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"Nada más falso que decir que los costeños maltratan el idioma", en defensa del lenguaje caribeño

El lenguaje oral de los caribeños es una saludable purga que experimenta el castellano luego de haber perdido en este continente el sonido de la c y la z.

Foto: Unsplash/ CC BY 0.0

El lenguaje oral de los caribeños es una saludable purga que experimenta el castellano luego de haber perdido en este continente el sonido de la c y la z.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 241 abril de 1990

En una de sus arremetidas contra la lengua castellana no sólo su propia lengua sino aquella en que fraguó algunas de las más deslumbrantes maravillas literarias de los últimos tiempos mi amado maestro Borges le señaló a nuestro idioma una tara gravísima: la de su exceso desmedido de eses. Denunció, pues, y anatematizó Borges su lengua nativa como un instrumento verbal sobrecargado de una consonante cuya reiteración lo hace cacofónico y desagradable.

En esa declaración, como en tantas otras, se hizo evidente el hecho de que, no obstante haber forjado en español los milagros literarios que bien conocemos y tanto gozamos, Borges no pudo jamás ocultar su nostalgia pertinaz de no haberse atrevido a escribir toda su obra en inglés su otra lengua nativa como sin duda hubiera sido su vehemente deseo.

Sin embargo, a pesar de estar invariablemente prevenido, como fiel lector de Borges, a las violentas e injustas arbitrariedades de que están saturados sus reportajes y declaraciones, este diagnóstico suyo sobre el castellano me inquietó a fondo.

Tanto que al rato de haberlo leído tomé al azar un texto cualquiera del primer diario o revista que encontré a mano y lo leí en voz alta. En efecto, caí en la cuenta de la sobredosis que en ese simple párrafo había de las antipáticas eses. Tomé otro. Idéntico resultado. Requerí una grabadora. Leí allí varios textos igualmente tomados al azar. Nada cambiaba. La cascada de eses era ineludible.

Sentí que la maldita consonante es un destino fatal de los hispanoparlantes, sabiamente advertido por el maestro Borges. Lea usted en voz alta los dos párrafos que van escritos de esta nota amigo lector, y se convencerá.

Pero pese a este nada grato impacto, me puse a meditar y poco a poco fui llegando a unas conclusiones francamente alentadoras, y sobre todo a una final en el sentido de que la plaga de las eses dista mucho de ser universal en el mundo hispanoparlante. Veamos:

En su tránsito hacia América, el idioma castellano perdió la pronunciación de la CE y la ZETA, asimilándola totalmente a la de la ESE, de donde se infiere que la superabundancia de ESES no es vicio congénito de la lengua sino adquirido en su desplazamiento transoceánico. Oiga usted, amigo lector, hablar a un nativo peninsular, y encontrará sin dificultad el alud de eses reducido a sus justas dimensiones.

Ahora bien: ya a estas alturas tenemos que descontar de los hispanoparlantes que con tanta largueza prodigamos el sonido de la ese, a cincuenta o sesenta millones de españoles. Pero eso no es todo.

A esta cifra hemos de agregar a todos los nativos de la hoya del Caribe, en cuyo lenguaje oral está felizmente abolida la ese, particularmente cuando es final. Y como si esto fuera poco, también debemos descontar del número de abusadores de la ese a unos cuantos millones de habitantes del Cono Sur (argentinos, chilenos y uruguayos), cuyas relaciones con esa consonante en la parte oral son igualmente lánguidas.

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¿Quiénes quedamos, entonces, repartiendo eses a diestra y siniestra? Los mexicanos, algunos centroamericanos (no todos), los venezolanos del interior, los colombianos de valles y altiplanos andinos (cachacos), los ecuatorianos y peruanos distantes de las costas y los bolivianos.

 

En suma, como queda dicho, después de este somero análisis hube de llegar a la gran conclusión final: lo que en principio me desconcertó y me hizo sentir un tanto incómodo en el mundo prodigioso de mi lengua fue una de las tantas arbitrariedades del venerado maestro Borges, quien en este caso había incurrido en el yerro elemental de tomar la parte por el todo para tener una nueva oportunidad de «echarle vainas» al castellano.

¿Pecan, entonces, en materia grave quienes en América cercenan, al hablar, buena parte de los sonidos que en este lado del mar hemos identificado con la ese? Todo lo contrario. Lo que a diario cumplen es una saludable faena de purificación y embellecimiento del idioma. Y entre todos, quienes de manera más perfecta realizan esa noble tarea son los caribeños, por ser los que la ejecutan con mayor gracia y propiedad.

A mí, como a todos los niños cachacos, me enseñaron que «los costeños maltratan y deforman el idioma porque se comen las eses«. Nada más falso. Para mí, con el tiempo, oírlos, como a todos los demás caribeños, se me convirtió en un placer auditivo y en un alivio más reconfortante aún como contraste, no sólo del abuso andino de la ese, sino de la antipática intensidad que se le imprime en algunas regiones cuya identificación dejo a la sagacidad de los lectores.

Cada día estoy más convencido de que el lenguaje oral de los caribeños es la purga saludable que experimenta el castellano, luego de haber perdido en este continente el sonido de la ce y la zeta para confundirlo con el de la ese, lo que produjo así esta malsana sobredosis fónica a la cual yo, en mi condición de cachaco irredento, ya no podré escapar mientras viva.

Y ahora, un breve colofón sobre algunas muestras del vocabulario costeño, tan injusta y precipitadamente excomulgado desde los orgullosos púlpitos andinos:

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Cipote. La primera acepción de este vocablo en el Diccionario de la Real Academia es la de mojón de piedra. Por extensión, y con pleno derecho, nuestros costeños lo han adjetivado para significar algo notorio y poderoso: una cipote hembra. Además, el Real Diccionario admite cipotazo en la acepción costeña de golpe o porrazo.

Gandido. (Los costeños lo deforman ligeramente al decir «gandío»). Es el participio pasado del antiguo verbo GANDIR (mascar el alimento y tragarlo). El Diccionario de la R. A. define gandido como voraz y tragón: el mismo sentido que se le da en nuestra costa atlántica.

Jopo. Trasero en nuestro litoral. Voz absolutamente ortodoxa. Volvamos al gran diccionario: Hopo (2a. acepción): «Rabo o cola que tiene mucho pelo o lana; como la de la zorra, la oveja, etc. Suele aspirarse la h». De ahí que el mismo diccionario acepte también Jopo con idéntica definición.

Mandarria. «Es un hombre con mucha mandarria», suele decirse en la Costa y con mayor frecuencia en Cartagena. La mandarria era un martillo fuerte y pesado que usaban los antiguos calafates para meter o sacar los pernos en los costados de los navíos. Resulta, pues, por extensión, perfectamente lícito usar el vocablo para denotar contundencia y vigor.

Pea. Embriaguez, borrachera, según todos los diccionarios del idioma y según todos nuestros costeños.

Y me podría extender indefinidamente pero el espacio no lo permite. Y ahora, un mensaje cálido y encarecido para todos los caribeños. Por favor, sigan comiéndose las eses.

Sigan devorándolas con avidez. Cácenlas como alimañas nocivas y no les perdonen la vida, que con ello continuarán prestando al castellano de este hemisferio un incomparable servicio de asepsia y ornato. Recuerden y recordemos todos que sin este dramático sobrecupo de eses que nos lastra en algunas regiones del continente, nuestra lengua podría competir airosamente en garbo y belleza con el italiano.

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