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6 a.m. Hoy por Hoy, el secreto detrás de uno de los programas radiales más exitosos de Colombia

Conozca cómo empezó 6 a.m. – 9 a.m., el programa radial más popular de Colombia, que con un grupo de periodistas de peso ha logrado mantenerse en vigencia.

Foto: Erkan Utu from Pexels

Conozca cómo empezó 6 a.m. – 9 a.m., el programa radial más popular de Colombia, que con un grupo de periodistas de peso ha logrado mantenerse en vigencia.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 121 de abril 1980

A las 5 y 15 de la mañana aún está oscuro en Bogotá. Un viento helado baja de Monserrate y Cruz Verde. Es posible encontrar solamente uno que otro borracho que perdió el camino del regreso y las primeras personas que marchan al trabajo. El alumbrado público sigue encendido. Gallos insólitos que nadie puede ver se dejan escuchar en pleno corazón de la ciudad. Ocasionales jaurías de perros entusiastas se apoderan de las calles desiertas.

A esa hora empiezan a levantarse los siete periodistas que entre las seis y las nueve de la mañana empujarán al aire el programa más sintonizado de la radio. Aunque confiesan que todavía, después de un año, les cuesta trabajo madrugar especialmente con guayabo», dice Julio Nieto Bernal- no hay una sola ocasión en que los siete hayan llegado simultáneamente tarde.

Por lo general, antes de las seis va han llegado Alfonso Castellanos y Julio Nieto, que son los primeros. Jorge Rincón aparece al filo de las seis. Antes de media hora ha llegado Yamid Amat. Y en la hora siguiente se incorporan al grupo Javier Ayala, Hernán Peláez y Antonio Pardo.


Foto: Archivo Diners.

Ellos, junto con los locutores Jorge Antonio Vega y Eduardo Aponte, constituyen el equipo de Caracol que todas las mañanas monopoliza la atención de 7 millones de radioescuchas en todo el país. Como dicen las señoras, es una nómina de lujo, donde aparecen varios de los mejores y mejor pagados periodistas colombianos.

Durante las siguientes tres horas, el reducido espacio donde trabajan (una cabina de locución de escasos siete metros cuadrados y un cuarto lleno de equipos de transmisión en uno de cuyos rincones cuelgan seis teléfonos) se convertirá en un hormiguero y los siete se dedicarán a presentar noticias, promover polémicas, conseguir personajes inubicables, analizar cables y meter a las casas de los colombianos las voces de corresponsales que llaman desde una docena de ciudades en una docena de países.

Periodismo de corbata

Cuando el programa empieza, pocas cosas hacen presagiar esa película de cámara rápida en que se convierte la acción después de un rato. Los primeros minutos transcurren dentro de inusitada tranquilidad. Julio Nieto Bernal identifica el programa, Alfonso Castellanos identifica la fecha y el santo del día y se inicia una pausada revisión de las principales noticias de los periódicos.

Un itinerario dibujado en un cartón les muestra los patrocinadores de las distintas franjas del programa e indica determinados tiempos especiales que se dedican a asuntos internacionales, deportivos o económicos.

La cabina está alfombrada hasta el techo. Encima de una mesa forrada en tela hay tres micrófonos, un par de bombillos (el rojo se enciende cuando están en el aire) y un timbre para llamar la atención al operador del cuarto de equipos (el «máster»), que está separado de la cabina por un doble vidrio. Hay dos relojes: uno en la pared, electrónico; y otro, como de trasatlántico, colocado frente a ellos en una pequeña caja. Frecuentemente los periodistas mencionan la hora a través del micrófono.


Foto: Archivo Diners.

A las 6 y 48 a.m. llega el tinto, pero los oyentes no lo saben. Para entonces ya han empezado a entrar las llamadas de los corresponsales. Desde el máster, Jorge Rincón ha hecho contacto con Juan González Restrepo, en Madrid. A través de la ventana muestra un papel a sus colegas donde ha garrapateado la palabra España. Cambio. Habla desde Madrid Juan González y, entretanto, en Bogotá, preparan noticias agropecuarias.

Yamid Amat, que llega vestido tan formalmente como sus compañeros (se diría que creen que el programa es televisado), lee algunos cables y ensarta ocasionalmente sus propias observaciones o datos complementarios sobre ellos. Desde la cabina, colgado a uno de los seis teléfonos se ve a Rincón en el ídem del máster. De repente hay humo blanco. Desde Chile, un periodista de Radio Minería que también madrugó informa a los colombianos acerca de la abrupta cancelación del viaje del presidente Augusto Pinochet a Filipinas.

Más tarde, a lo largo del programa, habrá contacto con Moscú (Pedro Clavijo), Nueva York (William Restrepo), Roma (Álvaro Galindo), La Paz (Luis Peñaranda), Londres (Hugo Sabogal), París (Julio Olaciregui), Bonn (Andrés Salcedo) y Buenos Aires (Roberto Di Marco).

Las comunicaciones de larga distancia constituyen uno de los más elevados costos del programa. En enero de 1980 la cuenta subió a 1 millón 200 mil pesos, y en 1979 hubo meses de más de millón y medio. Los altos costos y la arrasadora audiencia hace que las cuñas de «6 a.m. – 9 a.m.» sean unas de las más caras de la radio: 100 mil pesos mensuales por 30 segundos diarios.

Colonizando orejas

El programa salió por primera vez al aire el primero de abril del año pasado. Sus fundadores se inspiraron originalmente en un espacio de corte parecido y éxito similar «Europa Uno” que se transmite en Francia desde hace 18 meses. Hace poco, cuando conocieron más acerca de “Europa Uno» se dieron cuenta de que, sin saberlo, coincidían en varios puntos con el sintonizado programa francés.

Desde un comienzo el espacio tuvo una acogida sorprendente. Los enormes avisos de prensa que mostraban a los periodistas de “6 a.m. – 9 a.m.», en el proceso de consumir un delicioso desayuno atrajo la atención y hasta cierto punto la envidia- de numerosos lectores.

De esta manera, muchos que no acostumbraban a escuchar radio a esa hora, fueron colonizados por Caracol. Ahora son millones los que se bañan, se afeitan, se visten, se desayunan y se trasladan al trabajo mientras escuchan «noticias cada instante».

Personajes en el paredón

A las 7 a.m. termina la etapa tranquila del programa. A partir de ese momento, hay media hora durante la cual se transmite el noticiero de la cadena y que los periodistas del espacio aprovechan para cargar los cañones. Rápidamente elaboran la lista de las personas a las que tratarán de contactar con el fin de ampliar las noticias del día y empiezan a casar peleas.

Hay una noticia sobre la crisis de la Corporación Financiera de Boyacá, así que anotan los números del gobernador del departamento y del senador que se ha convertido en su principal crítico. Más adelante, valiéndose de dos de los teléfonos ubicados en el rincón del máster, conseguirán enfrentarlos en un ring electrónico que acabará por convertirse en lucha de relevos cuando el gobernador actual sindique a su antecesor de irregularidades y a través de un tercer teléfono se invite a éste a que suba al ring y se defienda.


Foto: Archivo Diners.

Las entrevistas y los puentes telefónicos para las controversias constituyen la esencia del programa, y lo que verdaderamente hace vibrar a quienes lo hacen. Cada vez que pescan a un personaje vinculado a las noticias del día, hay cierto revuelo en la cabina. Unos ingresan a ella con el fin de bombardearlo, mientras otros permanecen prendidos a los teléfonos en procura de otros personajes.

«Por lo general elaboramos listas de unos 20 nombres, de los cuales conseguimos más o menos la mitad», observa Alfonso Castellanos. “Muchos se niegan a pasar cuando les decimos que los vamos a enfrentar a su contradictor».

No sólo eso. Otros han llegado a regañarlos ante los 7 millones de oyentes. Fue el caso del exministro Abdón Espinosa Valderrama, quien les recriminó por hacerle «preguntas de mala fe». Por su parte, el embajador de Venezuela, Virgilio Lovera, se molestó cuando fue enfrentado al destituido cónsul en Barranquilla: «Es como si a usted lo pusieran a polemizar con el portero del edificio», le comentó con desagrado al periodista.

La diferencia internacional de horas se presta para otros tropiezos. En una ocasión “6 a.m. – 9 a.m.», logró telefonear a Gabriel García Márquez en México. El mismo contestó y, al ser requerido para la entrevista, se limitó a observar con voz espesa antes de colgar:
«Llámeme a una hora decente». En México eran las 5 y 30 de la madrugada…

Son muchos los personajes a los que desde la víspera se les solicita su colaboración y se les anuncia la llamada. Otros simplemente reciben la sorpresa. Buena parte de ellos colabora. Pero otros se mandan negar. Y hay algunos que acuden a trucos extremos.

El embajador en Estados Unidos, Virgilio Barco, por ejemplo, levantó el auricular una mañana en su residencia y, cuando el periodista lo solicitó de parte de Caracol, respondió con su tono inconfundible: «El doctor ya salió». En Washington eran las 7 de la mañana…
¡Para qué llamarán esos carajos!

Hacia las ocho el programa está que arde. El máster es una torre de Babel. La devolución rápida de cintas grabadas hace pensar que el Pato Donald se incorporó a la nómina de locutores. Mientras alguno utiliza el radio-teléfono que lo conecta con 50 de las 78 emisoras de la cadena, otro consigue comunicación con San Andrés –donde hay un congreso de ejecutivos, y otro logra ubicar, con la ayuda de colegas internacionales, a un miembro de la Junta de gobierno de El Salvador.

Ocasionalmente entran colaboradores especiales como Guillermo Rodríguez, quien informa sobre la vida cultural. Desde la cabina, Amat hace señas de que corten ya al entrevistado de turno. Antonio Pardo pide, también por señas, una última pregunta. Javier Ayala se convierte en mimo para decir que, después de esa última pregunta, es preciso cortar porque él tiene en la línea a otro de los personajes. Castellanos asiente con la cabeza, mientras Nieto y Rincón marcan otros teléfonos.

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A través de los micrófonos se han escuchado risa, llanto, ira. La viuda de Salvador Allende lloró cuando le hicieron oír la grabación de las últimas palabras de su esposo: el director de impuestos nacionales sufrió un prolongado ataque de risa, pese a su triste cargo, que obligó a interrumpir la transmisión; el gobernador de Sucre montó en cólera cuando luego de la tragedia de Corralejas, le preguntaron cómo iba la investigación a Dios.

Otros han reaccionado con evidente molestia ante la llamada de estos imperturbables buscadores de noticias. Alguna vez, cuando hicieron contacto con el exdictador Somoza en lo más caliente de la crisis de Nicaragua, el periodista le oyó exclamar: «¡Para qué m… me volverán a llamar estos carajos!». Pero Nicaragua pudo vengarse unos meses después, cuando pretendieron poner entre los palos a Sergio Ramírez, miembro de la junta de gobierno, a raíz del diferendo internacional con Colombia. Le dispararon preguntas de todo calibre, y Ramírez siempre tuvo una respuesta mejor. «Nos volvió ropa de trabajo», reconoce Javier Ayala.

La mayor frustración

A lo largo del primer año del programa, en “6 a.m. – 9 a.m.» han hablado los presidentes de casi todos los países latinoamericanos, a excepción de los de Argentina, Chile y Paraguay. Con la salvedad de Carlos Lleras Restrepo y Alberto Lleras Camargo que no quisieron hablar, son muy pocos los personajes colombianos que no han sido entrevistados en el espacio. Una vez el programa sirvió para unir al polo norte (Alaska) con el polo sur (Tierra del Fuego) y para tomar permanentemente el pulso a la guerra civil en Nicaragua.

Hasta el diablo ha tenido que ver con el programa: en una ocasión, cuando trataban de conseguir al Nuncio, una monjita que lo negó a Alfonso Castellanos, recibió la siguiente admonición:

– Mire, Hermanita, usted sabe que el cristiano se puede ir al infierno si dice mentiras, así que mejor páseme al Nuncio…
(La monjita, entre paréntesis, debía estar muy segura de haber acumulado suficientes indulgencias plenarias, pues insistió en negarlo).

Pero también ha habido frustraciones. Y la mayor ha sido el silencio impuesto por el gobierno en el caso de la embajada tomada por el M-19. «No hay acto internacional en el mundo que no hayamos cubierto señala Yamid Amat.

Hablamos con el embajador español herido en Guatemala, y en El Salvador logramos poner en contacto a la esposa de un ministro, que había sido secuestrada, a dialogar con su marido. Sin embargo, en Colombia no hemos podido decir casi nada sobre el caso de la embajada tomada por el M-19. Es lo más frustrante que nos ha ocurrido».

Amat, que es el coordinador del programa, insiste en que con el gobierno no hubo ningún pacto de moderación informativa, sino pura y simple censura.

El pan de cada día

Cuando el programa está a punto de terminar empiezan a llegar las mujeres. Tres horas antes, Alfonso Castellanos se había despedido de Tulia Eugenia Ramírez, su mujer, y ahora ella aparece allí con unos papeles bajo el brazo; lo mismo ocurre con Amat y Amparo Pérez. Amparo, Tulia Eugenia, Margot Ricci, Virginia Vallejo y Pilar Lozano conforman el grupo de periodistas que se apoderan de los micrófonos cuando terminan los varones a las 9 en punto.

En ese momento deja de escucharse la música característica del programa enrazada con la de la película «Zeta» y se despiden los encargados de traer «noticias cada instante». Los oyentes volverán a saber de algunos de ellos a las seis de la tarde.

Pero en realidad el programa no ha terminado. Religiosamente, como si se tratara de una ceremonia ineludible, los siete salen a la calle, suben por la Avenida 19 y se cuelan a un subterráneo donde funciona la cafetería del Hotel Dann.

Allí viene el desayuno, la escena aquella que anunciaban los periódicos. Solo que en vez de un ligero té devoran enormes tazas de peto y en vez de los elegantes croissants consumen casi dos kilos diarios de arepa. Estamos en 9 a.m. – 10 a.m., el programa favorito de los periodistas colombianos que lanzan el programa favorito de sus compatriotas.

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Agosto
12 / 2019


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