Cinco libros sobre la muerte y el duelo

Cuando un ser querido se va, a veces parece que no nos sirve nada. Sin embargo, los libros tienen preguntas y respuestas que pueden ayudar en este proceso.
 
Cinco libros sobre la muerte y el duelo
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Revista Diners

Antes de cruzar la calle tomamos la precaución de mirar a ambos lados, si nada viene nos lanzamos. Pero si algo viene nos detenemos y evitamos la tragedia de la muerte accidental sin la conciencia de que estamos haciendo exactamente eso: evitar a la muerte. También existen barandas de escaleras, por si el equilibrio nos falla y resbalamos escalón tras escalón hasta la muerte. Tomamos pastillas para acabar las infecciones que hace años, cuando no existían antibióticos, mataban personas en apenas unos pocos días. Hacemos cosas a diario, convencidos de que estamos viviendo, cuando en realidad estamos evitando la muerte.

1. Lo que no tiene nombre – Piedad Bonnett


La autora colombiana Piedad Bonnett relata el testimonio sobre el suicidio de su hijo. La historia, en este libro, son los días que le siguen a este hecho que cualquier madre o padre le cambiaría la vida. La historia, son las preguntas vueltas culpas, las respuestas tibiamente formuladas, las certezas dolorosas pero, también, una forma de verse de frente con la muerte, que esta vez es la de su hijo. Este libro es triste y hermoso, y es perfecto para quienes no cesan de hacerse preguntas sin respuesta.

2. El año del pensamiento mágico – Joan Didion

El dolor, la muerte y el luto. Este libro es una descarga emocional dedicada a John Gregory Dunne, el marido de la escritora norteamericana Joan Didion, quien murió de un ataque al corazón, frente a ella, mientras la hija de los dos se encontraba en coma en un hospital neoyorquino. El libro es una reflexión sobre el sinsentido que trae la muerte de su marido a su vida y sobre cómo el tiempo, el trabajo, y lo que llamamos rutina entra en otra dimensión.

3. Noches azules – Joan Didion

La autora sufrió la muerte de su única hija, Quintana Roo, de 39 años, justo unos meses después de que su marido muriera. En este libro Didion hace un rompecabezas de una idea fragmentada, recortada e incluso fallida sobre la identidad de su propia hija, mientras se pregunta por el azaroso hecho de tener que atestiguar su muerte. El dolor de la autora queda embebido en la complejidad de sus dudas y en la herida de sus propias respuestas.

4. Duelo – Eduardo Halfon

«Usted no escribirá nada sobre esto, me preguntó o me ordenó mi papá, su índice elevado, su tono a medio camino entre súplica y mandamiento. Pensé en responderle que un escritor nunca sabe de qué escribirá, que un escritor no elige sus historias sino que éstas lo eligen a él, que un escritor no es más que una hoja seca en el soplo de su propia narrativa. Pero por suerte no dije nada. Usted no escribirá nada sobre esto, repitió mi papá, su tono ahora más fuerte, casi autoritario. Sentí el peso de sus palabras. Por supuesto que no, le dije, quizás sincero, o quizás ya sabiendo que ninguna historia es imperativa, ninguna historia necesaria, salvo aquellas que alguien nos prohíbe contar.»

En este texto el autor guatemalteco Eduardo Halfon escarba un hoyo sobre la relación fraternal con su hermano, una relación que empieza con su nacimiento, y que termina un poco con su muerte. El guatemalteco sido galardonado con el I Premio de las Librerías de Navarra por este libro.

5. Despedida que no cesa – Wolfang Hermann

Una mañana de invierno, el hijo adolescente de Wolfgang Hermann apareció muerto, inesperadamente, en la cama. La vida del autor cambió y solo diez años después pudo decir o escribir algo sobre ello. Este libro fue la forma en que Hermann pudo renacer, sobreponerse al dolor, y soportar la vida sin su hijo. Aquí un fragmento:

“Así sucedía antes de que muriera el tiempo. Sucedía como la caída de una hoja, sólo que ni la hoja ni el vacío en que caía tenían existencia. Lo que se marchitaba dentro de mí era mi vida. Desde la muerte de Fabius no había respirado hondo una sola vez. Los días eran días sin luz, aunque en alguna parte, allá afuera, luciese el sol. Lucía, pero estaba engullido por la tierra. La vida es como un fluido. Sin esperanza, se corta y pierde toda luz. Comenzó a envolverme una gran oscuridad. Tenía una arcaica certeza de que mi vida se había acabado, dijera yo lo que dijese para anular esa conciencia. Procuraba pensar en algo que no fuera la oscuridad. En las alegrías de la vida. ¿Cuáles eran las alegrías de la vida? ¿Y de qué vida?”.

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julio
29 / 2019