Crítica de Nicolás Suescún a Ensayo sobre la ceguera de Saramago

Nicolás Suescún, uno de los poetas más importantes de Colombia, compartió con Diners una crítica sobre la obra maestra de Saramago.
 
Crítica de Nicolás Suescún a Ensayo sobre la ceguera de Saramago
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POR: 
Nicolás Suescún

Esta crítica de Nicolás Suescún a Ensayo sobre la ceguera de Saramago fue publicada originalmente en Revista Diners Ed. 324 de Marzo 1997

Ensayo sobre la ceguera*,  título contradictorio pues se trata de una novela del más firme candidato de lengua portuguesa al Premio Nobel de Literatura, pero no inexacto porque es una novela que tiene mucho de ensayo tanto en su concepción (se parte de una hipótesis abstracta que se lleva a sus últimas consecuencias) como en su ejecución (la narración está sembrada de irónicas reflexiones éticas y psicológicas, propias del En realidad es una extensa parábola (“un suceso fingido, de que se deduce por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral”, dice el Diccionario de la Academia).

Implícita, a todo lo largo de esta jornada por un infierno ficticio minuciosamente descrito, está la comparación con el mundo normal en que vivimos, tan complejo y tan falso, tan frágil, y representado en el libro por esa dudosa sabiduría, herencia de muchos siglos de malicia popular, que es el proverbio.

Un hombre se queda ciego con una peculiar ceguera blanca, como “si hubiera caído en un mar de leche” esperando el verde del semáforo, al volante de su carro; también el hombre que lo lleva a su casa y se roba el carro; y el médico que ve al primer ciego, y los pacientes que tiene en la sala de espera: un niño estrábico, una muchacha de gafas negras con conjuntivitis, y un viejo tuerto con una venda negra.

El oftalmólogo alcanza a consultar sus libros. El mal no puede ser una agnosis,  “la incapacidad de reconocer lo que se ve”, ni una amaurosis, que es la tiniebla total.

Sería pues, una inédita amaurosis blanca; el “mal blanco” lo bautiza un imaginativo asesor del gobierno, pero no importa que sea, y al narrador tampoco le interesa; por lo demás la epidemia es incontenible. Al principio, el gobierno decide tratarlo como las viejas plagas, poner en cuarentena a los enfermos y a los contaminados.

Los primeros aislados en un manicomio abandonado, bajo un régimen militar implacable son los pacientes del médico, y el mismo, y su esposa, la única persona que conserva la vista y que es nuestro Virgilio en el viaje infernal.

Y ellos, nuestros acompañantes en esta pesadilla con fin (el cual no será comunicado al respetable lector de esta columna) son los personajes principales, que se mantienen vivos gracias a nuestro guía, la esposa del médico, sin la cual no podríamos soportar el infierno ni Saramago describirlo.

Los pocos del principio llevan “con dignidad la cruz de la naturaleza eminentemente escatológica del ser humano”, pero al poco tiempo, al coparse la capacidad del ya vetusto y malsano edificio, se pierden las relaciones y los pudores normales, y aquel se convierte en un fétido antro donde reinan el hambre y el miedo.

El niño estrábico deja de llamar a su madre, los hombres aceptan que los malvados no podía faltar el capitalista acaparador con una pistola amenazante violen a sus mujeres a cambio de unos mendrugos, y éstas aceptan el adulterio de sus maridos.

El grueso de la vertiginosa narración, a la que Saramago integra los diálogos para mayor eficacia, describe todo esto hasta que ya sin guardia entre tanto todo el mundo se ha hundido también en un mar de leche, los confinados queman el edificio y huyen, favorecidos nuestro amigos por los indispensables ojos de la esposa del médico.

Afuera no hay gobierno, no hay tráfico, grupos de ciegos recorren fantasmales la ciudad en busca de comida, se refugian y defecan en cualquier parte.

Es pues el fin del mundo, de esa civilización tan eminentemente visual en la que vivimos tan a gusto. Se le abona a esta negra novela fantástica que nos quite algo de esa tonta seguridad.

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julio
6 / 2019