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La reivindicación del cerdo, por Alfredo Iriarte

«Los bondadosos chanchos no hacen mal a nadie. Su única misión, a lo largo de los milenios, no ha sido otra que engordar rápidamente gracias a su apetito omnívoro para luego ser degollados en medio de
gruñidos lastimeros y convertirse en suculentos jamones y sabrosas chuletas».

Foto: Yayo/ Archivo Diners

«Los bondadosos chanchos no hacen mal a nadie. Su única misión, a lo largo de los milenios, no ha sido otra que engordar rápidamente gracias a su apetito omnívoro para luego ser degollados en medio de
gruñidos lastimeros y convertirse en suculentos jamones y sabrosas chuletas».

Cuando el providente patriarca Noé, obedeciendo órdenes de Jehová, metió en su arca salvadora todo aquel colosal zoológico que garantizó la preservación de las especies animales, no sospechó que los descendientes de su parejita de cerdos iban a ser víctimas a través de los siglos, de la peor prensa que ha padecido bestia alguna a lo largo de la historia y la prehistoria.

Cochino, cerdo, guarro, puerco, chancho, marrano. Difícilmente hay en el repertorio castellano o en el de cualquier otro idioma vocablos más deprimentes e injuriosos para referirse a alguien. Bien sabemos que aquel a quien se califica con cualquiera de estos términos no solo está siendo identificado como sucio y cochambroso, sino también como ruin, innoble y bellaco. Cuando mi madre, que tiene un vocabulario pintoresco en grado sumo, quiere descargar sobre alguien el más feroz de sus anatemas, dice que «EL HOMBRE ESE ES UN MARRANO».

Con la desventurada estirpe porcina no ha habido tregua ni clemencia. Las exquisiteces que su opulenta carne ha venido proveyendo a la mesa de los golosos y degustadores de todos los tiempos no han logrado recabar para los sufridos chanchos el beneficio de un trato más ecuánime.

Al contrario: como alimento de los hombres, el puerco se ha visto seriamente amenazado en los últimos años al descubrir que sus carnes abundan en el temible colesterol.

Los bondadosos chanchos no hacen mal a nadie. Su única misión, a lo largo de los milenios, no ha sido otra que engordar rápidamente gracias a su apetito omnívoro para luego ser degollados en medio de gruñidos lastimeros y convertirse en suculentos jamones y sabrosas chuletas.

La afirmación que acabo de hacer en el sentido de que ni la delicia de sus carnes ha logrado reconciliarlos con la ingrata humanidad está lindamente corroborada en una estupenda anécdota del Conde Agustín de Foxá. Cuando el Caudillo Franco abrió el territorio español para las primeras bases norteamericanas, lógicamente empezaron Madrid y otras ciudades ibéricas a verse pobladas de gigantescos y no siempre muy cordiales militares gringos.

Una noche estaban varios de ellos en un exclusivo centro nocturno de Madrid. Ya habían consumido fuertes dosis de licor y tenían sus enormes patas cómodamente ubicadas sobre la mesa.

El Conde Foxá, que estaba presente, les llamó la atención severamente por su conducta incivil, a lo que uno de los yanquis, en un castellano relativamente fluido replicó: «LO QUE PASA CON USTEDES LOS ESPAÑOLES ES QUE SON BIEN CONTRADICTORIOS. NOS DETESTAN A LOS NORTEAMERICANOS PERO ADORAN NUESTROS DÓLARES». La fulminante respuesta de Foxá no se hizo esperar: «ESO ES RIGUROSAMENTE CIERTO. A MI ME ENCANTA EL JAMÓN PERO ABORREZCO LOS CERDOS».

Otras bestias, esas si dañinas y temibles, han tenido mejor prensa. Si bien es cierto que Satán tomó la forma de la execrable víbora para tentar a la voluble Eva y si también lo es que el lenguaje colombiano llama sabiamente «culebras» a las deudas que más nos agobian y angustian, no lo es menos que el asqueroso reptil ha sido exaltado y ennoblecido por varias mitologías, entre ellas las mexicanas.

La espantable cucaracha es acosada sin piedad con mortíferas pantuflas e insecticidas letales. Pero a nadie se le ocurre ultrajar a un enemigo llamándolo cucaracha cuando es más efectivo llamarlo marrano.

Estoy seguro de que si mi amado maestro Borges se encontrara en un bosque solitario con un tigre, el crudelísimo carnívoro se engulliría sin dilación al excelso escritor haciendo gala de la más negra ingratitud, ya que el ciego genial ha convertido al tigre en uno de sus más sublimes temas poéticos. Lo que jamás se le va a ocurrir a Borges es la idea de un poema en torno al cochino y sus actividades.

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Ya el Levítico en su capítulo undécimo condena al pobre chancho y lo hace vitando para los fieles de la Ley Mosaica. Lo clasifica como «inmundo» con el agravante de que quien come o aún toca con la mano su carne queda contaminado de inmundicia. Todavía en los tiempos que corren, los judíos siguen observando esta norma que les granjea a benevolencia de Jehová y los defiende del colesterol y los triglicéridos.

La mitología griega no es más propicia con la especie marranil. En el canto décimo de la Odisea, Ulises y sus amigos llegan a la isla Eea, donde mora e impera la bellísima y pérfida Circe.

Algunos de ellos llegan hasta su palacio y quedan enloquecidos por sus encantos. En pago de ello, la malvada los toca con una vara mágica y los convierte en gruñentes puercos.

Pero Circe va más lejos. En el supremo refinamiento de su perversidad hace que bajo la cerdosa apariencia conserven sus facultades mentales de hombres a fin de que su tormento sea más amargo.

Luego llega el prudente Odiseo quien corre mejor suerte. Circe se enamora de él y lo invita a su tálamo. Pero Ulises impone como condición para acceder, que sus compañeros sean restituidos a la forma y al lenguaje de los hombres. Circe acepta, va a la pocilga, exorciza a sus víctimas, y en un instante la apestosa piara se transforma en un regocijado grupo de hombres que vitorean a Circe y a su salvador. Ulises también cumple, depara a Circe una noche prodigiosa y al día siguiente parte con sus amigos en las cóncavas naves.

En 1611 publicó don Sebastián de Covarrubias su divertido y pintoresco «TESORO DE LA LENGUA CASTELLANA O ESPAÑOLA». En su página 791 leemos: «MARRANO. Es el rezién convertido al cristianismo y tenemos ruin concepto de él por haberse convertido fingidamente». Y en el moderno y erudito «DICCIONARIO CRÍTICO Y ETIMOLÓGICO CASTELLANO E HISPÁNICO» dice Corominas: «…EN EL SENTIDO DE ‘CERDO’ ES PALABRA PROPIA DEL CASTELLANO Y DEL PORTUGUÉS (MARRAO), PROBABLEMENTE TOMADA DEL ÁRABE ‘MAHRAM’ (O MAHRAN’ EN PRONUNCIACIÓN VULGAR)
“COSA PROHIBIDA”.

Ha sido, como ya quedó dicho, notable la tozudez con que los judíos se han aferrado a través de los siglos al precepto mosaico de abstenerse de comer carne de puerco. Esta norma adquirió una significación de trascendencia sin precedentes en la España negra y oscurantista de la Inquisición.

De ahí el deprimente calificativo de «MARRANOS» con que se distinguió a los judíos conversos y de ahí que el chancho, y en especial su jamón y su tocino, llegaran, dentro de esta exacerbación de intolerancia y fanatismo, a convertirse en incuestionables patentes y credenciales de leal y sincera fe cristiana.

Particularmente ostentosos de su dieta porcina eran los que por diversos motivos deseaban divulgar su condición de «cristianos viejos» cuya genealogía estaba supuestamente exenta de impurezas hebreas o moriscas. Era entonces de uso corriente la sucia costumbre de llevar en la faltriquera trozos de jamón o tocino para enseñarlos en cualquier momento como prueba irrecusable de ortodoxia cristiana.

Todo este culto desenfrenado a las carnes y grasas» cochino tenía una causa muy clara los infelices judíos se convertían masivamente y desde luego sin convicción alguna para escapar a la hoguera a la confiscación. La mayoría practicaban celosamente todos los rituales y el culto cristiano. Pero definitivamente, lo que sí era superior a sus fuerzas era el consumo de las carnes del animal inmundo. Y por ahí era por donde muchos caían en las garras temibles del Santo Oficio para ser procesados como Judaizantes.

Bien sabido es que nuestro genial Cervantes descendía de cristianos nuevos. Ello explica la sutil alusión a los «DUELOS Y QUEBRANTOS” que se lee en los primeros renglones de su obra clásica.

En efecto, como recordaran los lectores, la comida rutinaria del hidalgo manchego consistía en «UNA OLLA DE ALGO MAS VACA QUE CARNERO, SALPICÓN LAS MÁS NOCHES, DUELOS Y QUEBRANTOS LOS SÁBADOS, LENTEJAS LOS VIERNES (Y) ALGÚN PALOMINO DE AÑADIDURA LOS DOMINGOS…» Pues bien: los modernos y más sesudos exegetas del «Quijote» han llegado a la conclusión de que los debatidos «DUELOS Y QUEBRANTOS» no eran cosa distinta de huevos con torreznos, cuyo consumo era tan duro y penoso para los conversos o «MARRANOS».

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Lejos de ser un placer, este condumio era un suplicio para ellos, en tanto que para los cristianos viejos era motivo de júbilo, como bien lo dice Covarrubias en su «Tesoro» ya citado: «GUEVOS Y TORREZNOS, LA MERCED DE DIOS». Por otra parte no debemos olvidar que no es por casualidad que Cervantes, auténtico mago en toda suerte de sutilezas encaminadas a zaherir el oscurantismo de la época, ubica sus «DUELOS Y QUEBRANTOS» en el día sábado, sagrado para los judíos.

Ya al finalizar la novela magistral, vuelve a aparecer el puerco en el «Quijote» en su forma tradicional de bestia inmunda. Estamos en la segunda parte y ya hemos vivido el amargo episodio en que el Caballero de la Blanca Luna ha vencido a don Quijote imponiéndole la terrible condición de abandonar durante un año sus andanzas caballerescas. Como si fueran pocas las tribulaciones que a la sazón padecía don Alonso Quijano, en el capítulo LXVIII de la segunda parte, amo y escudero pasan una noche a campo abierto cuando de repente sienten un estruendo que hace estremecer de pavor a Sancho y aun pone a prueba el valor de don Quijote, finalmente, se esclarece el misterio: se trata de unos porquerizos que van a toda prisa arreando más de seiscientos chanchos con destino a una feria. Y narra Cervantes:

«Llegó de tropel la extendida y gruñidora piara, y sin tener respeto por la autoridad de don quijote ni a la de Sancho, pasaron por encima de los dos, deshaciendo las trincheras de Sancho y derribando no solo a don quijote, sino llevando, por añadidura, a rocinante. el tropel, el gruñir, la presteza con que llegaron los animales inmundos, puso en confusión y por el suelo a la albarda, a las armas, al rucio, a rocinante, a Sancho y a don quijote. levantándose Sancho como mejor pudo y pidió a su amo la espada, diciéndole que quería matar media docena de aquellos señores y descomedidos puercos: que ya había conocido que lo eran don quijote le dijo: -déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen avispas y le hollen puercos».

El citado capitulo es bien significativo. Cervantes lo titulo «DE LA CERDOSA AVENTURA QUE LE ACONTECIÓ A DON QUIJOTE». Ya vencido y humillado el andante caballero, sólo faltaba a su infortunio el agravio de verse pisoteado por una piara descomunal de seiscientos cerdos.

Una de las bestias más repulsivas y aterradoras que describe Borges en su «Manual de Zoología Fantástica» es el «CATOBLEPAS», horrendo monstruo que habitaba cerca de las fuentes del Nilo, y cuya deforme cabezota de cerdo era tan pesada que no podía levantarla y tenía que arrastrarla. Quien miraba a los ojos al Catoblepas caía muerto en el acto.

En los comienzos de «Cien años de soledad», el primer José Arcadio pasa los primeros meses de su matrimonio luchando encarnizadamente en el lecho con su esposa y parienta Ursula Iguarán quien, aterrorizada ante la perspectiva de parir un hijo con la infamante cola de marrano de los hijos del incesto, ha decidido defender su castidad con unas inexpugnables bragas de lona. Ya José Arcadio había dicho: «NO ME IMPORTA TENER COCHINITOS, SIEMPRE QUE PUEDAN HABLAR».

Pero su mujer no comparte esa opinión y es así como, seis meses después de la boda, el primero de los Buendía sigue forcejeando en vano con su irreductible esposa. Es necesario que Prudencio Aguilar le haga una broma intolerable sobre su malograda virilidad, que José Arcadio, en venganza, lo mate de un lanzazo y que se presente en la recámara nupcial con el arma homicida en la mano para que el matrimonio se pueda consumar.

«SI HAS DE PARIR IGUANAS, CRIAREMOS IGUANAS», es la sentencia final de José Arcadio. Nada anormal ocurre en el transcurso de las siguientes generaciones. Pero la maldición de los incestuosos sigue latente hasta que aparece al final de la estirpe. El hijo del último Aureliano con Amaranta Úrsula es un monstruo amorfo que nace con la repugnante cola de cerdo y poco después es devorado por «TODAS LAS HORMIGAS DEL MUNDO».

¿Alguien ha intentado alguna vez una reivindicación, aunque solo sea parcial, del sufrido y aborrecido puerco? Yo diría que sí. Por una parte, se ha vuelto uso común en las instituciones de ahorro, capitalizadoras, etc., simbolizar su función por medio de alcancías en forma de primorosos y asépticos cochinillos con una ranura en el lomo. En esa forma, y por primera vez en la historia, el cerdo no se asocia forzosamente a vileza e inmundicia sino al más sano y previsivo de los hábitos. Y hay otro caso.

En el lenguaje popular colombiano, «SER UN VERRACO» es poseer uno o muchos atributos en grado superlativo y «UNA VERRAQUERA» es algo así como un deslumbrante conjunto de maravillas. Y no hay que olvidar que el Diccionario de la Real Academia define «VERRACO» como «CERDO PADRE» y el «TESORO» de Covarrubias como «EL CERDO NO
CASTRADO».

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Junio
28 / 2019


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