, no se detenían a examinarlo con la curiosidad que despiertan otras especies de hombre público. Encaminaba sus pasos hacia la calle 24 donde tenía su residencia.

No alteraba jamás su itinerario, ni se dejaba tentar por las vitrinas de los almacenes, ni entraba a un café para tomarse un tinto. Ni en el deseo de hacerle una concesión a la vida burguesa, compró jamás un aguacate, que no figuraba en su diccionario, porque prefería el “persea gratísima».

Usaba casi siempre un elegante sobretodo nevado, provisto de un cinturón. Era alto, como un obelisco. Si alguien lo saludaba, con escrupulosa dignidad, esbozaba una nimia sonrisa artificial y distinguida. Daba la impresión física de rumiar sus pensamientos. Un imperceptible movimiento de fuelle era producido por sus quijadas.

Algunas veces lo acompañé en su filosófico itinerario. Hablaba con una cuidadosa selección vocabular. Huía del lugar común. En el fondo de su discurso se advertía una ingeniosa ironía.

Yo le incitaba al diálogo con el tema de sus libros. Hablaba de Rafael Núñez con los mismos adjetivos que vimos y admiramos después impresos:

«Enclenque, desgarbado, feo. Un pagano ironista, habría descubierto sorprendente similitud con San Agustín. Los dos eran costeños y raquíticos enmarañada la barba, defectuoso el acento provinciano, ardiente la imaginación y las pasiones desorbitadas. Uno y otro enamorados de la Biblia, la retórica y las mujeres».

Admiraba López de Mesa a Marco Fidel Suárez como escritor. Pero lo consideraba rencoroso como una avispa. Grande en la amistad y en la caridad. Pequeño en la conducta de la vida trivial.

De don Miguel Antonio Caro afirmaba que no tenía dotes de mandatario, pero que en cambio podría considerarse el único padre de la Iglesia que ha producido la América.
López de Mesa fue un excelente ministro de Relaciones Exteriores. Definió con serenidad y vasto conocimiento los problemas de límites con Venezuela.

Además era fino humorista. Alguna vez la Cancillería de San Carlos vivió horas agitadas. Alguna de las empleadas del archivo, modelo de virtudes, se aburrió con ellas y sus compañeras de trabajo comenzaron a observar un cambio creciente en su figura y en sus curvas. Horror…

Hay necesidad de hablarle al señor canciller. Tímidamente le solicitaron una entrevista. Desde los días de don Pedro Gual no se había conocido un problema más grave en la Cancillería.

Cuando terminó de hablar conmovido el castizo y casto vocero de la denuncia, el profesor López de Mesa con su inconfundible acento, dijo:

-Será lo único con pies y cabeza que salga de esta Cancillería.

El doctor López de Mesa, -ese es el principal aspecto de mi admiración por él-persiguió como meta de su vida la adquisición de una cultura. Una de sus últimas obras se titula «Cogitaciones» Empleó todo su tiempo en «Cogitar». El mérito de los hombres se mide por la nobleza y jerarquía de sus propósitos.

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Septiembre
16 / 2019


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