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Así era visitar el páramo de Sumapaz en los años 80

Ernesto Guhl, un alemán-colombiano, nacido en la ciudad de Berlín en 1914, fue uno de los primeros geógrafos que recorrió Colombia. Esto fue lo que se encontró en el páramo de Sumapaz.

Foto: Luis Alejandro Bernal Romero/ Wikimedia Commons/ (CC BY-SA 2.0)/ http://ow.ly/MX9630psJAw

Ernesto Guhl, un alemán-colombiano, nacido en la ciudad de Berlín en 1914, fue uno de los primeros geógrafos que recorrió Colombia. Esto fue lo que se encontró en el páramo de Sumapaz.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 159 de junio 1983

Siempre ha sido hosco con la prensa. Pero cuando uno lo conoce, sentado entre el papel de colgadura amarillo, entre sus miles de libros, las fotos familiares y esos delicados contraluces que proporciona la luz de las cuatro de la tarde en las casas chapinerunas, se comprende que no es una persona hosca.

Es que tiene miedo. Miedo de que le hagan daño, de que lo malinterpreten, de que lo saquen de la torre de marfil de su saber y lo vulgaricen y lo deformen. Y es por eso que huye de la ciudad, de esas dos avenidas que ya cercaron su casa y la estrangulan lentamente, y se sube al páramo, a lo que él llama “el techo de Colombia», y desde allí, por encima de las nubes, mira a sus pies, muy lejano, todo aquello que no le gusta.

Es Ernesto Guhl. Un alemán colombianizado, que debe amar tanto el ajiaco con alcaparras como el chucrut. Aunque no haya ido más que tres veces a su país en 45 años, aunque conozca a Colombia mejor que muchos colombianos.

De él se ha dicho que es un segundo Agustín Codazzi. Al oír esto suelta una carcajada por entre las erres de su alemán gutural y pide que por favor se guarden las proporciones.

Pero lo cierto es que este geógrafo silencioso y admirable, que aborrece la figuración personal, las fotografías y los pie de fotos de las páginas sociales, ha realizado por Colombia una labor callada y trascendental durante el último medio siglo. No caben aquí todos sus títulos. Tiene, sin embargo, una pasión personal por algo muy colombiano, único, que lo hace diferente y notable: una pasión casi patológica por los páramos.

Ernesto Guhl ha descubierto que los páramos colombianos, esos yermos fríos y neblinosos que tanto rehuimos, son únicos en el mundo. Son una rareza geográfica y biológica, estética y espiritual de la que no se tiene conciencia. En Colombia está el páramo más grande y complejo del mundo, el de Sumapaz, que de hecho nutre toda la vida vegetal y las aguas de la Sabana y de los Llanos, y que parece proteger, encasquetándose su sombrero de niebla y llovizna, a esa Bogotá melancólica cuyo clima demente golpea al que llega.

Nacido en Berlín hace 69 años, el profesor Guhl llegó a Colombia en 1938. Lo trajo el viento del nazismo y de la guerra; huyó de su país cuando apenas había obtenido su primer título en geografía.

No le gusta hablar mucho sobre este tema: sus ojos grises se enfrían y miran duramente, y sus mandíbulas de ángulos marcados se endurecen. Luego sonríe y cuenta con aplomo cómo se encontró de repente en la Colombia de los años treinta con un grupo de alemanes que migraron por las mismas razones e hicieron de este país su segunda oportunidad.

El encuentro con el páramo

Unidos bajo la batuta del psiquiatra José Francisco Socarrás, aquellos inmigrantes que huían de dos guerras, crearon la Escuela Normal Superior de Colombia.

Era igual a la Normal Superior de París; buscaba la formación del profesorado de la segunda enseñanza. Allí se reunieron los europeos (españoles, alemanes, franceses, italianos), que no estaban conformes con el rumbo que tomaban las cosas en su continente.

La guerra civil española, Mussolini, Hitler, la caída de Francia, empujaron a gentes como el mismo profesor Paul Rivet, que hizo parte del núcleo de gente preparada y capaz que trabajó en la vieja Normal Superior. El profesor Rivet estuvo durante poco tiempo; fue nombrado representante de De Gaulle en México. Ernesto Guhl fue el más joven de aquel grupo.

Dos años más tarde, el joven geógrafo tendría su primer encuentro con el páramo. Fue durante un paseo sabanero, en un «piquete» a la vieja usanza, cuando Ernesto Guhl tuvo el encuentro más importante de su vida. Frente a aquella suave y algodonosa inmensidad, sin los bruscos riscos de los Alpes, ni sus hielos, Guhl se sintió por primera vez pleno. Se había hallado a sí mismo a través del páramo.

No regresó a Berlín sino por vía de visita o vacaciones. No sabe de qué lado quedó el viejo barrio berlinés donde nació, ni lo quiere saber.

Allí, encerrado entre las paredes de su vieja quinta chapineruna, un poco parecida a la de Eduardo Santos en sus techos rojos de latón y en sus cuatro aguas, en sus enredaderas y sus esquinas de piedra labrada, sus paredes de papel de colgadura rosado o gris, sus cortinas pesadas y la deliciosa anarquía de su estudio, el viejo Guhl permanece calificando los exámenes de geografía de sus alumnos de la Universidad Nacional, y preparando un nuevo libro.

Ha escrito por lo menos cinco, sobre los páramos, sobre la Sabana, sobre Colombia, y numerosos ensayos y trabajos de geografía, su geografía, esa geografía que no consiste en enumerar nombres de ciudades y latitudes y regiones. Sus nietos se asoman asombrados al mundo de enredaderas y celosías de madera y libros y mapamundis del abuelo.

Ese mismo abuelo del que ellos no saben que ha recorrido el país varias veces en un viejo Land Rover, que acondiciona para poder viajar de Neiva a Popayán por la ruta de La Plata, o para poder subirse desde el Magdalena por la antigua ruta de Coello. El mismo alemán que fue portada de «Semana» el 10 de octubre de 1955, por una investigación sobre seguridad social en el campo hecha para el Ministerio de Trabajo, y sirvió como asesor del Agustín Codazzi mientras consolidaba su cátedra en la Universidad Nacional.

Al páramo por el determinismo

¿Cómo llegó este berlinés, germano occidental, europeo, a amar como lo más importante de su vida (aparte de su familia) el páramo tropical? Ernesto Guhl se remonta a explicar que el ser humano es el único capaz de traspasar los límites que le impone la naturaleza, gracias a su capacidad de adaptación.

Incorporarse a un espacio nuevo exige un difícil esfuerzo, tanto en el orden físico como síquico. Hay que comprender la mente de la nueva sociedad para formar parte de ella, hasta aprender la malicia indígena. Esta lucha contra el «determinismo espacial y geográfico» permite a los migrantes, como Ernesto Guhl, o como los colombianos que aguantan hambre en París, adaptarse al medio y hacerse parte de él.

Hay, sin embargo, un determinismo circunstancial, que lleva a Guhl a Colombia y no a Bolivia, y al colombiano a París en lugar de Nueva Guinea. Ese mismo determinismo que enamora a Guhl del páramo y no de la selva tropical del Magdalena.


Foto: Archivo Diners.


La vastedad, la grandeza, ese silencio que se oye, ese contacto de la tierra con el cielo que se siente en el páramo, marcaron indeleblemente a este alemán. Tales elementos se sumaron al hecho de que los páramos, como paisajes (unidades geográficas) sólo existen aquí, en la Cordillera Oriental, mientras que hay selvas tropicales a todo lo largo del cinturón ecuatorial.

Así, Ernesto Guhl, el berlinés, encontró un nuevo Ernesto Guhl, geógrafo colombiano, a través del páramo. Más exactamente, a través del páramo de Sumapaz. El sistema ecológico que conforma este vasto paraje no se encuentra en ningún otro lugar. Es una irrepetible coincidencia, de altura, latitud, humedad, vejez y extensión.

Hay una estrecha relación y un funcionar acompasado entre clima, vegetación, tierra y animales del páramo. Es un sistema que, como un corazón, nutre de vida vastas regiones adyacentes. Allí nacen, como heladas quebradas, grandes ríos llaneros que miles de kilómetros después caen al Orinoco. Y parte de los ríos tributarios del Magdalena.


Foto: Archivo Diners.

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Desde este «techo de Colombia» se coordina, como en una gran oficina, el clima del país. El páramo está situado en el ecuador climático, una de las regiones de mayor pluviosidad del planeta, y por allí cruzan los vientos y circulan las nubes que determinan la parte andina de nuestro peculiar trópico.

Se dijo antes que el páramo era un yermo, pero a modo de imagen. No hay nada menos yermo, menos lleno de vida, que un páramo colombiano.


Foto: Archivo Diners.


Nada más bello que esas flores gigantes y lánguidas que nacen en el páramo, que esos pantanos llenos de extrañas plantas que forman sólidos colchones sobre el agua, que esos bosques neblinosos atestados de frailejones de tres metros y de conejos, curíes, venados y osos. Osos que nadie conoce, osos que nadie ha visto, pero que aún existen, refugiados en lo más profundo de las nieblas, huyendo de las escopetas y de convertirse en pie de cama en una casa bogotana.

El paso de Popayán a Pasto, las zonas altas de Boyacá y regiones adyacentes a las cumbres volcánicas de la Cordillera Central conforman también un sistema de páramos colombianos.

Pero el páramo de Sumapaz, con sus 120 kilómetros de largo por 100 de ancho, su altura promedio de 3.700 metros, su temperatura de 5 a menos 5 grados centígrados y su pico El Nevado, de 4.300 metros, es el mayor del país y del mundo, con respecto a otros lugares semejantes en forma, pero no en biología, del cinturón ecuatorial.

Es también el más asombroso, por cuanto su altura se alcanzó por sucesivos plegamientos de la Tierra y no por medio de violentos escupitajos volcánicos. Y único, porque a pesar de su gran altura, no tiene una topografía violenta; está compuesto por suaves curvas y montañas dóciles, redondeadas, pero de terrible clima.

Los sufrimientos de Federmán


Foto: Archivo Diners.


Guhl cuenta que en el África oriental, en Kenya, es posible encontrar regiones similares al Sumapaz, o, para ser más exactos, análogas. También las hay en Indonesia. Pero no se encuentran sistemas tan extensos ni tan desarrollados como los de la Cordillera Oriental colombiana.

La puna peruana, por ejemplo, es un páramo seco. El páramo, palabra aplicada en España a ciertas regiones altas, es un concepto ecológico más que geográfico; formas y vida, en conjunto, dan el paisaje, un paisaje único. Para Guhl, esta suma de grandeza, soledad y silencio, es un sedante; para otros, la desesperación.

Ya Federmán y su puñado de soldados acompañados por perros, lo sufrieron en el siglo XVI, al ascender por la aparentemente fácil ruta del Ariari, que los condujo a lo más erizado del páramo de Sumapaz.

Guhl cita a un autor alemán, Víctor von Hagen, que cuenta cómo sufrieron los hombres de Nicolás de Federmán la ascensión de 200 a 4 mil metros, en febrero de 1539. Tras las penurias de remontar las difíciles riberas del Ariari, murieron casi todos los cargadores indios y veinte caballos, solo en el primer día de permanencia entre las nubes. El suelo era tan helado que no podían enterrar a sus muertos. Aún hoy, el paso hacia las tierras bajas del occidente (hacia la Sabana), se llaman, con curiosa ortografía, «de Federmán».

Alrededor de esta impresión de hombres que no estaban preparados para enfrentar la humedad extrema y el impacto sicológico de la niebla permanente, se tejió una leyenda infernal que duró hasta los años cincuenta, cuando un sector de la población, impulsado por La Violencia, se vio obligado a establecerse en el páramo, donde no encontraron muerte sino sosiego y también formas de subsistir.

El páramo sufrió entonces el impacto humano. Hubo quemas, cultivos, asentamientos, que no alcanzaron a vencer ciertas barreras de altitud, donde ya no es posible sobrevivir en forma permanente, y que han protegido este colchón vegetal húmedo, suave y frío.

Humboldt también describe terriblemente los páramos. Habla de ellos como de regiones yermas en donde los desgraciados habitantes se disputan con los osos el alimento vegetal. «No se puede uno imaginar nada más espantoso que el camino que sirve de entrada a la pequeña ciudad de Pasto». Pero es una realidad falseada por la percepción.

Lo que aterra del páramo es ese muro de niebla que se yergue ante nosotros, esa pared de bosque apretado que confunde hasta a la brújula, ese chirriar permanente del suelo húmedo bajo el peso de las botas. «No es triste, es serio», dice Guhl. «No es melancólico, es severo. No es hostil, es grandioso».

El páramo hoy


El páramo comienza cuando el alto bosque tropical andino (2.800 metros), se transforma en bosque de niebla. Estas formaciones vegetales, que mezclan plantas puramente paramunas con fuertes arbustos, pueden ascender un poco más allá de los 3.500 metros, pero nunca tocan los 4.000.

También hay límites a la supervivencia humana, a su habitat y a la altura que un cultivo puede soportar. Estos tres límites rondan los 3.200 metros, altura o cota en donde aún se puede cultivar papa, pero con un proceso de maduración dos veces más largo que el normal. Guhl comprobó minuciosamente todos estos hechos sembrando él mismo las papas a diferentes alturas. Confirmó también la densidad de población: sólo 83 casas desperdigadas en los diez mil kilómetros cuadrados del páramo de Sumapaz.

Después del bosque de niebla se llega a las grandes extensiones de pastos rojizos, húmedas y llenas de frailejones, cubiertas a veces por rocas sueltas del tamaño de camiones, que proceden de «gelifracciones» o roturas provenientes de los fenómenos glaciales de hace miles de años.

Se encuentran, también, en cada vuelta del camino, pequeñas lagunas, formadas entre picos que parecen recién cortados y que en realidad corresponden a gigantescas acumulaciones de escombros glaciales, o «morrenas”. A más altura, sobre los 4.300 metros, se halla el pico El Nevado, que en las épocas invernales se cubre de auténtica nieve.

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Un firme camino destapado atraviesa hoy el páramo. Conduce a San Juan, lejana población en donde se refugiaron guerrilleros hace más de treinta años, formando una república independiente tan distante que nadie se percató de su existencia.

Todo ello está, sin embargo, en jurisdicción del Distrito Especial de Bogotá, que por extrañas razones se extiende a lo largo de estas regiones desconocidas y mágicas, hasta el límite con el Huila y el Meta. El páramo está a poca distancia de la ciudad. Se sale por la Avenida Caracas, camino de Usme. Se sube y se sube, a lo largo de nieblas y lloviznas.

Se pasa la represa de La Regadera, la hacienda de El Hato (3.200 metros) y a un par de horas de la ciudad (en un buen jeep o R-4), se llega a la región de los pastizales. El camino, firme y seco en tiempo de verano, conduce hasta el lejano corregimiento de Nazaret. Para avanzar hasta San Juan es necesario llevar gasolina.


Acampar en el páramo no es aconsejable si no se tiene vasta experiencia. Es fácil hallar algunas lagunas muy bellas y pequeñas a los lados del camino. Si se quiere llegar, sin embargo, a lugares como la laguna Negra, de extraordinaria belleza, cercana a las lagunas de Chisacá que se encuentran sobre la carretera, hay que proveerse de botas y guantes, mapas o un buen guía.

Más allá se necesita una buena brújula y el misticismo de un monje tibetano, para alcanzar las cercanías del pico El Nevado, o la laguna de La Guitarra.

 

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Somos nada

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El páramo, sin embargo, no es para todos. Es frágil, si alguien quiere hacerle daño. Y cruel, si no sabe enfrentarse a él. Algún día cruzará por su amplio lomo la carretera del sur, que ha sido proyectada para comunicar a Bogotá con Neiva y desatascar amplias regiones agrícolas.

El impacto que recibirá el páramo entonces será irreversible, a menos que la gente comprenda que debe acercarse a él como a un venado tímido y no como a una fiera peligrosa. Aunque su frío corte el aliento y el viento y la humedad penetren.

Es un precio bien bajo por subir hasta esa cornisa gigante y, a través de los cinturones y capas de nubes que se ven abajo, y a lo largo de las cadenas y cadenas de montañas que se suceden en el horizonte, tener una perspectiva del país entero.

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Septiembre
04 / 2019


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