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Lobos, lagartos y otras palabras del lenguaje bogotano, por Alfredo Iriarte

La maravilla no consiste en haber hecho un par de hallazgos insólitos sino en haber identificado con agudeza e ingenio sin precedentes entre estos animales y nuestro comportamiento.

Foto: Archivo Diners

La maravilla no consiste en haber hecho un par de hallazgos insólitos sino en haber identificado con agudeza e ingenio sin precedentes entre estos animales y nuestro comportamiento.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 163 de octubre 1983

Siempre he creído que el lenguaje bogotano ha hecho al vasto territorio del castellano dos aportes inmortales por la riqueza de su contenido, derivaciones y connotaciones: el concepto de lagarto y el de lobo.

La maravilla no consiste en haber hecho un par de hallazgos insólitos. Desde los albores de la historia existen lobos y lagartos. Consiste en haber identificado con agudeza e ingenio sin precedentes a esos dos nauseabundos especímenes humanos con dos bestias igualmente repugnantes, cuyos comportamientos y apariencias físicas presentan notables similitudes ‘con sus respectivos parientes en la especie humana.

Por otra parte, el lenguaje costeño perfiló y definió al corroncho, del cual también hablaremos en esta nota.

Ante todo, las precisiones semánticas. Estos tres vocablos magníficos han alcanzado una divulgación tan profusa que las gentes a menudo se confunden al utilizarlos. En consecuencia, solicitamos la máxima atención a estas tres definiciones fundamentales:

a) Todo lobo es por fuerza también lagarto, y en mayor o menor grado, corroncho.
b) En cambio, no todo lagarto es lobo.
c) Por su parte, los corronchos puros no son lobos ni lagartos.

El lobo es, en esencia, un arribista desenfrenado e impaciente. No se da tregua. En su carrera de ascenso atropella lo que se le ponga por el frente. Es un impetuoso trashumante inter-clasista que, desde luego, viaja siempre de abajo hacia arriba.

Es difícil que la literatura vuelva a lograr un perfil más perfecto y universal del lobo que el que realizó Molière en pleno siglo XVII en la figura de Monsieur Jourdain, su inolvidable burgués-gentilhombre, Jourdain es, en efecto, el burgués que, no obstante su gruesa fortuna, se sabe tosco y ordinario (vale decir. «corroncho’), y en consecuencia despliega con toda la burda ostentación propia del lobo los abundantes recursos de su peculio para abrirse paso por los caminos que lo puedan conducir con la mayor celeridad a equipararse en todo y por todo con la nobleza.

Ya es una escena clásica de la literatura universal aquella en que Jourdain, a través de su maestro de retórica, descubre sorprendido que hace cuarenta años viene hablando en prosa sin haberse percatado de tan extraño fenómeno. Y no lo es menos la final en que, dentro de un clima grotesco de farsa, Jourdain cree haber alcanzado el más alto rango de la nobleza turca a través de una supuesta alianza matrimonial de su hija con un vástago de la realeza otomana.

Pienso insistir hasta que me muera para que algún buen grupo de teatro lleve a cabo la estupenda idea que alguna vez me expuso Jorge Plata de montar ese Molière trasladándolo al Bogotá de esta época. Estoy seguro que, aparte de los trajes y algunos otros detalles, sería muy poco lo que habría que cambiarle para que cobrase actualidad y vigencia en esta lobópolis insigne.

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El lobo, en su calidad de tránsfuga de clase, no aparece en la historia con la burguesía. En Roma había unos libertos arribistas y lobisimos. Pero si se afianza y consolida con ella. De ahí la magistral definición de Hernando Téllez:

«Después de estar varios siglos como dueño de casa, el burgués no ha podido cancelar psicológicamente su cédula de arribista. De ahí todas las insuficiencias e inautenticidad de su estilo vital. Su snobismo. Su cursilería. Su vulgaridad».

Es lógico, por ende, que en los tiempos actuales, los estratos socio-económicos que generan y nutren la virtual totalidad de los lobos son la pequeña y mediana burguesía, de donde emergen las aullantes manadas en vertiginosa carrera hacia los niveles excelsos de la alta, que es donde ellos creen ver los signos de la aristocracia y la nobleza.

Algunos sucumben en el camino y se quedan de lobos vergonzantes, pero otros alcanzan la meta. ¿Por qué lo uno y lo otro? Pues simplemente porque hay muchos que en el proceso de ascenso no alcanzan a exhibir méritos capaces de franquearles las puertas de los estamentos egregios.

Pero a la vez, hay otros que, blandiendo las armas contundentes del éxito económico, taurino, artístico, deportivo, literario, político, farandulesco, etc., se abren paso con certeros y demoledores codazos y se instalan con firmeza en el empíreo que tanto habían anhelado, pero soportando el anatema de que, por más esfuerzos que hagan, no pueden ni podrán jamás borrar su inconfundible catadura de advenedizos y metecos, la cual se hace más patente y ostensible en la medida en que tratan de maquillarla con los burdos afeites de su jactancia y del estruendo que acompaña su presencia en todas partes.

Y aquí viene la fascinante médula del problema. ¿Cuál es la causa de que, aunque algunos lobos desfallezcan en el duro ascenso a las alturas, otros las coronen con el mejor suceso? ¿Por qué se da el caso de que, con frecuencia, los dueños y detentadores de los altos tronos los compartan y aun los cedan con obsequiosidad abyecta a los recién
legados? Por algo que ya se dijo al principio.

Porque así como todo lobo es lagarto, hay lagartos que no son lobos porque ya están arriba pero que, como son conscientes de que les faltan varios de los dones y atributos que sí poseen algunos trepadores hacen con ellos unas alianzas de las cuales ambas partes creen derivar proficuos beneficios.

Es así como el lobo-lagarto que asciende y el lagarto que está arriba porque allí nació, se dan la mano con calor fraterno porque cada uno de ellos se empeña (vanamente, desde luego) en suplir y remediar las eternas carencias de la respectiva contraparte. Ambos esfuerzos son inútiles hasta extremos deplorables y es ello lo que hace más burda y grotesca la farsa.

Ni el aristócrata podrá jamás redimir al lobo de sus plebeyez y de su irresistible proclividad a todo tipo de vulgares ostentaciones, ni el recién instalado podrá convertir de la noche a la mañana al príncipe – lagarto en campeón de todas las subastas de pintura, en goleador inatajable, en coleccionista de orejas y rabos de feroces astados, en millonario repentino, en escritor de moda, en caudillo político o en Julio Iglesias.

En su cándida e inmensa vanidad, los dos creen haber establecido una fecunda corriente de doble vía, cuando la amarga verdad es que el uno sigue siendo tan ramplón y lobo como siempre y el otro tan carente, también como siempre, de los privilegios y atributos que tanto ha admirado en el alpinista.

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Es una comunicación condenada al fracaso pero que se sigue intentando con porfía digna de mejor causa. De ello son testigos cotidianos las páginas sociales de diarios y revistas. Para corroborar aún más esta tesis, volvamos a Hernando Téllez, a quien nadie aventajó entre nosotros en la implacable y certera vivisección de lobos y lagartos, definiendo con maestría este intercambio imposible a que nos hemos venido refiriendo:

«El millonario probablemente pagaría muy alto el precio del aprendizaje para escribir un gran poema, y el poeta acaso pagaría con un gran poema el poder del millonario».

El lobo es, en consecuencia, necesariamente lagarto. Por eso es el gran paracaidista que aterriza dondequiera; el gran entrometido; el gran sapo. Y sigue siendo todo eso aunque a veces sea bienvenido. Y lo que es más importante para su perfecta caracterización: ejecuta todas esas maniobras en forma torpe y chapucera.

El que es lagarto no siendo lobo, es todo aquello pero con un sesgo clásico de prudencia y discreción. El drama de ambos es que se necesitan pero no se pueden complementar en la práctica, pese a las tercas cabezadas que dan sobre el cristal irrompible que les permite verse y dialogar pero los separa sin remedio.

El corroncho químicamente puro, por su parte, es feliz y sin conflictos. No es un desclasado como el lobo, ni está acuciado por la ansiedad del lagarto-aristócrata de tomar para sí por la vía de la amistad adventicia o el asiduo contacto social los tesoros que posee el arribista victorioso e intrépido.

Lo notable es que los rasgos del corroncho, que en él son encantadores porque llevan la impronta de la autenticidad, en el lobo son aborrecibles, precisamente porque se advierte su vano y ridículo esfuerzo por abolirlos y convertirlos en un vistoso esquema de refinamiento que siempre será esquivo a sus ávidos zarpazos.

A las antiguas mitologías germánicas se atribuye la figura del licántropo. Se decía que aquellos a quienes aquejaba este mal de la licantropía, se sentían transformados en lobos, abandonaban la posición erecta, se echaban a andar en cuatro patas e imitaban a la perfección el aullido de los repelentes cánidos. Es curioso que, a pesar de remontarse hasta las viejas leyendas germánicas, la licantropía sólo haya llegado a su apogeo en estos tiempos malaventurados que ahora corren sin misericordia.

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Julio
28 / 2019
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