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Historias de presidentes y otros personajes contadas por sus choferes

Una encuesta con los choferes de Ospina Pérez, Echandía, Eduardo Santos, Laureano Gómez, Lleras Camargo, Rojas Pinilla, Guillermo León Valencia, Carlos Lleras y Pastrana nos dejaron historias que siempre son buenas para recordar.

Foto: Archivo Diners

Una encuesta con los choferes de Ospina Pérez, Echandía, Eduardo Santos, Laureano Gómez, Lleras Camargo, Rojas Pinilla, Guillermo León Valencia, Carlos Lleras y Pastrana nos dejaron historias que siempre son buenas para recordar.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 118 de enero 1980

Para ser chofer común y corriente no se necesitan muchas virtudes. Pero para llegar a ser el chofer de un presidente se requiere de una gran dosis de discreción, de mucho cumplimiento y de una gran cantidad de abnegación.

Al fin y al cabo los conductores de los ex presidentes son esas personas que viven desde el carro los acontecimientos políticos del momento, participan de grandes homenajes y trasnochan por parejo, pero en la calle, por cada recepción a la que asisten sus jefes. Son personas a las que no les está permitido decir «ya nos vamos» o «estoy cansado» y para quienes la clave del éxito radica en poder cambiar una llanta en el mínimo de tiempo, en no hacer preguntas y en conocer minuciosamente qué es lo que le gusta hacer a sus señores para no importunarlos.

En el automóvil de López el pasajero más consentido se llama «Lara»

Foto: Archivo Diners.


Con las ventanillas cerradas y con dos guardaespaldas adelante viaja siempre en su automóvil Dodge Coronet, que maneja Mario Alarcón, el expresidente Alfonso López Michelsen. Según el conductor, a López «le gusta una velocidad prudente y rápida de 80 kilómetros por hora». El dice que a su patrón le gusta hablar por teléfono y leer en el automóvil, aunque de vez en cuando fuma pipa. Nunca se duerme en el carro.

En los cuatro años y ocho meses ha comprobado también que a doña Cecilia, de quien fue chofer en Palacio, le gusta la música estilizada.

En el carro del expresidente López una pasajera frecuente es «Lara». Alarcón asegura que la perra ladra para demostrar su agrado cada vez que la suben al carro. Admite que a ella también la acompaña un detective y que es muy educada porque no hace «chichi» cuando la llevan de paseo o al veterinario.

«Ramón, déle rapidito»: Ospina Pérez

Foto: Archivo Diners.


El 4 de febrero de 1964 Ramón Ruano Santacruz dejó de manejar el HK 257, un taxi de Radio Real, en el que prestó por dos años servicios por horas a la familia Ospina, y pasó a ser el conductor del Cadillac negro modelo 58 del expresidente Mariano Ospina Pérez.

El Dodge Coronet que reemplazó al Cadillac, el modelo 70 por el que se cambió y el modelo 75 que vino luego, también los manejo, porque Ramón acompañó al doctor Ospina hasta su muerte. Ahora es el chofer del Mercedes Benz verde que tiene doña Bertha.

Ramón conserva del doctor Ospina muchos recuerdos: “Me quedé con la ruana que él usaba, con la piyama que tuvo en la clínica y con las pantuflas. La ruana no la he mandado a lavar y tiene ese olorcito que él tenía. También tengo los primeros diez pesos que me regalo de propina y un dólar». Asegura que a los pocos meses de haber entrado a trabajar en la casa cambiaron los muebles y que él compró y aún conserva la cama doble toldada y torneada que el doctor Ospina y su señora cambiaron por camas gemelas.

Cuando se le pregunta a este hombre de 46 años como era Ospina en el carro, la respuesta no espera: «Era tan sencillo que cuando nos íbamos a las fincas ocupaba el asiento de adelante conmigo».

Explica después: «El vivía de mal genio y yo un día le dije que si estaba aburrido conmigo me lo dijera. Deje de ser bobo Ramón me contestó, que usted no es mi peón, ni mi chofer ni mucho menos. Usted es mi compañero de trabajo grábese eso. Ahora, si no peleo con usted, ¿entonces con quién peleo?».

De acuerdo con Ruano, cuando Ospina se subía al carro pedía que le sintonizaran Radio Santa Fe. «A veces se echaba su ‘motoso’, recitaba poesías o tarareaba La Piragua que le
gustaba mucho. Le molestaba que entrara aire por las ventanillas y fumaba Parliament’.

«Déle lo más rapidito que pueda, pero sin irnos a matar», era una de las más comunes advertencias que Ospina hacia.

«Con el doctor Ospina afirma aprendí veterinaria. Le gustaba vivir pendiente de los potreros en las fincas San Pedro y Santa Inés. Llevábamos la historia de los pastos que necesitaban abono y contábamos las vacas y novillos. Todos los viernes iba a las fincas. Le gustaba después dar una vuelta por Sopó para comparar los potreros de otras fincas con los suyos. Su fortaleza era tal que cuando llegábamos a Bogotá salía para la Clarita, en Fusagasugá».

En ese paseo por el norte, según Ramón, al expresidente le agradaba parar en Tres Casitas, en el Restaurante Buda o en Los Arrieros para comer arepa. Ruano recuerda también como buena anécdota la vez en que Ospina iba para un entierro y él lo llevó a otro porque la secretaria confundió la dirección.

A Laureano le gustaba andar a 140 k.p.h.

Pedro Nivia Quintero tiene 62 años y numerosas fotografías con Laureano Gómez. Fue su chofer desde 1948 hasta 1953. Gómez asistió a su boda en 1950 y fue el padrino de bautizo de su primer hijo. Nivia recuerda que a su jefe no le gustaba que fueran detectives acompañándolo en el automóvil. Iban en otro carro a distancia.

«Se sentaba siempre atrás y no le agradaba oír radio. Viniendo una vez de Boyacá se pinchó una llanta y el doctor Leiva le dijo que se pasara al carro de él. Pero del doctor Gómez no era amigo de bajarse de su carro y le dijo que yo cambiaba la llanta en cinco minutos. Le gustaba el carro limpio, bien brillado, bien polichado y que no fuera despacio. Con él había que andar a una velocidad de 140 kilómetros por hora. La puntualidad era su exigencia. A veces llegábamos a las cuatro de la madrugada de reuniones políticas y me decía: ‘Pedro, a las seis y media lo espero’. Me sorprendía porque aunque llegaba más temprano él ya me estaba esperando».

De acuerdo con Nivia a Laureano le agradaba salir de paseo los sábados y domingos por el norte. Cuando no iba a su finca de Santandercito, iba a Villapinzón o Chocontá o a la
represa del Sisga.» Con frecuencia iba donde la señora Amalia Hurtado de Sinisterra a tomar el té o donde las familias Mallarino y Merizalde. No le gustaba ir a restaurantes».

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El día que Rojas Pinilla dio el golpe, Nivia estaba con Laureano: «El 13 de junio llegamos temprano a Palacio. A las dos de la tarde llevé al doctor Gómez a su casa para almorzar y regresamos a Palacio pero no pudimos entrar porque el golpe estaba consumado.

Cuando arranqué me dijo: ‘Pedro, usted sigue siendo el chofer de su excelencia el doctor Laureano Gómez, presidente de la República’. Nos fuimos entonces para la casa de la familia de doña Margarita Escobar de Gómez y allí pasamos la noche», cuenta.

Alberto Lleras tomaba el timón en la Sabana

Días antes de que Alberto Lleras asumiera por segunda vez el poder. Carlos Mateus fue llevado a Palacio. «Empecé a trabajar con el doctor unos días antes, cuando él vivía en la Séptima con 76 en la residencia de Echavarría Olózaga. En la madrugada del día de la caída de Rojas lo lleve a Palacio con Guillermo León Valencia. López Pumarejo y Ruiz Novoa…

Llevé también después al doctor Lleras por la carrera Séptima hasta la calle 72 en medio de un numeroso público que lo aclamaba».

De los cuatro años presidenciales Mateus recuerda: «Frecuentaba las salidas fuera de Bogotá, especialmente a la finca El Cucharo, de Enrique Toro Calle, entre Girardot y Tocaima. Allí se reunía el presidente con sus viejos amigos y familiares.

Le gustaba la cacería de conejo: a las seis de la tarde se alistaba un jeep, se le bajaba la carpa y allí se iba el señor presidente con su escopeta. El doctor Lleras tiene muy buena puntería. También le gustaba montar a caballo». Mateus recuerda que al presidente «le gustaba, esporádicamente, salir a manejar por la sabana un Mercedes convertible», mientras se sentaba a su lado, y que no le agradaba oír radio sino contemplar el paisaje.

No olvida como uno de los gestos más cariñosos de la familia fue la comida que ofrecieron en el comedor de la Casa Privada a todos los empleados que como él trabajaban a su servicio el día en que Marcela Lleras cumplió sus quince años.

Hoy cuando se pregunta quién le «choferea» al doctor Lleras, muchos responden: «Su hija Marcela». Entre risas Carlos Mateus comenta: «Pues fui yo quien le enseñó a manejar a la señorita».

Para Ernesto Torres si hubo reelección presidencial

Ernesto Torres, actual empleado de la Empresa de Energía Eléctrica de Bogotá, fue chofer de Palacio en la administración de Valencia y repitió en la de Pastrana.

Del expresidente payanes recuerda: «Una sola vez que íbamos para el Valle de Tenza me pidió que fuera despacio porque le daba vértigo y no se podía concentrar en el discurso que tenía que pronunciar. Era muy simpático y le gustaba andar sin escolta.

Una vez lo llevé de cacería a los Llanos Orientales y otra al Páramo de Guasca. Cuando el presidente Valencia iba a Hatogrande le gustaba comer quesillos y tomar caldo de tortuga».

A Pastrana Borrero lo acompañó cinco años: «El presidente Pastrana dice hablaba poco, apenas lo necesario. Una vez que veníamos de Hatogrande, donde por lo regular pasaba,
los fines de semana cuando estaba en Bogotá, se pinchó una llanta pero él no esperó a que yo la cambiaría: con la señora María Cristina se pasó a uno de los carros de la escolta. El doctor Pastrana es para mí un hombre muy sereno. Nunca lo vi ofuscarse”.

Eduardo Santos entró una vez en camión a Bogotá

A los 72 años, dueño de una pensión vitalicia que le dejó Eduardo Santos, José Torres, su chofer desde septiembre de 1946 hasta marzo de 1974, recuerda de manera especial la noche en que al regreso de un paseo por Sesquilé al carro se le reventó la correa del ventilador. «Como pude dice llegué al retén de Chía, donde dejamos el carro porque el doctor Santos y yo llegamos a Bogotá en el primer camión que pasó».

«Cuando el doctor Santos quería conferenciar con un alto personaje lo recogíamos en el Packard. A veces me decía: José, coja para el norte, para donde se le antoje’. Yo alcanzaba a llegar a Zipaquirá o mucho más lejos, pero no lo escuchaba porque el carro además de timbre y teléfono tenía un vidrio que separaba al conductor de los pasajeros». El doctor Eduardo Santos tuvo además un Ford, un Mercedes Benz y una camioneta Chevrolet. «Cuando iba a estarse más de ocho días en su finca Bizerta viajaba en la camioneta con el servicio».

Torres asegura que cuando él entró a trabajar, el doctor Santos fumaba cigarrillos nacionales en el carro. «Pero eso no duró mucho anota. No volvió a fumar y más bien le fastidiaba el humo. Dejaba que otros fumaran en el carro pero yo veía que no le gustaban las colillas.

Le agradaban las canciones mexicanas y la música clásica de la H.J.C.K. Nunca fue amigo de bajarse en ninguna parte, aunque de vez en cuando si hacía parar el carro para satisfacer un antojo: ¡Miren, el Palacio del Pandeyuca!, exclamaba y ordenaba: ‘José, vaya cómpreme pandeyuca caliente’. Cuando había manifestaciones me decía: ‘José, vamos a ver los toros desde lejos’. Algunas veces nos tocó correr. El doctor Santos era muy curioso».

Sobre la velocidad el conductor dice que cuando estaba solo le gustaba correr. «Íbamos a Sogamoso a cien kilómetros por hora. Pero cuando iba con doña Lorencita prefería andar despacio.

Torres confiesa que no ha conocido mejor caminante que su patrón: «Bueno José, me voy a pie’, decía, y yo lo seguía en el carro por si acaso se cansaba. Pero el doctor Santos salía de su casa de la calle 67, cogía la 13 y llegaba a El Tiempo caminando. Cuando murió doña Lorencita salía a caminar con don Carlos Quintero. Yo los dejaba en el carro en la calle 96 con la Séptima y ellos bajaban hasta la autopista».

«Por la tarde agrega les gustaba salir de paseo por el norte. Nos devolvíamos generalmente en Sesquilé porque a mí me aterraba que al doctor Santos lo cogiera la noche en esos pueblos, aunque él no se preocupaba por ello. No recuerdo haberlo visto nunca ofuscado. Era un hombre muy sereno.

Carlos Lleras cogió bus durante una varada

Absalón Rangel estuvo al timón del carro de Carlos Lleras Restrepo durante más de 20 años. Con él vivió el 9 de abril y su presidencia. «Yo creo afirma que el doctor Lleras
no es como lo pintan. Es una persona muy afable y lo que hablan de su mal genio no es cierto. Como a todo el mundo a él le da mal genio por momentitos».

“A él asegura le gusta viajar con los vidrios abajo. Casi que ni cuando llueve sube las ventanillas porque no le gusta sentirse encerrado».

«Tampoco agrega le gustaba oír radio. Conversaba poco y siempre se iba pensando. Cuando fue presidente no le gustaba hablar por el teléfono del carro: había a veces mucha interferencia y eso más bien lo impacientaba».

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Rangel recuerda como especial detalle la vez en que se varó el carro al regreso de un viaje a Tunja. «El doctor Lleras y doña Cecilia se bajaron y se montaron en un bus de línea con la mayor sencillez del mundo».

Rangel dice que en cada viaje el doctor Lleras siempre le traía un regalito. Recuerda que el 9 de abril a la hora en que supo la noticia del asesinato de Gaitán, el doctor Lleras dejó la sopa servida, salimos hasta el centro por la Séptima y bajamos hasta la iglesia de San Francisco…».

Relata que si alguna vez al carro le dieron un raspón en los veintitantos años que trabajó con él, el doctor Lleras nunca se alteró: «Déjelo que a lo mejor ni tendrá con qué pagar”,
le decía.

A Echandía no le pueden faltar los pandeyucas de Silvania

Foto: Archivo Diners.


Según lo ha podido comprobar su conductor Víctor Julio Muñoz, el dos veces designado a la presidencia Darío Echandía se duerme a raticos en el carro. Al doctor no le gusta oír música y muy pocas veces entabla conversación con uno. Va siempre concentrado en sus cosas».

Muñoz, quien desde hace cinco años está al servicio del expresidente, dice que él se sienta siempre atrás, al lado derecho cuando va solo, al lado izquierdo cuando sale con su hermana Carlota y adelante, cuando son más de dos los pasajeros.

«Le gusta salir de paseo en las horas de la tarde, generalmente a dar vueltas por la Séptima hacia el norte. Cuando Lleras Camargo vivía en Chía iba mucho allá».

Una vez viniendo de Ibagué falló la bobina eléctrica del Mercedes Benz azul oscuro. Muñoz no tardó sino media hora en repararla pero Echandía cogió un taxi para llegar a Bogotá. “Me pidió que le parara un carro y que lo echara en el con doña Carlota».

Le gusta que lo lleve a las librerías (Central, Buchholz y Temis), a la Peluquería Tequendama, a la iglesia para oír la misa por el alma de su esposa, a caminar por los Jardines de la Paz o a Unicentro a mirar vitrinas.

Cuando alguien pasa a recogerlo en otro carro, el chofer de Echandía debe seguirlo en el suyo. Muñoz sabe que cuando el Maestro le dice “váyase detrás de mí» la orden obedece a un motivo muy especial. «Al doctor no le gusta entregar los abrigos en las recepciones. Yo tengo que estar pendiente para recibirlo y entregárselo a la salida», confiesa. De otro asunto también debe estar alerta de comprarle pandeyucas en el retén de Silvania cuando el maestro viaja a Ibagué porque es una de las cosas que más le gustan.

Rojas tenía de chofer a un alcalde

Foto: Archivo Diners.


«En el nombre de Dios dijo un hombre y nunca le fue mal», repetía a modo de oración aunque no se santiguaba el general Gustavo Rojas Pinilla cada vez que se subía al carro.

Su chofer Félix Garavito, quien pasó después a ser el conductor de María Eugenia, afirma que al general le gustaban unas velocidades muy altas. «de cien para arriba», y recuerda que cuando era presidente «repasaba los puntos de sus discursos en el automóvil. A pesar de que le gustaba la música clásica, la oía muy poco en el carro. Prefería leer».

Garavito, un acuerpado sargento en uso de buen retiro, que fue alcalde militar en La Cumbre, Valle, durante la época de la Violencia, acompañó a Rojas desde cuando era coronel de la Tercera Brigada en Cali. «Entonces le gustaba cazar pichones», afirma.

El 13 de junio de 1953, día en que Rojas subió al poder, el chofer no estaba con él porque se encontraba con el hijo del general en la finca Las Flores, en el Carare.

Rojas parecía que tuviera un sexto sentido. «Mi general preveía las varadas. ‘Carajo, maldita sea, nos vamos a varar’, decía, y preciso, aunque fuera una llanta se nos desinflaba. Llegué a sentir temor por sus palabras porque lo que decía era fijo que sucedía.

Una vez íbamos para el Carare. Acostumbrábamos retanquear en Barbosa, en la bomba de un pariente suyo, pero antes de llegar allí exclamó: ¡Carajo! no podemos ir al Carare’. ‘¿Por qué mi general?’, le pregunte. «Alguna cosa pasa’, dijo, y agregó que en tal caso nos iríamos para el Hotel Agua Blanca en Puente Nacional.

Allí llegamos porque tan pronto entramos a Barbosa nos informaron que había un derrumbe y que por lo menos tardaban tres días en sacarlo».

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Agosto
24 / 2019


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