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"Así me hice guerrillero de El Chicó", Daniel Samper Pizano

La verdadera historia de una vocación revolucionaria que nació mientras comía mazorca asada y miraba monas en el turbulento campus de la Universidad de Kansas, complementada con algunos relatos locales de piedra y bochinche.

Foto: Archivo Diners

La verdadera historia de una vocación revolucionaria que nació mientras comía mazorca asada y miraba monas en el turbulento campus de la Universidad de Kansas, complementada con algunos relatos locales de piedra y bochinche.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 219 de junio 1988

Fue bastante sorprendente leer los relatos que aparecieron en el mes de mayo sobre los trastornos que tuvieron lugar, en el mismo mes pero veinte años antes, en Francia y en otros lugares del mundo.

Revistas de Colombia, de América y de Europa abrieron sus páginas a quienes se consideran aún protagonistas de los incidentes de aquella lejana primavera. ¡Y hay que ver la mano de héroes, revolucionarios, líderes y caudillos que le ha brotado cuatro lustros después a la llamada Revolución de Mayo!

Gentes que ahora cumplen juiciosamente su horario de oficina y su cuota de amor conyugal, que sacan la suegra a comer almojábanas los domingos (es un decir) y que se desesperan si la solapa se ensancha un poquito más de lo que Wall Street manda, eran hace veinte años si les creemos lo que dicen tirapiedras arrevolverados de los que pusieron al mundo patas arriba.

La nacionalidad no importa. Hasta chapineros han aparecido que en 1968 desempedraban el barrio Latino de París para hacerse fuertes tras las barricadas de adoquines contra la policía.

En las páginas de mayo de varias revistas he visto desfilar, en calidad de supuestos y mechudos revolucionarios, a socios distinguidos del Jockey Club, a gerentes de empresas financieras y a damas de la alta sociedad.

Allá ellos. Y ellas. Debe producir un placer especial esto de sentirse agitador a posteriori y confesar crímenes de juventud que jamás se cometieron. En lo que a mí respecta, jamás caeré en la tentación de proclamarme líder revolucionario de otros tiempos.

Aunque he formado parte de un grupo de bandoleros conocido como «los guerrilleros del Chicó», es hora de decir que fue lo que hice en mayo de 1968 mientras muchos franceses, no pocos europeos y varios compatriotas convertían al París en una hoguera de ilusiones juveniles. Este es mi testimonio absolutamente veraz y auténtico sobre lo que fue mi participación en aquellas memorables jornadas.

Quiero proclamar de una vez por todas, y aunque esta confesión pueda costarme caro, que en mayo de 1968 no hice absolutamente nada. Como no hicieron absolutamente nada el 99.99 por ciento de mis compañeros de generación.

Incluyo entre ellos a todos los que, habiendo coincidido en tiempo y lugar con Danny el Rojo y sus camaradas, hoy figuran como promotores de la primavera de París. Que se sepa, por ejemplo, Antonio Caballero estaba en París en esa época. Pero mis averiguaciones revelan que se limitaba a ir al cine y comer croque monsieurs en cafés pestilentes.

También anduvo por la capital francesa in illo tempore Luis Carlos Galán. Bueno: ¿exactamente que hizo Luis Carlos Galán en el París tumultuoso de mayo del 68? Compras. Compró dos pantalones en las Galerías Lafayette, un par de medias y una caja de galletas en el Monoprix de la Rue Moutard y un sostén talla medium en el Tati de la Rue de Rennes.

¿Para quién era el sostén y de qué sabor eran las galletas? Los anales de la revolución de mayo no llegaron a consignar estos datos. Pero ya no hay dudas en París de que el papel de Galán en las jomadas fue simplemente eso: un papel de galán.

Podría seguir señalando, uno por uno, a los colombianos que no tuvieron nada que ver con mayo del 68. Pero son casi 30 millones de nombres y esta revista no paga por palabras escritas sino por amistad con los dueños. Así que me abstengo. Es bueno, empero, que conste que si Colombia y Francia hubieran tenido hace veinte años los revolucionarios que hoy aparecen recordando sus hazañas juveniles, el mundo sería distinto. Y ellos también.

DON CAMILO

Yo, en cambio, he tenido el sambenito de pertenecer al grupo de los envidiosamente llamados «guerrilleros de El Chicó». Lo reconozco y lo reclamo. Lo único que debo rectificar es que mi vocación revolucionaria no nació en los tupidos y peligrosos jardines de tan distinguido barrio bogotano, sino en las avenidas de la América del Norte. Sí: fueron los Estados Unidos los que me volvieron revolucionario.

La historia es como sigue. A la tierna edad de 18 años empecé a escribir en El Tiempo y demostré ser dueño de un talante clásicamente liberal, sea ello lo que fuere. Ese talante se manifestó muy pronto en el interés por los asuntos educativos, tema que en otras épocas fuera predilecto del liberalismo. Y los asuntos educativos me condujeron, como dijo suspirando mi jefe inmediato, «a las malas amistades».

Las malas amistades eran Enrique Santos Calderón, el propio Galán. Carlos Bula, Luis Guillermo Ángel y otros estudiantes que publicaban revistas universitarias donde se hacía la apología de una cantidad de cosas peligrosas: el cambio social, la democracia de participación, la redistribución del ingreso, la libertad de conciencia, la libertad de prensa y otras sandeces comunistas.

Como la necesidad crea el órgano, la nuestra de defender semejantes barbaridades creó como órgano la Página Universitaria de El Tiempo, por la cual desfilaron, hacia 1964 y 1965, muchos líderes estudiantiles, profesores universitarios, sociólogos, educadores y otras amistades aún peores.

Debo contar entre estas últimas al padre Camilo Torres, un par de cuyos artículos tuvieron acogida en aquella página. Admirándolo como lo admiro, hoy podría sentir yo la tentación de decir que tuve con él una honda amistad: que fui el primero que conoció su decisión de alistarse en la guerrilla y que en vano intenté disuadirlo de dar un paso tan inútil y frustrante como valeroso y quimérico.

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Pero no quiero quedar como nuestros líderes de mayo del 68. En realidad, me limité a conversar varias veces con Camilo. La primera cuando viajábamos entre Bogotá y Barranquilla a una inauguración del Incora me explicó con todo detalle y entusiasmo sus teorías sobre el Estado, la revolución y la justicia cristiana.

Habló durante hora y pico, dibujo varios cuadros de posibilidades en una servilleta de papel de Avianca y no permitió interpelaciones. Cuando acabó de exponerme sus tesis, yo le pedí que me explicara los siguientes términos escuchados a lo largo de su conversación: criptocomunismo, burguesía, autarquía, materialismo dialéctico, historicismo, acumulación primitiva de capital, alienación, oligarquía, plusvalía, autogestión, bienes de producción, establecimiento, «De Rerum Novarum», VOR e involución.

Camilo me miró con simpatía y resignación. Entendió que yo era un pobre primíparo que trataba de ponerme al día y me explicó que VOR es un sistema de radioayudas para navegación aérea. En cuanto a los demás, me los explicaría otro día. Pero cuando volví a verlo, optó siempre por echarme chistes de elefantes:

P-¿Qué dijo Tarzán cuando vio venir a los elefantes?
R—“Ahí vienen los elefantes».
P ¿Cómo puede uno meter cinco elefantes en un Volkswagen?
R –Tres atrás y dos adelante. Etcétera.

LA ENCERRONA A LLERAS

Como reportero de asuntos universitarios fui testigo de muchos episodios y protagonista apenas de uno o dos. Estuve presente, por ejemplo, aquella noche en que los estudiantes de la Universidad Nacional le tendieron una encerrona al candidato presidencial Carlos Lleras Restrepo.

Yo vi, con estos ojos que se ha de manducar el agro, cuando los alumnos que rebosaban el aula máxima de la facultad de derecho cantaban himnos marianos y el «Tú reinarás» y echaban vivas a Olaya Herrera y abajos a Miguel Antonio Caro minutos antes de que el candidato apareciera. Y también vi como ese público angelical se convertía en beligerante manifestación antillerista que no pudo controlar ni siquiera el loco» Agudelo.

Lleras se refugió en la decanatura, cuyas puertas estuvieron a punto de ceder ante el vigor estudiantil: Pedro Gómez Valderrama, que era ministro de Gobierno, encabezó con sobretodo camel la toma de la Ciudad Universitaria súbitamente irrumpió en el edificio la tropa de rescate, y el candidato fue arrebatado de las manos de los revoltosos con ayuda de la fuerza pública.

Yo miraba el espectáculo desde el poyo de uno de los ventanales del aula máxima en compañía de un politólogo precoz llamado Fernando Cepeda. Estuvimos muy valientes, aunque él era profesor de la Universidad de los Andes y yo alumno de Derecho de la Javeriana, y a ambos se nos notaba. Pero en un momento dado uno de los estudiantes más belicosos distinguió a Cepeda en la distancia y gritó a sus amigos señalándolo:

-¡Allá está Plinio Apuleyo Mendoza!

Entonces Cepeda y yo saltamos por la ventana y nos escabullimos en la noche por temor a que se tratara de un godo de Soatá y nos dieran en la jeta.

LA ANAPO GOLPEA

Después de haber sido testigo de la asonada a Lleras, como se la denominó entonces de impropia manera, me tocó protagonizar un episodio del cual conservo aún leves señales. Fue una noche en que llegaba al país, después de larga ausencia, el doctor Eduardo Santos y todos los que lo admirábamos y/o queríamos heredarle corrimos a recibirlo con himnos y danzas folclóricas al aeropuerto de El Dorado.

Quiso la casualidad que en el mismo vuelo llegara también de Europa la capitana de Anapo, María Eugenia Rojas, y siguió queriendo la casualidad que acudiera a recibirla un nutrido grupo de populares pertrechados de garrotes, escupitajos y otras armas aún menos nobles.

No recuerdo bien cómo ocurrió todo el asunto. Lo cierto es que cuando los anapistas en esa época turbulentos y agresivos, antes de que el ICT los domesticara se enteraron de que había en el aeropuerto un grupo de empleados de El Tiempo, nos buscó para insultarnos.

La gente sensata de El Tiempo resolvió de modo prudente poner oídos sordos a los gritos de los anapos. Pero Enrique Santos Calderón y yo, aupados por el amor a tan noble casa editorial y/o a su propietario, enfrentamos a berridos los gritos y echamos repetidos abajos contra el general jefe supremo y la capitana.

El asunto degeneró muy pronto, pues con esa gente era imposible tener una controversia civilizada: un popular que más tarde llegaría a jefe de protocolo del Concejo de Bogotá se aburrió de las palabras, resolvió pasar a la acción y no encontró acción más interesante que la de afrijolarnos sendos escupitajos a Santos Calderón y a mí.

El de Enrique le dañó una chaqueta de pana. El mío, en cambio, me dio en el ojo. Juraría que el maldito autor del atentado tenía herpes, porque hasta la fecha no he logrado curarme de una rara irritación que aparece cada vez que alguien habla bien del rojismo en presencia de mi ojo derecho.

Al antihigiénico acto siguieron cosas peores y Enrique y yo terminamos debajo de la mesa de los directorios telefónicos acogotados a patadas, puñetazos y tal cual
garrotazo de asta de bandera que propinaba el pueblo irredento a los representantes de la Gran Prensa.

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Al doctor Santos lo condujeron por una vía expedita hacia su automóvil a fin de evitar un desdoroso encuentro y supongo que María Eugenia fue recibida con vivas victoriosas por los anapos. Pero no podría afirmarlo, porque la enfermería quedaba lejos del muelle de llegadas.

AGITACIÓN EN LAS AULAS

Mi abuela dice que aquel enfrentamiento a golpes con los futuros parlamentarios y embajadores rojistas me inclinó hacia la violencia. Mis jefes en el periódico aún sostienen que no, que yo era aún un muchacho bueno después de que sucedió aquello, y que empecé a torcerme fue en la universidad. Lo cierto es que los meses siguientes, tal vez impulsado a la agitación por el escupitajo del futuro concejal, me entregué a la causa en la pontificia Universidad Javeriana.

La causa, sobra decirlo, era la creación de una sociedad más justa, en la cual todos fuéramos iguales o por lo menos parecidos y se respetaran los derechos humanos y las ideas ajenas. En fin, cosas muy generales entresacadas de las encíclicas de Juan XXIII, pero que quienes no habían leído los documentos del Concilio II atribuían al diabólico comunismo internacional.

No quiero extenderme mucho en este capítulo, porque algún día contaré las cosas minuciosamente, como he visto que lo hace el doctor Lleras cuando no anda aprendiendo sonetos eróticos de Rash Isla.

Diré solamente que en los tres años que siguieron participé en una huelga que buscaba extender el horario de alquiler de las mesas de ping-pong, firmé un manifiesto igualitario pidiendo que costara lo mismo un perico que un tinto en la cafetería de medicina, me sumé a quienes protestaban por el hecho de que en las facultades femeninas se prohibiera el acceso de alumnos varones a los baños de damas y organicé brigadas estudiantiles para empujar automóviles varados.

Como estas últimas en más de una ocasión ayudaron a que arrancaran automóviles que llevaban toda una noche al sereno, las llamaron «las brigadas de choke». Yo era el primer revolucionario made in USA que repatriaba el país. No venía cantando «La Internacional» sino «Rain drops keep falling on my head«.

Nada de lo anterior parecía bueno a mis tutores. Alguno de ellos pronosticó que, por ese camino, yo iba a terminar izquierdista. Eso era terrible: a mí me querían preparar para el Directorio Liberal de Bogotá. Otro propuso que era hora de aplicar una cura radical: sería enviado a los Estados Unidos.

Fue así como mis tutores me gestionaron una beca para especializarme en periodismo en la Universidad de Kansas, la región del maíz y los tornados. La beca toteó para 1969, es decir, un año después de las famosas compras de Galán en el Tati de la Rue de Rennes y los croques monsieur de Caballero en el Café Au Lait.

LAWRENCEGRADO

En junio de ese año, cuando me dejaron en el avión que iba a conducirme a la terapia norteamericana durante tres semestres, pensaron con algún temor que entregaban a Nixon un liberal y seguramente les iba a devolver un republicano.

No importaba: con tal de que no lo volvieran comunista en Colombia, cualquier sacrificio valía la pena. De todos modos, el Diliberal no iba a distinguir entre uno y otro.
Y en Lawrence, Kansas, encontré el paraíso jamás prometido. Descubrí que Estados Unidos es un país estupendo lleno de contrastes, de personajes apasionantes de profetas de las más radicales ideas y de un generalizado respeto por los sentimientos del vecino.

La tierra de Nixon estaba en plena ebullición: Vietnam, Camboya, Laos, los Siete de Chicago, Ángela Davis, los desórdenes estudiantiles en la U. de California… Gracias a que estudié y aprendí a querer a los Estados Unidos pude participar en muchos actos a los que jamás podría haber asistido un estudiante de universidad privada en Colombia:

Manifestaciones contra la intervención gringa en el sudeste asiático, quema de la efigie del vicepresidente Agnew, reuniones junto al lago con rubias empelotas como parte del paisaje, sentatas (sit ins) en el campus de la universidad para apoyar a los que se negaban a ir a la guerra y, para rematar la temporada, huelga de estudios en solidaridad con las víctimas de la matanza de Kent State University.

¡A ver si en Bogotá pasaba la décima parte de esto..!

Cuando regresé a Colombia, había hecho un curso intensivo en revueltas. Yo era el primer revolucionario made in USA que repatriaba el país.

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Julio
25 / 2019


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