Cultura

Así sería un pueblo colombiano en 2063

El artículo Así sería un pueblo colombiano en 2063 fue publicado originalmente en Revista Diners de septiembre de 2013

En 1963, hace ya cien años, Arenal estaba anclado en la prehistoria como casi todos los pueblos del Caribe colombiano: no tenía servicio de agua potable, pese a que se encontraba flanqueado por un río, ni puesto de salud. Cuando algún morador necesitaba atención médica urgente, era llevado en andas hasta el mercado. Allí se le traspasaba a un destartalado autobús en el que los pasajeros iban entreverados con gallinas y bultos de cebolla. Para llegar a Cartagena, la ciudad más próxima, el vehículo debía internarse durante hora y media en un camino de herradura.

Solo existían dos escuelitas de enseñanza primaria, una para niñas y otra para niños. No había colegio de bachillerato ni energía eléctrica. Los habitantes se iluminaban con lámparas de petróleo, y al caer la tarde encendían fogatas en el suelo de tierra para espantar los zancudos. Entonces se sentaban en las terrazas a esperar que adentro de los hogares amainara la sofocación. Sentados en sus mecedoras de mimbre o en sus taburetes, armaban unas tertulias comunales y descomunales sobre los temas más simples de la cotidianidad: la suerte de las cosechas, el pronóstico del tiempo, la subienda de bocachicos.

El pueblo al que no llamaban por su nombre

El pueblo había sido bautizado San Estanislao de Kostka en honor de un santo polaco. Sin embargo, los habitantes tenían el buen juicio de no usar semejante nombre tan afectado: todos le llamaban Arenal debido a las nubes de polvo que se levantaban en sus calles sin pavimentar.

Era inaudito que Arenal fuera un pueblo tan atrasado estando cerca de las capitales más importantes del Caribe colombiano: a cuarenta y siete kilómetros de Cartagena y a ciento veinte de Barranquilla. Los arenaleros que murieron en aquellos años sin haber viajado a esas dos ciudades, jamás conocieron un teatro, ni una heladería, ni un parque de diversiones, ni una carretera asfaltada, ni una bombilla eléctrica, ni una licuadora, ni un supermercado, ni un centro comercial, ni una cámara fotográfica.

La vida era igual en casi toda la zona rural del Caribe: los hombres madrugaban a jornalear en el campo y las mujeres a hacer las tareas domésticas. Un día corriente de Arenal incluía pesca en el Canal del Dique, ordeño en los hatos ganaderos, laboreo en los pequeños huertos, compraventa de carne y verduras en el mercado.

Se cocinaba en fogones de leña, se barría con escobajos de palma, se zurcía a mano. A las nueve de la noche el pueblo dormía. Reinaba entonces un silencio que solo era interrumpido, de vez en cuando, por los animales: ladraba un perro en la calle Santander, le contestaba otro en Punta Canoa. Relinchaba una yegua, rebuznaba un burro, volvía a aullar el primer perro.

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El amanecer en el Arenal

Al empezar la alborada los gallos armaban su alboroto. Era el momento de levantarse de la cama para emprender la nueva jornada. Y así un día tras otro. Aquel atraso secular favorecía la oralidad. Conversar era como montarse en una alfombra voladora para zafárseles a los cuarenta grados centígrados de temperatura.

Al compartir sus palabras en las esquinas, los arenaleros trazaban caminos de luz allí donde el Estado indolente solo había dejado oscuridad. Además eran inventivos: sabían convertir en memoria sus propios amores, y entendían que allí donde estaban, tan lejos de la Civilización, tenían que cantar ellos mismos si querían oír música.

El entretenimiento en cuentos y películas

Para que nunca faltaran cuentos, los habitantes de aquel pueblo carente de bibliotecas, escribían historias con sus voces, y luego las acomodaban al alcance de los niños en los anaqueles del viento. Así aprendieron, también, a ver películas antes de que les llegara el cine: abrían las ventanas, aguzaban los sentidos.

En la calle siempre había acción: el loquito del pueblo apedreaba una casa, dos mujeres se disputaban un marido común, un borracho se desplomaba en la acera. Transcurrió el tiempo. Arenal pasó de cinco mil a once mil habitantes. Si la tradición oral sobrevivió a la energía eléctrica y al cine fue, en parte, porque el pueblo siguió rezagado a pesar de tales novedades: el mismo polvorín, la misma pobreza y, sobre todo, el mismo abandono estatal.

Aquí la única vez que vieron en persona a un presidente de la república fue en 2010, cuando ya el municipio tenía más de dos siglos.

Entonces se había presentado una de esas inundaciones recurrentes que ocasiona el Canal del Dique. El presidente Juan Manuel Santos recorrió en bote las calles anegadas, repartiendo adioses distantes con su mano derecha.

Tras aquella jornada, calificada en su momento como histórica, volvió el olvido de siempre. No vino ningún otro presidente, pero en cambio siguieron llegando las inundaciones, las sequías, las plagas, los apagones, las escaseces.

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Sí, esto es el 2063 en el Arenal

Me pregunta usted cómo es que a estas alturas, abril de 2063, los arenaleros continúan su vida anticuada. Todavía madrugan a laborar en el campo, todavía arman sus conversaciones vespertinas en las terrazas. “¿Por qué?”, insiste usted, “¿por qué?”. Justamente por eso que le estoy diciendo: el atraso. Ni el cybercafé anacrónico que hay ahora, ni la televisión por cable que nos instalaron hace años, ni el par de calles que nos pavimentaron, son suficientes para hacernos progresar, y menos con la clase dirigente mediocre de nuestra región.

Muchos arenaleros profesionales saben que, más allá de sus confines, el mundo ha sido transformado por la tecnología. Pero tales cambios valen muy poco aquí, en este callejón, donde usted y yo vemos ahora aquella mula que se rasca el espinazo contra el horcón. ¿Usted cree que aquel anciano se imagina a sus nietos montados en ascensores satelitales? En 2013 los habitantes de las grandes ciudades ya avizoraban su futuro a través de la tecnología.

El futuro que soñamos

Cuando se les pedía imaginar cómo sería el planeta dentro de cincuenta años, enumeraban una serie de adelantos tecnológicos: aparatos que se activaban al ponerles enfrente las huellas dactilares, ciudades espaciales, androides que transportarían los víveres comprados a domicilio, casas inteligentes comandadas desde los teléfonos móviles: un ícono para regular la temperatura, otro para manejar la lavadora, otro más para encender el robot que podaría el césped.

No faltaba el que vislumbraba un automóvil capaz de conducirse solo, para que el dueño pudiera ir chateando mientras se desplazaba. Tampoco el que deliraba con clones que les permitieran a los hombres el don de la ubicuidad: ser varios para estar, al mismo tiempo, en la oficina y en el bar. Algunos suponían que en el futuro los seres humanos tendrían instalado un sistema de bluetooth, y de ese modo transferirían datos entre sus cerebros y sus computadoras.

Pero ya ve usted, amigo, esas conjeturas resultaban demasiado sofisticadas para un pueblo tan primitivo como Arenal, donde en vez de avanzar hemos retrocedido. El servicio de acueducto está restringido, las alcantarillas se han averiado, el matadero público fue clausurado, al puesto de salud no volvió ningún médico rural. ¿Qué nos queda, entonces? Emplazar nuestras mecedoras en las terrazas, como hace un siglo, para tomar la fresca de la tarde. Y para seguir echando el cuento, lo único que siempre hemos tenido, lo único que siempre tendremos.

*ALBERTO SALCEDO RAMOS: Cronista y escritor colombiano, ganador del Premio Ortega y Gasset por La travesía de Wikdi, publicada en SoHo.

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