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Un profesor extraviado en la corte

El amor por el arte, una liberalidad en asuntos sensibles a las minorías y una devoción por la enseñanza caracterizan a Juan Carlos Henao, el expresidente de la Corte Constitucional, quien ahora es el rector de la Universidad Externado de Colombia.

Foto: Archivo Diners

El amor por el arte, una liberalidad en asuntos sensibles a las minorías y una devoción por la enseñanza caracterizan a Juan Carlos Henao, el expresidente de la Corte Constitucional, quien ahora es el rector de la Universidad Externado de Colombia.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 498 de septiembre 2011

A juzgar por los títulos (abogado del Externado, máster en Derecho Administrativo y en Derecho Público Interno Francés de la Universidad de París 2, y doctor en Derecho de la Universidad de Panthéon-Assas París 2); por libros como El daño –un clásico sobre responsabilidad extracontractual del Estado–, y numerosos artículos en tratados y revistas especializados, y por su trayectoria como conferencista y docente en más de una docena de universidades nacionales e internacionales, parecería un profesor extraviado en la magistratura.

Se lo pregunto. Sí, soy ante todo profesor y aspiro a seguir siéndolo, me responde el magistrado Juan Carlos Henao, presidente de la Corte Constitucional, y quien, lo mismo que su homónimo el arquero del Once Caldas, tiene como función atajar goles contra la Constitución. Con él como capitán del equipo, la Corte realizó en febrero de 2010 una hazaña similar a la de Gordon Banks en el Mundial México 70 frente a Brasil. Si el portero británico pasó a la historia del fútbol por atajar uno de los legendarios cabezazos de Pelé, la Corte marcó un hito en la de Colombia por tapar ese cañonazo al arco de la Carta Política que fue el referendo reeleccionista.

Henao cree que es el fallo más importante que ha producido el alto tribunal: Es histórico, la Corte influyó directamente en el proceso político del país con un fallo en el que plantea que la democracia no es solo un asunto de mayorías, que las mayorías deben sujetarse a la Constitución, a unos valores democráticos.

Me recibe en su apartamento, en un salón austero y luminoso donde, para mi sorpresa, brillan por su ausencia los libros y por su presencia los lienzos de su mujer, la pintora barranquillera Vicky Neumann, además de tres desgastados sofás de cuero de insólitos colores azul turquesa y fucsia. Insólitos como el chaleco de rayas blancas y grises, y la corbata de flores naranja que asoma por entre la rayada prenda, que contradicen la imagen-estereotipo del togado acartonado y formal. El chaleco me lo dio un amigo, y la corbata la compró Vicky en París en una tienda de ropa usada, cuenta con frescura.

Todo en él es sencillez y desenfado, élan vital, optimismo. “Es un asunto de actitud –aclara–. Decidí ser optimista y aunque sobran motivos para ver lo negativo, prefiero ver lo bueno. Eso sí, cuando se me va la mano, Vicky me recuerda una frase de Kundera: El optimismo yede a idiotez (La insoportable levedad del ser)”.

Foto: Archivo Diners.


Dice que llegó a la magistratura por accidente, que ha ejercido la profesión desde el barro, que nunca ha tenido oficina, secretaria o tarjetas de presentación. Más datos para abonar a la informalidad de un magistrado que se sale del molde, pero a quien le sobran credenciales para el cargo.

Además de árbitro en tribunales de arbitramento, abogado litigante, y fuente obligada de consulta en asuntos de responsabilidad contractual y extracontractual, ha sido asesor del procurador general, y magistrado auxiliar y procurador delegado ante el Consejo de Estado, tribunal que postuló su nombre para la terna para elegir magistrados en 2009.

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Antes de llegar a la Corte vivió siete años en Montpellier (Francia). Me iba bien, nos defendíamos económicamente, pero un día le dije a Vicky, gastemos lo de la tercera edad y gocémoslo en la segunda –cuenta–. Allí viví como un monje tibetano, leía y leía, y estudiaba. También iba y venía como invitado a dictar cursos y conferencias en prestigiosas universidades europeas.

Conocido por sus posturas liberales en asuntos tan sensibles como el aborto, la dosis personal, el matrimonio gay y la adopción por parejas del mismo sexo, asegura que ningún lugar mejor que la Corte para la investigación y las discusiones académicas. No me cambio por nadie, pero es muy duro y si no trabajo los fines de semana, me come la manigua.

Ya no sabe lo que son ocho horas de sueño y con frecuencia debe renunciar a la siesta después del almuerzo y a las rumbitas caseras con los amigos en las que, dicen las buenas lenguas, se faja como bailarín de salsa. Y es que a la Corte llegan cerca de 40.000 tutelas al mes. Ese es nuestro nudo gordiano, afirma, pero se declara defensor a ultranza de esa figura que acerca la justicia a la gente y que –afirma– ha enseñado que los problemas pueden arreglarse por medios jurídicos y no por las vías de hecho. Destaca el trabajo de los magistrados auxiliares que llevan entre 10 y 15 años, y conocen todos los precedentes.

Ellos mantienen la jurisprudencia. Esa es la ventaja de la Corte, que la creación es colectiva, que sus fallos son el resultado de debates profundos. Por eso, cuando me toca exponer, me siento como cuando era pelao y me pasaban al tablero, dice socarrón el magistrado a quien sus pares y discípulos consideran una mente brillante.

No oye radio, no ve noticieros, apenas hojea periódicos (cuando las noticias son importantes uno siempre se entera). Sensible al arte (qué tal que no con mujer pintora), amante de la música y lector impenitente, dice que hoy solo tiene tiempo para leer fallos. Sobre el choque de trenes entre las cortes, afirma que es más cuento periodístico que realidad, y sobre la reforma de la justicia dice que es positiva y sano el debate para el país.

¿Y de las críticas de los nostálgicos del pasado sobre el llamado activismo de la Corte, el gobierno de los jueces? Doctrinariamente es un concepto peyorativo, se refiere a que las cortes toman funciones de otros poderes, y eso no es así –afirma–. En sociedades en desarrollo como la nuestra, el papel de una Corte Constitucional es ayudar a consolidar la democracia. Y recuerda que el constitucionalismo moderno nació como consecuencia de las atrocidades del nazismo, demostración irrefutable de que las mayorías no siempre tienen la razón.

¿De dónde el talante liberal? Se ilumina su mirada y como catarata se desborda en palabras de admiración por sus padres, Óscar Henao y Nelly Pérez, que hicieron de su familia una familia libre y abierta al mundo, y del diálogo su principio nuclear. Lo mismo que él ha hecho con la suya, con Vicky y sus hijas María Emilia y Adelaida. No éramos ni ricos ni pobres, era una vida sabrosa –rememora–. Hablábamos de todo, sin tabúes.

Del padre ya fallecido –prestigioso ginecobstetra de la Universidad Nacional que ejercía con éxito en Cali–, dice que lo marcó su decisión de dejar la actividad médica privada para dedicarse a los más pobres. Por cuenta de eso, el padre consiguió una beca para estudiar salud pública en la Universidad de Johns Hopkins, en Baltimore (Maryland).

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Viajaron cuando él solo tenía nueve años. Fue su primer viaje, el primero de cientos que ha hecho y que le han abierto los ojos a otras culturas, y han cimentado su convicción de que, salvo el gusto por el pandebono y el sancocho, no puede darse el lujo de ser provinciano. En un mundo globalizado –dice– el provincianismo es una afrenta a la universalidad, a la apertura mental, al conocimiento”.

Sobre su madre, que aún vive, destaca su cultura, su formación humanística. Fue rebelde cuando era más difícil serlo que hoy, fue a la universidad cuando las mujeres en las universidades eran bichos raros, fue estudiosa de la Teología de la Liberación. Podría seguir horas hablando de sus padres, de la liberalidad con que lo educaron.

Había reglas de juego, aclara. Graduado del colegio jesuita Berchmans de Cali, parecía destinado a hacer tránsito directo a la Javeriana en Bogotá, pero terminó estudiando en el Externado, una universidad no confesional.

“En la familia un principio era que había que destetarse, salir y abrirse mundo. Siendo provinciano, el primer paso era la capital, donde además el nivel académico era mejor –relata–. Y aunque había asado en la Javeriana, un externadista gran amigo de mi papá, Alberto Bonilla Aragón, lo convenció con una frase: A ese pelao le pega mejor el Externado”. Y sí que le pegó: Me siento doscientos por ciento externadista. Como su mentor y amigo, el rector Fernando Hinestrosa, de quien solo lo separa el gusto por la ópera.

Cartesiano por influencia de la cultura francesa, ha hecho de la duda su método. Hablar con él es estimulante y da pie para la esperanza. Estamos viviendo un momento de transición y por eso creo que podemos salir del nivel bárbaro de las injusticias –asegura vehemente–.

El discurso constitucional es optimista por principio, es el discurso de la igualdad, las oportunidades, los derechos, la inclusión, la democracia. Como optimista es el presidente de la Corte Constitucional. Porque cree en los demás y porque como alguna vez dijo Churchill, no es muy útil ser otra cosa.

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