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Esta es la historia secreta de la salsa

Todo el mundo la baila. Estamos en su era. Es el jazz latino, pero ¿cómo nació realmente?

Foto: Álbum, 1973

Todo el mundo la baila. Estamos en su era. Es el jazz latino, pero ¿cómo nació realmente?

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 239 febrero de 1990

Al principio fueron el ritmo, la danza y el tambor. Después llegaron el son, la guaracha y el danzón, y apareció el baile. Luego, el bolero, la plena y el guaguancó le dieron sabor. Más tarde, emparejados, entraron el mambo y la bomba, el jala-jala y el boogaloo, el watussi y la murga. No tardaron en llegar quintetos y charangas con trajes vistosos y elegantes dándole colorido a la farra. Por último, ingresaron los cantantes acompañados de sus respectivas orquestas. La rumba iba a comenzar, cuando alguien reclamó «¡Oye chico, por lo menos cuéntanos algo de los antecedentes de esa hermosa Venus que baila rico y promete con su meneíto el Paraíso en la tierra!».

Hechizos masivos

Después de la «era del tango», a comienzos de siglo -primera ola de mayor influencia de la música latina en los Estados Unidos-, llegaron los años de la rumba. Un grupo de músicos cubanos que emigraron hasta Nueva York en busca de subsistencia y mejores oportunidades, se unió a chicanos y puertorriqueños que ya vivían allí.

Congaceros y bongoceros como Desi Arnaz, Carlos Vidal, Chano Pozo y «Chino» Pozo, vinieron cargados de yorubas, congas y mandingas. Pianistas como Milo Meléndez y Noro Morales traían en su dedos melodías seductoras.

El flautista Alberto Socarrás fue directamente a la orquesta de Benny Carter a soplar todo el frufrú de la manigua. Los trompetistas Augusto Cohen y Mario Bauzá y el trombonista Juan Tizol expulsaron como relámpagos sonoros lo que escuchaban dentro de sí. Las cantantes Lydia Mendoza, Carmen Miranda y Graciela Pérez, el director Frank Grillo «Machito» y muchos más, difundieron y fusionaron ritmos y bailes latinos con el jazz del momento: el swing.

Eran los años 30 y la crisis económica azotaba al mundo. En Nueva York, el swing y el baile masivo sirvieron de hábiles artificios para escapar del colapso económico. El «cakewalk» (una especie de tango en ritmo rápido), que había nacido en las calles del Storyville de Nueva Orleans, la capital del pecado, tuvo en el «charlestón” y el “black bottom” dos herederos que enloquecieron a la gente.

En los clubes nocturnos, miles de jóvenes parejas se disputaban la gloria efímera de la farándula. Los directores de las grandes orquestas que en su mayoría eran negros reconocieron en los ritmos latinos un llamado de la madre África, e incorporaron en sus bandas a músicos caribeños.

Así para citar pocos ejemplos, Duke Ellington llamó al trombonista de Puerto Rico, Juan Tizol, compositor de los famosos temas “Perdido” y “Caravana”, Chick Webb colocó de primera trompeta de su orquesta al cubano Mario Bauzá, incluso el compositor norteamericano George Gershwin compuso dos temas latinos “Obertura Cubana” y “Argentina” cantados en español por Dolores Costello.

Además canciones como “Amapola” de J. LaCalle, “Aquellos ojos verdes” de Nilo Meléndez. “María la O”. “La Cucaracha”. “Quiéreme mucho”. “Cielito lindo” y otras ya habían sido grabadas por la RCA Víctor y se escuchaban en las emisoras norteamericanas.

Todo esto sirvió de antesala para la llegada de la orquesta del Casino de la Habana de Raúl “Don” Aspiazu, a Nueva York, acontecimiento que John Storm Roberts, considera como el suceso más importante para la música latinoamericana en Estados Unidos, cuando afirma que «este hecho marcó oficialmente la subida del telón para el estreno y la aceptación de nuestra música». (*) Y de hecho Don Aspiazu estrenó lo que se puede llamar «primera pieza de salsa» escuchada en Broadway:

«El Manicero», del compositor cubano Moisés Simons, tema que se convirtió en pocos años en la melodía latina más popular en los Estados Unidos. Orquestas y clubes incorporaron en sus repertorios y programas de espectáculos no sólo «El Manicero» y «Mamá Inés» de Moisés Simons, sino también «Siboney» y «María la O» de Ernesto Lecuona, este último director de la banda “Lecuona Rumba Boys». Inclusive la famosa cantante negra Ella Fitzgerald interpretó en el «Cotton Club” y el «Tropicana» los temas de los compositores cubanos, maestros de la rumba, la habanera y el son.

El primer artista que difundió a nivel mundial la música popular latinoamericana después de Carlos Gardel fue el violinista Xavier Cugat, educado en Cuba, emigrado a Nueva York y posteriormente a los Ángeles, donde su encuentro con Rodolfo Valentino le abrió las puertas al éxito comercial. “X. Cugat y sus Gigolós” filmaron dos películas musicales cortas en las que la melódica voz de Carmen Castillo cautivaba con “Estrellita” y “El Relicario”, y las bailarinas Margarita Duval y Nanette Vallon, moviendo deliciosamente sus cuerpos, ejercitaban hechizos masivos.

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En suma, la fusión del son y la rumba con el swing, la mezcla del baile y el sonido del tambor con los coros de saxos y trompetas, bajos y trombones de las orquestas de jazz impulsaron por interés y sabrosura a la invención de nuevos géneros como el mambo en Cuba y el jazz latino en Nueva York.

Baile solo para latinos

El bolero, que había nacido en las noches arrabaleras de Santiago de Cuba y La Habana, arribó al continente y conquistó desde México hasta Chile. De todos los cantantes Agustín Lara fue el mago, quien en medio de francachelas y balaceras hacía llorar a putas y desilusionados.

Pero «Tito» Rodríguez fue el más grande. El boricua nunca desaprovechó el tesoro de su garganta. Interpretó decenas de boleros con virtuosidad impecable. Fue un músico que tuvo no solo el alma de artista sino también la imaginación de un poeta. Tito Rodríguez se fue a los Estados Unidos. Tenía en mente Broadway y Hollywood, porque las cosas en Puerto Rico andaban bien. El desempleo y la miseria por la dependencia colonial hizo que emigraran cientos de boricuas al «país de las oportunidades”.

Eran los años 40, la guerra mundial había cerrado los mercados con Europa y el gobierno estadounidense aplicó la política del “buen vecino” hacia América Latina. Esto dio grandes posibilidades a músicos y artistas latinos en Nueva York y los Ángeles. Una serie de contratos, viajes, grabaciones y el despliegue de publicidad, llevó a miles de latinoamericanos a fundar clubes, grabar composiciones inéditas y filmar películas. Hasta Walt Disney contribuyó en la difusión filmando dos películas de dibujos animados:

«Saludos Amigos” y «Los Tres Caballeros» donde Aurora Miranda cantó “Tico, Tico» y «Brasil». Cientos de discos se grabaron y exportaron “El cumbanchero”. “Perfidia”. «Bésame mucho», «Babalú» «Chiquita banana».

Incluso por el año 46 se realizó la primera experiencia de baile masivo solo para latinos. Gabriel Oller -un productor de discos organizó en el Manhattan Center una matiné bailable con cinco orquestas. Esta experiencia llevó un año más tarde a fundar dos clubes. Primero fue el «Bien, Bien» y posteriormente el «Palladium» donde se dieron experiencias de avanzada como la innovación de dos nuevos géneros: el Cubop o jazz latino, y el Mambo.

Los directores de orquestas Frank Grillo «Machito», Stan Kenton y Dizzy Gillespie fueron los líderes del jazz latino. El tema «Mango Mangue” interpretado por la orquesta de Machito y el saxofonista Charlie Parker, según el criterio de Marshall Stearns, fue «el jazz latino de más éxito» y, según el nuestro, este tema, por su estructura cubana de tres partes, es lo que hoy se denomina salsa.

Por otro lado, un ritmo creado por el cubano Orestes López, el mambo, tuvo en Arsenio Rodríguez y Cachao López dos excelentes difusores en Nueva York. Las orquestas de Tito Rodríguez con sus «Mambo Diablos» y Tito Puente con «The Picadilly Boys», fueron las más creativas. Dos temas de Tito Puente, «Abaniquito» y «Para los rumberos», que años más tarde Carlos Santana lo difundió como rock latino, fueron éxitos rotundos. A pesar de todo esto, el pianista Pérez Prado fue el símbolo del mambo.

Con su orquesta de brillantes voces metálicas comandados por Pete Candoli y el percusionista Mongo Santamaría, logró conseguir un efecto admirable, aunque algunos textos de sus temas eran superficiales.

Hacia 1954 Estados Unidos vivía una especie de «mambomanía», a tal punto que Leonard Bernstein compuso el ballet «West Side Story», inspirado en fogosos mambos. En Cuba, la farra batistiana había permitido el culto de los más diversos ritmos, orquestas, casinos y clubes nocturnos para turistas, en su mayoría norteamericanos.

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La perpetua rumba tropical estaba en su punto más álgido cuando «… en eso llegó Fidel / y el Comandante mandó a parar. / Se acabó la diversión». El gobierno norteamericano levantó un inmenso biombo, impidiendo el paso de todo tipo de experiencias e influencias y el bloqueo económico a la isla ocasionó la migración en masa de sus músicos.

El guajeo de los violines

A finales de los años 50 Elvis Presley reinaba absolutamente. La juventud blanca de Norteamérica tenía al fin un ídolo y un ritmo propios. La presencia de la negritud musical (afroamericana: blues y jazz; afro-cubana: rumba, son y mambo, y afroriqueña: la bomba y la plena), había crecido con un dominio casi absoluto en Estados Unidos hasta los años cincuenta.

Políticos republicanos veían aquello como un peligro «racial» e “ideológico» pues las distintas sublevaciones y movimientos de protesta de negros y latinos venían reclamando derechos de justicia a igualdad. La Revolución Cubana sirvió de pretexto para reprimir toda esperanza y expectativa de los latinos. Era necesario ahogar todo lo que oliera a cubano, como los ya poderosos Palladium y Bien-Bien. Las autoridades neoyorquinas suspendieron la licencia para expender licores y los clubes quebraron.

Pero más puede la sangre, la alegría y el ritmo que el enemigo temeroso, triste y amargado. Si bien es cierto que las grandes orquestas se desintegraron y el lujoso Palladium fue sustituido por el barrio marginal y la esquina de la miseria, los músicos empezaron a formar pequeñas charangas para tocar en sitios modestos y con públicos reducidos. Del sonido cálido de saxos y trompetas predominante en años anteriores, se pasó al dominio del fluido de la flauta y el guajeo de los violines con la llegada de la charanga.

El maestro cubano Enrique Jorrín, creador del cha-cha-chá, y la Orquesta Aragón habían popularizado la charanga. Éxitos como «Rico vacilón» y «Para cochero», marcaron la influencia definitiva. El trombonista Charlie Palmieri tomó la posta del maestro Jorrín llegando a la innovación inteligente con su tema «Duboney», donde la sustitución de los violines por el duelo de trombones y flauta resultó nuevo en el ambiente latino de Nueva York.

La joven generación de latinos nacidos en la metrópoli persistieron en formar grandes orquestas, logrando descargas (sesiones de improvisación colectiva) y fusione interesantes de mambo y jazz, de rock y son montuno, de ritmo y baile, como «El Watussi » de Ray Barretto, “La Pachanga» de Eduardo Davidson, el «Boogaloo” de Joe Cuba y el «Jala-jala» de Ricardo Ray, hasta que el pianista Eddie Palmieri, con su orquesta «La Perfecta», realizó la síntesis de las innovaciones rítmicas anteriores.

En el tema «Muñeca» y especialmente en el disco «Justicia” (1969) introdujo oberturas modales en el piano, descargas de percusión afro-latina, un sonido de metales de una ambigüedad extraña, brillante y conducente, la improvisación y pureza de tono del cantante Ismael Quintana y el duelo implacable de la flauta con el sonido prolongado, tenso y melancólico del trombón de Mon Rivera, que influirá un poco más tarde en Charlie Palmieri y, de manera decisiva, en el gran trombonista y compositor Willie Colón.

Para el crítico latino Pablo «Yoruba» Guzmán, el combo «La Perfecta» de Eddie Palmieri «constituye una de las unidades primordiales en la historia de la música». (**) Y para nuestro criterio, el resultado de esa compleja estructura de melodía, armonía, ritmo y sabrosura, es lo que ha sido bautizado popularmente como salsa.

Pero aún faltaba algo, el escenario para que miles de oyentes y entusiastas fanáticos se convirtieran en activas parejas de bailarines. Un gimnasio de la calle 52, conocido por «Cheetah», fue el local perfecto para reunir a todas las Estrellas de Fania. Aquella velada fue histórica, incluso fue filmada por Jerry Masucci en el cortometraje «Nuestra Cosa Latina».

El tema «Quítate tú pa’ponerme yo», presentó uno por uno a los cantantes y orquestas en un desfile nunca antes visto. La «calentura» del ritmo subió hasta convertirse en la «fiebre» latina. Fue tan contagiosa la «enfermedad» del baile que terminó desbordando la frontera neoyorquina, conmoviendo los barrios marginales de las distintas capitales de los países latinoamericanos.

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Abril
29 / 2019

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