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La historia de dos hijos y un padre que viajaron por Sudamérica en moto

Un viaje que cambió la perspectiva de vida de una familia y que dejó como lecciones la importancia de salir de la rutina, viajar y disfrutar de los pequeños detalles.

Foto: Cortesía Nicolás Iriondo

Un viaje que cambió la perspectiva de vida de una familia y que dejó como lecciones la importancia de salir de la rutina, viajar y disfrutar de los pequeños detalles.

Cuando salió del quirófano, Humberto Iriondo se dio cuenta de lo fácil que la muerte puede acercarse. A él se le aproximó en forma de infarto mientras jugaba al tenis, el 5 de noviembre de 2016. La circunstancia cambió su mirada sobre la vida, y también la de sus dos hijos: Pedro y Nicolás.

Mientras el padre se recuperaba, Nicolás definía los detalles de un viaje que meses atrás ya había empezado a planear con Humberto. “Yo me fui de intercambio y cuando volví, a mi papá no sé qué fue lo que le pico, pero me dijo: ‘tengo ganas de hacer un viaje’ y ahí empezó todo” cuenta Nicolás.

La idea era salir de Bogotá a finales de 2017, para aprovechar el verano y para celebrar el cumpleaños de Humberto. Tenían un año para escoger la ruta, que Humberto se mejorara y para terminar de acostumbrarse a las motos que acababan de comprar.

“Siempre hemos sido una familia motera, yo aprendí a manejar moto a los cinco años. Pero decidimos cambiar la motos enduro por las de calles para hacer el viaje” dice Nicolás. Compraron tres BMW F800GS y salieron el 26 de diciembre de 2017. La travesía hacia el sur empezó por Ecuador, siguió en Perú, Bolivia, y luego Chile. Desde allí bajaron por Argentina, hasta llegar a Ushuaia. Después de estar en el sur más profundo de América, subieron. Argentina, Paraguay y Brasil: “ ahí ya nos empezamos a adentrar a Perú, por toda la selva amazónica, por el gran pantanal, donde no hay nada” cuenta.

En general, el viaje de los Iriondo estuvo tranquilo, pero como en todas las generalidades, hay pequeñas excepciones. Las excepciones de los Iriondo no fueron mayores, pero hay unas cuantas que resplandecen en la memoria de Nicolás muy claramente.

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En la primera, recuerda el calor, la tierra en desierto, el sol y las tres motos bajando el cañón del Pato hacia Lima. El calor lo hervía todo, y les había dejado la sed. Pero mientras seguían por la nada del desierto apareció un caserío. Pararon para quitarse la chaqueta unos segundos y de pronto salió una mujer.

“Tenía un marrano, una sandía, su hijo y su techito. Nos vio con calor, partió la sandía y nos dijo ‘por favor tomen esto’. Fue muy bonito. Nosotros llevábamos un cuello que dice Viajando sin frenos (el nombre del blog de viajes Nicolás) y se lo regalamos a ella y al hijo, le dimos algo de dinero. Ella no pretendía eso, pero nos salvó la vida”.

En la segunda recuerda que la moto de su padre falló dos veces. Primero, por Ushuaia, los obligó a dejarla en el taller y a seguir en dos motocicletas, con uno de ellos de parrillero. Tres días después, de subida, la recogieron, pero tras kilómetros de andar, llegando a Buenos Aires, la moto volvió a fallar.

“Una bujía se dañó y no supimos cómo arreglarla hasta que nos recogió un camión: subimos las tres motos, colgamos hamacas y dormimos ahí”. Faltaban 1000 kilómetros y una noche larga. Estos dos percances en la memoria de Nicolás lo llevaron a contar otra historia. Una que tiene por protagonista a tres camioneros chilenos.

“Estábamos muy al sur, paramos a almorzar y había tres camioneros esperando, nos pusimos a hablar con ellos, pero cuando nos íbamos a despedir, de pronto, uno empieza a llorar. Y nosotros ‘qué pasó’, y nos dice ‘ustedes tocaron mi corazón, quiero llegar a mi casa a decirle a mi hijo que quiero viajar con él”.

Nicolás pensó en Nemo, en la escena en la que Dory y Marlin enfrentan a los tiburones y los tiburones los ven como amigos y no como comida “porque los camioneros son los monstruos de la carretera, los camioneros son los grandes, se lo comen a uno, y las motos son como las más débiles, no tienen protección, nada, entonces ese día, hablando con ellos, se me vino a la cabeza la idea de que las motos son amigos, no comida, y me di cuenta que todos en la carretera somos hermanos. Ese dia nos abrazamos todos y fue una experiencia muy bonita, yo todavía hablo con ellos por Facebook. Arturo pudo viajar con su hijo, y me gustó saber que tocamos el corazón de las personas”.

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Cuatro meses después todo era distinto para Nicolás: la vida, el trabajo, su padre, su hermano, su madre, y él. Aunque trabaja como todos los demás, viajar es su nueva prioridad. “Antes pensaba que la plata lo era todo, pero hoy en día veo a mis amigos que están en consultoría y por más millones que se están metiendo, yo no podria: ellos entran a las 8 y media de la mañana y salen a las 2 a.m. No tienen tiempo para disfrutar la vida”.

Nicolás no sabe cuándo pero va a volver a viajar, porque es su sueño: ir en moto hasta Alaska y andar de mochilero por todo el mundo. “Mi idea es comprar una motico, o que alguien me financie, montar mi maleta y arrancar. Yo sé que hay obstáculos pero hay que disfrutar la vida, el día a día, salir de la rutina”.

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Junio
15 / 2019

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